TANATOS12

Capítulo 26

No sé muy bien por qué, en el momento en el que ya no pude ver a María, empecé a pensar en que era sorprendente que noches como la que habíamos vivido en Estados Unidos con aquel hombre, o como aquella de su aniversario de Máster, que habían tenido los elementos para que pasaran grandes cosas, finalmente habían quedado en menos de lo que prometían; y, sin embargo, en esta, que no tenía más fin que el de su confesión y por tanto del desarrollo de nuestra intimidad, estaba virando, como un gran crucero, hasta situaciones inesperadas.

De nuevo Edu entraba como un huracán en nuestro dormitorio. Yo le había abierto la puerta un año atrás y también aquella misma noche… y María lo había acabado de hacer partícipe en lo que se suponía iba a ser una noche para nosotros.

No quise agudizar el oído, no quise querer saber si hablaba entre cuchicheos o con normalidad. Los cuchicheos me matarían, pero la normalidad sería fingida.

Apenas conseguía asimilar todo lo que me había confesado de lo vivido en casa de Álvaro y se me abría otro frente en el presente. De nuevo a la vez quería paz y a la vez quería estrés. A la vez quería a María haciendo cosas que me matarían del morbo y a la vez la quería tranquila y melosa, conmigo, en nuestra cama.

No tenía intención alguna de levantarme a escuchar sus palabras, pues como meses atrás en los que sabía que se escribía con Edu por las noches, me gustaba que ella tuviera su espacio en ese sentido, pues me llegaba a excitar no saberlo absolutamente todo y estaba seguro además de que si hubiera algo que yo de verdad tuviera que saber sí o sí, ella me lo diría. No tenía ninguna duda de que en aquel juego si alguien había jugado verdaderamente sucio había sido yo.

Ni siquiera tuve la tentación también porque María no tardó más de unos cinco o seis minutos en volver.

Pude, pero no quise mirarle a la cara justo a su vuelta, pues aquel espacio que quería darle también comprendía el de no juzgar cada gesto, cada expresión, por tentado que estuviera de percibir su grado exacto de excitación o nerviosismo.

Se metió en la cama y cuando presentí que iba a apagar la luz de la lámpara sí que le hablé. Ella sabía que yo no me iba a aguantar sin preguntar y también jugaba con eso.

—¿No me vas a contar qué pasa?

—Nada. He quedado con él para comer mañana.

—¿Y eso?

—Nada especial. Hemos hecho cosas peores ¿no?

Yo no sabía ni qué sentir. Solo sabía que ella acababa de masturbarme y ya estaba excitado solo por visualizarlos quedando a solas.

—¿Y lo de Madrid? —pregunté.

—¿Tú quieres ir?

—No sé… Sí… yo iría… —dije, consciente de las posibilidades que con esa escapada se podrían abrir.

—Ya… por cierto… me ha escrito Álvaro.

—¿Ah sí? ¿Qué te ha dicho?

—Toma, léelo si quieres —dijo acercándome su móvil.

Comprobé rápidamente, por la hora que su teléfono marcaba de sus mensajes intercambiados con Álvaro, que se habían escrito tras hablar con Edu, por lo que supe que su conversación con éste había sido aún más corta.

—¿Dónde está mi cargador? —preguntó mientras yo me inmiscuía en sus mensajes y le respondía que no lo sabía. Durante el siguiente minuto ella buscaba en su cajón, entre cables, dudando si había olvidado su cargador principal en el despacho, y yo buscaba sentido a aquella conversación con aquel crío.

Lo primero que vi fue que él lo hablaba casi todo y ella no hablaba casi nada. Lo segundo que vi fue que de allí no se desprendía para nada una posible quedada, sino más bien lo contrario. Álvaro le contaba sin ser preguntado que estaba con Sofía, que el sábado tenía una cena oficial de su curso y que tras la cena llegaría Sofía y que tenía clases prácticamente hasta las ocho.

—Ya ves que se monta la película él solo —dijo María habiendo encontrado su cargador en el bolso que había llevado aquel día al trabajo.

Era cierto que en los mensajes de él había cierto poso de dejarle claro que no tenía ningún interés, explicaciones por un lado innecesarias, pero por otro era cierto que ella había sido la que había escrito primero y la que dejaba caer que quizás sí fuera a estar en Madrid ese fin de semana.

María se metió en la cama y le devolví su móvil. Me hacía a mí mismo una pregunta y era que si no había intención alguna de quedar con Álvaro, si no era posible verle en aquel ínterin entre sus clases y su cena, para qué ir a Madrid entonces.

