ALICIA NORMANDA

Todavía estaba dejando mi mochila en la butaca cuando Azalea se acercó y me dijo al oído que necesitaba de mi ayuda, porque un chico de tercero se la quería coger y ella también tenía ganas. La miré sin saber si la había escuchado bien, y ella fue más específica: «a la hora del descanso nos vamos esconder en el baño, y en lugar de ir al aula de inglés, nos vamos al laboratorio de química. ¿Verdad que sí?».

No éramos las mejores amigas, pero ya hacía tiempo que Azalea se sentía segura contándome sus cosas cuando tenían que ver con calenturas. No supe porqué sentiría confianza conmigo para eso, ni cómo me habría escogido a mí, si para las de la clase yo más bien era invisible; y ella se juntaba con un par de chicas ruidosas, que si bien no me caían mal, tampoco me habría sumado a su grupo, ni ellas me habrían invitado.

No creo que ahora mismo pudiera reconocer a Azalea si la viera en la calle. Han pasado más de diez años, sin embargo a El chico, sí. ¡Lo he visto hoy en la entrada al edificio cuando llegué al trabajo! Lo vi mirándome fijamente, igual que la última vez que estuvimos frente a frente. Era él, sí era él. Sentada aquí, frente a mi escritorio, siento que debajo de mi ropa mi cuerpo reacciona. El cosquilleo que sentía entonces ha vuelto.

Paso de una pantalla a otra en mi ordenador sin hacer nada. Me asombra haberlo reconocido. Será que los hombres cambian menos en su apariencia que nosotras; una siempre se ve niña vestida de jumper, y un chico de camisa y pantalón ya es un chico desde entonces. Serían las circunstancias.

El caso es que estúpidamente evadí su mirada, me sentí intimidada y me escurrí hasta llegar al ascensor; y he estado metida aquí desde las ocho de la mañana. No me he parado ni por una taza de café y no he podido trabajar de los nervios, temiendo que El chico venga al piso 9 a buscarme, a reclamarme por haberle reventado su «cadena de adn» aquella mañana en la secundaria en abril de 2008.

Azalea fue quien me habló de la cadena de adn que estaba tejiéndose en el laboratorio de química, aunque no dijo mucho; solo que había empezado en 3ro B y que debía de completarse sin reventarse antes de terminar el año escolar; y para ello debíamos ser discretas y puntuales.

Al explicarlo no sonaba ilusionada, más bien parecía estar cumpliendo una meta escolar o un challenge; pero sí que lo estaba.

En el baño, durante el descanso, nos metimos en un cubículo las dos; y aunque tratamos de estar en silencio para no ser descubiertas, Azalea se subió el jumper y me mostró el bikini de licra que se había puesto. Se veía bonita, con sus piernas largas, delgaditas pero muy femeninas; aún así le preocupaba la pechera del jumper que le aniñaba el busto por más que la jalara o la alisara. Y era cierto, sus senos eran pequeños, igual que los míos; y eso la tenía hecha un puñado de nervios.

Sonó el timbre, el de terminación del recreo. El baño empezó a vaciarse y nos quedamos en silencio, sólo se escuchaba a Azalea que cortaba pedazos y pedazos del rollo de papel higiénico. Esperamos al segundo timbre, el que indicaba que las clases debían empezar y salimos del baño a hurtadillas. Sin hacer ruido nos escurrimos en el laboratorio de química. Era extraño pero Azalea traía un juego de llaves.

Apenas entramos y me fui a esconder detrás de la primera mesa del laboratorio, donde ella decía que podía presenciarse el acto sexual completo sin ser descubierta. Azalea se paró frente a la puerta, como un torero que se yergue a esperar a que dejen entrar al toro en el ruedo. Pero detrás de su aparente valentía tenía el mismo miedo que sentiríamos cualquiera de nosotras de estar en el borde de la desfloración.

Azalea movía sus pies pisando los bordes de sus zapatos. Se la estaban comiendo los nervios, y llegó un momento en que no aguantó más.

Sacó el montón de papel de baño que quién sabe dónde había estado guardando. Se desabotonó la blusa y el jumper y empezó a rellenarse el brasier. Yo corrí a la ventana a cuidar que no viniera El chico; y aunque ella trataba de apurarse, cada momento tenía menos control de sus movimientos. Me acerqué a ella y sin pensarlo me desabotoné el jumper, la blusa, me saqué el sostén y se lo ofrecí.

Azalea lo tomó, mirándome, como lela, sin hacer nada. Le hice una seña de que se lo pusiera rápido; y tras quitarse los bodoques de papel, se lo colocó encima del suyo. Yo regresé a la ventana a cuidar el ingreso. No se veía a El chico ni a nadie cerca. Del otro lado del patio sólo se distinguía la monja Martina caminando con su racimo de balones de volibol con dirección a las canchas. 

