LOLA BARNON

Tres días más tarde, me llamó Tania a mi móvil. Me dijo que pasaría a buscarme a eso de las siete de la tarde. Y que, por favor, la acompañara. Según sus palabras, no iba a suceder nada ilegal. Solo recuperaría esa grabación.

        Me vino a buscar a la oficina en un pequeño todoterreno de color blanco. En él iban, ella al volante, y un chico joven, alto, de rasgos prominentes, angulosos, sentado a su lado. Le llamó Sergio y me lo presentó como tal. Me senté en el asiento de atrás sin saber muy bien cuál era mi papel en aquella situación.

        Permanecí en silencio mientras Tania conducía con agilidad y el tal Sergio hablaba con alguien por teléfono. Más bien, escuchaba y preguntaba algunos detalles, pero de forma casi monosilábica o con frases muy cortas y en voz queda. Finalmente, apagó su móvil y le vi sonreír, mientras miraba a Tania y luego a mí de soslayo.

        —Todo arreglado —dijo escuetamente.

        —¿De verdad? —inquirió Tania con una sonrisa.

        —Sí. No queda el menor rastro.

        —Muy bien, mi niño. Eres el mejor.

        —Yo no, el Napias. —Y comenzó a reírse.

        —Sí… es verdad —le imitó Tania—. Menos mal que está de nuestro lado.

        No entendía nada. Pero tampoco pregunté o hice por entenderlo. No sabía la razón, pero permanecía cortado, sin saber muy bien, ni mi lugar en todo aquello, ni lo que se suponía que tenía que hacer. Vi los ojos de Tania en el retrovisor del coche, fijos en los míos. Fue entonces cuando empezó a hablarme.

        —La grabación está controlada. Aquí, mi niño, que es subinspector en delitos cibernéticos, ha podido hacerlo.

        Se quedó callada, con una sonrisa. Miró al tal Sergio, que se encogió de hombros y arqueó los labios satisfecho.

        —Sabemos el móvil con el que se hizo la grabación. —Empezó a explicarme Tania—. Le hemos metido un bichito… que lo ha rastreado. Este bicho no solo nos dice lo que se guarda en el móvil o en las tarjetas de memoria, sino las veces que se ha renviado algún archivo y a dónde. Ha sido fácil, porque no lo había reenviado aún, por suerte. Total, que lo hemos borrado, y de paso le hemos jodido el móvil, por cabrón…

        —Tania… —protestó ligeramente el tal Sergio.

        —Mi niño, yo ya sé que tú eres un caballero cruzado, pero yo soy un poco más cabrona… ¿Ha sido así, o no? —Reía la policía, mientras el otro miraba por el cristal sin poder evitar la sonrisa—. Total, que eso, solucionado. —Volvió a mirarme por el espejo retrovisor—. Ya solo queda nuestra parte —me dijo.

        Un par de minutos más, Tania detuvo el vehículo y Sergio se quitó el cinturón, se giró y me ofreció su mano.

        —Bueno… Pues siento haberte conocido en estas circunstancias. —Luego miró a Tania—. Me voy. No hagas locuras y le das un beso a Mamen.

        —Sabes que alguna haré. Va con mi carácter, mi niño. Le doy recuerdos tuyos.

        Luego ella lo besó en la mejilla con sonoridad. Le siguió un fuerte abrazo que ambos se dieron.

        —¿No vas a pasar delante? —Me dijo cuando Sergio ya empezó a caminar alejándose del coche—. No soy chófer —sonrió.

        Me bajé y subí al asiento del copiloto. Continuaba callado, sin entender bien a dónde íbamos ahora. Tania arrancó y con seguridad, empezó a conducir en el tráfico madrileño de finales de julio. Callejeó con destreza y agilidad hasta que enfilamos la carretera de la Coruña y nos detuvimos en una calle de un pequeño chalé de La Florida.

        —Aquí es. —Comprobó el número y me miró.

        Quizá esperaba que yo preguntara, pero me sentía como un pelele en sus manos. Volvió a sonreír. Luego carraspeó y se puso seria.

        —En esta casa vive un tal Pepe y el que se propasó con tu mujer. El primero, al menos eso parece, no lo hizo. Pero el otro sí. Ese es inglés. En realidad, de Gales, como Bale.

        —¿Y qué se supone que…? —Me encogí de hombros como sin atreverme a continuar—. Joder, lo mismo me vuelvo loco y…

        —Respira si te entran ganas de sacarle los dientes a puñetazos. No resolveríamos nada. Sé que es complicado, pero cuando estés nervioso, me miras. Y aguanta.

