ROSA LIÑARES

-Mi madre trabajaba en la empresa de Ramón, que por aquel entonces era de su padre y él estaba allí aprendiendo el oficio. Era un joven alto, guapo, educado y simpático y mi madre cayó rendida a sus pies desde el primer momento. Empezaron flirteando y acabaron teniendo una relación, aunque en secreto. Si el padre de Ramón se enteraba, un hombre serio y severo como era, seguramente no lo aprobaría y lo más probable era que echase a mi madre de su trabajo de secretaria.
Durante un tiempo se vieron con cierta frecuencia a escondidas. Para mi madre fueron los mejores meses de su vida. Pero mantener su amor en secreto fue desgastándola. Solían verse dos o tres veces por semana, pero para ella ya no era suficiente. Los fines de semana solía pasarlos sola, salvo excepciones en las que Ramón podía escaparse de la familia y pasar algunas horas con ella.
Mi madre se estaba enamorando. No sabía si él también lo estaba de ella, pero cuando estaban juntos era maravilloso. Sin embargo, empezaron a verse menos. El padre de Ramón cada vez delegaba más en él y le sumía en un montón de trabajo. Aunque, realmente ella no tenía la certeza de que esa fuese la causa del distanciamiento que estaba empezando a haber entre ellos.
Algo más de un año de relación llevaban cuando mi madre se quedó embarazada. Fue algo totalmente inesperado. No entraba en sus planes y no tenía ni idea de lo que aquello implicaría. No sabía cómo decírselo a Ramón ni cómo afectaría a su relación. Una tarde-noche que estaban juntos en una habitación del hotel al que solían ir, se decidió a contárselo. Lo que no sabía era que él también tenía algo importante que contarle a ella.
Ese día él le contó que había conocido a una chica y que se estaba empezando a enamorar de ella. Por supuesto, aquella chica que entraba en escena era Isabel. Esa sí
era una relación bien vista por su padre, ya que la muchacha era de buena familia. Mi madre sintió un puñetazo en el estómago. Aún así, él se lo contaba apesadumbrado. No quería hacerle daño a mi madre, pero tampoco quería seguir una relación con ella cuando empezaba a sentirse enamorado de otra mujer.
Mi madre dudó si contarle lo de su embarazo, pero finalmente optó por decírselo. No le pedía nada, solo quería que lo supiese. Ella también quería ser sincera. En realidad, se apreciaban mucho el uno al otro. Ramón se sintió en la obligación moral de hacer algo respecto al embarazo. Le ofreció abortar, que él correría con los gastos, a lo cual ella se negó rotundamente. Ante su negativa, él dijo que entonces se haría cargo del bebé, que se casarían si ella quería, que él ejercería de padre de la criatura, como tenía que hacer. Era su deber.
Mi madre no quiso. No quiso robarle ese amor que había empezado a sentir por Isabel, no quiso que él hipotecase su vida. Le dijo que tendría a esa bebé ella sola y que él no tendría que hacer nada, que se olvidase, que siguiese su vida, que era lo mejor para los dos. Él dudó. Lloró. Lloraron los dos. Y aquel día se separaron sus caminos para siempre.
Ella dejó de trabajar en la empresa del padre de Ramón y volvió a vivir a casa de sus padres. Él la llamó un par de veces para saber cómo estaba pero ahí acabó todo. Él comenzó a salir con Isabel de modo formal y luego terminaron casándose y teniendo hijos. Sergio y Sandra.
Cuando mi madre decidió contarme la historia, postrada en su cama, enferma y cansada, yo me sentí furiosa. Odié a Ramón. Pero ella, curiosamente, no le guardaba rencor. Todo lo contrario; insistía en que era un buen hombre.
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Un comentario sobre “Otra vida (37)

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