MANGER

Tenía ante sí un ejemplo increíblemente pequeño de vida celular de todo el universo. Su forma era casi esférica; observándolo bajo el aumento de su microscopio podía distinguir continuas masas acuosas de un color azul que discurrían irregularmente por entre los fallos de una rugosa epidermis. Esas zonas libres de humedad eran de un color amarillo-terroso que se alternaban con contados tonos de un verde pálido apenas perceptible; y observó también que una ingente maraña de cúbicas formaciones se elevaban sobre su piel medio envueltas en emisiones vaporosas que, según sus deducciones, debían surgir de millones de microporos que el sofisticado aparato no llegaba a distinguir, pese a su extraordinaria potencia.

Aumentó su eficacia al máximo y dirigió desde el panel de mandos el foco de observación hacia una cuadrícula muy pequeña donde la parte amarillenta estaba dispersa y rodeada de un azul pálido, concentrando su exploración sobre la zona más occidental. Desde la tridimensional pantalla de observación que se encargaba de recoger los datos escrutados por el microscopio con sus doce mil ultralentes, pudo distinguir una infinitesimal partícula que proyectaba su sombra al pasar por encima de la superficie para después precipitar sobre ella algo casi imperceptible; después, al cabo de un nanosegundo, surgió de la epidermis una figura de color gris nuboso cuya base se extendió alrededor del epicentro en múltiples círculos concéntricos. Al cabo de otros tres nanosegundos, casi al mismo tiempo, volvió a ocurrir exactamente lo mismo en una cuadrícula muy cercana a la izquierda del otro. El sofisticado aparato detectó dos minúsculos latidos de calor en aquellas zonas y los chivateó de inmediato en la pantalla.

Aquellos signos de actividad vital lo dejaron sorprendido e interpretó que aquello podía ser el gran descubrimiento de algo extraordinario. Estaba intrigado y alarmado, pero también cansado. Se dijo que al día siguiente continuaría el estudio de aquel interesante preparado y sus curiosos focos de calor. Se apartó de la consola con una mirada circunspecta desconectando a su vez la sofisticada electrónica.

Y el dios del universo se fue a descansar, dejando a buen recaudo su muestra terrenal. (1)

Y lo mismo hizo el dios del multiverso, guardando en un cajón su muestra universal.

Y coincidió también el dios del omniverso, cerrando en la vitrina el preparado multiversal.

Y… todos esos dioses, encerrados en sus creaciones y en su ególatra trabajo de observarse unos a otros, obviaron sus sentidos al padecimiento de sus cobayas a costa del saber y del estudio eterno de la Inteligencia.

*****

(1) Los días 6 y 9 de Agosto de 1.945 las explosiones de sendas bombas nucleares devastaron Hiroshima y Nagasaki causando más de un cuarto de millón de muertos e incontables heridos. Esos días los grandes dioses de los miles de universos coincidieron en estudiarse unos a otros intentado explicarse los interrogantes de sus creaciones científicas; mientras, el nuestro, el multinombrado, idolatrado y cercano a nuestra existencia, desconocía también la naturaleza de lo que había creado. Lo estaba estudiando en su portaobjetos sin darse cuenta entonces de estar siendo testigo de uno de los más cruentos crímenes de nuestra corta historia…

Y aún sigue tan despistado en su laboratorio, detectando en la rugosa piel de la Tierra diminutos latidos de calor, distante, impasible, ajeno al dolor del hombre.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s