TANATOS12

Capítulo 24

Sentado sobre la cama, pero recostado sobre mis codos hacia atrás, miraba absorto como María flexionaba las piernas y se disponía a afianzarse sobre aquello, sobre aquella polla desmesurada, enorme, con la que yo me seguía encontrando extrañísimo, hasta no poder casi ni comprender cómo Álvaro o sobre todo Edu podían tener y manejar aquella enormidad.

Aquel glande gigantesco, algo más ancho que el tronco, iba a entrar en el cuerpo de María y no dejaba de sorprenderme cómo lo conseguía y cómo llegaba a hacerlo con aquella facilidad. Alguna vez había pensado en comprar algo que pudiera lubricar aquel tremendo aparato, pero parecía que siempre que lo usábamos, María estaba en un estado tal que ella misma ponía toda la humedad. Aquella humedad desmesurada que yo descubría cuando me salía de ella con aquel arnés puesto era otro elemento más que me desvelaba aquella tremenda sexualidad suya.

El quejido que emitió María una vez sintió la punta, y, sobre todo, una vez su coño acogió todo el glande, fue tan sentido y morboso que supe que con mi miembro nunca lo obtendría. Fue un “Ohhh…” “¡Mmmm…!” tan sentido, tan para ella, que me dejó impactado.

Verla en aquellas medias y aquel liguero, con aquel resplandor extraño de nuestro dormitorio que ella misma había creado… verla tan entregada a follarse aquella goma imaginando que era Álvaro me dejaba sin respiración. Y de nuevo volví a tener aquella sensación que consistía en que casi podía sentir lo que era o lo que sería follarse a María por primer vez. Ligársela y follarla… como había hecho Álvaro. Era como que un porcentaje de mi sí conseguía ser Álvaro y sentir aquello, aunque, eso sí, el Pablo timorato y con miedo a no lograr ser aquel crío también estaba allí.

María iba a otra velocidad, estaba a otra cosa. Miré hacia abajo y se deslizaba ya completamente hasta metérsela entera. Había acogido aquel pollón sin problema, emitiendo otro “¡Ohhhmmm..!.” tremendo al acabar de sentarse. Llena. Penetrada. Por completo.

Subió su cuerpo y lo bajó otra vez. Y otra vez. Subía y bajaba hasta descubrir aquella polla casi íntegramente. Emitiendo unos “¡Hummm!” “¡Ohhhmm!”, sentidísimos cada vez que se enterraba otra vez. Yo llevé dos de mis dedos a la base para que aquello no se moviera y ella pudiera disfrutar a gusto. Había un morbo añadido en aquellos movimientos tan largos, de subir y bajar tanto hasta casi salirse por completo, y era que así disfrutaba deliberada y voluntariamente de algo que conmigo no tenía. Yo no dudaba de que no estaba imaginando, sino que estaba recordando, y estaba prácticamente seguro de que tenía los ojos cerrados; era obvio que no me había querido montar de frente para que sus recuerdos pudieran volar sin distracciones.

Yo la entendía, llegaba a comprenderla, si bien me moría por ver su cara desencajada por el placer, con sus ojos cerrados, con el pelo tapándole parte de la cara, sudada, entregada, en un gesto indisimulable de implicación, hasta de vicio… Casi de depravación.

Pasó entonces algo doloroso y morboso a partes iguales; y es que en una de aquellas bajadas hasta empalarse por completo, tras otro de aquellos “¡Ohhhhh!” que me dejaban sin aire, María bajó una de sus manos a mis huevos y aquella mano escapó en seguida de aquella bolsa, como un resorte, pues seguramente no había encontrado aquellos huevos enormes y pesados de Álvaro, sino los recogidos que yo tenía. Tan implicada estaba que había llegado a suponer que se encontraría con aquella masa impactante y pesada de Álvaro y no con lo que tenía yo, y de ahí aquella huida, pues no quería salirse de aquel sueño, de aquel recuerdo que la tenía sudorosa, pegajosa y ardiendo.

Yo sabía que tenía que ser Álvaro ya, pero estaba bloqueado. Lo que me salía era incorporarme un poco, besar su espalda, acariciar sus pechos que podía intuir, más que ver, botar libres, escapando ligeramente por los lados de su torso que yo veía desde atrás… pero sabía que no debía hacerlo y aquello último de mis huevos me lo acababa de confirmar.