Cuando volví mi atención al laboratorio, Azalea ya se había recompuesto. Quizá no habría sido elegida Miss Tetas 2008, pero sí había aumentado al menos una talla. Sin decirnos una palabra regresamos a nuestras posiciones y a la espera.

Creo que fue a partir de ese momento que empecé a sentir que mi excitación erótica superaba a la emoción de estar saltándonos la clase inglés; quizá por el hecho de estar participando aunque fuera con mi brasier. De alguna manera sentía que mi cuerpo estaba por transformarse en el de una mujer, como si fuera yo quien estaba de pie frente a la puerta, a punto de ser atravesada por el asta de El chico. Si contaran como cogida las que he vivido así —a través de alguien más— tendría diez años siendo oficialmente la chica más fácil del colegio, del trabajo, de la Uni y de la honorable ciudad de Guadalajara.

Quizá no sea la más promiscua, pero sí he de estar en el top 50 de las más excitables. Lo pienso y sonrío porque ahora mismo estoy en la oficina, y todo este recuerdo me ha subido la temperatura. Siento cómo se me enrojece el rostro.

Tomo del lapicero mi borrador de Hello Kitty, abro google y busco opciones para estimularme sobre la ropa sin ser vista; aunque para entonces ya me estoy frotando con la cabeza de gato sabor frambuesa. Tengo el hábito de buscar empatía en internet; de saber que hay más gente allá afuera excitada en las horas de trabajo, entre la multitud de colegas que perciben tus feromonas y su única reacción es mirarte el escote o las nalgas. 

Y lo que más me pone es pensar que el chico podría seguir en el edificio. Ilusamente pensé que vendría a buscarme. No sé su nombre, nunca lo supe, ese era el juego. Lo llamaban El chico por conservar su anonimato, para protegernos todas y para cuidarlo a él.

En El Informador —porque el asunto llegó al periódico— se dijo que la Cadena de ADN había iniciado en un salón de tercero de secundaria, donde un adolescente no identificado había acordado tener sexo casual con una compañera, con la condición de que ésta reclutara a otra chica para presenciar el acto; lo que era una especie de iniciación, porque ella sería la siguiente en el turno, y debería de traer una más.

Las muchachas que se atrevieron a hablar del asunto negaron la cadena de ADN; y aclararon que la única razón por la que se habían hecho acompañar de una amiga era para garantizar su propia seguridad, ya que prácticamente todas eran vírgenes y se sentían nerviosas. Yo sabía que el verdadero objetivo era complacer el impulso exhibicionista de El chico. Yo lo había visto, oteando de un lado a otro, buscándome como un lobo feroz, aun antes de poner su vista en Azalea.

Yo lo veía a través del agujero de un remache detrás de la mesa. En cuclillas.

El chico era alto, nunca lo había visto antes. No era muy guapo pero tenía la playera del uniforme pegada al cuerpo y su figura sí que llamaba la atención. Azalea se acercó para abrazarlo, pero él se la quitó con un movimiento que parecía de lucha, la sometió contra una mesa del laboratorio, y en seguida le subió la blusa por atrás y empezó a lamerle la espalda.

Desde detrás de la mesa veía las mejillas de Azalea enrojeciéndose. El chico hizo fuerza como si quisiera tumbarla, y ella, evitándolo plantó bien sus piernas en el piso abriéndolas. Entonces el chico se las cerró de un jalón bajándole los calzones hasta la mitad de sus muslos, y en una serie de veloces movimientos se bajó el pantalón que terminó en sus tobillos, se sacó su pene curvado como un plátano macho enorme y rosáceo. Enseguida se lo clavó a Azalea y la cargó con su cuerpo embistiendo una y otra vez. Ella gemía a cada golpe, como si la verga le entrara cada vez más adentro y haciéndole daño.

Hipnotizada y sin darme cuenta dejé mi escondite para verlos más de cerca. La sumisión de Azalea no era romántica, no alzaba el rostro al cielo como un matador que ha decidido entregarse a su destino. Su expresión era agitada, lacrimosa y en su rictus de dolor aún trataba de conservar alguna dignidad; pero no lo conseguía.

El chico, con su expresión violenta, con su piel endiabladamente enrojecida parecía un fauno viril e indestructible que apretaba los dientes al atacar. Sólo aflojaba la expresión para lamerle a Azalea las piecesitas vertebrales que se dibujaban en su espalda, haciéndola ver más pequeña y frágil.

