Mª DEL CARMEN MÚRTULA

» Mi madre anunció en una cena que iba a traer otro niño al mundo. Yo me sobresalté y casi me atraganto. ¿Por qué? ¿A caso no era lógico? ¿A caso no era aun joven y de buena presencia? ¿No era su marido un hombre atractivo y sensual? Todas estas preguntas me las hice en un segundo. Pero al mis­mo tiempo yo estaba rabiosa y confundida. Comencé a toser y me disculpé diciendo que no me encontraba bien y que me iba a retirar.

» A la mañana siguiente mientras seleccionaba los huevos que habían puesto las madrugadoras gallinas, me sentí ob­servada, me volví y allí estaba él sonriéndome.

‘Buenos días. ¿Ya se te ha pasado?

‘¿El qué? —pregunté tímidamente.

‘No sé, anoche dijiste que no te encontrabas bien y nos dejaste sin terminar la cena.

‘¡Ah ya! Mira Luis —me sorprendí, era la primera vez que no le llamaba “tío”—, no sé qué pretendes, pero yo no aguanto más esta situación.

¿Y bien? —comentó con una calma infinita que aumentó mi rabia.

‘¡Por favor, no me trates así! —notaba los ojos húme­dos—. No te comprendo, pero nadie me hace conmoverme de este modo y sé que esto no está bien.

‘¿De veras? —dijo cogiéndome de la barbilla y obligán­dome a mirarle—. ¿Ni siquiera Martín?

‘Esto es distinto. Es algo que supera mis fuerzas. Aunque sé que eres el marido de mi madre no puedo dejar de pensar en ti como hombre.

‘Que yo sepa eso es normal puesto que soy un hombre. Ven conmigo —me ordenó cogiéndome de la muñeca y ha­ciéndome caminar detrás de él casi a rastras.

‘¿A dónde me llevas?

‘No te preocupes y sigue me.

» Cruzamos las casas de los campesinos y caminamos por un sendero entre árboles. Yo conocía muy bien aquel paraje. De pequeña solía venir con mis hermanos a jugar y a buscar pájaros. Hacía mucho tiempo que no me acercaba por allí. Lo que no sabía era que él había construido una cabaña para la caza en medio de aquel bosque.

» Nos dirigimos hacia ella y Luis sacó de un árbol una llave con la que abrió la puerta. Me cedió el paso y cerró tras de sí. La estancia era sólo una amplia habitación con una chimenea y una mesa rustica en el centro rodeada de bancos hechos de troncos. En un rincón había un camastro y una alacena sin puertas donde estaban depositadas varias escopetas de caza, en otra pared una estantería repleta de bebidas y encima de la chimenea una cabeza de ciervo, que me impresionó por su realismo.

» Él se me acercó sonriendo tiernamente y cuando estuvo muy cerca de mí, me acarició las mejillas con ambas manos. Yo temblaba. Gruesas lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro. Él las enjugaba con sus dedos casi sin rozarme.

‘No temas. Relájate. Yo también creo que esto tiene que acabar. Pienso que la única forma de que encuentres la paz contigo misma es dejar de luchar con tus sentimientos —esto decía mientras me iba despojando de mi ropa—. Ya verás como todo es más sencillo de lo que te has imaginado. No te voy a hacer ningún daño.

» Pero yo no cesaba de llorar, a pesar del susurro de sus tiernas palabras. Mientras me iba empujando suavemente hacia el suelo y acariciaba mi desnudo cuerpo de niña-mujer. ¡Hasta que me hizo suya!

» Estaba tan tensa que fue como una descarga eléctrica es­tallando en mi interior y recorriendo todo mi cuerpo. ¡Aquella sensación era más fuerte que yo! Pero a pesar de todo algo en mi seguía rebelándose. ¿Qué estás haciendo Elsa en brazos de tu padrastro? ¡Todo me daba vueltas! Busqué sus ojos, en ellos vi ternura y comprensión. Me estremecí y empecé a relajarme.

» Permanecimos tendidos en la moqueta que cubría el suelo. Yo intentaba serenarme. Él me esperaba mientras ju­gueteaba con los dedos de mi mano, llevándoselos a su boca, mordiéndolos suavemente y besándolos. Por fin, cuando notó que mi respiración era normal, se dio media vuelta incorporándose y colocándose boca abajo apoyándose en el suelo con los codos me preguntó sonriéndome, al tiempo que me retiraba suavemente el pelo que caía sobre mi frente:

‘¿Estás ya tranquila?

‘Creo que sí —le contesté tratando de sonreír.

‘¡Me alegro! No fue tan malo ¿no? —murmuró acercán­dose y besándome en la frente.

“Yo me incorporé y sin responderle tomé la ropa y co­mencé a vestirme.

‘Quisiera que te calmaras —continuó al ver mi silencio—. Estás muy tensa y así no puedes disfrutar.

‘No creo que tenemos que permitirnos esa clase de dis­frute.

‘¿Por qué? ¿Acaso no somos dos adultos que nos senti­mos atraídos el uno por el otro?

‘Creo que esto no es lo adecuado. No se puede actuar como animales, sólo movidos por una atracción meramente física. Hay una moral, una ética, una ley de Dios…

‘¡Todo esto no son más que normas frustrantes! Si Dios nos ha hecho así y ha querido que nos encontráramos, no puede ninguna ley ponerse como obstáculo. Si nos sentimos atraídos el uno por el otro ¿qué ley puede ir en contra de la ley de la naturaleza? ¿No te parece que sería una ética poco humana?

‘¡Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstan­cias! Pero la realidad se impone y ella es nuestra juez.

‘¿Qué culpa tenemos nosotros de que el destino haya ju­gado así con nuestras vidas? Lo que aquí cuenta es que sen­timos mutua atracción y queremos vivir esta relación adulta.

‘¿Y mi madre? —dije en un hilo de voz. Estábamos los dos de pie tratando de colocarnos las respectivas ropas. Él me contestó muy bruscamente:

‘¡Otra vez! No estropees el idilio del momento. Ya te dije que ella no tiene que ver nada con todo esto.

‘¿No? Pero te atreves a seguir hasta dejarla de nuevo emba­razada —le acuse en el mismo tono, poniéndome con las ma­nos apoyadas en las caderas en un gesto desafiante—. ¡Eres un monstruo! ¿Es que quieres tener un harén en tu casa?

‘¡Eso es problema mío!

‘¿Sólo tuyo? ¡Dos mujeres!

‘No seré el primero.

‘No me gusta esta situación —comenté como si hablara para mí misma—. ¡Es tan distinto a lo que siempre había soñado!

» Él, cambiando de tono, se me acercó acariciándome los brazos y me dijo:

‘Puede ser realidad tu maravilloso sueño si te olvidas de prejuicios y escrúpulos.

‘No sé, no me atrevo, lo llevo tan dentro…la vedad es que no se si quiero.

‘Si me dejas que te ayude, pronto se te pasarán esos sen­timientos de culpabilidad. Te invito a que nos veamos de nuevo aquí mañana a la hora de la siesta ¿vale?

‘Ya lo pensaré.

» Pero no falté. Él lo tenía todo previsto, me entregó unas pastillas y me insistió en que me las tomara, porque era ob­vio que debería evitar un embarazo de nuestras relaciones. Así fue como me convertí en su amante. A partir de aquel momento las citas se frecuentaban. Él me mandaba recado cuando le parecía oportuno, procurando ser muy discreto para no levantar sospechas.

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

http://minovela.home.blog

 

 

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