ROSA LIÑARES

Isabel llegó de mañana a la habitación, justo cuando Sergio estaba en la ducha. Al salir se encontró a su madre sentada en la cama con una sonrisa bobalicona.
-Vaya… parece que has pasado una buena noche.
-Pues la verdad es que sí- le contestó mientras se levantaba de modo teatral y pasaba a su lado dándole un golpecito en el hombro para dirigirse al baño – Me doy una ducha rápida y bajamos a desayunar.
Su cara lo decía todo. Estaba radiante.
Sergio se vistió rápido y luego comenzó a meter cosas en la maleta. Era su último día en París. Cogían el avión de vuelta a primera hora de la mañana, así que iba adelantando trabajo, para no dejar todo para el último momento.
Se reunieron todos en la cafetería del hotel para desayunar, excepto Susana. Charo la disculpó diciendo que se encontraba mal del estómago y había preferido quedarse un poco más de tiempo en la cama esa mañana. Como era el último día no tenían ningún plan organizado. Cada uno podía hacer lo que quisiese. Aunque Isabel ya tenía plan: había quedado para comer con Laurent.
Cuando Charo vio a su amiga esa mañana, corrió hacia ella con cara de interrogación.
-¿Qué tal anoche? Espero que me lo cuentes todo con pelos y señales- dijo.
-Ha sido genial, pero no te pienso contar nada con pelos y señales. Hay cosas que una no debe contar, y menos delante de su hijo -rió Isa.
Charo hizo una mueca de disgusto, pero no le quedó más remedio que aguantarse, aunque le corroía la curiosidad. Al menos sabía que la cosa había ido bien, así que
simplemente con eso le bastaba y ya estaba contenta. Pero tenía una sensación agridulce. Se alegraba de que su amiga estuviese radiante y feliz de haber conocido a un hombre estupendo, pero sabía que la felicidad se iba a ver truncada en cuanto llegase a España y Susana hablase seriamente con ella.
Sergio también le daba pena. Se pasó todo el desayuno cabizbajo, sin apenas pronunciar palabra. Charo sabía que se iba a llevar un palo muy grande cuando supiese la verdad. Sentía que todo a su alrededor era un castillo de naipes a punto de derrumbarse. Y sintió vértigo. Ella sería testigo y se sentía mal por ello.
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Un comentario sobre “Otra vida (42)

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