ROSA LIÑARES

Cuando Laurent vino a visitarla, Isabel por fin salió de casa y su ánimo mejoró notablemente. Aunque seguía sin querer ver a Susana, a pesar de que tanto Charo como Sergio, y ahora también Sandra, insistían para que lo hiciese. Solo Raúl era capaz de sacarle una sonrisa (e incluso alguna carcajada), pero porque Sandra se lo llevaba de vez en cuando a casa, porque ella ni se molestaba en ir a verlo. Y su nieto no tenía culpa.
Durante un par de días Laurent estuvo ocupado por cuestiones laborales, haciendo gestiones para la galería de arte. Luego, todo el tiempo lo dedicaron a pasarlo juntos. Inseparables. Salían a comer, a cenar, iban a pasear, al teatro. A Isabel le parecía estar reviviendo su luna de miel con Ramón. Era casi imposible no pensar en él. Aunque eran muy diferentes, a veces se lo recordaba. Los dos eran unos hombres maravillosos (aunque ahora hubiese empezado a tener dudas sobre la bondad de Ramón).
Con Laurent a su lado era feliz. Se sentía rejuvenecida, alegre, amada, a salvo…
Cuando su estancia llegaba casi a su fin y a un par de días de su partida, Laurent le hizo una proposición a Isabel: que se fuese a vivir a París con él. Al menos una temporada. El tiempo que ella quisiese. Ella no supo qué decir. No se lo esperaba y, desde luego, no se lo había planteado.
Su primera reacción fue preguntarle si estaba loco. Luego, pensándolo tranquilamente, ya no le parecía algo tan disparatado. Ella estaba sola y no tenía ataduras. Podía hacer lo que quisiese y cuando quisiese. Y ahora que estaba segura de que estaba de nuevo enamorada, quería pasar la mayor parte del tiempo posible junto a ese hombre que le había devuelto la sonrisa.
Le prometió que lo consultaría con la almohada. Y esa noche apenas durmió, pero la decisión, aunque ella no lo quisiese reconocer, ya estaba tomada.
-Me voy con Laurent a París- le dijo a Sergio por la mañana mientras desayunaban.
-¿Otras vacaciones?- le preguntó su hijo.
-Bueno, más bien algo así como una mudanza.
Sergio apartó la mirada de la tostada que estaba untando y miró a su madre atónito.
-¿Te vas a vivir a París?-preguntó, incrédulo.
-Una temporada. Voy a probar. No sé si me acostumbraré a la vida de París, pero lo que sí sé es que ya no me acostumbro a vivir sin Laurent.
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Un comentario sobre “Otra vida (54)

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