TANATOS12

Capítulo 28

Necesitaba un respiro. No podía mantener aquel ritmo de tensión. Las últimas veinticuatro horas habían estado cargadas de una permanente y asfixiante atmósfera sexual. Yo podría intentar escapar de aquella tensión desviando mis ojos de María, pues ella en aquel momento, en aquel vagón, era sexo en sí misma. Pero ella no. Ella no podía escapar de aquella atmósfera porque ella eran los propios gases que la componían. Tampoco sabía si ella quería escapar de aquel agobio o si anhelaba cada mirada sucia y cada mensaje que Edu o Álvaro pudieran enviarle.

Para buscar mi tranquilidad tenía que dejar de observarla, a ella y a los que la miraban o mal disimulaban no mirarla. Tenía que dejar de imaginar qué pensarían de ella, si la considerarían una puta o una mera calienta pollas, dejar de darle vueltas a si ella era consciente de la imagen que proyectaba. Dejar de darle vueltas a para qué viajábamos, a qué pasaría. Dejar de darle vueltas a con quién se escribiría desde su móvil casi sin parar.

Cada minuto sin pensar en todo aquello era un pequeño triunfo, pero no era fácil. A la tercera o cuarta vez que estuve tentado de volver a observarla decidí levantarme de mi asiento, pasar por el aseo y acabar en el vagón de la cafetería. Cualquier excusa era buena para buscar coger aire en aquella vorágine asfixiante.

Allí de pie ojeaba los periódicos sobre una mesa y la gente hablaba distendida, ajena a todo. Y yo me preguntaba una vez más cómo podía haber vivido treinta y tantos años así, en aquel nihilismo, en la más absoluta nada; pues todo lo que no fuera aquel juego que me traía con María me parecía vacío, vago e irrelevante. Me parecía que solo me daba vida aquella locura.

María me tenía que haber visto abandonar el vagón, o al menos se habría dado cuenta de que ya no estaba. Sin embargo no me buscaba, seguía sin buscarme. Seguíamos siendo uno y uno y no dos.

El tren hizo escala en una estación intermedia y cuando me sentí con fuerzas me dispuse a afrontar otra vez nuestra nueva realidad. Caminaba por los vagones en busca del mío hasta que una vez allí descubrí que el compañero de viaje de María la había abandonado y ahora viajaba sola.

No me miró pero sentí que me presentía. Y no me senté a su lado sino en mi sitio. Y otra vez ella tan pendiente de su teléfono móvil.

No me pude contener hasta que yo mismo le escribí, a pesar de estar a un par de metros de distancia. Le pregunté con quién se escribía tanto y recibí un escueto: “Con Inés”. Le respondí con tres puntos suspensivos, dándole a entender que aquello era difícil de creer, pero no me respondió.

Me levanté y oteé aquel vagón en el que unos dormían y otros estaban a sus cosas; pero seguro muchos pendientes de echar una última mirada a aquella chica cuando el tren llegase a su destino y ella tuviera que ponerse en pie y desfilar por delante de ellos.

A pesar de aquella distancia que nos traíamos pensé que acabaría por preguntarme si no pensaba sentarme junto a ella lo que quedaba de viaje. Otra vez, y como casi siempre, claudicaba yo y a los pocos minutos ocupaba el asiento que había ocupado antes aquel señor. Ni siquiera una vez sentado junto a ella me habló y tuve que ser yo:

—Con Inés, entonces.

—¿Qué pasa? ¿No me crees? Está de cumpleaños, la he felicitado, y ahora no para de rayarme.

Efectivamente aquella pantalla me desvelaba que estaba en lo cierto, pero no me daba la impresión de que llevara todo aquel tiempo escribiéndose solo con ella.

—¿Y solo con Inés? —quise incidir.

Ella no respondió. Ni siquiera resopló, común en ella cuando quería exteriorizar hastío, ni mostró desagrado.

Sentado junto a ella sentí algo diferente, un olor diferente, un perfume diferente. Antes siquiera de que pudiera sospechar algo extraño le preguntaba por dicha colonia.

—Me la he echado otras veces —respondió y sobrevolaba en el aire ya no solo la nueva fragancia sino la sombra de la duda de que aquel olor obedeciera a otra petición. Aunque de nuevo no podía estar cien por cien seguro. Ella me leyó la mente:

—Tranquilo… si no me crees cuando volvamos a casa ves el bote por la mitad.

—No, no. No iba por ahí.

—Ya…

—No, lo digo en serio. Si bien… con eso de que… os mandáis emails como me dijiste anoche… claro, estoy algo falto de información.

Se giró levemente hacia a mí. Parecía que por fin sí merecía cierta atención.

