LOLA BARNON

Cuando llegué a mi casa y entré en el salón, vi a la tal Mamen con Isabel. Mi mujer estaba como ida, aturdida. Sin apenas reacción. Solo cuando me vio, comenzó a llorar de nuevo.

—Lo siento, Luis, de verdad que lo siento… Perdóname —me decía entre sollozos.

Me senté a su lado y me abrazó con mucha fuerza. Casi histérica. No paraba de llorar y me quedé quieto intentando que su desconsuelo fuera remitiendo. Pero continuaba con un lloro convulso, de fuertes estremecimientos. Miré a Mamen que ahora acariciaba la espalda de mi mujer con suavidad y me observaba, alternativamente.

Ella me hizo un gesto para que me acercara a la cocina. Con suavidad, me quité de Isabel, la abracé con poca intensidad.

—Dame un par de minutos. Ahora vuelvo. —Ella asintió enjugándose las continuas lágrimas que no paraban de brotar de sus ojos

No sabía cómo reaccionar y opté por seguir a Mamen a la cocina. Entendía que ella, mucho más entera y serena que mi mujer, me contaría lo que había sucedido.

—¿Puedes decirme qué ha pasado? —A pesar de todo, mi tono era frío. Distante con la tal Mamen, aunque no la conociera ni supiera si tenía algo que ver.

Ella resopló. Me miró y apretó las mandíbulas. Percibí que tragaba saliva con nerviosa dificultad.

—No sabemos exactamente qué ha ocurrido… pero el sábado… —le costaba continuar—, en una fiesta… Dos hombres han violado o abusado de ella.

—¿Una fiesta? ¿Qué fiesta…?

—Una a la que… Una que invitaron a Isabel. —Esta última frase la dijo con rapidez avergonzada.

—¿Y allí la violaron? —pregunté.

—No sabemos si es violación o un abuso, o, bueno, no sé exactamente. No soy abogada… De cualquier forma, una barbaridad.

—¿Cómo que no sabes si es una violación? Joder, eso…

—Iba drogada, Luis. —Me cortó. Aquello me dejó de piedra.

—¿La drogaron? ¿Unos tíos la drogaron…?

Mamen resopló. Se armó de valor y me miró directamente a los ojos.

—No seas muy duro con ella, te lo ruego… Ahora está en un momento muy malo… Ha sido una estúpida… —prosiguió un instante después—. Esto es muy jodido, Luis.

—Pero… no entiendo nada, ¿quién la drogó? ¿Alguno de los dos…

—Es todo muy confuso…

—Pero ¿quién la drogó?, joder Mamen, dime algo que pueda entender… —casi chillé

—Nadie drogó a Isabel. —Me contestó tras unos segundos en silencio tragando saliva ostensiblemente—. Isabel tomó coca… Iba… al parecer, iba muy puesta, Luis. —Cuando terminó bajó la vista al suelo.

Me quedé pasmado. De piedra. Aquello sobrepasaba todo lo imaginable.

—¿Estabas tú con ella? —mi enfado fue en aumento—, porque si es así, eres una amiga cojonuda, ¿sabes?

—No. Yo no estaba. Ni nadie conocido. —Mamen me respondió con tensa tranquilidad.

—Joder… pero entonces, ¿con quién fue a esa fiesta, cojones?

—Luis… No soy nadie para decirte nada. Pero te ruego que ahora no la montes un número. Se ha equivocado… lo ha jodido y lo sabe. Yo misma se lo dije en una ocasión. Ha tomado decisiones muy erróneas y yo entiendo que esto sea… totalmente inaceptable para ti. Pero ahora Isabel te necesita. Mucho, de verdad. Está hundida. Muy jodida. Te lo pido por favor. Dentro de unos días… pues ya tomas la decisión que quieras. Pero ahora debes estar a su lado. Te lo ruego.

—Lo primero es denunciarlo —atajé con firmeza—. Isabel y yo… bueno… una cosa no quita la otra. No sé cómo ha sucedido, ni si la droga tuvo que ver… pero si la han violado, hay que denunciar.

—No es tan fácil Luis. Habla con ella. Dale tu apoyo ahora. Y como te dije antes, luego decides lo que entiendas como mejor. Para ti, y para ambos.

