ROSA LIÑARES

Continuaron caminando mientras sacaban a relucir las partes buenas y las malas del retrato. Un entretenimiento un tanto atípico, pero muy divertido. Se pararon delante de un bar en el que se podía divisar al fondo un billar. Los dos se miraron y entraron casi sin pensárselo. Una par de horas más tarde, tras unas cuantas partidas de billar, varias cervezas y muchas risas, continuaron el paseo.
Aunque se podría decir que quedaron en un empate técnico, Susana le dio una buena paliza al billar. Sergio quedó sorprendido con su destreza. Él, cuando era más joven, le había dedicado muchas horas a ese juego tan poco habitual. Aunque no estaba de moda entre los chavales, en la facultad coincidió con varios amigos con la misma afición y pasaban muchas tardes jugando en una sala de juegos próxima a su piso de estudiante. Aunque en otro lugar y con otra gente, Susana había hecho lo mismo. Esta chica estaba resultando ser una caja de sorpresas.
Lo que era realmente sorprendente era lo bien que congeniaban. Y en ese viaje estaban descubriendo que tenían en común muchas más cosas aún de las que pensaban. Tenían el mismo sentido del humor un poco absurdo, les apasionaba la lectura y la pintura, les gustaban los niños, el billar y el chocolate, y los dos eran bastante tímidos… Compatibilidad total. A Sergio le parecían coincidencias maravillosas pero a Susana esas similitudes la agobiaban.
Todavía tuvieron tiempo de ir a otro par de locales, tomar más cervezas e incluso bailar un poco. Y, sobre todo, reír mucho. Cuando llegaron de vuelta al hotel, empezaron a notar un cierto estado de embriaguez.
Subieron juntos en el ascensor. Sus habitaciones estaban en la misma planta, una frente a la otra. Delante de la puerta de la de Susana se despidieron.
-Me lo he pasado muy bien – dijo Sergio arrastrando un poco las palabras
-Yo también- contestó Susana.
Un silencio incómodo inundó el momento y Sergio aprovechó para acercarse lentamente a Susana para darle un beso en los labios. Por un momento, ella pareció que iba a corresponderle, pero justo cuando sus labios estaban a punto de rozarse, le apartó bruscamente.
-¡No!- gritó.
-¿Qué pasa? – él la miró extrañado.
– No me toques… -fue su respuesta y entró apresuradamente en la habitación.
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Un comentario sobre “Otra vida (33)

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