TANATOS12

Capítulo 25

Aquel movimiento no solo me sorprendió sino que me intimidó. Como cuando anhelas algo desde hace tiempo y una vez te encuentras a las puertas te sientes desbordado. Era impactante pensar que María, empalada por aquel arnés y chupando aquella otra polla, no solo tenía en mente el pasado: la follada que Edu le había pegado en la boda, sino el futuro: el hecho de mandarle una nota de voz desde su móvil.

María, que durante semanas parecía desaparecer y rehuir de todo lo relacionado con nuestro juego, cuando reaparecía lo hacía con todo, llegando a sobrepasarme.

Con las manos temblorosas buscaba la aplicación para grabar mientras ella bajaba la cabeza y se refugiaba entre sus codos, olvidando a Álvaro, entregándose ya solo a Edu. Y yo, como me solía suceder en aquellos contextos extremos de morbo, sentía como dicho sentimiento soterraba el resto de sensaciones de inseguridad o miedo. En este caso, además, todo multiplicado porque el hecho morboso en sí era planteado explícitamente por ella.

Los jadeos de María se incrementaban y a duras penas conseguí poner en marcha aquella grabación y dejar caer el móvil sobre la cama. No había sobre actuación en ella, sino una entrega real, a él, a aquellos recuerdos… mientras yo, con los brazos en jarra, ya no la tocaba, ya nada de mí estaba en contacto con ella, y no dejaba de alucinar al ver como echaba su cuerpo adelante y atrás, incrustándose aquello. Mi polla seguía con aquel castigo eterno, dura hasta casi el dolor durante tantos y tanto minutos, sin más contacto que el interior de aquel inanimado cilindro.

Los “¡Ahhhhh!” “¡Ahhhhh!” de María aumentaron en intensidad y en entrega, por lo que parecía completamente dispuesta a que Edu se sintiera orgulloso y satisfecho con su escucha, pero no solo quiso obsequiarle así, sino que al minuto de yo empezar a grabar ella bajó su mano derecha para acariciarse, para frotarse el clítoris y explotar, para explotar en un orgasmo pensando en Edu y para Edu.

Yo no podía hablar, por lo que me costaba más meterme en mi papel. También su propia entrega, follándose de aquella manera tan guarra aquella polla de goma, con sus incesantes “¡Ahhhhh! ¡Diooos!”, me tenían tan absorto que no podía pensar en nada, solo observar, impactado.

Al no poder ser Edu, fui Pablo, y me puse nerviosísimo. Mis manos, temblorosas fueron a su cintura e intenté adaptarme a su ritmo. Ella lo aceptó y comenzó a hacer algo extraño, y es que se frotaba el clítoris y gemía sin parar, para después frenar su mano un instante, y volver otra vez; como si quisiera retrasar su orgasmo en un especie de sucesivas marchas atrás voluntarias, anunciando con aquella táctica que cuando estallase, después de aquel martirio, su explosión sería simplemente colosal.

—¡Ahhhh! ¡Ahhhhh! —jadeaba ella, excitadísima—

—¡Mmmm…. ! ¡Dioos! —repetía sin parar, solapando el sonido de aquellos gemidos con el de nuestros cuerpos chocar. Cuando, sin entender yo por qué, retiró aquella mano que jugaba a conseguir y retrasar su orgasmo y la apoyó sobre la cama, como si pretendiese correrse sin esa ayuda. Ayuda que con Álvaro y Edu no había necesitado. Sus jadeos disminuyeron entonces en frecuencia e intensidad y yo eché una mirada a su móvil que yacía sobre la cama. Y no vi que se movieran los segundos… los minutos… No me lo podía creer.

Alargué mi mano y se cumplían mis peores presagios. No estaba grabando. No había grabado nada. María gemía ahora en tono mucho más bajo mientras yo no podía entender mi mala suerte. Me fijé bien y sí había grabado algo, concretamente un segundo, por lo que deduje que había pulsado el botón de grabar y mis dedos infartados habían presionado el botón de pausa inmediatamente.