Me levanto de mi lugar. El cosquilleo que me recorre debajo del pantalón me exige atención, porque el borrador sabor frambuesa sólo ayuda cuando traigo falda o ropa de telas delgaditas. Voy al baño, sin dejar de repasar la escena de El chico poniendo su lujuriosa mirada sobre mí, que sonriendo con sus ojos dirigía mi atención y me ordenaba mirar a Azalea inclinada, con la vulva irritada con el esperma escurriéndole y goteando en el piso.

Esa imagen de erotismo y violencia me ha asaltado desde entonces, ésa y la mirada de El chico, su sonrisa, su verga inagotable entrando de nuevo a las entrañas de mi amiga; el grito ahogado de ambos, mis dedos trémulos perdidos debajo de mi jumper.

Encerrada en el baño dejo hacer a mis dedos, que metidos en la bragueta de mis jeans me hacen arañarme sola.

Me bajo el pantalón a la cadera, me hago a un lado las panties y me toco recreando esas imágenes viejas del chico desvirgándome, limpiándose el falo de semen en la tela de mi jumper; tomándome desprevenida y metiendo su verga de nuevo, hasta el fondo y sin decir agua va. Yo, exponiendo clase en Historia de México II y sintiendo el ADN escurriéndome por las piernas; monton de imágenes que habrían ocurrido de no haber plantado a El chico a la semana siguiente en el laboratorio de química.

Alguien entra al baño y yo prosigo mis caricias al tacto, estirando los pliegues de mis labios con las yemas de mi dedos y devolviéndolos a su sitio. Entremeto la cabeza de Kitty en la abertura de mis labios menores, apenas tocándome. Siento una palpitación sutil en mis labios. Cierro los ojos por la excesiva sensación, los abro y descubro un par de zapatos de hombre debajo de la puerta del baño donde estoy. Apenas afuera.

Me subo el pantalón, lo cierro. Abro la puerta y encuentro a El chico mirándome con su lasciva expresión, con el cuello enrojecido como siempre. Debajo de su pantalón de mezclilla mugrosa percibo el abultamiento de su erección. Extiendo mis dedos y me acerco para sentir su pene en mi mano. Él me toma del talle y me jala hacia sí. Miro a la puerta del baño, le ha puesto seguro.

Empiezo a balbucear para explicarle que ya tenía el juego de llaves del laboratorio en mi mochila; que ya tenía reclutada una pupila para continuar la cadena; que me había puesto para él un juego de calzones y brasier de media copa que mi mamá me había comprado para un vestido de fiesta; que me habían ganado los nervios, que la colitis nerviosa no me dejó pasar de la puerta. Y trato de encontrar palabras, pero él no me escucha, me mira a los ojos pero no es a mí a quien busca, ella mira en mí a la Alicia adolescente, la de las uñas cortas y los pechos de niña.

Me baja el pantalón de dos jalones. Encima de las bragas me clava con fuerza sus dedos, a la altura de la vulva; y tras palpar mi humedad absoluta, me empina y me ensarta su miembro imponente por atrás. Lo siento entrar en mi coño de golpe, hasta el fondo. Consigue meterlo más y sacarlo y meterlo de nuevo. Me sube la blusa y su lengua me pone chinita la piel, recorriendo mi espalda como un animal salvaje.

El chico tiene prisa. Yo me entrego obediente a su vaivén, soportando los empellones y su peso. Me mantengo de pie como una yegua que acaba de nacer. Si nos viera alguien ahora mismo en el piso 9, gritaría por ayuda, creería que estoy siendo violada.

Pero hay tan pocas cosas en mi vida que he deseado tanto que dejarme coger por El chico. Aun tan lejos del laboratorio de química, tan lejos de Azalea que nunca volvió a dirigirme la palabra por romper la cadena de ADN; que no me miró siquiera en su último día de escuela, cuando se fue para no volver y atender su prematuro embarazo.

El chico se viene adentro, con violencia, jalándose de un lado a otro. Abandona mi cuerpo, se limpia el esperma blanco y amarillento en mi blusa; me da un beso forzado en la boca y se va caminando hacia la entrada del baño, con la verga roja colgando.

Me quedo quieta en esa posición incómoda. He imaginado tanto este momento que permanezco ahí, sintiendo la gravedad que me arrebata ese semen que me he ganado a pulso y lo hace recorrer mis piernas hacia el suelo. Lo miro, y pienso que las cosas caen, tarde o temprano, por su propio peso. Alguien ha entrado al baño. Me subo el pantalón, aspiro el olor a sexo. Me acomodo el peinado, enjugo mis lágrimas y regreso a mi lugar.

alicianormanda.wordpress.com

Un comentario sobre “La cadena de ADN

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