AURELIA JIMÉNEZ

François está cansado. Le relevo al volante tras parar a comer en una aldea sin nombre. Los niños se asoman al chamizo donde nos han preparado la mesa. Nos ven comer y se ríen. Una vieja vietnamita se mece en una hamaca junto a nosotros. También nos observa comer, pero sin la ilusión de los niños, con el antifaz de la indiferencia que ha colocado la vida en sus ojos.

Mi amante no puede ocultar que pertenece a la carrera diplomática. Creo que me estoy enamorando de él. La manera en la que llega a la gente. Tan dulce, educado, utilizando las palabras y el leguaje que cada persona necesita, adaptándose al nivel cultural del que tiene en frente.

 En seguida se gana a la gente. Y me está ganando a mí.

 En el asiento trasero se tumba y se queda dormido. Coloco el espejo retrovisor para observarle mientras conduzco y de vez en cuando mis ojos viajan a ese hombre maduro que se ha cruzado en mi existencia.

 Cuando nos faltan pocos kilómetros  para llegar al hotel donde vamos a dormir, ya se ha despertado y lleva un buen rato mirándome en silencio. De repente su mano comienza a acariciar mi mejilla derecha y ladeo la cabeza para aprisionarla. Luego se cuela por el escote y pellizca mi pezón derecho.

 “¡No hagas eso!” le regaño “estoy conduciendo”

 “¡Qué descarada eres! ¿Y tú antes qué?” Me río. Tiene razón. Le dejo amasar mi seno pero me pone cachonda y yo soy incapaz de conducir así.

 “No puedo François. Si quieres paramos, pero así, yo sí que no puedo conducir”

 “Te dejo. Ya te pillaré en el hotel”

 El que le haya dejado claro que no formaremos pareja, que no quiero que rompa su matrimonio, tiene como consecuencia que vivamos el momento de una forma mucho más intensa, pero también más libre. Le noto liberado, como si le hubiese quitado un peso de encima.

 Cada día, cada comida, cada vez que practicamos sexo es una historia independiente en sí misma. No hay necesidad de construir un futuro que no va a existir. Que no sabemos cómo va a ser. No importa la forma o el sitio en el que hayamos estado antes, ni en el que vayamos a estar mañana. Sólo existe el aquí y el ahora.

 François está eufórico. Ha recuperado al François universitario. Es cierto que puedo ser su hija, que parezco su hija. Pero en realidad soy su madre. Le he dado a luz por segunda vez en su vida. Ha renacido.

 El hotel rural es precioso, pero no lo vemos hasta el amanecer. Llegamos de noche y estoy muerta de cansancio, así que me quedo dormida nada más acostarnos, con una rodilla sobre mi amante y su mano en mis nalgas. Él lo nota y se conforma con dormir, así, teniendo mi culo en su mano y mis pechos en su costado.

Amanece. Hay media docena de bungalós. El nuestro tiene terraza y hace un rato que François se ha levantado, ha dado un paseo por los caminos que rodean el hotelito y ha pedido el desayuno en la pequeña terraza con vistas sobre los montes verdes.

 Después de desayunar nos bañamos en el yacusi. Está en la terraza, junto a la mesita en la que hemos desayunado. Metidos hasta el cuello, contemplando los montes tapizados de selva. La bañera produce una barbaridad de burbujas y más ruido del que me gustaría. Pero es lo que tiene. El agua caliente, con cierto olor a lejía resulta agradable, aunque luego me deja la piel muy seca y debo darme crema hidratante.

 “¿Cuánto nos queda para llegar?” pregunto.

 “Menos de trescientos kilómetros” me responde. “Ayer nos hicimos más de setecientos, a pesar de las paradas…” Me pone carita de travieso. Me encanta y comienzo a jugar con mis pies a mezclar las burbujas con caricias en su piel. Subo los dedos del pie por sus pantorrillas y me encuentro con aquello ya despierto.

 El abre las piernas dándome permiso y me sonríe; y yo meto la punta del pie bajo sus testículos y le araño en dirección al ano.

 “¿Qué vamos a hacer en ese junco durante dos días en la bahía de Ha Long?” Pregunto mientras le piso suavemente los testículos.

 “Haremos lo que tú quieras, como siempre desde que nos conocemos. ¿O no es así?”

 Me río. Me incorporo y subo encima de él, a horcajadas. Le beso la boca sintiendo su verga bailando entre mis nalgas. Nos besamos como adolescentes, me encanta como me besa. La pasión ha dado paso a una dulzura casi paternal. Creo que en el fondo juega a imaginarme como una especie de hija, de niña a su cuidado. Eso le pone cachondo. Eso y compartirme con otros, lo sé, aunque sea visualmente.

 Me pongo de pie sobre el asiento. Una pierna a cada lado de sus caderas y le planto el coño delante de la cara. Con ambas manos lo abro, mostrándole la carne rosada, empapada por el agua del baño.

