TANATOS12

Capítulo 27

No solo había frialdad, sino distancia. Una distancia que era física en aquel taxi, pues no nos podíamos haber sentado más alejados a pesar de estar ambos en los asientos de atrás, y también emocional. Yo reparaba en que en aquellos momentos en los que yo a María no le llegaba se levantaba entre ambos una barrera enorme. Y a aquella barrera había que añadir también otro elemento, que ya era palpable, en ella y en mí, pero que por aquel entonces aún no habíamos conseguido descifrar.

Si en circunstancias normales le dejaba espacio no bombardeándola con preguntas sobre sus conversaciones con Edu, en el contexto de aquella tarde aún le daba más, llegando a disfrutar aún más de aquel espacio. Viajábamos juntos, pero separados, como si no fuéramos una pareja, sino dos individuos, que sin tener intereses exactamente comunes sí aspiraciones interconectadas.

Y digo que disfrutaba más de aquel espacio, de aquella distancia, precisamente aquella tarde, porque aquella vestimenta, ordenada más que supuestamente por Edu, la situaba en el blanco de todas las miradas. Si se desprendía un aire de chica de compañía en el rellano de nuestra casa mucho más lo hacía en la diáfana estación de tren. Y yo necesitaba de aquellos metros que nos daban el no ser una pareja sino dos individuos para verla con suficiente perspectiva. Para ver aquellas piernas en la distancia. Para ver aquellos taconazos moverse con estilo y aquel cuerpo moverse con chulería, aunque tensión, arrastrando la maleta en dirección al arco de seguridad.

Si yo disfrutaba de observarla casi como un voyeur anónimo más, ella desde luego no reclamaba mi presencia. Parecía como un pacto no escrito en el que yo disfrutaba de ella y de la situación, en la distancia, y ella jugaba a fingir que no se sentía observada.

La tensión no descendió al subir a nuestro correspondiente vagón y la distancia no se redujo cuando no fui yo, sino su compañero de viaje, quién le ayudó a subir la maleta al compartimento a la altura de sus cabezas. Un señor bien vestido, en ropa de trabajo a pesar de ser sábado, de unos cincuenta años, la ayudaba y la invitaba sentarse junto a la ventanilla, simulando una caballerosidad casual, no por ser ella.

Pero las miradas estaban ahí, las de aquel hombre y las de todos los demás. Aquella situación, de observación contenida y cuchicheos, me recordaba a lo vivido en aquel bar en aquella escapada a aquella casa rural. Era el mismo deseo, la gente con la mirada igual de sucia, solo cambiaba la clase social. Y es que aquel vagón era en sí un mal disimulado revuelo. Cualquiera que entrase y mirase aquellos ojos se preguntaría “qué pasa aquí”, como cuando entras en una partida de póker que ya tiene un pasado; cuando el nuevo viajero viese a María lo descubriría. Las mujeres disimulaban mejor, porque es más fácil disimular la inquina que el deseo.

Aunque lo más relevante no eran las miradas, sino las ausencias de las mismas. Era la cobardía, la impresión, las miradas pero a puntos muertos, llevando allí su tensión y sus fantasías. Quién sabe sino despertaba también súbitas erecciones.

Yo, sentado al otro lado del pasillo y una fila más delante que ella, me alegraba de no haber conseguido asientos juntos y me preguntaba qué pensarían de ella todos aquellos de las miradas perdidas y las pulsaciones disparadas. Y me ponía en la piel de aquel señor, dudando entre empezar a trabajar en su portátil, que ya había abierto, o si intentarlo, si buscar un más que probable ridículo.

La miré. Tecleaba en su móvil, escribiéndole a alguien que no era yo. Con la americana abierta y la camisa correcta y castamente abotonada, sin escote alguno. Con las piernas cruzadas y una cara de desidia que ocultaba un calor interno insoportable, pues aún guardaba aquel orgasmo, pensando en Edu, inacabado. Los mirones verían una mujer gélida, inalcanzable, inconquistable; quizás, los más osados y malpensados una puta cara, pero lo que no podrían ni imaginar era su sofoco, un sofoco por estar allí, por orden Edu, vestida por Edu.

Que a ella le excitase más una orden de Edu que el mejor polvo que pudiera haber echado conmigo era desgarrador y tremendamente morboso a la vez. A aquellas alturas ya no tenía ninguna duda.

Si efectivamente aquella ropa era una orden y si la ropa de aquella noche en Estados Unidos también lo hubiera sido, me preguntaba sí habrían habido otras órdenes, o peticiones, o caprichos, y si serían de otra índole. Llegué a pensar en su vuelta al gimnasio, aunque en absoluto le cambiaba el cuerpo a María y parecía claro que iba más que nada a despejarse, y en seguida lo descarté. E intentaba pensar en otras hipótesis, pero no acababa consiguiendo llegar a ninguna conclusión.

El tren arrancó y aquel hombre que estaba sentado junto a María no tardó demasiado en probar suerte. No le frenó ni el miedo al fracaso ni su anillo de casado, e intentó entablar algún tipo de conversación, pero ella cortaba sus intentos con sequedad y sin medias sonrisas, rogándole con aquellas respuestas cortas que ni lo intentara. Como en una especie de “pareces un buen hombre, no te humilles”.

A los pocos minutos, a una pregunta que no pude entender, pero siempre en tono afable, de aquel señor, ella, ya hastiada, contestó con un vejatorio “venga, ya está”, dicho en un susurro casi protector. Una frase que contenía un “ya sé que quieres follarme, como todos los cerdos de este tren, pero olvídame, no me molestes”. Y es que a María empezaba a serle más fácil disimular que no se sentía observada, que disimular que no sabía que se la querían follar.

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