ALICIA NORMANDA

Selma vino a verme al café a media mañana, cuando aún tenía aquella migraña espantosa que me hacía sentir ausente. Quizá por eso no supe que se echó encima el té hasta que saltó, gritó y me asustó. De inmediato se arrancó la camiseta de algodón para no quemarse, yo corrí hacia ella pero al llegar ya estaba con las manos extendidas, haciéndome saber que estaba bien. Sin bajar sus manos se quedó parada enfrente de mí, con esos senos hermosos que le he envidiado desde la primera vez que la vi entrar al salón de la facultad de diseño.

No supe porqué Selma hablaba de unos sombreros, pero tampoco tenía el ánimo de preguntarle para enterarme. Acerqué mi nariz para olerla, para aspirar su cuerpo, sus brazos. Ella dejó de hablar cuando me detuve frente a sus senos y sin avisar la besé en la mitad. Sentí su piel en mis labios, que se movían un poco sólo para acariciarla.

Selma se quitó el brasier y me ofreció sus pechos. Yo los acepté recibiéndolos en las palmas de manos acunadas. El color de rosa de sus pezones se oscureció un poco mientras los metía en mi boca, mientras los besaba y los mordisqueaba con cuidado. Selma empezó a explorarme entre las piernas con sus dedos; y yo las un poco más para sentirla insistir.

Levantó las enaguas de mi falda rosa y empezó a sobarme sobre la ropa, entre una tela y la otra. Tomaba atajos para llegar a mi vulva esquivando mis manos y mis panties. Era algo agresiva, no tenía cuidado. Me estrujaba, me oprimía con las yemas de sus dedos como si quisiera dejarme tatuadas sus huellas dactilares en la piel.

Me dio la orden de no moverme de ahí y fue a cerrar la puerta. Apagó el letrero de neón de “abierto”, y bajó las persianas. Creo que no hice el intento de moverme, pero ahí me quedé, observándola irse y volver; no me gustan los roles ni que me digan qué hacer, pero disfruto cuando alguien ha asumido la iniciativa absoluta de todo y me deja la sencilla tarea de seguirle el juego.

De reojo me miré en el espejo de la barra para acomodarme el cabello. Me acomodé el busto sobre la blusa y al tacto confirmé que no llevaba puesto un sostén que hiciera juego con cualquiera de las bragas que trajera puestas. Quizá te suene estúpido, pero eso para mí fue más que una señal de alarma.

Era un hecho que no había salido de casa con la idea de terminar tendida en el lecho de alguien, mucho menos en una mesa del café donde trabajaba. ¡Qué poco romántica, qué poco locuaz! Lo que tú quieras, pero en mi vida sexual, por regla general, no hay sorpresas ni espontaneidad. No recuerdo haberme entregado a alguien sin saber de antemano que lo haría. Bueno, en realidad sí.

Pero esa mañana, Selma me tenía muy excitada. La ventaja sería que, siendo chica, no haría una cara de fuchi de toparse con alguno que otro vello en mis piernas, o de encontrarse mi coño en modo de “entresemana” sin corte o peinado de estilista. Y así fue, con una mano oprimió mi vello contra mi pelvis para deshacerse de él, y con la otra le abrió paso a su lengua con la que empezó a horadarme con más violencia de la que podría haber esperado.

La personalidad de Selma, esa mañana, era especialmente fuerte, masculina. Empezó a masturbarme con la prisa mecánica con que meten y sacan sus dedos los hombres, cuando ya les urge atravezarte con su verga. Pero su humor también era distinto, olía a perfume de maderas.

Me sentía confundida, por fuera Selma era la misma de siempre, delgadita, ingravida, de blusa de algodón de tirantes y pantalones capri de color verde aqua, pegaditos a sus piernas flaquitas y bellas y parada sobre sus zapatos de lona color tan. Pero al mismo tiempo —con la facilidad de un carnicero— tuvo la fuerza para levantar mis piernas en vilo y ponerlas sobre sus hombros haciendo volar mi falda hasta hacerla bajar y quedar en forma de flor; y dejar el pistilo de mi sexo abierto hacia ella.

Empecé a sospechar que yo estaba dormida porque nunca he tenido una falda rosa vaporosa como esa, y porque los dedos de Selma no podrían sentirse tan largos, tan potentes y nudosos. La miré a los ojos y ella sonrío, desabrochó su pantalón capri, abrió la bragueta mínima de una o dos pulgadas, mostrando sus biquinis Hanes de rombitos; y entonces, de la nada, hizo salir una polla larga y prieta, una cosa interminable que de manera serpentina empezó a moverse hacia mi vagina.

La expresión en el rostro de Selma seguía siendo la misma de siempre, cálida, desenfadada, como si fuera normal tener una boa viviendo entre las piernas y cogerse con ella de manera casual a las amigas de la universidad. Ya nos habíamos follado más de una vez; pero juntas, entre risas y de manera experimental.

Esta vez Selma se había convertido en un vato, en un demonio, en un íncubo de hollywood que me encarnaba y me encarnaba su pito con forma de alien que parecía no tener principio ni fin.

La sensación era profunda, invasiva, me sentía empalada en cada célula de mi cuerpo; y aunque era algo de una intensidad alucinante, yo ya estaba asustada y quería parar. Pero no podía moverme. Me sentía inmovilizada.

Empecé a controlar mi respiración, tendría que esperar y aguantar, porque Selma apenas se estaba acomodando para embestir. Ella me miró y sonrió maliciosamente. Le pedí que parara, y susurro en mi oído con una voz ronca de hombre que me puso la piel de gallina por más que me sonara familiar.

—Se te subió el muerto, chiquita; y no vas a poder moverte hasta que termine de vaciar mis huevos en tus entrañas.

Entonces desperté sin despertar del todo, recuperé la conciencia. Me recordé tumbada en mi cama en piyama, y Julio a un lado en ropa interior, dudando que de veras me doliera la cabeza; haciéndose el cariñoso, abrazándome y removiendo su pene contra mis nalgas. Me acordé de Julio levantándose, enojado y trayendo un vaso con agua y dos tempras; esperando a que me los tomara. Julio masturbándose junto a mí, ya con la luz apagada, esperando excitarme o molestarme o no supe qué.

Me acordé de mí, la pendeja de siempre, cediendo, masajeando su pene encima del boxer durante algunos minutos sin poder hacerlo eyacular porque su erección se había cortado. Julio molesto, y luego roncando.

Era la voz de Julio, pero la imagen seguía siendo de Selma. Pasarían ya de las 3 ó 4 de la mañana y Selma/Julio me tenía con las piernas abiertas colgando en el aire, apretándome de los muslos para penetrarme con más fuerza.

Me dejé coger, visualicé el alien entre mis piernas, la verga enorme articulada que me llevaba al cuerpo de Selma, mi amiga entrañable, el amor gay de la carrera. Aprisioné la boa con mi coño y la solté para apretarla y soltarla de nuevo; una y otra vez. Le ofrecí resistencia y ritmo a la cogida con mis piernas abiertas, con todo mi cuerpo.

Esa noche personifiqué a la más caliente de las putas, hasta hacer a mi marido correrse hasta las lágrimas, hasta saciar mi deuda conyugal que ya estaba en números rojos y ahogarla para siempre en un charco de semen. Cómo no habría de hacerlo si él había sido tan convincente en su papel de la Selma de mis sueños, si había aliviado mi migraña, si vuelto a traer a mi memoria el recuerdo de su olor, la textura de su cuerpo, el sabor de sus besos y del jugo de su sexo.

alicianormanda.wordpress.com

Un comentario sobre “El incubo que vino a verme

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