ROSA LIÑARES

Los siguientes días fueron difíciles. Difíciles para todos. Isabel no le cogía el teléfono a Susana y ni siquiera a Charo, su amiga de toda la vida. Sergio también estaba desaparecido. Y Susana no salía de casa más que para ir a trabajar.
Su mundo se había puesto patas arriba. Todos se sentían descolocados. Isabel se sentía profundamente enfadada, Susana inmensamente triste y Sergio totalmente aturdido. Eran un cúmulo de sensaciones que les estaban desbordando a los tres.
Después de tres días sin dar señales de vida, Charo se acercó a casa de Isabel a última hora de la tarde. Le abrió Sergio. No tenía muy buen aspecto; se le veía ojeroso y con aspecto cansado. Pero era su madre la que estaba peor.
-Pasa. Está en su habitación. Lleva tres días sin apenas salir de ella- le dijo Sergio al recibirla.
Charo tocó con los nudillos en la puerta de la habitación. No obtuvo respuesta. Insistió pero Isabel no abrió; entró igualmente. El cuarto estaba en penumbra, con la persiana medio bajada e Isa tumbada en la cama. Parecía un muerto viviente. Ojerosa y pálida, apenas se movió cuando su amiga entró en la habitación.
-Isa, te he estado llamando, ¿por qué no me coges el teléfono?
Silencio como respuesta. Iba a ser difícil sacar a a su amiga de aquel estado de dejadez y apatía. Pero Charo no se daba por vencida. Tardó todavía varios minutos en hacer que reaccionase, pero consiguió que finalmente hablase.
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