2​

Isabel estaba tumbada en la cama, con la televisión muy baja y todo a media luz. Mamen se había ido pocos minutos antes. Me pidió hablar a solas con mi mujer y las dejé. De hecho, me fui a dar un paseo y a pensar. Pero poco saqué en claro. O bueno, sí. Que, aunque tuviera claro que Isabel se había propasado en todos los sentidos y que el tema de la cocaína me había dejado absolutamente impactado, no podía dejarla así. Era una mujer egoísta, cruel, casi inhumana… Pero yo no. Mi deber, o así lo sentía como tal, era quedarme ahora con ella. Luego, me iría.

Me costaba horrores tranquilizarme y no montarla un número. Tenía que respirar con mucha intensidad y sosegarme cada vez que pensaba en ella. Pero era imposible para mí, por mi educación o manera de entender la vida, abandonarla en el estado en que se encontraba.

Entré en el dormitorio y me senté en la cama, cerca de ella, pero no a su lado. No podía dar ese paso. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para aparentar toda la tranquilidad necesaria y abordar este tema como yo creí que debía hacerse.

Ella me miró con vergüenza, apretó los labios y un par de nuevas lágrimas salieron de sus ojos. No hice nada. Ni me moví, ni la hablé ni la acaricié. Ya no era el momento de llorar, sino de enfrentarse a las cosas con madurez y sentido común.

Dejé que se calmara. Luego, despacio, se sentó en la cama abrazando las rodillas con sus brazos. Volvió a mirarme algo más tranquila.

—Gracias Luis… —me susurró.

Me mantuve sin decir nada. Solo la miraba con el gesto entre serio, cabreado y preocupado.

—Dime qué pasó. —La pregunté finalmente, pasados unos segundos en completo silencio, y con toda la frialdad que fui capaz de imprimir a mis palabras

Se revolvió un poco nerviosa, suspiró y empezó a hablar.

—Me invitaron a una fiesta. —Se detuvo tras hablar en un hilo de voz. Quizá esperaba que yo la fuera preguntando y que ella me contestaría hasta completar la historia. Pero opté porque fuera Isabel la que lo hiciera, sin que yo interviniera más que lo estrictamente necesario.

—Una fiesta de esas que llaman blanca… fui con un… un amigo. —Aquí, justo cuando dijo esto último, bajó la voz hasta hacerse casi inaudible—. Y… bueno, pues se me fue de las manos, bebí… —volvió a callarse. Miró al techo un momento y tuvo un conato de retomar el llanto. Se le encharcaron los ojos—. El tema es que… pues eso, que me invitaron a una raya… un par de ellas. Las llaman fiestas blancas porque hay coca… Yo, acepté tomar esas rayas… Y entre eso y el alcohol, pues… perdí la noción y el sentido de casi todo…

De nuevo silencio. Mi corazón galopaba de enfado, de absoluto y rotundo cabreo. Yo me estaba mordiendo la lengua, y apretaba los puños con fuerza, pero sin que ella pudiera notar nada. Quería parecer impasible, frío, distante.

—No sé cómo… bueno sí…, pero lo que no sé es cuándo y porqué empezó todo. Yo… —dudaba y desviaba la vista continuamente, claramente molesta por el relato—, el caso es que me vi con dos hombres en una habitación… Y, entonces… pues eso, empezamos… —agachó la cabeza avergonzada—. Pero no sé cuándo… o bueno, al poco de empezar… o cuando llevábamos poco, tomaron más coca, me obligaron a tomar más… Me estaban… me follaban —de nuevo pronunció con un tono muy baja, como si así pudiera ocultarla—… me vi muy incómoda, sentí dolor y que me tocaban y decían cosas muy desagradables… Insultantes… Entonces… —cerró los ojos y noté que se tragaba las lágrimas y un sollozo—, uno de ellos me penetró con fuerza… me hizo bastante daño, el otro se rio, y les pedí que me dejaran… O que pararan, no sé. No me acuerdo bien.

Fijó su mirada de nuevo en el techo. Buscaba las palabras menos hirientes para mí, pero ya me daba igual. El daño no estaba en oírlo, sino en saberlo.

—El hecho es que empezaron a ser muy bruscos… riéndose y eso… y uno de ellos… pues… se… me cogió con fuerza y me… me la metió otra vez. Los dos… el otro, también. Yo, recuerdo decirles que me dejaran, pero no… No me hicieron caso. Grité, supliqué… Recuerdo todo a trozos… —Me miró en ese momento buscando quizá apoyo a su relato, pero permanecí en silencio, dejando que fuera ella la que asumiera con sus propias palabras todo aquello. Respiró con profundidad y se colocó el pelo detrás de la oreja—. El otro se reía y le vi masturbarse… Yo empecé a gritar y a intentar quitarme al… al de encima, pero no podía… Y uno de ellos, no sé quién… después de todo lo que me hicieron, se… se orinó encima de mí. —Se tapó las cara con las manos y sentí que lloraba ya desconsoladamente—. Luego… luego se le unió el otro…

Dejé pasar un minuto mientras ella calmaba algo su llanto. En ningún momento me acerqué ni mostré el menor signo de compasión. Sencillamente, no podía. Isabel era una mujer totalmente extraña a mí. Sentía frío cuando la miraba.