Mi novia apagaba la luz y yo a punto estaba de hacer la pregunta: “¿para qué iríamos entonces?”, pero no la pronuncié, y ella pretendía o conseguía dormir mientras yo ya elaboraba una teoría, una teoría que sería moldeada y perfeccionada por la tarde de aquel ya sábado.

No nos levantamos precisamente temprano al día siguiente por lo que la mañana apenas existió, y no fue hasta pasada la una del mediodía cuando le pregunté a qué hora y donde había quedado.

María se duchó, se vistió en el dormitorio y se disponía a salir de casa con unos vaqueros y un jersey grueso color naranja. Yo pensaba que quizás hacía hasta algo de calor para aquella ropa en aquel ya mes de abril, cuando, sospechando que se iría sin más, la paré y nos dimos un pico en los labios. Fue un beso normal, de novios, con la extrañeza de que sí vi algo en su mirada que no supe leer.

Tan pronto se fue sentí un vacío enorme. Por un lado me tensaba y me daba respeto que estuviera a solas con Edu, pero por otro veía en aquello una irracionalidad, pues pasaban horas y horas juntos en el despacho o en los juzgados, por no hablar del pasado verano y sus horas juntos en la playa. Pero no podía evitar sentir cierta angustia.

Estaba también el tema de su indumentaria, ya que de alguna manera el hecho de que fuera a su encuentro con Edu con aquella ropa que la hacía tan dulce y tan… abrazable, por decirlo de alguna manera, me llegaba casi a doler más que si se hubiera vestido de una forma más sugerente. Como que aquella María de fin de semana, afable, adorable… solo podía ser para mí.

No solo me dolía sino que también me confirmaba que obviamente se había vestido así porque había querido y no por petición alguna.

Mi soledad era combatida con el entretenimiento de pensar si iríamos a Madrid realmente, y, de ir, donde dormiríamos y cómo iríamos. Me tensaba sobremanera aquella posibilidad. Solo distraerme buscando hoteles disponibles por internet alteraba mis pulsaciones.

Antes de prepararme la comida tuve una tentación. La tentación de su ordenador portátil. La tentación de sus correos electrónicos. Quería verlos y no quería verlos. Finalmente ni llegué a intentarlo. Que quizás allí podría haber algún paso más de lo que había visto en su teléfono era una posibilidad, pero sabía que no habría mucho más que eso.

Tras aquel debate interno me di cuenta de que tan ocupado había estado dándole vueltas a la pregunta de “a qué iríamos a Madrid” que no había pensado en la pregunta de “¿para qué quedaba con Edu?”, y pronto deduje que sin duda ambas preguntas podrían prácticamente compartir respuesta.

Estaba acabando de comer cuando María me envió una foto de unos espaguetis con almejas y algún langostino. Acompañaba aquella frase con un “tenemos que venir aquí” y un emoticono de una cara amarilla relamiéndose, y yo sentí un amor inabarcable y como mi sensación de temor aumentaba. También me daba la sensación de que ella, con ciertos ramalazos melosos en momentos concretos, quería decirme a mí, pero sobre todo a sí misma, que todo estaba bien, como queriendo no ver o asumir la gravedad de nuestras circunstancias.

Me los imaginaba comiendo juntos, con aquella relación que yo había presenciado en varias ocasiones y que en el fondo llegaba a ser no fría, sino incluso gélida. Me imaginaba a María, quizás quitándose aquel grueso jersey en su presencia pues ciertamente hacía calor y me preguntaba si ella llevaría debajo una camiseta de tiras… una de aquellas que le hacían un pecho tan contundente. Aquella visión me parecía impactante y un exceso, pero después reparaba en lo absurdo de mi cavilación: como si Edu no hubiera visto todo y hubiera hecho absolutamente todo… meses atrás… con ella.

Entré por casualidad en su foto de perfil en el teléfono y la vi guapísima, con una blusa de lunares, en un viaje que habíamos hecho un par de años atrás. Estaba prácticamente igual y me fijé entonces en su mirada. Sin ser sus ojos de un azul o de un verde llamativo me parecían de los ojos más bonitos que había visto nunca, con aquel tono miel que según le diera la luz podría ascender de avellana a verde claro, y no sé muy bien por qué aquella mirada me llevó a la mirada de cuando nos habíamos despedido un rato atrás, y concluí que aquella mirada no solo entrañaba cierta fingida tranquilidad, sino también una luz potente, encendida… Quizás fueran imaginaciones mías o que yo lo quería incluso creer, pero llegaba a pensar que aquel orgasmo que no había tenido se plasmaba allí; que aquel calentón, que aquel sofoco, seguía en su cuerpo.

