DIEGO LÓPEZ

 

Una tarde calurosa, Andrés estaba en la bodega. Pensaba en la belleza de la señora de la fotografía. No entendía, por qué al recordarla sentía una especie de embeleso. Lo que si tenía claro era la melancolía de Don Juan por las noches, cuando bebía guaro escuchando boleros tristes en la radio. Era soledad. Empacaba azúcar en bolsas de kilo, y se moría de calor. Verónica entró a la bodega con dos Coca Cola y una bolsa de papas fritas, cerró la puerta y encendió un cigarro, ofreciéndole una calada a Andrés, que se ahogó con el humo a la hora de fumar.

—¿Tienes sed? —preguntó Verónica, mientras le acercaba una de las Coca Cola.

Andrés ponía atención a las largas piernas de Verónica, y a la diminuta blusa que tenía los dos primeros botones desabrochados y que le dejaban desnudo, la línea de sus senos y el abdomen con el hermoso hoyo de su ombligo.

—Muchas gracias —dijo Andrés con educación, pero con la voz entre cortada.

La vestimenta, el calor, y Verónica, llevaron a Andrés a tantear los caminos del despertar del deseo, aunque él, no entendía con certeza que era lo que estaba ocurriendo con su cuerpo.

Verónica se sentó en uno de los sacos de azúcar, y miraba de forma traviesa a Andrés. Jugaba a abrir y cerrar las piernas.

—¿Andrés, que edad tienes? —preguntó, con ese atisbo de travesura en el tono de voz.

—Catorce —mintió. Andrés seguía nervioso al descubrimiento de esas nuevas sensaciones.

—¡Un bebito! —se burlaba Verónica.

No lo entendía ¿Por qué? pero, ella lo volvía loco. Aunque la palabra «bebito» lo enfadaba, lo hacía sentirse menospreciado. La observó con reproche, haciendo que ella se burlara de su reacción.

—No te enojes Andresito —dijo Verónica, Andrés también odiaba el diminutivo a su nombre —. ¿Ya has dado el primer beso? —, Andrés no respondió. —Ven acércate —dijo Verónica.

Dejó la cuchara con la que empacaba azúcar y obediente se acercó. En sus doce años, aquellos pasos se convertirían en los más importantes de su vida, y en la actualidad aún podría cerrar los ojos y sentir el pánico. El tiempo se hacía lento. Mientras se acercaba, ella abría las piernas para refugiarlo en el calor de su cuerpo. El alma de Andrés se hacía liviana y en los últimos pasos, sentía que sus pies ya no tocaban el suelo. Lo acorraló de su cadera con los dos muslos, puso sus manos en sus hombros y lo besó con arrebato. Andrés sentía los latidos del corazón en la garganta. Verónica se excitaba, cometía la más divertida de sus travesuras. Disfrutaba de dejar de besarlo y ver aquel inocente rostro, entre una mezcla de pánico y emoción. Lo seguía besando, acorralándolo entre sus piernas, tan cerca de su cuerpo, que le podía sentir la erección.

Aquello fue un punto de inflexión en su crecimiento, el génesis de esa costumbre de crecer rápido, envejecer joven y adelantarse a los acontecimientos. Aquel primer beso, (a pesar de ser el mejor de los primeros besos), era un herrado caliente que lo marcaría para toda la vida. La sensación de aquella lengua jugando con su inexperiencia, la textura de la saliva, la sal de las papas fritas, los matices del sabor de la Coca Cola, su erección; se convertían en un inventario de evocaciones que iban a llenar todos sus relatos.

Verónica no lo dejaba escapar, y Andrés no quería escapar. Ella lo siguió besando con furor adolescente, curioseaba con su mano por dentro del pantalón y Andrés descubriría el frio que recorría su cuerpo, al sentir de las caricias. Agarró con violencia a Andrés y lo acomodó sobre el saco de azúcar, y lo convirtió en su trofeo. Andrés descubriría sobre: humedales, vértigo, miedo, inseguridad, erecciones, gemidos, jadeos, anatomía, sabores, olores, gustos, literatura, palabras, poesía, cuentos, relatos. Un paseo donde dejaría hipotecada la infancia, víctima de esa muchacha rebelde quien iba a ser la guía de un camino, del cual no perdería la senda. Ella le enseñó de: ritmo, de técnica, de lujuria, de culpa, de gozo, de querer por primera vez detener el tiempo. Andrés descubrió muchas cosas, excepto eyacular. Fue la primera vez que vio con sus ojos el clímax reflejado en un rostro; esa expresión de agonía, se convertiría, en el inicio de una colección de imágenes que guardaría en los cajones de su memoria. Rostros de placer como si, fueran los recortes de una revista, que hacen un collage en las actas de sus historias. Gestos que iba a dibujar con palabras, en relatos oscuros, en novelas, en canciones, en mujeres; que de adulto se cruzarían con él en la calle y al verles el rostro las imaginaría gimiendo. Iba a entender la adicción del viejo Nostalgias al olor del sexo de las mujeres, pues el aroma de Verónica, por toda la eternidad, iba a seguir presente en sus sentidos.

Verónica lo seguiría observando como un trofeo, como cuando; los cazadores exhiben la cabeza de un animal, en la pared de una casa. Andrés en ocasiones recuerda a Verónica con rencor, aunque esa tarde, ella se convertiría en el significado de las humedades en sus relatos. La vida empezó a tener escalas de color diferentes. Banderazo de salida a una personalidad adictiva, en búsqueda constante de: la contemplación, del placer, de los olores, el tacto, los sonidos, la agonía. Afición por la embriaguez de las botellas y los contornos.

Andrés también iba a sentir por primera vez, la cruel realidad de que a veces nos convertimos en elementos descartables. Verla le provocaba esos vacíos en el cuerpo; que comparaba con ese salto que en ocasiones uno siente cuando se está quedando dormido. La sonrisa tirana que ella entregaba, era una tortura. Algunas tardes, estaba en la pulpería acomodando mercadería en los estantes y ella aparecía, descalza con sus pantaloncitos cortos, se robaba un helado, lo miraba y le pedía silencio poniéndose un dedo en la boca y sonriendo. Ella lo volvía loco, lo que el sentía era una estampida de deseo dentro de su fragilidad. En el insomnio (que fue otra de las cosas que aquejaron a Andrés desde muy temprana edad) ella iba a estar presente, con su cabello marrón y su sonrisa, convirtiéndose en la primera quimera, con tintes de fracaso. La vigilaba, contaba el tiempo de sus ausencias, se enojaba con ella, y poco a poco le empezó a parecer insoportable, el hecho de que ella estuviese contenta, sin él, tomado de la mano, sin volverlo a poseer.

Extracto del capítulo 9 de la novela: «En el infierno también hace frío».

lopezleeyescribe.wordpress.com

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