JULIO FUENTES GONZÁLEZ

 

Mis padres se gritaban tanto, y tan a menudo, que el sosiego de cualquier lugar siempre me ha resultado molesto. No soporto balnearios, parroquias, casas de reposo, tanatorios ni pueblos perdidos. Porque eso de cerrar los ojos y abandonarse a esa placentera vagancia de los sentidos… Ese tipo de placeres me ponen muy nervioso. La fuerza de la costumbre –lo aprendería con los años– es el mayor de los vicios; aunque sea una fuerza de buenas costumbres, que no es el caso.

Adelina se había puesto el vestido beige, los guantes, el inútil bolso de mano y toda la bisutería de sus efemérides y nuestros aniversarios. Yo vigilaba el volante cuidándome de no pisar la línea continua mientras ella, con la cabeza descansada en los minúsculos seísmos del cristal, roncaba muy discretamente sin alzar la voz al motor del automóvil, por un extraño respeto, quizá, a jerarquías de manada. Elena dormía también, en la parte de atrás, abrazada a alguna de las fotografías que suele recortar de las revistas.

Al frente, la carretera se consumaba en una recta interminable. Aquel viaje era la cosa más absurda que había hecho en mucho tiempo. Y ni siquiera podía quejarme. Porque todo es culpa de esa mala costumbre, sí, esa costumbre de decirlo todo, de volcarlo todo por la boca. Todo cuanto pienso decir y aquello que pienso mientras lo voy diciendo. Como si las ideas, en fin, lo asfixiaran a uno como el hueso de un melocotón gigante, y luego hubiera que expulsarlas a bocanadas en un raro exorcismo que siempre acaba dejándome en mal lugar. Así que conducía aquella larga recta en silencio para no despertar a Adelina y a nuestra hija, haciendo pasatiempo con la orilla de la línea continua aunque no hubiera tráfico.

Los pueblos de aquella comarca se adivinaban a ambos márgenes de la carretera. En una noche de verano, un pueblo visto en escorzo no es más que una nebulosa de bombillas: algunas se dan relevo y descanso, luego otras, y su luz es tan débil que parecen todas dispuestas a una misma cosa: mantener el pulmón de unas ascuas hasta la amanecida.

Desde el espejo retrovisor observé cómo Elena abría sus ojillos con pereza. Nunca ha sido verdaderamente dulce conmigo. Sólo me respeta.

–Ya casi estamos –le dije.

Entonces volvió a dormirse con la boca abierta, apretando el recorte de la revista contra su vestido. Mis padres dicen que la consiento demasiado. La familia de Adelina, sin embargo, siempre anda quejándose de mi falta de disposición hacia la niña. Es muy posible –ahora estoy seguro– que aquella noche hiciera quinientos kilómetros al volante únicamente por contradecir los consejos que apuntaban desde mi casa. Daba igual. Allí nadie predicó jamás con el ejemplo. De modo que viajábamos desde las cinco, tal vez las cuatro y media, hacia el asterisco que Elenita había señalado en el mapa.

–¿Seguro que es ahí el concierto? Queda un poquito lejos, nena. ¿De verdad que estás segura?

–Segurísima, papá.

Un lugar sin ningún interés y que jamás había oído nombrar en toda mi vida. Ni tan siquiera en los noticiarios.

El santoral de alguna patrona había prendido el pueblo con mayor fuerza que las ascuas vecinas. A la entrada, antiguos carteles electorales mostraban el rostro juvenil de gobernantes ya encanecidos, y sus consignas habían sido alteradas jocosamente a rotulador. O muy cerca, en una pared mordida por los desconchones: ¡vivan los quintos del ochenta y tres!  Y así.

Poco después, Elena se abrazó al respaldo del asiento de mi esposa, mirando con ensueño por las ventanillas del automóvil. Adelina se despertó entonces, en perfecta sincronía.

–¡Lo voy a echar tanto de menos! Hoy es la última noche que pasará en España durante mucho tiempo. ¿Sabías que se va a hacer las Américas, mamá?

–¿Y por qué habría de elegir para su última actuación este pueblo perdido de la mano de Dios? –le pregunté.

–No te enteras de nada, papá. Marco nació aquí.

