ELIZABETH GARCÉS FERRER

 

Solo unos meses en los Estados Unidos y ya Luisa sentía la nostalgia que se produce, tal vez, después de un largo exilio. Echaba en falta a su familia y a los amigos de toda la vida. Se encontraba sola en Nueva York, su México natal le ocupaba una gran parte de sus sentimientos en el día a día.

Luisa tenía un recuerdo que la unía inmediatamente a su pasado, una figura que deambulaba por su mente lanzándola a aquellas noches repletas de emociones en la que sentía el calor de los suyos : un hermoso Flamboyan que mostraba orgulloso sus flores de un rojo fortísimo.

El Flamboyan  nació de una semilla que nadie sembró en la familia y, sin embargo, fue creciendo junto a la casa. Ella lo vio ir buscando la luz titubiante hasta que adquirió la fortaleza de un árbol magestuoso y fascinante.

En sus largas noches en Nueva York, mientras miraba a través del cristal de la pequeña ventana de su habitación a esa descomunal ciudad que mostraba sus tentáculos bulliciosos aún de madrugada, aparecía la delicadeza del Flamboyan que la vio nacer.

El color de sus flores pasaba ante sus ojos. El color de fuego surcaba el espacio en ese mundo imaginario al que regresan tantas emociones cuando se está en la incapacidad de revivirlas según lo pide el deseo.

Lágrimas, risas, triunfos y decepciones las compartió con el altísimo Flamboyan. El la recibió siempre reservándole una ternura difícil de entender, matizada en un resguardo que a menudo es un bálsamo para el corazón. Luisa se sentaba, recostándose contra su tronco y tenía la impresión de que el tiempo se detenía para que solo existiera el momento.

Recordó, de pronto, el sonido de las ramas cuando hacía una leve brisa. Se movían creando una música que la llevaba a un estado de semi somnoliencia. Estaba sonriendo pensando en ese detalle, sí, le entraba un ligero sueñecillo que le duraba el resto del día.

De niña, cuando se paraba frente a él, no había nada más parecido a un gigante. Su altura era descomunal comparada a su estatura infantil. Lo tocaba, era fuerte y rudo para sus delicadas manos. Le gustaba analizar las estrías de su tronco, de cada una solía salir todo tipo de insecto que la hacían reir a carcajadas.

Todo se hallaba en la distancia y los recuerdos se alimentaban de esa lejanía. Los recuerdos no eran siempre algo bueno porque hacian sufrir, habria que olvidar con más facilidad pero es casi imposible.

Añoraba su casa, su gente y ese Flamboyan que guardaba celosamente su infancia. Ya habia preguntado por él, su madre le comentó en una carta que gozaba de muy buena salud y que la sombra se expandía , como de costumbre, gracias a él.

En Nueva York los recuerdos del pasado tenían un hilo conductor : el Flamboyan de sus amores.

 

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