Mª DEL CARMEN MÚRTULA

» Durante la vuelta de la noche siguiente no ocurrió nada. Yo me preguntaba, a medida que nos acercábamos a casa, si habría soñado lo de la noche anterior. Estuvimos callados durante todo el trayecto, al parecer ninguno de los dos está­bamos por romper el silencio.

‘¿Ni si quiera me vas a dar un beso de buenas noches? —me dijo cuando ya habíamos descendido del coche.

‘¡Oh, sí, claro!

» Me acerqué y le di un beso en la mejilla al tiempo que le decía:

‘Buenas noches, tío Luis y gracias por todo.

» Me di la vuelta, pero él me cogió del brazo y me hizo girar hacia él diciendo:

‘No, así no.

» Me abrazó y me besó en la boca. Pero yo me resistía. Me sentía tensa y agresiva. Él se apartó con brusquedad y me dijo:

‘Lo siento, no me gusta forzarte.

‘No es eso. Lo que pasa es que… Bueno, supongo que tengo que ir haciéndome el ánimo de que las cosas tienen que cambiar entre nosotros.

‘Entonces, esa resistencia no significa que me rechazas —era más una afirmación que una pregunta.

‘Supongo que no, pero creo que necesito tiempo para poder poner nombre a esta nueva situación. Me gustaría que respetaras mi ritmo.

‘De acuerdo. Sabes que te estaré siempre esperando.

» Cerró la puerta del garaje y nos dirigimos a casa. Antes de entrar le pregunté:

‘Y, ¿qué pasa con mi madre?

‘¿Con tu madre…? ¿Qué pasar? Que yo sepa, nada. ¿Por qué me haces esa pregunta?

‘Bueno… ¿piensas dejarla por mí?

‘¿Dejarla…? ¿Por qué? Tu madre es mi esposa ¿no?

‘¿Ah sí?… Y yo, ¿quién soy?

‘Esto es distinto. Tú… tú eres mi… sí, mi discípula. Eso. Y yo soy tu profesor. Ahora que, te aconsejo que no le digas nada de todo esto, quizás no lo entienda y se sienta celosa.

» Y sin más comentarios me hizo entrar sigilosamente en la casa dormida.

» Aquella noche el hombre de mis pesadillas tenía un ros­tro ¡mi padrastro!

‘Bueno, Elsa. Esta es la última noche que viajamos solos. Mañana como es el último día de la feria, vendremos toda la familia a celebra la despedida de los feriantes. Supongo que te lo habrás pasado bien ¿verdad?

‘¡Oh sí, tío Luis! Han sido noches perfectas. ¡Como nun­ca podía haberlas soñado!

‘Y… ¿Qué hay del chico “más interesante”? ¿Quieres ha­blarme de él?

‘Pues…, se llama Martín y este año termina la secundaria. Estu­dia en un instituto de la ciudad, pero su familia vive en el pueblo.

‘¿Y te ha dicho que quiere seguir viéndote?

‘Bueno, él vuelve al pueblo todos los fines de semana y sí me ha dicho que le gustaría encontrarse conmigo en la disco­teca algún sábado, pero yo no le he dado muchas esperanzas.

‘¿Por qué no? No me digas que a estas alturas no tie­nes confianza para pedirme que te siga haciendo este favor. ¿Cómo has dudado que yo haría esto por ti? —en su voz había mezcla de enfado e ironía.

‘Bueno… Pensé que esto se acababa con el fin de la feria.

‘¡Pobre Elsa! Como el cuento de la cenicienta ¿no?

‘Pues… ¡Algo así!

‘¡Pues no! Pienso que como ella mereces ser feliz. Y aun­que también eres huérfana, tienes un padre que quiere ayu­darte a que lo seas. ¿Sigues aun dudándolo?

‘No, pienso que no —dije con timidez mirándome las manos.

‘Así está mejor. De todas las maneras creo que te tienes que espabilar, pues puede haber alguna más viva que tú, que te lo quite. ¿No has pensado en eso?

‘Sí, puede ser. Pero ¿qué voy a hacer? No puedo forzar al destino.