 “Pásame la lengua. Lame como si fueras mi perrito”

 Me encanta la forma en la que me obedece. Miro hacia abajo. Su pelo canoso mojado, su atractivo rostro, su lengua lamiendo mi raja. Él mira hacia arriba y lame una y otra vez, jadeando, juega a hacerse el perrito, sacando exageradamente la lengua. Busca mi expresión de placer. Lo sé. Y yo se la regalo y gimo, sin fingir. Me está gustando.

 “Sigue. Pero méteme un dedo en el culo”

A los pocos segundos François siente en su lengua y en el dedo que me ha traspasado el ano, los espasmos de un intenso orgasmo que hace tiritar mis articulaciones.

Cuando llevamos dos horas alejándonos del hotel en medio de la nada, nuestro destino se aproxima.

 “¿Todavía no has visto la bahía de Ha Long, verdad?” me pregunta.

 “En fotos” respondo lacónica.

 “Es un lugar increíble, créeme Mar. No has visto nada ni remotamente parecido”

 “Seguro que has llevado allí a los gerifaltes que vienen a veros a la embajada”

 “Más de una vez”

 “Cuéntame. ¿Cómo es?”

 “Es una bahía inmensa con 1.500 km² de aguas tranquilas, sin oleaje. Incluso a veces la niebla hace desaparecer la superficie del agua. Pero lo que llama la atención y la hace única son sus elementos kársticos”

 “¿Quéeee?” François se ríe.

 “Una especie de promontorios que emergen del agua.”

 “¡Ah sí! Los he visto en las fotos.”

 “Hay cientos. ¡Qué digo cientos! Miles; e islas de varios tamaños y formas. Te va a encantar, Mar. Ha Long fue declarada Patrimonio de la Humanidad y desde el 2011 es oficialmente una de las siete maravillas naturales del mundo.”

 Cuando llegamos al puerto, un aparca coches se lleva el todo terreno y otro chico joven lleva las maletas al barco. El junco en el que vamos a navegar durante el fin de semana es nuevo. Con la forma de los juncos tradicionales pero totalmente nuevo. Equipado para recibir clientes de lujo. Ni se me ocurre lo que le habrán cobrado por alquilarlo para los dos todo un fin de semana.

 Cuando llegamos al muelle, el capitán, la tripulación y el personal de servicio bajan por la rampa y forman con sus uniformes impecables. Yo no sé con qué François me voy a encontrar. Mi amante sufre una especie de dicotomía, una bifurcación de personalidades distintas según dónde y con quién estemos.

 Unas veces hace ostentación de su amor por mí. Públicamente me agarra o me besa sin importarle la diferencia abismal de nuestras edades. En otras, sin embargo, noto que me sitúa al nivel de hija. Camina por delante y casi me ignora, como si quisiera disimular nuestra relación real haciendo ver que soy alguna sobrina o su propia hija.

 A mí me divierte muchísimo esa dualidad.

 En cubierta han preparado un cóctel de bienvenida.

 No me lo puedo creer cuando me presenta como “su señora”. Casi me da la risa. Jamás me habían llamado señora.

 Nuestro inmenso camarote, con cama de matrimonio, tiene un ventanal corrido que da a babor y por el que se cuela el increíble paisaje, que se puede observar sin levantarse de la cama.

 Salto en el colchón como si fuera una cama elástica, como una niña, eufórica. Luego le agarro del cuello, de pie en el tálamo, su cabeza me queda a la altura de las tetas.

 “Me encanta François, me encanta” Le beso y él me muerde los pezones sobre la camiseta.

 Llaman a la puerta. Es el capitán.

 “Adelante” dice mi amante sin soltar el abrazo, con sus manos aferrando mis nalgas sobre el pantalón vaquero que me he puesto antes de salir del hotel.

 “Perdone la molestia señor François”

 “No molesta capitán. Pase. Dígame” El capitán es un hombre joven, o lo parece. Yo le calculo unos 30 años. Un vietnamita bajito, de piel más oscura de lo normal.

“Zarpamos en cinco minutos. He pensado que tal vez les gustaría ver el inicio de la singladura y la salida de puerto desde la terraza de las hamacas. Es todo un espectáculo.”

 “Muchas gracias, ahora vamos” Responde François mordiendo de nuevo mi camiseta antes de que el capitán se haya ido.  Lo hace a propósito. Lo sé. Para que el vietnamita lo vea.

El capitán me mira a los ojos antes de girarse para salir. Es una mirada cargada de deseo. Lo noto.

De un salto bajo de la cama y tiro del brazo de François.

 “Vamos, quiero ver la salida”

 El junco tiene tres pisos por encima del nivel del agua. En el primero está el restaurante con capacidad para treinta y seis comensales. Han retirado todas las mesas, excepto en la que comeremos nosotros. También están en ese nivel un gimnasio completo con sauna y  yacusi; y un pequeño pub, con una pequeña pista para de baile.

