VÍCTOR HERRERO

Conducía deprisa. El camino parecía despejado. Quizá demasiado. Sus glándulas sudoríparas se habían divertido en él y el corazón no paraba de aporrear su pecho. Miraba constantemente los retrovisores. Nadie le seguía, y sin embargo algo le ahogaba. Desabrochó el cinturón para tener más libertad. Entonces lo vio. A menos de un kilómetro una fila de barreras le cortaban el paso. No podía ser. ¡Había vuelto a ocurrir! Se había despistado y estaba en la autopista de peaje.

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