—¿Qué pasa…? —jadeó María, notando que yo ya no me movía.

—Nada… —respondí nervioso y abatido y le di otra vez a grabar, asegurándome entonces de que seguía grabando y no solté el móvil.

Lo que vino después fue un intento de María por conseguir su orgasmo sin tocarse y un intento mío de que de allí salieran unos gemidos no que satisficieran a Edu sino a María. Pero no salió bien, la cosa no iba bien. María, cansada, empezaba a desistir de su plan y yo corté la grabación de poco más de un minuto y pulse el botón de grabar otra vez. Y aceleré entonces el ritmo y unos “Mmmmm” “Mmmmm” de María sonaban morbosos, pero tenues… No había pasado un minuto de la nueva grabación cuando ella se detuvo, dándome a entender que no podía más, que desistía de intentar correrse sin tocarse y de que estaba demasiado fatigada como para buscar su orgasmo.

Corté el audio y escuché un helador:

—Sácate…

Retrocedí un poco hasta sacar aquella polla color carne de su interior, dejando allí un reguero transparente y algún elemento más blancuzco y espeso… La oquedad que descubría dejaba sin aire. Su coño, abierto y enorme, me explicaba por qué cuando yo la penetraba con mi miembro apenas podía sentir nada.

María, tremendamente frustrada por no conseguir su orgasmo, despegó la polla que estaba en el cabezal de un tirón y se bajó de la cama. Todo iba muy rápido: su súbito enfado, su proceder a quitarse el liguero y las medias negras y su enfilar el pasillo hacia el cuarto de baño. Cuando me pude dar cuenta estaba de rodillas sobre aquella cama, con aquella polla enorme sujeta a mí y con su móvil en la mano. No solo me sentí inmensamente ridículo, sino que me sentí en cierta forma un impostor, un impostor que ni con aquella monstruosidad de aliada llegaba a satisfacerla.

Me planteé entonces si María no estaría ya en otro nivel, en aquel que no solo yo no podía satisfacerla, sino que aquellos juegos y fantasías tampoco; si estaría ya entonces en el último escalón. También cavilaba sobre si aquel nivel intermedio existía… pues quizás no, quizás el nivel intermedio era un auto engaño. Quizás solo tenía dos estados, dos fases de libido: el de querer estar tranquila conmigo en polvos cariñosos e íntimos o el de quererlo todo, sin límite alguno.

Escuchaba el agua de la ducha caer mientras me quitaba el arnés y me disponía a escuchar aquellas dos notas de audio que había conseguido grabar. Cuando las escuché me di cuenta de que si bien se apreciaban ciertos jadeos indudablemente morbosos, no tenían nada que ver con los gemidos desvergonzados que había perdido.

Estaba también realmente preocupado porque María se percatase de que no había grabado bien.

Dejé de oír el sonido de la ducha cuando corté aquellos audios y ante mi apareció el escritorio del móvil con tres números encima del sobre de la aplicación del correo electrónico. Mi cerebro voló rápidamente hasta la cena, a cuando ella me había confesado que Edu le ordenaba cosas también por email. Entré inmediatamente, aun sabiendo que María podría aparecer en el dormitorio en cualquier momento. Lo que vi no fue lo esperado, pues me encontré con esos tres emails en una bandeja de entrada, pero eran correos claramente de trabajo, tenía configurado en el móvil ese correo y no el personal. Si quisiera hurgar realmente en su correo personal necesitaría más tiempo.

De nuevo con tantos frentes abiertos, con tanta información a medias, y con mi polla que no había dejado de sufrir, encerrada en aquella cárcel.

Salí hacia el cuarto de baño, para mi sorpresa aún con la polla dura, y me crucé con ella que, envuelta en una toalla, pero con el pelo seco, entraba en el dormitorio. No nos miramos.