 El siguiente nivel es el de los camarotes. Diez en total. Al nuestro lo llaman el camarote real. Y, por supuesto, es el único que estará ocupado durante los dos días siguientes. Y en el piso de arriba está la terraza de las hamacas y el puente de mando.

 Bajo el nivel del agua están los camarotes de la tripulación, muy pequeños, la cocina y la sala de máquinas, donde está el pequeño motor, que no suele utilizarse, salvo para la entrada y salida a puerto. El junco navega silencioso y de forma majestuosa gracias a sus tres velas.

  Me quito a prisa los vaqueros y la camiseta. Me quedo descalza y espero a que François se ponga el bañador. Yo he traído mis bikinis por indicación suya y me pongo el más pequeño. Apenas me tapa nada y sé que a mi amante le va a gustar que el capitán me observe de esa guisa.

 Hace un día espléndido, sin las habituales neblinas, o brumas de la bahía. El sol aún está bajo pero se nota como pica en la piel. La terraza de las hamacas está en la proa. Colocamos dos de ellas junto a la barandilla y nos sentamos con el respaldo subido.

 François me coge de la mano.

 “¿De verdad que mi idea sobre turismo compartido vale tanto como para esto?”

 Él me mira y asiente con la cabeza y una sonrisa que le vuelve mucho más atractivo. Desde el puente de mando el capitán lleva el timón y da las órdenes, supongo para todas las maniobras con la velas. Pero nosotros no le oímos. Sin embargo él sí que nos ve.

 Me quito la parte de arriba del bikini. François mira de reojo y ve a través del cristal al capitán.

 Zarpamos dejando atrás las cabañas de madera que parecen flotar sobre el agua y el largo embarcadero de madera también. Los primeros islotes se elevan imponentes sobre el agua, como a treinta o cincuenta metros. Todos cubiertos de vegetación hasta el agua.

 Mi padre sería capaz de cualquier cosa. Pienso durante un instante. Si me viese así, con los pechos desnudos en compañía de un hombre casado. Recibiendo dinero de él.

 Seguro que no comprendería que entre François y yo ha nacido algo más que una transacción comercial. Me llamaría puta, furcia. Me pegaría o tal vez llegaría a matarme. No lo creo.

 Mamá sería menos irracional. Seguro que me preguntaría si le quiero. Y mi hermano se reiría, como se ríe siempre. Pero me comprendería seguro.

A los quince minutos de travesía me doy cuenta de que me he quedado dormida. Abro los ojos y veo que el camarero ha traído uno de los platos típicos de Vietnam, banh cuo, unos rollitos hechos con harina de arroz y rellenos de carne de cerdo picada, con cebollas y setas. En la mesita auxiliar, entre las hamacas hay una botella muy fría, con el cristal empañado, de vino de arroz. Se elabora como la cerveza, pero contiene un 20% de alcohol.

 No como pero me bebo dos vasos del vino de arroz, por la sed. Sin calcular el agradable mareo que me va a proporcionar.

 Cuando el capitán aparece para ver si todo es de nuestro agrado, le pido a François que me dé algo de crema por la espalda. Estoy tumbada boca abajo, con la tira del bikinito brasileño engullida por mis nalgas.

 Mi amante le ofrece el bote al capitán.

 “Por favor”

 El vietnamita moreno está desconcertado. Levanto la cabeza y le miro. Continúa su mirada de deseo. La que exhibió cuando vio a François mordiendo mis pezones sobre la camiseta.

 Estoy medio borracha y asiento con la cabeza antes de reclinarla sobre la almohada de la hamaca. Mientras el capitán embadurna mi espalda, mi diplomático cincuentón coge crema del bote y la extiende por mis piernas.

 El vietnamita mira como los dedos de mi amante me soban con descaro el coño cuando sus manos bajan y suben por el muslo. Lo que provoca en ambos una incipiente erección.

 “Dame un poco más de vino” pido con voz ligeramente ebria.

 Mientras François llena mi vaso, el capitán, que  de tonto no tiene un pelo toma el relevo en el interior de mis muslos y comienza a sobarme la raja. No lo veo pero mi amante le guiña el ojo para que siga.

 Estoy cachonda como una leona en celo. Muevo el culito y abro las piernas para que mi capitán tenga acceso visual y táctil. Llevo una mano hasta el culo y aparto el bañador dejando fuera mi coño, ya empapado.

François me da el vaso de vino y un beso en los labios. Bebo y dejo el vaso para tumbarme de nuevo. No sé de quién son los dedos que me penetran, pero creo que son del vietnamita. Son dulces. Extienden mis jugos y entran y salen, y salen y entran delicadamente, hasta que me hacen gemir. Tiemblo por el orgasmo y ellos me dejan seguir durmiendo.

 No me hacía gracia. Por mí hubiera sido todo como un viaje de novios. Pero sé que a François le ha vuelto loco verme toqueteada delante de él.

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