—¿Te estás drogando? —pregunté pasados esos instantes sin poder evitar una clara sensación de miedo por la respuesta que podía darme.

—He estado en otra fiesta parecida. En esa también la probé… Bueno, eso… Pero no, no consumo, Luis. Te lo prometo. Te juro que no. —Se secaba las lágrimas con las manos y la manga del pijama—. Fue un error… Otro más… —dijo está última frase bajando de nuevo la voz hasta dejarla en un mero susurro.

Asentí con lentitud y muy despacio. Se me hacía un mundo entender todo aquello.

—Sí… muchos errores. Demasiados… —apostillé con rabia.

—Te juro Luis que…

La detuve con un gesto de mi mano derecha. Cerré los ojos y respiré. Era suficiente por ese día. Necesitaba descansar, primero comer algo y luego intentar dormitar un poco para alejar el embotamiento tan alucinante que llevaba encima. Me levanté despacio y ella me miró con un punto de angustia en la voz.

—Luis… perdóname. Sé que… me he equivocado mucho… Totalmente —me dijo viéndome que yo continuaba de pie y me mesaba los cabellos pensativo—. Yo…

—Isabel… —La corté e intenté hablar con toda la tranquilidad que pude—. Voy a estar ahora contigo, no me voy a ir. No puedo ser tan cruel como tú sí has sido conmigo. —Era consciente de que mis palabras dolían en el estado en que se encontraba ella, pero no podía evitarlo. Y tampoco quería, la verdad—. No voy a dejarte sola. Pero… has sido conmigo una verdadera hija de puta. Una hija de puta completa, como jamás pensé que nadie pudiera serlo conmigo. Te salva que eres la madre de mis hijos… Lo siento, pero es así.

—Sí, es verdad. Solo puedo disculparme… rogarte que me… que me perdones… —me miró un instante, pero creo que vio una mirada gélida en mis ojos—. Y gracias… De verdad —sollozó—. Te necesito… —Volvió el llanto silencioso.

—Isabel, quiero que te quede claro una cosa: quedarme ahora no significa que me olvide de todo lo que… De todo lo que has hecho, Isabel. Ni me olvido, ni te perdono. Y creo que… que nunca lo haré. —Quise ser especialmente ácido con esas palabras y no me importó si ella sufría al oírlas—. Me quedo porque no tengo el nivel de crueldad que tú… que tú… sí has tenido conmigo. No soy… no soy un hijo de puta.

—Lo sé. No… debería… Luis, me he equivocado, lo siento mucho. —Volvió a llorar—. Te juro que me hago cargo. Por eso te doy las gracias, mi vida… De verdad, muchas gracias.

—Voy a comer algo… y dormiré en el cuarto de invitados… No voy a hacerlo contigo. No me encuentro con ganas de… de estar cerca de ti. No te puedo, ni rozar… —me levanté con un gesto asqueado.

—Lo entiendo… de verdad. Lo que tú quieras, Luis. Pero no me dejes sola, te lo ruego.

—No lo haré, Isabel. Pero en unos días, decidiré qué hacer. Y… —fui a decirle que seguía con la idea del divorcio, de dejarla sin los niños, sin casa, y que continuara esa vida de locura que había elegido, pero me callé. Tuve un acceso de piedad con ella en ese momento.

—Te entiendo… —susurró.

Iba a irme del dormitorio y me giré.

—Hay que denunciar esto, Isabel…

Ella escondió la cara entre su manos. Durante unos segundos estuvo así, compungida, con un llanto silencioso. Cuando elevó la cara, se limpió las lágrimas.

—No sé si puedo hacerlo…

Volvió a llorar desconsoladamente.

—No sé si seria bueno para los niños, para ti… para mí… No lo sé… —añadió.

—No te preocupes de mí, ni de los niños… Hazlo por ti.

—Dame unos días, por favor.

—¿Por qué? —inquirí extrañado.

—Hay… hay… una grabación. No sé ni quién la hizo, ni cómo, ni cuando… pero no quiero que eso… que eso salga en un juicio. Luis… por favor… ayúdame. Dame… dame unos días.

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