‘No forzarle no, pero sí darle facilidades para que se convier­ta en tu aliado y conseguir un futuro favorable. ¿No te parece?

‘Tal vez.

‘¡Pues claro! Ya iremos pensando en posibles estrategias. Quizás tengas tú algo ya en mente.

‘En realidad no, puesto que no quería hacerme ilusiones por si esto no continuaba.

‘Pues ya ves que por mi parte sí que va a seguir. Así que vete haciendo a la idea y le dices mañana que el próximo sábado os veréis.

‘Gracias así lo haré —me quedé en silencio. Durante un buen rato sólo se oía el rodaje del vehículo por la carretera desierta.

‘¿Cuándo quieres que continuemos las clases? —dijo con los ojos fijos en la carretera. Yo temía esa pregunta y como nada respondí, continuó—. Vamos a estar una semana sin tener otra oportunidad.

» ¿Qué hacer? Me volví a mirarle con timidez y le pregun­té algo nerviosa:

‘Bueno, ¿y cuál sería la próxima lección?

» Aparcó el coche fuera de la carretera.

‘Me parece que estaremos más cómodos si salimos del co­che, no creo que tengamos frío, hace una noche estupenda.

» Me ayudó a salir muy gentilmente y sin soltarme de la mano nos adentramos en un pequeño bosque y nos pa­ramos debajo de un árbol donde había un buen sitio algo ocultos desde la carretera. Colocó su gabán en el suelo para evitar la humedad y aún los dos de pie se me acercó hasta rozarme con sus labios los ojos. Yo le acariciaba el pelo y le dejaba que recorriera con su boca todo mi rostro. Poco a poco me iba empujándome hasta quedar sentados encima del gabán.

‘¡Oh, Elsa, Elsa! Eso de las lecciones es una excusa tonta. Quisiera estar seguro de que correspondes a mis sentimientos.

‘Eres la mejor persona que conozco —le comentaba mientras sentía sus besos en mis orejas y en mi cuello—. Siempre estaré en deuda contigo, pero tienes que tratar de frenar esos arrebatos. Yo, aunque presuma de lo contrario, sólo soy una niña asustada ante tus lecciones.

‘No, no lo eres, y la verdad es que me estás volviendo loco y quisiera hacerte mía.

‘No, Tío Luis, no puedes pedirme esto. Sé que siempre has hecho lo posible por no forzarme, pero creo que esto debemos de evitarlo, no quiero verme en una situación que luego no pueda remediar.

‘Yo sé, cómo se puede controlar. Hay métodos…

‘No siempre son eficaces —le interrumpí poniéndole mis dedos sobre sus labios—. Además, quisiera, cuando llegara el momento, no renunciar a la maternidad. Y en cuanto a esas cosas, estoy convencida de que cualquier procedimien­to contra la naturaleza tiene que ser perjudicial, no sólo físi­ca sino también psicológicamente.

‘¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? —dijo se­parándose bruscamente.

‘No quiero que te enfades —le susurré cariñosamente acariciándole la mejilla—. Pero tienes que respetar mi ritmo. No creo que estoy preparada para llegar donde tú quieres que lleguemos. Yo intentaré hacer todo lo que me pidas para hacerte feliz, pero no me pidas eso.

‘¿Tú crees que se puede hacer feliz a una persona sin sa­tisfacer sus deseos?

‘No todos los deseos son lícitos. Y este tuyo hacia mí no lo acepto como tal. Así que te tendrás que conformar con lo que te pueda dar.

‘Bueno, ya veo que necesitas más tiempo —dijo mirán­dome fijamente y haciéndome estremecer. Me volvió a abra­zar más firmemente. En mi interior ardía un fuego intenso y agónico, pero mi mente me obligaba a mantenerme firme. Puso su cabeza en mi regazo y me gritó con un gemido:

‘¡Oh, Elsa! No sé si podré resistirlo. Temo no tener pa­ciencia ni sosiego.

‘Ya verás que sí. Yo te ayudaré.

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

http://minovela.home.blog

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