        —¿Es legal…? Me refiero…

        —No va a pasar nada que sea ilegal. Ni siquiera. complicado. Tranquilo, Luis. Solo quiero que me acompañes. Que veas a los que han hecho esto a Isabel. Que sepas quiénes han sido. Te presentaré como un compañero policía. El resto, me lo dejas a mí —me comentó con pasmosa naturalidad con ese acento tan dulce y la blancura inmaculada de sus perfectos dientes.

        —Pero, y si… Joder, me enciendo. No sé si voy a aguantar

        —No va a suceder nada. —me cortó—. Son dos mierdas… Luis, tú solo sígueme la corriente. Y, sobre todo, tranquilo. Aguántate las ganas de partirle la cara. —Esto me lo dijo muy seria—. Me miras, respiras y ten calma. Si los golpearas, todo quedaría ahí, en un par de dientes rotos, unos golpes, denuncias… No conseguiríamos nada. Es mucho peor el miedo, al dolor. Te lo aseguro. —Dejó la mirada clavada en mí. Cuando asentí, se bajó del coche con determinación y una seguridad total.

        Una vez que ambos descendimos, marcó un número con su teléfono móvil. Tras unos segundos de espera, habló.

        —Vamos a entrar. Atentos a que no se piren por la puerta del jardín, ¿vale?

        —…

        —Gracias, Toño, te debo una. —Colgó—. Va, tira —me dijo ahora a mí.

        El chalé pertenecía a una pequeña urbanización y un portero automático como único impedimento para acceder a él. Pulsó el de portería y al poco, una voz preguntó quiénes éramos.

        —Policía Nacional —dijo con su carné ya preparado en la mano.

        Un chasquido nos franqueó la entrada y tras un pequeño pasillo flanqueado de arizónicas, un hombre con mono de trabajo apareció ante nosotros. Tania alargo su carné con la placa.

        —Soy la subinspectora Velasco y él mi compañero, el subinspector García. Venimos a ver a don José Ripollés. En un asunto de rutina, nada importante.

        El jardinero o portero miró la placa de Tania, pero obvió casi mi presencia.

        —El número dos. ¿Quieren que le avise?

        —Si es tan amable…

Apenas un minuto más tarde, estábamos en la entrada de aquella casa de aspecto señorial, pero antiguo. Era un chalé de los años ochenta, relativamente bien conservado, pero algo pasado de moda.

        Nos abrió un hombre de unos treinta y cinco años. Moreno, de rostro simpático, con una media sonrisa y ojos vivos. Pelo ensortijado, barba de dos o tres días y cuerpo fofisano.

        El jardinero, en cuanto abrió la puerta el tal José Ripollés, le dijo quiénes éramos y se fue.

        —¿Es usted José Ripollés? —preguntó Tania resuelta.

        —Sí. ¿Qué quieren?

        —¿Podemos hablar un momento?

        —Sí, claro. ¿Sobre qué es? —dijo dejándonos pasar, pero con evidente curiosidad y quizá con un atisbo de mosqueo.

        Tania no dijo nada hasta que entramos completamente. Era una casa de estilo también antiguo. Mezclando alguna decoración anclada en los años noventa del siglo pasado, con otra más actual.

        El tal José Ripollés se quedó esperando una respuesta, pero Tania con pasos seguros y lentos se adentró un poco más en la casa. Yo estaba con el corazón que se me salía de la boca. Nervioso, enfadado, ofuscado. Buscaba continuamente los ojos de Tania, que me respondía con una mirada de calma y determinación.

        —¿Le puedes decir a tu amigo Martin que venga? —El tuteo me pareció imperceptiblemente amenazador.

        —¿Mi amigo Martin…? ¿Qué tiene que ver…?

        —Sabes de sobra lo que hizo… —La sonrisa que ahora colocó Tania en su boca, era heladora. Sutilmente letal.

        —Oiga… —fue a protestar el tal Ripollés.

        —Mira Pepe, esto es muy simple. —Volvió a sonreír la policía—. Dile a Martin que venga y los cuatro charlamos un momento aquí en el salón. ¿Te apetece una Coca-Cola o algo de beber? —me dijo con total tranquilidad.

        —No, yo… estoy bien —dije inseguro y con el corazón latiéndome a mil—. Estoy… estoy bien… —acerté a decir, volviendo a sentir como el corazón me bombeaba a mil y en mis sienes latían las ganas de machacar a aquellos dos.

        —A mí me apetece una… ¿Tienes Zero, Pepe?

        El hombre estaba confundido. Seguramente adivinaba por qué estábamos allí, pero, aun así, le costaba reaccionar.