Miraba hipnotizado como seguía enterrándose y desenterrándose, como aquel coño abarcaba aquella longitud y aquella anchura y sabía que estaba sentenciado; sería requerido en cualquier momento para ser Álvaro. Y así fue, aturdido por la imagen de su sexo acogiendo aquella brutalidad, mientras los “¡Ohhhmmm!” “¡Ahhhhhh!” de María se hacían constantes, escuché en un jadeo:

—Ha… Háblame…

Cada segundo que pasaba sin que yo tuviera respuesta era una losa que se hacía exponencialmente más pesada. Mi cerebro trabajaba para conseguir algo, una frase, un insulto, algo que me hiciera ser aquel crío, pero el temor al error me paralizaba. Ella seguía con aquellos gemidos, que eran más bien jadeos de gusto, por ser llenada por aquello, pero no eran los gemidos o incluso gritos que yo había presenciado la noche con Álvaro.

Aceleró ligeramente y se echó un poco hacia adelante. Los movimientos ya no eran tan largos, eran más cortos y más circulares y se recreaba en el movimiento circular de su cintura cuando estaba completamente empalada; entonces emitía un jadeo especialmente íntimo y yo intentaba recordar aquellas partes de la narración que pudiera sacar a la luz que pudieran servirme, pero no era capaz…

María volvió a subir y bajar, aunque a menor ritmo, hasta que un desesperado: “Ufff… me canso…” salió de su boca y un “cambiamos” automático salió de mí. Cuando me pude dar cuenta ella se había puesto en pie, dejando aquella polla de plástico brillante y húmeda como no recordaba haber visto…Y pude ver fugazmente como los labios de su sexo se mantenían hacia fuera… como si aquel arnés los hubiera dejado así y no tuvieran intención de retraerse hasta quedar toda ella plenamente satisfecha.

Me puse en pie y ella pasó por mi lado y se fue a la cama. No se tumbó boca arriba, no buscaba posturas que pudieran conseguir que nuestras miradas se cruzasen, sino todo lo contrario. Sus intenciones eran claras; se puso a cuatro patas sobre la cama, con la cara fija hacia el cabecero. Esperando a que se la metiera en aquella postura, como había esperado a que Álvaro la follara, mientras se ponía aquel condón.

Bordeé la cama para subirme por detrás y me encontré con el cajón del armario medio abierto, aquel cajón con los pañuelos donde estaba guardado el arnés. Pensé que si ella quería recordar yo solo podía intentar facilitarle las cosas. Removí un poco aquel cajón buscando un pañuelo suficientemente largo para vendarle los ojos y me encontré de nuevo con nuestro primer consolador que tiré sobre la cama.

Ella me oía trastear, pero no decía nada. No quería mirarme. El silencio era tenso y yo sabía que no estaba actuando de manera suficiente, que no estaba aún a la altura de lo que ella me demandaba. Aún no había sido Álvaro, aún no la había compensado por aquella confesión tan sentida y detallada. Me sentía en deuda pero a la vez sobrepasado.

No las tenía todas conmigo con aquella idea de vendarle los ojos, pero estaba decidido. Tras elegir un pañuelo sedoso que me pareció suficientemente grande como para hacer un nudo sin problemas, de tonos blancos, azules marino y granate que hacía tiempo que no debía de usar, me giré hacia ella. Yo de pie entre el armario y la cama y ella en aquella postura impúdica… La imagen de su culo rodeado por el liguero, de aquellas piernas enfundadas en sus medias… me disparó las pulsaciones, pero la imagen de su coño, abierto, con sus labios enormes, hacia fuera, como los pétalos enormes de una flor en plenitud… me dejaron sin poder respirar por varios segundos.

Estuve obnubilado por aquella visión hasta que ella se apoyó, no con las manos sino con los codos, sobre las sábanas, en señal de desesperación. A duras penas conseguí reaccionar y me subí a la cama. Le pedí que levantara un poco la cabeza y mis manos infartadas, erráticas, consiguieron, más o menos, vendar aquellos ojos que ya estaban cerrados. No protestó ni lo agradeció, simplemente me dejó hacer y yo me di por satisfecho.

