ROSA LIÑARES

Charo permanecía sentada en su cama sin moverse. Como una estatua, con la mirada fija en algún punto de la habitación, pero sin mirar nada en concreto. Intentaba asimilar lo que le estaba contando Susana, pero sentía como si fuese algo ajeno, una película que estaba viendo en el cine o un libro que estaba leyendo. No le parecía real.
No se atrevió a interrumpirla y Susana había cogido carrerilla y mirando también algún punto de la habitación, siguió con su relato.
-Cuando supe quién era aquella otra mujer también la odié. Y empecé a observar a Isabel a escondidas; quería saber cómo era su vida, quiénes eran sus hijos. Ir a la misma academia de francés no fue una casualidad. Cuando supe que ella se había apuntado, me apunté yo también, haciendo coincidir nuestros horarios. Tampoco fui al bar de al lado por casualidad; sabía que vosotras solíais tomar allí el café. El resto fue muy fácil.
Lo que no sabía es que acabaría queriendo a Isabel. Que mi rencor se transformaría en cariño, porque no era la bruja que yo pensaba sino una persona maravillosa. El tiempo fue pasando y los sentimientos fueron cambiando y ya no había vuelta atrás. Me sumergí de lleno en una situación que no había previsto y ya no supe qué hacer. Y aún no sé qué hacer.
-Tienes que decírselo a Isa- ahí Charo rompió su silencio.
-Lo sé, pero no sé cómo decírselo. No me atrevo- contestó Susana.
-Pero no puedes seguir mintiéndole. Es tu amiga. Te quiere y confía en ti.
-Yo no le estoy mintiendo. Simplemente, le estoy ocultando una verdad que desconoce. Y no estoy segura de que deba conocerla.
-Pues claro que tiene que saber la verdad- aquí Charo levantó la voz, irritada.
-Cuando se lo cuente me va a odiar y yo no quiero que me odie. Además, ahora está Sergio también. Es mi hermano y ha intentado besarme. Me siento una persona horrible.
-No eres una persona horrible- Charo se subió a la cama Susana para abrazarla de nuevo. Veía cómo su amiga se estaba rompiendo- Pero tienes que contárselo.
-Lo sé. Pero no sé cuándo ni cómo.
-Si no lo haces tú, tendré que hacerlo yo.
-Dame tiempo para prepararme. Y no quiero hacerlo aquí, en París. Cuando hayamos vuelto a casa se lo cuento, te lo prometo. Pero no le digas nada, por favor. Ni a ella ni a Sergio.
-De acuerdo, mis labios están sellados. Seré una tumba, pero solo hasta que lleguemos. Luego no puedes aplazarlo más.
-Te lo prometo- respondió Susana, añadiendo un suspiro.
Las dos se fundieron en un abrazo y lloraron en silencio. Por fuera y por dentro.
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Un comentario sobre “Otra vida (39)

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