        —Va, Pepe… que no tenemos todo el día. Dile a Martin que baje, nos sentamos y charlamos un poquito.

        Aquellos ojos, felinos, atractivos y con un brillo casi metálico en ese momento, se nublaron a la vez que la media sonrisa de su cara se borraba con lentitud. Tania, sabedora de mi nerviosismo, me miraba continuamente y con la mano, de forma disimulada, me calmaba.

        —¡Martin! —llamo Pepe—. Ven, por favor. Baja al salón.

        —Eso está mucho mejor, Pepe —comentó la policía con una sonrisa.

        —Oiga, yo no sé a lo que vienen…

        —Sí lo sabes. No me seas capullo. —Le cortó con sequedad Tania—. Y hemos venido a charlar. Por ahora, ni nosotros, ni mis dos compañeros que están fuera, por si acaso se os ocurre alguna gilipollez, vamos a hacer otra cosa. Bueno… Salvo que seáis tontos del culo, claro.

        —Oiga, no me parece que sea necesario…

        —¿Prefieres que os llame violadores? ¿Abusadores…? ¿O directamente hijos de puta? —Tania avanzó medio paso hacia el tal Pepe que retrocedió inmediatamente la misma distancia que se había movido la policía. Casi la imito en el movimiento y di también un paso hacia él preparado para soltar el puño. Pero Tania, de forma, seguramente estudiada, permanecía entre el tal Pepe y yo.

        En ese momento, un hombre más delgado, con el pelo rubio y cara de niño travieso, apareció en la entrada del salón, tras bajar por las escaleras desde el piso superior.

        —Tú debes ser Martin… ¿No? —Tania se le acercó yo me quedé quieto, respirando con mucha rapidez.

        —Sí… —dijo extrañado de aquella mujer que le miraba con unos ojos que taladraban.

        Yo, en medio de mi nerviosismo, permanecía absorto, absolutamente anonadado por la pasmosa tranquilidad con que Tania estaba llevando el tema. Con las manos en los bolsillos de su parka, sin levantar un ápice la voz y dominando a dos hombres que se mostraban dubitativos y con evidentes ceños de incredulidad.

        —¿Pasamos al salón? Deja lo de la Coca-Cola, Pepe. En el fondo me da igual… Detrás de vosotros. —La media sonrisa de tigresa jugando con un cervatillo, volvió a aparecer en la cara de Tania.

        Ambos, Pepe y Martin, dóciles y extrañados, entraron en el salón. Yo me quedé detrás de Tania.

        —Mire… no sé qué es lo que ha venido a hacer, pero… —intentó defenderse o justificarse.

        —Siéntate, Pepe. Hoy he tenido un mal día y me duele un poco la cabeza No estoy para tonterías.

        Tania se quedó de pie. Demostrando que seguía mandando en aquella extraña reunión. Yo, que no había abierto la boca, salvo para negar lo del refresco, permanecía a su lado, como un escudero torpe que no sabe muy bien qué debe hacer. Solo notaba el golpe de mi sangre en mis sienes y el puño cerrado, casi haciéndome daño. Tania volvió a mirarme y de nuevo, conseguí calmarme.

        —Bueno… —miró a ambos alternativamente—. Seré breve. —Hizo un pequeño silencio y con turbadora lentitud, posando esos ojos rasgados y fieramente felinos, en uno y otro, continuó hablando—. Os vais a librar de algo que me jode especialmente. Soy mujer, y claro, no me gustaría que me violaran…

        —Oiga… —inició una protesta Pepe.

        —Cállate, por favor… Ya te he dicho que hoy no es un buen día. Como iba diciendo, no me gustaría que me violaran o abusaran de mí. Ni de una amiga. —Se detuvo observando su reacción—. Por las caras que habéis puesto, ya sabéis a quién me refiero, ¿no? Bien… eso está mejor. Sigo. —Hizo una nueva pausa—. Os libráis porque mi amiga no quiere denunciaros. Prefiere que todo se olvide y que cada cual siga su vida. Pero yo… no sé cómo decirlo… —Puso una expresión como si de verdad estuviera buscando la palabra exacta—. Soy una hija de puta a la que no le gusta que dos mierdas como vosotros se queden sin, al menos, cagarse de miedo. No sé si me seguís… —volvió a mirarlos con esa sonrisa que parecía el disparo de un francotirador—. En fin, para abreviar… Como vuelva a enterarme de que alguno de vosotros dos… Especialmente tú, cabronazo británico, rozáis a una mujer sin su permiso por triplicado y sellado por Hacienda, vais a tener muchos problemas. Pero muchos. Os lo juro.