Me retiré y me coloqué tras ella, iba a penetrarla, tenía que embestirla, y tenía que ser Álvaro, tenía que ser aquel crío ya… pero no sabía cómo empezar. Acaricié sus nalgas y supe que lo había hecho con más ternura de la debida. María aguantaba sin meterme más presión. No sabía por qué, pero no me decidía… así que acabé por retirarme un poco más, decidí cambiar de planes, quería agacharme, inclinarme sobre su sexo, y degustar aquel coño cómo me había dicho que aquel niñato había hecho.

Aproximé mi cara y si la imagen de sus labios apartados me había parecido impactante, verlos así, tan cerca, me llegaba a excitar tanto que mi miembro rebotaba en aquel cilindro que lo enclaustraba en espasmos continuos e involuntarios. Abrí la boca… dejé que mi aliento le llegara y un olor fortísimo… a coño… a coño abierto y ansioso de más, de mucho más, me caló entero, como sintiendo aquel hedor por todo mi cuerpo. Mi lengua se alargó y quise lamer dentro, no podía contenerme, no me aguantaba, no quería besar aquellos labios desorbitadamente separados, sino que quise embriagarme y degustar la parte más mojada y profunda. Ella dio un respingo al notar mi lengua. Lamí su sexo, con sus ojos cerrados, con mis ojos cerrados… uno, dos, tres segundos… cuando un “No, no, para, para” salió de su boca. Una frase dicha con seriedad, con contundencia, marcándome que aquello era un error, un error grueso, que si quería ser Álvaro lo último que podía intentar era imitarle comiéndole el coño… María sabía que la diferencia sería tan abismal que lo único que conseguiría sería sacarla de aquel limbo en el que quería estar con él.

Tras aquella frase suya esbozó un “venga, dame” que proyectaba ansiedad a la vez que contenía una petición que consistía en que me ciñera al plan, que todo lo que quisiera extralimitarme desembocaría en una comparación que la sacaría de su sueño.

 

Me coloqué de rodillas tras ella y no dejaba de hacérseme raro la distancia a la que ya podía empezar a penetrarla. Posé la punta de aquella polla de goma a la entrada de aquel coño que no necesitaba en absoluto ninguna estimulación, y eché mi cuerpo hacia adelante… Para ello, no sé por qué, cerré los ojos… No pude ver como aquel coño de nuevo acogía todo aquel aparato, no pude ver como la perforaba, como me enterraba en ella… pero a cambio una imagen se cruzó en mi mente y era la de Álvaro follándosela así… Aquella imagen era tan impactante que apenas pude escuchar el quejido de María y de mi boca salió un “Joder… qué gusto…”, pero era un gusto mental más que físico, pues mi polla encerrada no sentía nada… pero me sentí Álvaro, me sentí aquel cabrón follándose a María… y el placer fue mental y pude ser él…

Entré entonces en tal estado de comunión con aquel niñato, que pasaron unos minutos así, en los que ni siquiera me di cuenta de que llevaba un rato follando a María. Y lo que pasó después aún fue más sorprendente, y es que entre el sonido rítmico de sus jadeos se oyó una frase, una frase de Álvaro, un “Te gusta mi polla, eh… ¡te gusta cómo te la meto…!” que salió de mi boca y ella lo agradeció echando su cuerpo hacia atrás, hasta meterse aquella goma por completo, y haciendo no uno, ni dos, sino tres círculos con su cadera con todo aquello dentro. Los jadeos con los que lo adornó no es que me motivasen, es que me hicieron ser Álvaro con más intensidad.

De golpe ya no me costó ser él. Mis manos fueron a su cadera. La sujetaba por la cintura y la penetraba con fuerza. En golpes secos. Hasta el fondo. Con los ojos cerrados. Ella jadeaba, agradecida, y yo buscaba en su confesión aquellas imágenes que se me habían quedado grabadas. Otra vez, casi sin querer, un “¡Te gustó cómo te salpiqué en la boquita, eh!”, salió de mi boca y un “¡¡Mmmmm…!!” “¡¡Ahhmmmm!!” fue emitido por ella. Y tras eso un “¿¡Te va a caber mi polla en tu culo!?” fue preguntado por Álvaro y sus jadeos se incrementaron.

—Eh… dime… ¿Te va a caber en el culito? —pregunté, sin abrir los ojos.

—¡¡Mmmhh…!! No… no me cabe… Cabrón —respondió, por fin, desvergonzada, pero a la vez especialmente sentida.

—¡Te gustaban las fotos de mi polla, eh…!