No mucho más tarde recibí otro mensaje suyo e indudablemente me alegré:

—Voy en un rato.

—Ok —respondí, sin ánimo de sonar seco, pero así me lo pareció viéndolo en la pantalla.

—¿Has mirado trenes? En coche igual es mucha paliza. Y hotel, claro.

—¿Entonces vamos seguro? —pregunté.

—¿No decías que querías ir? Ya te digo que no voy a hacer nada, que no va a pasar nada. Que seguramente ni le veamos, que te veo venir.

—Vale, vale. No, no he mirado trenes, ni hotel, ni nada —mentí— ahora te digo.

Reservé el hotel que ya había ojeado y con respecto al tren había uno que salía pasadas un poco las siete y llegaba a las nueve. No había demasiadas plazas, de hecho no pude coger dos asientos juntos. Mis dedos me descubrieron, comprando los billetes, que estaba muy nervioso.

María llegó cuando me estaba duchando y cuando salí ella tenía prácticamente la maleta hecha y no quise hacerle demasiadas preguntas sobre de qué había hablado con Edu o sobre qué tal la comida. Me dispuse yo a hacer mi pequeño equipaje, metiendo todo lo necesario, y no solo en cuanto a ropa, y reparé en que había unas bolsas en el dormitorio. Me extrañaba un poco que volviendo de comer con Edu se hubiera parado a comprar ropa pero tampoco era rarísimo ni descartable.

Me fui al salón y me puse algo en la tele mientras esperaba a que ella acabara de arreglarse. El taxi que habíamos pedido no tardaría en llegar.

De primeras no reparé. La sentí aparecer en el salón y apagué el televisor. Me puse en pie y ella pasó por delante de mí, abrió la puerta y llamó al ascensor. Llevaba una chaqueta azul marino de raya diplomática, como de traje, algo larga, y una camisa blanca debajo. En las piernas tan solo llevaba unos shorts que de cortos, apenas asomaban, si es que asomaban, por debajo de la americana. Los tacones eran impactantes por como hacían lucir sus piernas, aunque no de por sí exagerados. Yo dudaba si alguna de aquellas prendas pudieran haber sido compradas aquella misma tarde y no podía estar plenamente seguro. Arrastró entonces su trolley hasta dentro del ascensor y… dentro de su jovialidad y su belleza natural irradiaba un impacto tremendo… casi como una señorita de compañía yendo, o viniendo, de estar con un cliente.

Entré con ella en el ascensor. Su pinta de puta de lujo quizás no era tan patente de frente como viéndola desde atrás, o daba esa sensación si acaso porque en el espejo de aquel pequeño habitáculo no aparecían reflejadas sus piernas. Estaba algo maquillada con su melena muy voluminosa y larga, los labios ligeramente pintados. Y sentía que aquella vestimenta me recordaba a algo.

Ya sentados ambos en la parte trasera del taxi acabé de modelar mi teoría, mi respuesta a la pregunta de por qué íbamos a Madrid. Los motivos de los tres, porque aunque solo viajásemos dos, los tres teníamos nuestras pretensiones:

Sin duda la motivación de Edu era aquel poder sobre ella, aquella especie de pasearla a distancia, aquel “vas allí, te vistes así y si acaso quedas, aunque no hagas nada, con el crío que te ha follado”. Su motivación parecía ser la orden, no el resultado final de la misma. Ese poder sobre María era su capricho y a ella le atraía precisamente aquella obediencia. Y para mí resultaba no solo morboso por el sometimiento de María, sino por el mío propio, ya que su capitulación entrañaba la mayor de mis humillaciones. Y no solo eso, sino que además aquel viaje fugaz de apenas veinticuatro horas era también una puerta abierta a que en otra ciudad pudiéramos salir a cenar… tomar algo… en un pub… en una discoteca… y poder verla atacada de nuevo.

Parados en un semáforo observé aquella chica de compañía; aquella camisa blanquísima, aquella americana carísima, y aquellas piernas cruzadas, desnudas… y descubrí a qué me recordaba aquel look de María… sobre todo aquello de que con una americana larga tapase sus shorts y pareciera que no llevaba nada debajo: era similar a lo vestido en Estados Unidos aquella noche en la que había conocido a aquel hombre.

Me preguntaba si era descabellado pensar que no solo en aquel taxi iba vestida como Edu le había ordenado.

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