ISA HDEZ

La frialdad de la tarde la conmovió. No imaginaba aquellos nubarrones que contemplaba desde el balcón de su casa, ni por qué de pronto la invadió la tristeza, solo recuerda aquella oscuridad que asaltó su alma y la dejó extenuada como si de una piltrafa se tratara. No encontraba la manera de moverse del lugar donde su mente leyó el mensaje y, su cuerpo quedó diluido y despojado, sin lastre, como disperso en la nada. No tenía fuerza para expresar lo que sentía, ni le brotaban las palabras, ni tan siquiera podía gritar. Todo se convirtió en un mar de gemido apagado, inmóvil, mortecino. No podía llorar, sus ojos secos se quedaron abiertos largo rato, sin pestañear, como expresando un sentimiento jamás sentido, dejando estelas de vacío que no conocía y que por momentos la sumergía más en la oscuridad del pozo, pero no sentía miedo o recelo, ni temor. Solo deseaba correr, volar, gritar, pero estaba quieta, callada, esperando poder dejar de oír esa extraña voz que la trasportaba al infinito de las palabras gastadas donde nada era real. La pena que la embargaba no la dejaba pensar con claridad y, veía como un espectro reflejado en el espejo. El sonido de la lluvia la despertó, se secó la cara, y se abrigó con la mantita de lana. Tardó bastante tiempo en reaccionar en que todo había sido un sueño, pero la inmensa tristeza la trasladó de nuevo al desconsuelo, la zozobra y la inquietud. ©

Un comentario sobre “La tristeza

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