—¡¡Mmm…!! ¡¡sí… sí…!! ¡¡Joder…!! —jadeaba ella y yo abrí los ojos y vi como movía aquella melena de un lado a otro, ladeando la cabeza, gustándose, disfrutando de sí misma, de su cuerpo, de su sexualidad, de aquella polla enorme que la embestía, y de aquel crío que la estaba follando otra vez.

—¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo quisiste que te follara… ? —pregunté, de nuevo cerrando los ojos, dejando caer mi cabeza hacia atrás, sin dejar de sujetarla por la cintura, sin detener aquellos golpes secos que la empujaban hacia adelante.

—¡¡Ummm…!! ¡¡Oh…!! ¡¡Joder…!! ¡¡Dame así…!!

—¡Dime…! ¿¡Desde cuando…!?

—¡¡Ufff…!! ¡¡No… No sé…!!

—¡Dime…! ¡Joder…! —exclamé con una penetración especialmente profunda que la encaramó más hacia el cabecero.

—¡¡¡Ahhhmm.…!!! ¡¡¡Dios!!! ¡¡Ohhh…!! Desde… desde que… ¡¡Desde que vi tu polla en aquella foto…!!

—¿Sí?

—¡¡Sí…!! ¡¡Ufff!! ¡¡¡Ahhh… Ahh…!!! Sííí… ¡Tan pronto la vi…!

—¿Tan pronto la viste qué?

—¡¡Ufff…!! ¡¡Ahh…!! ¡¡Dame…!! ¡¡Aahhhhh…!! ¡Animal…! Tan pronto la vi… la… quería… la quería dentro.. ¡¡Follándome!! —se quejó, en un grito, con aquella venda, con aquellas medias y liguero de guarra, disfrutando de aquella follada brutal.

Los sonidos de nuestros cuerpos chocando se confundían con los de sus jadeos. Abrí los ojos y pude ver como sus tetas caían enormes de su torso y se balanceaban al compás de mis penetraciones. Me sentí otra vez aquel crío.

—¡Te follo bien…! ¡Eh…! ¡Te estoy follando bien! —exclamé yo, o Álvaro, o Álvaro en mí.

—¡¡Mmm…!! ¡¡Sí…!! ¡Síí, joder…!! ¡¡Dame así…!! —gimoteaba una María entregada a aquel sueño… a aquel recuerdo.

Álvaro, otra vez en mí, decidió azotar una de aquellas nalgas. Decidió llamarla guarra y decidió hurgar en su ano con uno de sus dedos. Aquel dedo se abría paso. Nadie le detenía. La estrechez de su ano me hacía palpar su interior de una manera tan nítida que me impresionaba, pero más me impresionaba recordar que aquel culo había acogido el pollón de Álvaro hasta casi la mitad, como yo había visto con mis propios ojos.

Aquellos insultos fueron recibidos con jadeos y gemidos, de igual forma que aquel dedo. Todas mis proposiciones de follarla por el culo eran recibidas con más de aquellos “¡¡Ahhh!! ¡¡Ahhh!!” “¡¡Damee!!” y dudaba si penetrarla con un segundo dedo cuando ella jadeó:

—¡Dame…! ¡Dame…! ¡Cerdo…!

—¡Sí…! ¡Te gusta…! ¿Eh…?

—¡Sí…! ¡Me encanta…! ¡Cabrón… !

Miré hacia abajo: veía como aquel consolador anclado a mí la destrozaba… como aquella goma casi rosácea salía empapada de aquel coño desproporcionado… que parecía que se salía de su cuerpo, cuando la escuché casi gritar:

—¡Al final me has follado…¡ ¡¡Cabrón…!! ¡¡Al final me estás follando…!!

Era una frase con una carga brutal… pues me desvelaba, para mi sorpresa, que si bien ella me había confesado ciertas frases que aquel crío le había dicho, no había confesado aquellas que ella pudiera haberle dicho a él. Irremediablemente dudaba si ella estaba entonces imaginando o recordando.

Intenté tirar de aquel hilo, acelerando un poco el ritmo, en embestidas de recorridos más cortos, pero más rápidos. Manteniendo un dedo dentro de su ano, mientras mi otra mano era utilizada para azotar sus nalgas. Aquellos ¡clap! ¡clap! de mis azotes se mezclaban con sus jadeos y tuve la lucidez suficiente como para plantar mi trampa:

—Soy un cabrón ¡eh…! Un cabrón que te está follando… follando bien…

—¡¡Mmm…!! ¡¡Sí…!! ¡¡Dame… así…!!