Llegué al lavabo. Me apoyé en él. Ni siquiera sabía a qué había ido allí. A lavarme los dientes quizás. Y seguía sorprendido de mantener aquella ridícula polla dura…. Y comencé a pensar si María en aquel momento estaría eligiendo que audio mandarle a Edu. Estaba alucinado con que finalmente se lo fuera a enviar. Un mes atrás parecía una locura y ahora parecía casi el devenir normal de los acontecimientos. Cosas que en un principio me parecían inaccesibles se iban produciendo y sentía que no tenía control alguno.

—¿Qué haces? —preguntó María, a mi espalda, cogiéndome desprevenido.

No tuve tiempo a responder cuando una belleza, en pijama blanco de seda de pantalón y chaqueta, aparecía por mi lado y dejaba caer sobre el lavabo las dos pollas de goma.

—Lávalos… anda… —dijo en tono bajo.

Se dio la vuelta, pero algo la hizo volver.

—La tienes roja, ¿te hace daño?

—¿Qué? —pregunté descolocado.

—Pues… eso… que si te hace daño, la tienes como… rozada… —precisó y yo seguí el rastro de sus ojos que aterrizaban en mi miembro.

—No… —acabé por responder, comprobando que efectivamente la tenía roja y quizás algo hinchada.

—Pero no te toca mucho ¿no? Con… bueno con el interior de eso.

—Bueno, sí, a veces —respondí.

María se colocó detrás de mí. Los dos encaramados al espejo… y posó una de sus manos en mi polla. Polla que asomaba por encima del lavabo.

Yo no entendía nada y mi mente dibujó un sorprendido “¿Me vas a pajear ahora?” que mi boca no pronunció. Efectivamente mi novia, detrás de mí, apretaba sutilmente en el punto justo, masturbándome con tres dedos. Sentí tal placer… tal alivio… que no pude protestar ni sacar orgullo para decirle que no quería ser masturbado así en aquel momento.

Miré hacia abajo y vi aquellos dos pollones allí posados… y María ocultando mi polla con tan solo tres de sus finos dedos.

—¿Te duele? —insistió, en una actitud tan protectora que llegaba a humillarme.

—No…

Desvié la mirada de aquella terrible comparación de aquellos tres miembros e intenté encontrarme con la suya a través del espejo. No lo conseguí y lo que pasó después fue que ella detuvo la paja y se remangó la chaqueta del pijama, hasta el codo, para masturbarme más cómoda… o para no mancharse.

Aquella situación era tan morbosa como humillante. María, completamente tras de mí, apoyaba su mano izquierda en la parte izquierda de mi cintura y me pajeaba con la derecha. Veía su cara asomando por el margen derecho de aquel espejo, pero no conseguía adivinar qué había en aquel rostro. Tras un breve minuto masturbándome, así, con aquella manga blanca remangada, se detuvo de nuevo… y comenzó a desabrocharse los botones de la chaqueta del pijama, posteriormente pegó su torso a mi espalda y pude notar sus pechos desnudos y hasta sus pezones en contacto con mi piel. Parecía que ella suponía que aquel contacto conseguiría ahorrarle un par de minutos de aquella mecánica tarea. Y lo peor era que tenía razón… al notar su piel, sus tetas en mi espalda… su olor… algo me subió por el cuerpo… No quise recordar todo lo que me había confesado… solo quise sentir… Y no solo sentía sus tetas y pezones en mi espalda, sino también todo el calor que desprendía su torso y hasta su corazón latir con fuerza, agitado, pues aún toda ella estaba agitada por como la acababan de follar, primero Álvaro y después Edu, en un polvo sin culminar, y sin orgasmo, porque no la habían follado ellos realmente sino yo anclado a un arnés.

A punto de correrme intenté girar mi cara un poco, pero ella no ponía sus labios a tiro, no me daba la posibilidad de un beso, ni allí, ni me la había dado en el dormitorio, ni en el coche, y a duras penas en el pub le había robado uno. La miraba a través del espejo, cachonda pero ausente…

—Ponte de puntillas… —me susurró en el oído, buscando que mis huevos también quedasen sobre el lavabo. Lo dijo y obedecí, impresionado, ya que lo decía porque sabía exactamente que mi eyaculación era inminente y yo me preguntaba cómo lo podía saber con aquella precisión.