        —Mire… aquello se nos fue de las manos. Mi amigo estaba muy… borracho, y sentimos que… ella…

        —¿Ella…? ¿No tienes los cojones de decir su nombre, payaso? —le recriminó con una pasmosa tranquilidad.

        El tal Pepe tragó saliva. Me miró un momento seguramente calibrando si yo podía poner algo de orden en aquello y aminorar las palabras de Tania. Pero debió ver furia en mis ojos, porque en seguida los retiró. En ese momento, lo único que sentía, como me había predicho Tania, eran ganas de romperle la cara. Me contuve de nuevo mirando a Tania. Respiré tratando de tranquilizarme.

        —Sentimos que… Isabel… —carraspeó levemente—… En fin, que sí, que no estuvimos bien, y que… bueno, que es cierto que nos propasamos. Pero no violamos, ni…

        —No lo jodas, Pepe, que ibas hasta bien. Ya sabemos que tú no estabas en esa habitación, pero tu amigo sí. ¿Verdad, Martin? —Tania posó sus ojos en él como si fueran dos martillos pilones—. ¡Qué puto cerdo eres…! —le soltó con desprecio—. La próxima vez te meas en tu puta madre, ¿sabes? —giró de nuevo la vista hacia ambos, tras dejarla unos segundos fija en los asustados ojos del tal Martin—. En fin… que os juro por lo más sagrado que, como nos enteremos de alguna otra gracia parecida a la que hicisteis con Isabel, no va a ser agradable para vosotros. Primero os voy a hacer la vida imposible, y después, cuando os metan en el trullo, ya me encargaré de que alguno de esos a los que le quedan muchos días de barrotes, os ponga el culo como la bandera del Japón. ¿Entendéis? Sí… supongo que sí.

        Ambos, Pepe y Martin estaban quietos, con los ojos fijos en ella. Pepe carraspeó y miró a Martin como incitándole a decir algo, pero este permaneció callado. Tania me miró para calibrar si continuaba furioso o calmado. Debí transmitirle que no iba a saltar sobre aquellos dos.

        Pepe tragó saliva y asintió nervioso. Martin estaba lívido.

        —Os estoy mirando y me dais mucho asco. La verdad es que os voy a tener vigilados. Ya podéis dejar de meteros perico por la tocha, no sea que se os vuelva a ir la cosa de las manos, ya me entendéis. Yo que vosotros, me iba de cartujo y me encerraba en un monasterio, así no la liaréis. —Los miró alternativamente una mezcla salvaje de ira y desprecio—. Y recordad, a la mínima que os paséis os mando a un par de chungos de los de verdad, y os amenicen una mañana de domingo. ¿Entendido? Y luego, al talego, a que os apañen el ojete.

        Ninguno contestó, pero ambos asintieron. Parecían niños pequeños a los que se les estuviera regañando por una travesura, pero el tono de Tania era cortante, no exento de cierta chanza que se adivinaba, mortífera.

        —Una cosa más… —hizo como que se acordaba de algo—. Tú, so mierda —se dirigió a Martin—, como vuelvas a grabar algo con un móvil sin permiso, aunque sea una puesta de sol, te rajo. Te lo juro… Te rajo. —Esta última frase la dijo muy despacio. Sonó peligrosamente fatídica.

        El tal Martin se quedó perplejo unos segundos. Y luego, tras tragar saliva ruidosamente, miró alrededor con mal disimulo buscando su móvil, que descansaba en la mesa.

        —No te esfuerces, imbécil… ya no tienes esa grabación. Bueno… en verdad no tienes nada, ni teléfono, gilipollas.

        Pocos minutos después, nos fuimos de la casa. Tuve que apoyarme en el coche y respirar. Noté la mano de Tania en mi hombro.

        —Lo has hecho de puta madre… —me dijo.

        —No sé cómo no… tenía que haberlos matado.

       —Tendríamos entonces un problema serio. Así está mejor. No es fácil aguantar esto. Hay que tener muchos huevos, Luis.

        Tardé en recuperarme y en dejar de sentir la opresión en las sienes y en el pecho. Respiré con profundidad y procuré alejar la escena de mis pensamientos.

Tania llamó a los policías que permanecían en el exterior, custodiando la salida por el jardín, y les conminó a que se fueran. Todo estaba ya en orden. Un minuto después, mientras abría su pequeño todoterreno, un coche de color gris, pasó a nuestro lado y saludaron desde dentro a Tania, que los despidió con una sonrisa.