Mientras aparcaba junto a la plaza, mi esposa se secó las babas con un guante y se retocó el maquillaje con la ayuda del retrovisor.

–Es mejor que nos esperes a la salida –me dijo–. Ya sabes que la niña se cohíbe contigo. Será cosa de un par de horas. Anda, date una vuelta y que te dé el aire.

Y salieron correteando como dos buenas amigas.

En la plaza había vino y quesos, y chorizo, y patatas fritas, y jamón, en una gran mesa usurpada comunalmente. Para los de Villanete, aclaraba el cartel. Al lado, en una pequeña caseta, se vendían los tickets para una barra que nadie atendía. Forasteros, decía sobre la chapa. Me senté a empollar el capó del coche y observé el panorama. No demasiado rato, tal vez cinco o diez minutos. Qué estúpida mi vanidad cuando esperé que mi condición de forastero ganara la curiosidad de aquellas gentes. Sólo comían con una prisa extraña, entre vocingleras y risotadas. Luego vi que otros hombres, apoyados también sobre el capó de sus automóviles, aguardaban junto a la plaza. Uno le pedía lumbre al otro y luego echaban un pitillo sin que mediasen comentarios. Véngase a caminar un rato, me dijo el que parecía mayor, así estiraremos las piernas. Era algo más viejo que yo, orondo, achaparrado, con esa simpatía venerable y terrorífica que ostentan algunos místicos. Nos estrechamos la mano. Manuel Jordán, me pareció escuchar. Tenía una sortija cabezona, la uña del meñique sin recortar y cierto tufo a paja mojada en el sudor del cuerpo. Se nos unió el otro, Víctor Nosequé, de quien sólo recuerdo que trituraba caramelos mentolados con los dientes. Jordán y el tal Víctor parecían conocerse de alguna otra ocasión, ya que apenas se saludaron con un gesto fugar.

–¡Gracias a Dios que hoy acaba todo! –dijo Manuel Jordán– ¡Estoy hasta la coronilla del Marco ese!

–Ya será menos, Manolo –sonreía el otro.

–Nada de eso, majete. Es que la gira va ya para los seis meses. Tengo que enseñarte el cuentakilómetros, hombre.

Nada menos que seis meses, me dije. Eran hombres de esa clase incomprensible, aunque tan común: siempre se muestran de humor, muy solícitos, si alguien los reclama para cualquier cosa; hombres con tal cuidado en los detalles que nos desconciertan por su generosidad; y su sentido del humor es pudibundo, y jamás enfrentan sus opiniones… Todos sus vicios, si es que los hay, siempre son veniales. Así, tal exceso en sus virtudes acaba por demostrar una ausencia de carácter irritante. Sin embargo, suelen ser quejumbrosos si coinciden con algún otro de su especie. Sólo entonces parece pesarles la corona de espinas que esconden bajo la calva del flequillo. Porque estos hombres llevan una vida similar a un programa de centrifugado. Como trapos mil veces volteados en el tambor de una lavadora, el paso del tiempo no ha hecho más que desteñirlos. Así, el que fuera apasionado se tornará sensiblero; el sarcástico, bufón; el optimista, místico; el prudente, asustadizo. Y en ese plan.

Caminábamos despacio, buscando ese placer de la novedad que ofrecen los lugares desconocidos. Jordán, con las manos enlazadas a la espalda, dedicaba a cada casa un interés que quizá no hubiera dispensado a una gran catedral, y a veces se detenía a contemplar el arabesco de algún enrejado, o la luz secreta que ardía tras el velo de una cortina, o incluso alguna lagartija a la que hubiera llamado gárgola sin sonrojarse. Leía en voz alta el letrero que daba nombre a las calles y ponía en cada sílaba la poca altisonancia que aún le quedaba dentro. Si encontrábamos a algún lugareño sentado al fresco de la puerta, Jordán o Víctor le investigaban todos los detalles del rostro y la indumentaria. El lugareño, que comía rajas de sandía y levantaba la diestra en saludo a algún otro conocido, me arrancó una burla de la que más tarde tendría que arrepentirme:

–¡Ahí tienen a su niño del orbe!

Pero Jordán seguía a lo suyo, y Víctor a Jordán, sin hacer aprecio a la sorna del chiste. Sólo unos metros después, alguno dijo:

–¡Qué simpático eso que dijo usted del niño del orbe! Tengo que comentárselo a mi señora.