—Creías que no te iba a conseguir follar, ¡¡eh!! —seguía embistiéndola, azotándola y con mi señuelo.

—¡¡¡Ahhhmm…!! ¡¡Mmmmm…!!

—Dime… dime… ¡Joder…! ¡¡Creías que no iba a conseguir follarte… eh…!!

—¡¡Uff…!! ¡¡Sigue…!! ¡¡Mmmm.…!! ¡¡Ahhhhh!! ¡¡Aahhhhh…!! —jadeaba ella, en unos gritos que aún tenían algo de contenidos, a los que aún les faltaba algo para poder compararlos con los que yo había presenciado; con los codos clavados en la cama, con aquel coño ya totalmente encharcado… pero sin caer en mi trampa

Fue entonces cuando abrí completamente los ojos y vi como ella tenía la cabeza bastante erguida y como aquel pañuelo no estaba tan tenso como antes. Aminoré el ritmo hasta detenerme. Retiré aquel dedo de su ano… y estuve tentado de oler aquel aroma escatológico. Me salí completamente de ella. Seguramente María no entendía nada de lo que hacía, ni yo tampoco. Su ano se cerró inmediatamente, pero no así su sexo. Contemplé su cuerpo. Ultrajado. Usado. Su piel tostada, su melena castaña y larga, y su culo y su coño maltratados, por mí, por Álvaro; aquel cuerpo era un tesoro del que todos querían disfrutar. Como animales, sin tabúes, sin prejuicios. Todo lo que ella nos permitiese.

Cogimos un poco de aire y anudé con más fuerza aquel pañuelo. Y reparé, sin querer, como nuestro primer consolador yacía a nuestro lado, aquella goma con aquella ventosa, también color carne y solo ligeramente menor que la que tenía anclada al arnés. De golpe deduje que podía tener también a Guille allí, pero sabía que aquel chico le producía repulsa a María, repulsión real, aunque no parecía haber un motivo concreto.

Lo del pañuelo me había salido bien. Lo de comerle el coño había salido mal. Aquello era una moneda al aire. Cogí aquella polla y me incliné hacia adelante. Con una mano agarraba el primer consolador y con la otra me sujetaba el arnés para volver a penetrarla. La invasión del coño de María por aquella bestialidad que estaba entre mis piernas fue tan sencillo que de nuevo me dejó pasmado. Ni siquiera jadeó. Como si fuera el sitio natural de aquella barbaridad. Alargué la mano que contenía nuestro primer juguete sexual y le pedí que abriera la boca, y ella lo hizo, mínimamente, hasta que notó la punta en sus labios. Ensartada por atrás… comenzó a mamar de aquella polla que yo le facilitaba con la mano sin demasiadas contemplaciones.

No podía permitirme más errores. Y sabía que Guille no podía ser aquello que chupaba.

Dejando que ella mamase de allí… y dejando que fuera ella la que echaba su cuerpo hacia atrás para penetrarse, buscando hacerlo en movimientos de enorme recorrido… dije en voz baja:

—¿Te imaginas que te follan Álvaro y Edu…? ¡Eh…! —susurré, dándome cuenta de que hablaba ahora de Álvaro en tercera persona, y ella siguió chupando aquella goma, y siguió con aquella cadencia, echando todo su cuerpo adelante y atrás.

—¿Quién te folla… eh? ¿Quién te folla y a quién se la chupas? —insistí, impactado al ver como mamaba y como se movía así… despacio… regocijándose… dándose un festín… un merecido premio… con aquellas dos pollas de goma.

María apartó un poco la boca. Se bajó un poco el pañuelo y cogió aquella polla de mi mano. Alargó entonces su brazo para pegar aquella polla en el cabezal de madera de nuestra cama. Polla que se pegó allí sin demasiada dificultad.

—Espera… échate un poco hacia adelante —dijo. Por primera vez en muchos minutos le hablaba a Pablo. Lo que quería era avanzar hacia aquel cabezal, hacia aquella polla, y gateamos unos escasos cuarenta centímetros, los suficientes como que ella pudiera tener aquel consolador al alcance de la boca.

Yo le repetí la pregunta… aunque no tenía duda alguna de la respuesta.

—Joder… me folla Edu…

—¿Sí?

