DANIEL JUNG

Abrió la puerta y no se sorprendió, esperaba que la escena sea tan tétrica como la estaba
viendo a primera vista. Olor a encierro. Los muebles tapados con frazadas viejas y nylon, el piso lleno de bichos bolita, un hormiguero. Tierra y polvo por donde mirara. Dejó su mochila en una de las sillas, después de sacudirla. Fue hasta el ventanal del frente, y luego de un golpe y un tironeo, logró abrir el postigo dejando entrar la luz del día. Ahí pudo ver como cada rincón estaba invadido por telarañas con insectos incrustados en sus redes. Abrió el ropero y el vaho húmedo mezclado a naftalina era intenso. Cecilia no era una mujer delicada y en todo momento sabía a qué se exponía, porque antes de partir a la casa de campo de los abuelos tuvo reiteradas recomendaciones de su madre.
Dio dos vueltas de llave a la puerta del fondo. El patio de cemento, como lo recordaba,
había desaparecido. Entre los baldosones, emergian todo tipo de planta. El jardín era
ramerio y una hiedra invasiva que ya había trepado parte del pino que lo estaba secando.
Encendió un cigarrillo que lo fue fumando de a pitadas cortas con la mirada clavada en el infinito. Pensaba en todo el trabajo que tenía por delante para poner la casa en condiciones.
Apenas apagó el cigarrillo aplastandolo con el pié, miró su celular que no tenía señal, le
enchufo los auriculares, dio play a Back in Black de AC/DC, cargó agua en un balde, sacó
un trapo de piso de la mochila, quitó todas las frazadas y nylon que cubrían los muebles
haciendo un polvillo intenso en el ambiente y comenzó a limpiar puertas, ventanas, se puso armar la cama mientras bailaba, barría usando el palo de escoba emulando un micrófono y trapeaba el suelo.
La mañana y la tarde ya se habían pasado fugazmente para ella y antes de que anochezca fue al pueblo a comprar algunos víveres para volver a encerrarse en la casa que se encontraba en medio de la nada. Miró nuevamente el celular y estaba con batería en rojo, lo puso a cargar. Estaba inquieta, feliz se recostó en el sillón a leer un libro quedándose dormida y despertando a medianoche con todas las puertas abiertas. La brisa del Campo la había hecho tiritar, se puso un saco y salió al fondo. La noche era de una oscuridad densa que no dejaba ver más allá de dos metros, el cielo completamente tapado de estrellas. Se escuchaban las luciérnagas y otros insectos. Encendió otro cigarrillo y exhalaba el humo mirando como se esparcía disolviéndose en el aire, mientras de fondo escuchaba un coro de grillos. Se sentía plena en la inmensidad de la noche y de la casa deshabitada.
Entró a la casa, cerró con llave la puerta, trabó los postigos, se preparó un sándwich que
fue comiendo mientras miraba cada objeto que había en la vivienda. Cuadros, platos
colgados de las paredes, retratos de los abuelos, vinos que se añejaban entre polvo y
telarañas debajo de la mesada. Estaba despabilada. Tomó la franela y comenzó a limpiar
arriba del mueble del living hasta dar con un botellón de color dorado, con inscripciones
árabes en rojo. Lo miraba por todos lados extrañada, aunque desde niña sabía que se
encontraba ahí, pero nunca se lo habían dejado agarrar por miedo a romperlo. Miró su
fondo, y por el peso, lo sintió vacío. Quitó el tapón de corcho e inmediatamente el ambiente se llenó de un humo blanco espeso, Se asustó, dejó el jarrón sobre el suelo y empezó abanicar sus manos disipando el humo, encontrándose con un hombre sentado en el sillón al lado. Gritó de espanto y se acurrucó en el sillón encogiendo las piernas, mientras desesperadamente midiendo la distancia que la separaba con el palo de escoba.
-No te preocupes, no aparecí para hacerte daño, todo lo contrario. Soy el genio de la Botella y estoy para concederte tres deseos.
Cecilia, se cacheteaba, para ver si no estaba teniendo una de las tantas pesadillas, en las
que se despertaba desesperadamente a punto de morir y que siempre la dejaba con
angustia. Cayó en la cuenta que nunca, habían sido tan fantástica, con personajes extraños o animales exóticos, siempre con un sujeto al que nunca le veía el rostro. Paradójicamente, semejante surrealismo, la hacía sospechar, que era todo real. El hombre la miraba, la observaba y seguía sentado cruzado de piernas sin insinuar hacerle mal. Su rostro de mentón exagerado, tez morena, ojos café y un pelo negro brilloso con una sonrisa blanca perfecta.
-¿Vos decis que saliste de ese botellón cuando lo destape? -preguntó incrédula
-Así es. Sigo sentado esperando que me digas tus deseos, para concederlos.
-Es que… no quiero nada, estoy bien así como estoy. Asique, como viniste te podes ir.
-No puede ser, hace casi un siglo que no me despiertan, hasta me duele el cuello de estar
tanto tiempo doblado dentro de ese botellón – dijo con sonrisa cómplice – sos la única
persona en siglos que no me pide nada…
-Es que estoy bien… soy feliz, vine a esta casa a vivir sola. No necesito dinero, tengo el
suficiente para mantenerme… realmente no necesito mas de lo que tengo..
-Puedo convertirte en millonaria en un chasquido de dedos, Puedo hacer que se enamore
de ti la persona que quieras. Darte poder, incluso si querés, hasta podría hacerte volar con
alas,convertirte en invisible , incluso inmortal.
-En serio… no necesito nada de eso, nada que no sea terrenal. Estoy muy bien conmigo
misma… podés irte tranquilo y despertar dentro de un siglo o hasta que algún curioso
destape el botellón.
El hombre se paró de su asiento, hizo señas como que no quedaba más nada por hacer.
Agarró el botellón y cuando la estaba saludando despidiéndose, ella le gritó que espere.
-No te vayas….
El genio la miró frunciendo las cejas confundido, mientras ella se paró, caminó hasta la
cocina, tomó la botella de vino, la destapó, trajo dos copas, le pidió que se sentara donde
estaba, sirvió las copas hasta la mitad.
-Estoy desvelada… nunca voy a tener otra oportunidad de estar frente a un genio… me
mata la curiosidad ¿qué deseos tiene un genio?
-En más de dos mil años que llevo de existencia, solo 35 veces me han hecho esa
pregunta.
-Increíble, creí que ningún mortal, frente a un genio, con posibilidad de concederle cualquier deseo, pensara un ratito en quien tiene enfrente. No se sabe nada de los genios, qué piensan, o qué deseos inconclusos tienen quienes los cumplen, sin pedir nada a cambio.
El genio se paró caminó hasta ella, se arrodilló en el suelo con la copa en mano .
-Me llamo Alif…
Estiró el brazo para que las copas chocarán en un brindis lento. Los dos quedaron
mirándose fijamente mientras daban un sorbo de vino. Sonrieron y él se acercó demasiado buscando sus labios. Ella inmediatamente se entregó a la tibieza de su boca. Luego de besarla lentamente, comenzó a recorrer su cuello, mientras delicadamente iba acariciando sus hombros bajándole los breteles del corpiño hasta quitárselos. Sus manos grandes recorrían su espalda, mientras ella, con ojos bien cerrados se entregaba al placer. La noche inmensa se ahogó en susurros y jadeos intensos.
Cecilia no había comprendido el juego de palabras que había hecho. su pregunta al genio
se había convertido en un deseo concedido, porque los genios también desean.

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