        Se montó en el coche y me quedé un momento absolutamente abstraído. Yo no había abierto la boca a pesar de que me embargaba una marea de furia. Sin embargo, ella, sin levantar la voz, les había dejado temblando. Había sido espectacular. No debería confesar esto, pero Tania me la había puesto dura.

        —Gracias… —musité pasados un par de minutos.

        Ella no dijo nada. Tan solo se limitó a sonreírme y a seguir conduciendo de vuelta a Madrid, hacia donde vivíamos.

Al cabo de unos instantes, a la vez que tomaba la desviación de la M-40, empezó a hablarme.

 —Te he pedido que vinieras conmigo para que vieras con tus ojos a los que han vejado a tu mujer y a mi amiga Isabel. No es agradable, lo sé. Pero creo que debías saber quién había sido el hijo de puta que hizo aquello. No pretendo nada, solo que veas que es cierto lo que pasó. Que no es una excusa ni una invención. En verdad, falta uno, pero no lo hemos localizado por ahora. Se juntó al inglesito, pero ni lo conoce ni sabemos su nombre. La grabación se hizo con el móvil del tal Martin y como no la reenvió, no tenemos ese dato para ir a por ese cabrón. Pero daremos con él.

—¿Has visto las imágenes…? —pregunté.

—Sí.

—¿Te parecen… una violación? Me cuesta creer que Isabel no quiera denunciar…

—Para mí, sí. Para un juez, no sé. —Se calló un instante—. Es su decisión, Luis, pero son duras, créeme. —Me miró un instante—. Te dañarían si las ves. Isabel no quiere denunciar porque, como te dije, no es fácil probar que fuese violación. Empiezan de forma libre, sin que nadie fuerce las cosas… Otro cosa, es cómo termina. Sea como fuera, Isabel prefiere olvidarse de ello. Si te sirve de algo, para mí, la violaron.

—Pero…

—Mira… sé que esto es muy complicado para ti. Es muy posible que no la perdones nunca. Yo no creo que lo hiciera… —Volvió a posar sus ojos en mí—. Pero es vuestra vida. El hecho es que esos dos hijos de puta se han pasado con ella. Pero, por extraño que parezca, esa barbaridad ha hecho que deje de hacer lo que no debe. Tal como te lo estoy diciendo, se lo he dicho a ella. Ha sido una estúpida…

Yo la miraba a Tania, pero no me resultaba fácil articular palabra. Continuaba ofuscado, roto. No sabía si era por las ganas que aún permanecían en mí, de partirle la cara a aquellos dos, o porque sencillamente la situación me superaba. El hecho era que había olvidado por un momento mis problemas con Isabel y mi cabeza se había centrado en defenderla. Fuera lo que fuese, el hecho se trocaba en que sentía que mi deber, ahora, era ser más cercano con ella. Aparcar de nuevo el asunto del divorcio un tiempo —no sé si esos meses que me había pedido Tania— y centrarme en que Isabel se recuperara de aquello.

—Esos dos van a estar mucho tiempo cagados de miedo. —Añadió.

—¿Tú crees…?

Ella se carcajeó.

—No te quepa duda. Para rematar lo de hoy, de vez en cuando, se dejarán caer por aquí una patrulla de dos amigas mías. Más duras que el pedernal… Con que se les queden mirando y les hagan el gesto de los dedos en los ojos, advirtiéndoles que los vigilan, se cagarán de miedo. —Volvió a reírse con ganas, imitando esa mímica tan usual.

Estuvimos unos kilómetros en silencio. Ella conducía, mientras en el coche sonaba, muy baja, una música guitarrera de influencias británicas. No distinguí qué grupo era. Bueno, en verdad, hacía mucho tiempo que me había desenganchado de la música joven.

—No pretendo obligarte a hacer nada —me dijo de pronto seria, volviendo momentáneamente su rostro hacia mí—. Ni siquiera apuntarte qué debes hacer. De verdad, Luis. Es tu vida y la de Isabel. Pero ahora creo que debes ayudarla. Cuando pase un tiempo, decide lo que sea mejor para ti. Y si es el divorcio, hazlo. Tienes motivos para hacerlo, ahora y dentro de un tiempo.

Yo asentí. Sí, en efecto, era así. Nada detendría mi divorcio si así o consideraba. Pero mi conciencia me decía que debía ayudar a Isabel. No me quedaba otra, o al menos, así lo entendía.

—Escúchame bien… —Insistió Tania—. Sea lo que sea lo que decidas, hazlo pensando en ti. Lo que sea mejor para ti. Isabel es mi amiga, pero no decidas por ella. Ni siquiera por tus hijos. Por ti, Luis.

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