—Sí… —dijo y el pañuelo acabó por caer sobre la cama…

—¿Te folló mejor Edu? —pregunté.

—Sí… —respondió, con la cara a la altura de aquella polla que había pegado al cabecero. Casi como jugando con ella sobre sus labios y sus mejillas… como retrasándolo… como queriendo castigar a Álvaro… pues ahora, completada, ensartada por Edu… no tenía prisa.

El cambio fue instantáneo y seguramente inconsciente. Lo pude notar… pude notar una alteración en ella. Aun sin el pañuelo tapando su rostro ella cerraba los ojos y recordaba a Edu. Echaba su cuerpo hacia atrás, como antes, follándose ella el arnés sin que yo me moviera… pero comenzó a emitir unos sonidos extraños. Unos jadeos diferentes… un ronroneo más apocado… más sumiso… más de niña… Fue algo tan extraño que rozaba lo malsano.

Su boca no tardó en ocuparse. Pronto dejó de querer castigar a Álvaro y se ensartó con aquellas dos pollas de goma, por Edu y Álvaro, delante y atrás, por el coño y por la boca. No pude resistirme más… Si había sido Álvaro podría ser Edu. La sujeté por la cadera, por el liguero… y la sentí tan guarra, tan cerda con aquella ropa y chupando así… que mis penetraciones pronto se hicieron intensas y rápidas. El ruido de nuestros cuerpos volvió a hacerse ensordecedor, pero sus jadeos eran ahora sustituidos por sonidos guturales… pues mientras la follaba, su boca se aferraba a aquella polla que era la de Álvaro… No dejaba de lamer y de chupar y yo disfrutaba lanzándola hacia adelante. Los “¡¡Hhhmmmm!!” ahogados que emitía constantemente eran tan morbosos como casi ridículos… pero no le importaba, no le importaba nada, y mucho menos le importó cuando fingí ser Edu…

…Cuando de mi boca salió un:

—¡¡Te pone cachonda que te ordene como ir vestida, eh!!— le dije y yo sentía que se deshacía… que se corría… sin tocarse… mientras devoraba hasta lo irrisorio la polla que tenía delante.

A cada pregunta, a cada frase parecía más encendida, más sexual. Ella no respondía y yo insistí:

—Te follé bien en aquella boda ¡Eh…!

—¡Hhhhmm!! —respondió en un sonido algo esperpéntico, que era mitad un “sí” y mitad un gemido de morbo y placer.

Edu se inclinó entonces hacia adelante y pronunció en el oído de mi novia:

—Cada vez que te veo en faldita por el despacho me dan ganas de volver a follarte.. … no vuelvas a venir en pantalón… la próxima vez vienes en medias y falda, ¿¡Quieres que te folle otra vez o no!?

—¡¡Hhhhmmm” “¡¡Hhmmmm!!” —respondió en un sonido grotesco, gritado, ahogado en la polla de Álvaro.

—¿¡A que si…!? ¿A que quieres que te folle otra vez…? —volvió a susurrarle Edu, empalándola, lanzándola contra la polla de Álvaro… sintiendo como a María le temblaban las piernas… le fallaban los brazos… mientras seguía gritando, con la boca invadida, sus “¡¡Hhhmmm!!” “¡¡Hhhhmmm!!” esperpénticos y desvergonzados.

Las medias, las faldas, los tacones, las órdenes, sus escotes, sus tetas… cada frase que mencionaba aquellos elementos eran más y más gemidos obscenos, casi desquiciados, enterrados en la polla de goma que le ocupaba la boca…

Yo pensaba que se correría, que llevaría una de sus manos a su clítoris para explotar por fin. Que tendría un orgasmo tremendo tras el cual se avergonzaría de aquellas frases que la estaban excitando y de aquellos gemidos tan extraños… pero lo que hizo fue apartar la boca de Álvaro, agachar un poco la cabeza y echar su mano atrás para que yo bajara un poco el ritmo; levantó entonces la cabeza, alargó el brazo hasta llevar su mano a la mesilla de noche que custodiaba la cama, y, dándome su móvil, dijo jadeante, en un murmullo descomunalmente encendido:

—Grábalo… graba un audio follándome…

María, al borde del orgasmo, a punto de deshacerse, de correrse… me daba su móvil para que grabase sus gemidos… con la intención obvia de cumplir aquello… aquello de enviarle sus gemidos a Edu.

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