Advertí entonces que tenían una manera de caminar simétrica; como con marcialidad saltarina y algo de pachorra al mismo tiempo; y sus miembros se descansaban hacia atrás a cada paso, de modo que la hinchazón del abdomen les llevaba siempre la delantera. La barbilla erguida y el centro de gravedad muy bajo, de complicado equilibrio. Zancadas de idéntica amplitud y frecuencia. Incluso se advertía en su calzado un desgaste similar en la curva del empeine, más acusado en Jordán por inevitables razones de peso, aunque igualmente visible en los zapatos castellanos de Víctor. Cuando advirtieron mi interés en la analogía de sus pies ambos se sonrieron.

–Veo que ha cogido usted muy pronto nuestro paso.

Miré hacia el suelo y luego, de reojo, reparé en la analogía de mis andares con la sombra de los suyos, que parecían burlarme como un espejo. Me eché entonces a un lado, junto a una fuentecilla de la que bebí con urgencia un agua oscura y tibia.

–¿Le ocurre a usted algo? –me preguntó Jordán.

Yo negué con la cabeza mientras tragaba del chorro. El agua sabía a goma y a pesticidas, y el tal Víctor me ofreció amablemente uno de sus caramelos mentolados.

Tomamos asiento en otra plazuela, frente al pórtico de una iglesia. No participé en la charla que sostenían. Eran asuntos pequeños, tal vez referidos a escándalos de adulterio, a la gastronomía de algún lugar o al coste de las obras que había iniciado el ayuntamiento de sus capitales de provincia. No hice esfuerzo ninguno para desviar el curso de aquella conversación de innumerables afluentes. Después, Jordán mostró cierta predilección por algunos temas de inmigración y deportes; Víctor por los de terrorismo y curandería.

Se oyeron cohetes. A lo lejos, la silueta de unos niños correteaba buscando las varillas que caían al suelo. Después de haberlas recogido, jugaban a espadachines hasta que las maderas se quebraban, mientras alguno se hacía el moribundo jurando venganza desde el suelo. El vencedor, a su vez, fingía una risotada de malo de peli mala, y después huía al galope dándose palmadas en los muslos como alma que lleva el diablo.

–¡Nos veremos en el infierno! –vociferaba.

Echamos a andar nuevamente, de camino ya hacia la plazuela donde habíamos aparcado el coche. Los despedí con cierta frialdad mientras Manuel Jordán me daba palmaditas en la espalda, recordándome una vez más la broma del niño del orbe. Luego caminé a toda prisa, recobrando al fin la fisonomía de mis propias zancadas. Pequeñas, nervudas…

Adelina esperaba junto al Ford Mondeo. Tenía a nuestra Elena cogida en los brazos.

–¿Dónde te habías metido? Llevo ya un buen rato esperándote.

Abrí las puertas y dejamos a la niña en la parte de atrás.

–Todo ha sido un desastre. Tu hija se desmayó en cuanto Marco salió al escenario. La pobre no ha visto nada. ¡Ni una sola canción!

Después, el coche arrancó tosiendo, como si arrastrara una bronquitis.

Me sentí envejecer. Como si mi sombra hubiera estado siguiéndome por las calles de aquel pueblo, obstinada en tomarme medidas para el ataúd. La fuerza de la costumbre –lo supe entonces– es el peor de los vicios. Incluso los sueños que deseamos, si se repiten una y otra vez, se cristalizan en algo ya acabado, que no crece, que está muerto. Habremos de reservarlos inútilmente para más tarde, porque esta vida ya terminó de contar junto a la pared y ahora sale a buscar nuestro escondite. Implacable.

En el espejo retrovisor vi cómo Elena despertaba, y más atrás las ascuas de aquel pueblo, desapareciendo a medida que nos adentrábamos en una larga curva.

–¿Cuándo llegamos, papá? –preguntó aquella vocecita que me abrazaba por el cuello–. Tengo tantas ganas de ver a Marco en persona…

Adelina me sonrió entonces, tapándose los labios con la palma de un guante. Sabía que yo sería capaz de inventar algo que conformara a nuestra hija.

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Un comentario sobre “Los camaradas

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