DESMOND EUTAND

Relato seleccionado para la final del concurso de relatos de Zenda #unahistoriadeespaña

Yo era un simple perro callejero al que la mayoría de los hombres de esta ciudad maltrataban. Me expulsaban de todos los sitios a patadas, me quemaban con sus cigarros mientras dormía y me negaban un trozo de carne que echarme a la boca. Por contra, aquellos soldados de habla extraña que se habían instalado meses atrás en nuestra tierra solían ser amables conmigo y con frecuencia me daban algo de comer o me regalaban una caricia en la cabeza si me acercaba a ellos. Sin embargo ese día elegí estar del lado de los españoles. Al fin y al cabo eran los míos…

Aquella funesta mañana salí de mi escondrijo en un pequeño solar del barrio de Maravillas, como de costumbre, y subí hasta la calle de San José. En el número 12 se alojaba el joven Gabriel, del que guardo bello recuerdo, ya que siempre me trató con cariño. Atravesé el portón, que estaba entreabierto y subí los escalones en su busca, pero no le encontré. Escuché a unas vecinas decir que los mozos habían bajado a la Puerta del Sol, donde al parecer, pronto se armaría bullicio. Sin entender bien qué significaba, caminé hacia allá y lo que vi al llegar me conmocionó.

Cientos de hombres y mujeres se agolpaban en aquella plaza y gritaban consignas en contra de los invasores. Vivas al Rey y mueras al Emperador. Entonces la tierra empezó a temblar. De las calles aledañas emergió una multitud de soldados, muchos de ellos montados a caballo y empezaron a cargar contra todo lo que se movía. Los míos se defendían de cualquier manera. Usaban por igual navajas, pinchos, garrotes o uñas. Herían sin miramiento a hombres y a bestias, tanto es así que por poco quedo sepultado debajo de un caballo que se derrumbaba sobre mí con las tripas fuera. Largo rato duró aquella carnicería en la que yo, lejos de acobardarme, ayudaba en lo que podía. Al ver como tres hombres trataban de descabalgar a uno de esos soldados de piel oscura me uní a ellos. Agarré al extranjero por la bota con mis colmillos y le hice caer al suelo, donde uno de los hombres se encargó de acabar con su vida. Luego me enteré de que aquel enorme soldado era un antiguo héroe de Austerlitz…

Poco a poco los invasores se hicieron con el control de la plaza. Los míos huían a la carrera por la Calle Mayor y yo, sin saber muy bien qué hacer, decidí volver por donde había venido y me deslicé entre las patas de los caballos, los cuerpos desangrados que se amontonaban en el suelo y los soldados que formaban ya una sólida columna destinada a acabar con la revuelta. Subí a la carrera hasta la calle de Fuencarral y encaré la de San José. Encontréla desierta así que decidí seguir el rastro de mi olfato. Abrí las rendijas de mi trufa y desgrané el aire hasta hallar un olor que me resultó familiar. Era el rastro de Pedro y Luis.

Corrí sin descanso hasta el Cuartel de Monteleón, en el que unos pocos se preparaban para combatir a muchos. Luis daba órdenes con determinación y frialdad mientras Pedro alentaba a la tropa con furia y calidez. Al verme aparecer, Luis rompió su férreo porte y se inclinó sobre su rodilla para acariciarme la cara y las orejas. Yo movía el rabo y le lamía sin parar. Sin embargo, al ver mi lomo manchado por la sangre de la refriega anterior, su sonrisa se tornó mueca. Me cogió del cuello y me susurró al oído: “Hoy moriremos aquí, cachorro. Al menos lo haremos juntos”.

Lo que ocurrió después pasó ante mis ojos sin apenas darme cuenta. Durante los sucesivos ataques me mantuve en primera línea, erguido y desafiante al lado de Luis, que no paraba de dar órdenes y alentar a soldados y civiles. Cuando los invasores consiguieron acceder al cuartel y empezó la lucha cuerpo a cuerpo me entregué a fondo. Saltaba y mordía a todo aquel que osaba acercarse. No dudaba en ponerme delante de las bayonetas si éstas amenazaban el cuerpo de los míos, a los que veía dejarse la vida. Ancianos, chicos, mujeres y hombres luchaban hasta que no les quedaba una gota de sangre en el cuerpo. Enfrascado en el combate caí en la cuenta de que había perdido de vista a Luis, de modo que cuando vi despejado mi flanco retrocedí en su busca. Di con él unos metros atrás. Le habían herido en una pierna y se apoyaba en el hombro de mi amigo Gabriel. El fuego había cesado por unos instantes y uno de los invasores le hablaba a Luis en muy mal tono. De pronto todo volvió a tornarse caos. Al tiempo que sonaban los cañonazos de nuevo, una bayoneta atravesaba el cuerpo de Luis y sacaba de mí un gemido de dolor al ver caer a mi capitán. Luego Pedro, Clara, Benita y tantos otros amigos fueron perdiendo la vida en ese lugar que nunca dejé de frecuentar, a pesar de todo.

Aquel día el invasor ganó. Pero de poco le serviría la experiencia, la preparación y contar con tan grande ejército cuando enfrente tenía a un pueblo capaz de unirse, aunque fuera sólo por una vez para luchar. No por España o por el Rey, sino a pesar de ellos. Por sus familias, por sus amigos, por sus vecinos, por sus casas. Entonces entendí que la lealtad o el coraje, esas virtudes que nos achacan a los de mi especie, a veces también la tienen los humanos.

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