ROSA LIÑARES

Los primeros días en casa de Laurent le resultaron extraños pero maravillosos. Aquella casa era tan espectacular que parecía de revista, aunque no era nada ostentosa. Pero había arte y belleza en cada rincón. Al principio no se atrevía a tocar nada, pero poco a poco fue familiarizándose y sintiéndose cómoda como en su propia casa.
Parte del barrio ya lo conocía porque vivía cerca de la galería de arte, así que podía andar por allí con relativa tranquilidad, sin miedo a perderse. Además, quedaba con Lola a menudo. Solían quedar para tomar algo cuando su prima salía del trabajo y a veces Isabel sentía que volvían a ser dos adolescentes contándose confidencias entre risas.
Estaba viviendo un momento muy feliz. Ahora que empezaba a ser mayor se sentía más joven y libre que nunca. Jamás se lo hubiera imaginado. Pensaba que su vida sería monótona y aburrida, sin mayores aspiraciones que ir a clases de francés y cuidar a su nieto de vez en cuando. Y ahora resulta que viajaba y que le apetecía hacer cosas nuevas. Y sus hijos y su nieto no lo eran todo, aunque le pareciese que sonaba feo decirlo.
Por su parte, Sergio y Sandra quedaban a menudo con Susana. El momento de tensión entre Sergio y Susana había pasado a la historia y seguían siendo amigos como antes. Ahora se les había unido su hermana y los tres estaban disfrutando mucho con su mutua compañía, aunque no tanto como quisiesen. Últimamente Susana estaba muy pendiente de su madre, que había recaído y la enfermedad le estaba atacando cruelmente. Pasaba temporadas en el hospital y temporadas en casa. En una de las ocasiones que estaba en casa, Sandra le presentó a sus hermanos. A pesar de lo cansada y dolorida que se encontraba, su cara se iluminó al verles. Nunca había pensado que su hija llegaría a conocer a sus hermanos y ahora, viéndoles a los tres
juntos, estaba segura de que contarle toda la historia a Susana había sido lo mejor que había hecho. Y estaba orgullosa de su hija.
Al pequeño grupo familiar sin Isabel se unía a menudo también Charo. Al fin y al cabo, ella era una más de la familia. A veces se juntaban todos (menos Susana, claro) para hacer una vídeo llamada y charlar con Isa como si estuviesen tomando café en el bar de siempre. Era como si no se hubiese ido.
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Un comentario sobre “Otra vida (56)

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