Se atusó el pelo hasta liberar la parte izquierda de su cuello y volcar toda su melena por el otro lado, me miró con gesto altivo y me dijo, empezando otra vez con aquella palabra:

—Tranquilo, que no te falta ninguna información.

—¿Tú crees? Algo habrá en esos correos que sea relevante.

María bajó la bandeja del asiento que tenía delante y posó allí su teléfono móvil.

—Pues no. Nada relevante —respondió seca, pero siempre tensa.

Se hizo un silencio que yo aproveché para observarla. Para observar cómo le sentaba de impecable aquella americana y como la camisa blanca caía suelta por delante, disimulando como podía aquellos pechos más que generosos. Estaba guapísima. Muchas veces no entendía cómo podía ser tan guapa, pero morbosa a la vez. Al segundo de mirarla sentías que te enamorabas y un segundo más tarde uno solo podía pensar en follarla. Era las dos cosas a la vez, cada momento, en un bucle constante.

—En serio, Pablo, no hay nada que contar —dijo en un susurro que desprendía cierta tregua— ponte esto, ponte lo otro, Víctor esto, Víctor aquello. El juez tal, el juez cual. Y después en persona no me dice nada. A veces le hago caso, a veces no. No hay más.

—¿Qué fue lo más… fuerte que te ha pedido? —respondí también en tono bajo.

—Nada, Pablo. Ya está —quiso zanjar, de forma menos conciliadora.

—No. Dime. Algo habrá más fuerte que eso.

—Igual te parece poco fuerte que me diga que me ponga tal camisa porque le pone al psicópata de su amigo… ¿no? ¿Qué quieres que te diga? —preguntó en tono desafiante, siempre contraatacando al verse acorralada— que… a ver, si quieres me lo invento, y te digo que… un día me dijo que fuera sin bragas y ufff le obedecí y estuve mojada todo el día… sin bragas… pensando en él, ¿Te gusta así?—

Me quedé callado un momento. Sus palabras me golpeaban, y también lo hacía su, para mí, nuevo perfume, hasta el punto de a veces sentir que no era la María de siempre.

—Y… ¿lo de Álvaro?

—Lo de Álvaro qué.

—Que aún me faltan… pues… horas… de lo que pasó en su casa.

—¿Qué quieres? ¿Que te lo cuente ahora?

—No, no.

—Sí, si quieres te lo cuento ahora —me interrumpió, en tono chulesco, mirando su reloj— ¿por dónde íbamos?

—No, es igual.

—¿Entonces para qué me sacas el puto tema? Tenemos un rato, te lo cuento. No hay problema.

—Pues mira —rebatí ciertamente mosqueado— íbamos por… cuando me fui… Guille te estaba follando, te tenía a cuatro patas, y Álvaro te había metido la polla en la boca, boca que abriste… como si no te hubieras comido una en años… —tan pronto pronuncié aquella última frase supe que podría ser utilizada fácilmente en mi contra. Pero ella no entró por ahí. Resopló, como esbozando un “esto es increíble” con aquel resoplido, se giró un poco más hacia mí y… su pantalla se iluminó.

Miró en su móvil, y yo también miré. Era su amiga de nuevo. Tecleó y estuvo como un minuto dejándome a la espera. Siempre sus tiempos. Hasta que posó de nuevo su móvil y dijo:

—¿En serio te lo voy a contar aquí?

—En tono bajo, si puede ser —dije queriendo sonar distendido, quitándole peso a aquella situación, siendo yo entonces el que buscaba bajar nuestra actitud arisca. Aquello era una montaña rusa. Saltábamos del reproche al armisticio sin ton ni son, seguramente porque no solo no entendíamos a la otra parte sino que a aquellas alturas aún no nos entendíamos ni a nosotros mismos. Y es que que hubiera una barrera entre ambos, una distancia, que no procediera el afecto en aquellos contextos, no tenía por qué implicar tampoco una guerra continua.

—Vale… pues… te fuiste, ¿no? Que no sé a dónde coño te fuiste…

—Al sofá —interrumpí.

—Vale… te fuiste a tu querido sofá… y… joder espera— detuvo su confesión al ver que su teléfono de nuevo se iluminaba.

Yo observé en un principio como tecleaba, intentando finiquitar aquella conversación, y después mis ojos fueron al contorno de su pecho bajo su camisa de seda blanca. En seguida me pareció advertir que sus pezones se marcaban mínimamente, atravesando aquella camisa fina y desvelando que su sujetador debería ser de una textura también finísima.

De aquella aún no lo sabía, pero aquella confesión iba a ser durísima, quizás incluso más que su confesión previa; y durísimos se le irían poniendo los pezones a medida que fuera contándome, tanto como para acabar marcando la camisa de tal forma que cualquiera pudiera ver su calentura a metros de distancia.

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