Empecé a notar como mis músculos se contraían. Aquellas sacudidas eran ya casi frenéticas… cerré los ojos, dejé caer mi cabeza hacia atrás, allí, de puntillas, a punto de correrme sobre aquellas dos enromes pollas, de Edu y Álvaro, en una escena bizarra y extraña… comencé a jadear, entregado a su paja, a la paja perfecta de aquella María espléndida, casi angelical con aquel pijama refinado, pero a la vez contundente e implacable… Sentía que me derramaba… que eyaculaba entre unos “Oohhh…” “Ohhhh….” respirados… jadeados… y ella, como siempre, me exprimía hasta el final, aminorando un poco el ritmo a medida que me iba vaciando… hasta que derramase la última gota blancuzca.

Abrí los ojos y éstos fueron hacia abajo, hacia el lavabo. María llevaba la mano manchada hacia el grifo y con la otra mano lo abría para lavársela. Mi subconsciente había imaginado que habría manchado aquellas pollas de goma, pero la realidad mostraba un paisaje menos impactante, ya que solo habían caído sobre ellas un par de gotas sueltas. El grueso de mi semen descendía por mi tronco y se enmarañaba en mi vello púbico.

Una vez María tuvo la mano limpia se marchó hacia el dormitorio y me dejó lavando aquello.

No sabía si aquella paja había pretendido ser un favor. En otro tiempo habría pensado que lo habría hecho para que yo no le insistiese en volver a tener sexo, pero a aquellas alturas ella sabía que yo sabía cuáles eran las reglas una vez ella estaba en un periodo de máxima excitación. Por lo que sí, el único motivo que se me ocurría para aquella masturbación era el de hacerme el favor de descargarme, de darme placer aunque fuera solo por un par de minutos.

Tras asearme yo y lavar aquellos juguetes sexuales me fui al dormitorio y me encontré a María, sentada sobre la cama, como una india, en una postura característica en ella, con su móvil en posición horizontal cerca de su oído.

Guardaba aquellas dos pollas en su sitio mientras comprobaba que ella había recogido un poco el dormitorio, quitando su camisa de la lámpara y dejándola colgada del sillón y guardando su pañuelo en su cajón correspondiente, cuando ella preguntó:

—¿Es esto solo?

—Sí… —respondí inquieto, poniéndome el pantalón del pijama.

—Se oye muy bajo.

—No sé… será el micrófono que no va bien.

—No, no es el micrófono, es que esto debe de ser el final.

—Pues no sé… —respondí siendo consciente de que no tenía excusa posible.

Afortunadamente sus preguntas cesaron, al menos por ahora, y yo me dirigí a la cama, hasta sentarme a su lado.

Era un momento íntimo, pero a la vez frío. Habíamos vivido una situación tremendamente personal, que solo puedes tener con alguien de confianza extrema, pero a la vez había un ambiente de extraño recelo.

Sin embargo no tuve tiempo de reflexionar sobre cuál era el motivo real de que en aquella cama hubiera aquella distancia, aquella guerra fría, pues vi como entraba en la pantalla de las conversaciones con Edu. No hacía por ocultar su móvil ni por enseñármelo. Se mantenía en la misma postura que cuando yo me ponía el pijama. Ante nosotros apareció su última conversación, aquella en la que Edu le decía que fuera en medias al trabajo y María le respondía que se lo pidiera a Begoña. Mi novia parecía releer aquello con cierta extrañeza, como si no recordase aquello. Quizás tantos emails posteriores y superiores hubieran enterrado aquella antigua conversación. Pero lo que más me sorprendía era como no se inmutaba al saber que yo leía aquello con ella, como si ya fuera oficial en aquel dormitorio, como si ya estuviera plenamente asimilado que Edu le ordenaba según qué cosas y yo lo sabía y lo aceptaba.

