ROSA LIÑARES

Laurent había llamado prácticamente todos los días a Isabel desde que habían vuelto de París. A veces se pasaban más de una hora hablando. Otras veces eran llamadas fugaces para decirle que la echaba de menos.
En unos días vendría a España y pasarían algún tiempo juntos. Isabel también lo echaba de menos. Se sentía triste y abatida, sin fuerzas para nada, y lo único que le apetecía era abrazar a ese hombre y permanecer durante horas acurrucada en su pecho. Él le inspiraba paz.
Isabel le había contado toda la historia de Ramón, de Susana y de todos esos lazos de sangre y las traiciones que habían aparecido en su vida y se habían enredado alrededor de su cuello ahogándola. Él intentaba restarle importancia. Le decía que tenía que hablar con Susana, que no podía seguir ignorándola. Pero Isabel no daba su brazo a torcer. Repetía una y otra vez que no quería volver a verla en su vida.
Laurent se armaba de paciencia y mantenía la calma. Sabía que tarde o temprano recapacitaría. Isabel no era de esas personas que albergaban odio en su interior. Ella no era así. Así que solo era cuestión de tiempo que el sentido común y su bondad apareciesen y las aguas volviesen a su cauce. Mientras tanto, él la hacía reír.
Aquellas charlas con Laurent eran un soplo de aire fresco en aquella nueva apagada vida que se había empeñado en vivir. Como le decía Charo, parecía una monja en un convento de clausura. Hasta la casa empezaba a parecerlo, con las persianas bajadas la mayor parte del tiempo.
Charo era casi la única persona con la que Isa se seguía relacionando, aparte de su hijo. Su amiga se preocupaba por ella e iba cada día a visitarla. Le insistía para que saliese a la calle, pero Isabel se negaba en rotundo. Y el nombre de Susana era palabra tabú. Isabel le había prohibido que pronunciase su nombre siquiera. No quería oír hablar de
ella. Los primeros días Charo lo intentó, pero viendo que era peor, dejó de insistir. Ya no sabía cómo se iban a arreglar las cosas ni cómo iba a cambiar la situación, pero sabía que Isabel era una de las personas más tercas que conocía. Pero también la más bonachona. Habría que darle tiempo.
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