De nuevo no tuve demasiado tiempo a reflexionar. María le enviaba el menos malo de los audios. Aquel en el que al menos se la escuchaba jadear mínimamente.

Me quedé bloqueado. Pegué mi espalda al cabecero de la cama. Mientras ella, fingiendo una tranquilidad que nadie podía creer, revisaba las redes sociales sin ton ni son, pasando fotos de abajo arriba sin pararse realmente a mirarlas, esperando seguramente su respuesta.

Uno, dos, tres minutos, hasta que María también se recostó. Fue entonces cuando algo apareció por la parte superior de la pantalla, lo pude ver con nitidez:

Edu: Seguro que con Álvaro gemías más.

Sentí unos nervios tremendos, pero esta vez los sentí a través de ella. No era el Edu que me intimidaba a mí, sino el que la asfixiaba a ella.

María entró en la conversación con él y no pudo disimular ya que sus dedos le temblaban.

Escribía y borraba, escribía y borraba, y yo me preguntaba qué había sido de la María que me pajeaba imponente, como una diosa, hasta vaciarme sin inmutarse.

Tras varios inicios de frase borrados fue Edu quien volvió a escribir:

—¿Cuándo te vuelve a follar?

—Nunca —escribió ella, equivocándose hasta cuatro veces, poniendo “numca” en lugar de nunca.

—Escríbele —plasmó Edu en la pantalla.

—Estás loco, está con una chica además —respondió María, algo más templada, pero dando unas explicaciones que parecían innecesarias.

—Escríbele, María, tantéale, a ver qué hace mañana.

—Estás loco… No —replicó ella.

Se hizo un silencio inenarrable. Yo no sabía si existía, si María escribía un poco en función de que yo estaba mirando o si ya había desaparecido completamente de la ecuación.

Edu no escribía. María tampoco. Los dos en línea. Me jodía reconocerlo, me jodía verla así… pero era evidente que estaba hecha un flan.

Entró entonces en la conversación con Álvaro. No me lo podía creer.

Aquel chico, como siempre, en línea, y María o lo que quedaba de ella, escribió.

—Hola.

Yo de nuevo sentía que pasaban más cosas de las que podía llegar a digerir.

Esta vez era Álvaro el que parecía escribir y borrar, hasta que en la pantalla apareció un:

—Ey, qué tal.

—Mañana ¿qué haces? —escribió María, tecleando rápido, como queriendo sacarse aquello de encima cuanto antes, como quitando algo de un tirón, para que doliera menos.

—Estoy en Madrid, en un Máster de fines de semana.

María le escribió entonces a Edu lo que le había escrito Álvaro y no obtuvimos respuesta. María quiso disimularlo, pero tras medio minuto en silencio en una calma asfixiante en la que nadie escribía resopló… en un resoplido tenso, agobiado.

María desistía. Aunque fuera viernes era madrugada y Edu parecía haberse dormido o enfrascado en otra cosa. Yo esperaba quizás mayor insistencia por parte de Álvaro, pero seguramente al estar con Sofía no tenía mayor necesidad de seguirle el rollo a una María que había renegado de él hasta el menosprecio antes y después de habérsela follado.

María, cachonda, sin su orgasmo, inquieta, sintiendo que sus gemidos sonaban decepcionantes, se iba a dormir angustiada por no haber cerrado aquella conversación con Edu.

Podía sentir, podía casi agarrar aquella intranquilidad, que tenía a la vez una carga de sofoco por aquel orgasmo que se había adivinado que iba a ser liberador, pero que se le había quedado dentro.

Justo desistía y llevaba el móvil a la mesilla cuando apareció en la pantalla que Edu la llamaba. Si yo me sobresalté más lo hizo ella, pues tras un par de segundos de bloqueo… como un resorte bajó de la cama, sin decirme nada, y abandonaba nuestro dormitorio con su teléfono.

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