TANATOS12

Capítulo 22

Salíamos del coche e íbamos hacia el ascensor que nos llevaría directamente a nuestro piso y a mí me llegaba a sorprender que recordara ciertas frases y hasta ciertas posturas concretas, por lo que me hacía sospechar que aquellos recuerdos no habían estado encerrados en su mente durante cinco semanas, sino que podrían haber estado eventualmente accesibles.

Pero sobre todo lo que hacía con aquella narración era ponerla en valor, y es que para ella habría sido mucho más fácil contarme lo sucedido de forma mucho menos implicada, ocultando aquellos elementos humillantes, en una especie de “hicimos esto… y después lo otro”; sin embargo me lo estaba queriendo contar con precisión, y, lo que era mucho más importante: con carga emocional, como si yo, su novio, con el que compartía aquel peligroso y estresante juego, mereciera o debiera conocer aquella vivencia con la entraña completa.

Esperando el ascensor, María, entonces sí, pensando en alto más que confesando, comenzó a explicarse o a justificarse sobre el porqué de no haber detenido aquella mamada una vez Guille había entrado en el dormitorio. Se disculpaba, sin motivo para mí, aunque seguramente con motivo para ella misma, contando que en un primer momento no se detuvo, no le había salido de forma automática la decisión de apartarse y después ya era tarde y solo quería que Guille se fuera cuanto antes y sin decir nada.

Ya en el ascensor ella se miró en el espejo y exclamó un “puf… tengo cara de cansada” y yo, en otro contexto, hubiera pensado que estaba de broma. Respondí con un: “María… estás buenísima…” que no fue rebatido pero tampoco me lo agradeció con mueca o sonrisa alguna.

Aquello era una pequeña tregua que yo habría aprovechado para coger aire… pero no era capaz. Ya no. Tenía un bombardeo de imágenes insoportable y la humedad de mi calzoncillo me recordaba de forma ininterrumpida todo lo que acababa de escuchar. María, delante de mí, se recolocaba la camisa y la falda, como si fuéramos a salir de casa en lugar de a entrar, como en una necesidad automatizada de lucir perfecta.

De nuevo, aun a riesgo de ser rechazado, posé mis manos en su cintura y apoyé mi entre pierna en su culo, haciéndola dar un paso hacia adelante, por la inestabilidad de sus tacones y el efecto del alcohol. Aquel ataque me fue permitido y mis manos subieron entonces por delante, hasta acariciar sutilmente sus pechos sobre su camisa. Llevé mis ojos al espejo, para que nuestras miradas se cruzasen… y fue ella quien habló:

—Ahora te pones eso… Eh…

No lo dijo en un ronroneo sensual, sino seca. Tajante. María era en aquella noche dos personas a la vez y según el momento una se sobreponía a la otra: era la chica abochornada por aquella confesión humillante y también la mujer cachonda que sabía lo que quería.

—Aún tienes mucho que contarme. Todo lo que pasó estando los cuatro… y mucho más… no me hagas recordarte a la hora a la que llegaste —dije y descubrí que yo también era dos personas, una que quería empatizar y darle tiempo y otra excitadísima, que quería saberlo todo y saberlo ya.

—¿Qué es eso de no me hagas recordarte? ¿Es un… reproche o qué? —dijo seria, apartándome las manos.

—No.

—Lo digo porque me habías dicho que en ningún momento te habías llegado a enfadar.

—Y es verdad.

—Pues eso —zanjó sobre actuando un poco el enfado, pues no era tal. Quizás era más una excusa para que dejara de tocarla.

El ascensor llevaba un tiempo en nuestra planta y fue ella la que salió primero hacia el rellano. Me di cuenta de que yo no quería llegar ya a nuestro dormitorio, pues allí sería exigido para ser Álvaro nada más entrar, y yo quería serlo, pero otra vez tenía la sensación de querer ser Pablo un poco más.

Desfiló por delante de mí durante todo el trayecto, cruzando por el salón y caminando con paso firme por el pasillo. Solo se oía el pisar de sus tacones, con fuerza, con mucha sonoridad, como solo se oyen en las silenciosas madrugadas. Me sentí de golpe afortunado y humillado a la vez. Afortunado por lo que me iba a follar, pues aunque fuera por enésima vez sabía que sería diferente, y humillado porque yo en nuestro dormitorio no iba a ser nadie, solo un cuerpo anclado a una polla enorme, que serviría para que María recordara como Álvaro se la había follado hasta dejarla exhausta y satisfecha.

Morbo y dolor otra vez por partes iguales. Y aquella sensación de estar enganchado y no poder salir, como adicto a la más cruda de las drogas.

Una vez en el dormitorio no nos besamos, caímos sobre nuestra cama, nos dijimos que nos queríamos y tomé la decisión de buscar aquella polla de plástico. No. Entramos, María se sentó sobre la cama, cruzó las piernas y me dijo:

—Debe de estar en el armario, en uno de los cajones.

Entre fulares y pañuelos, que alguna vez María me habría explicado la diferencia, encontré primero la primera polla de goma que habíamos comprado y después del arnés. Una vez vio que lo tenía y que me disponía a desnudarme para ponérmelo, se puso en pie y, dándome un poco la espalda, comenzó a quitarse los zapatos.

Se produjo entonces un hecho extraño, y es que me desnudé con más rapidez de lo que ella lo hacía, de tal forma que ya estaba totalmente desnudo mientras ella solo se había quitado los tacones y se estaba quitando la falda. Completamente empalmado y con el arnés en la mano me toqué un poco la polla, me pajeé, un poco, mirándola, y nervioso por ser descubierto. Era surrealista pero de verdad sentí nervios porque se diera la vuelta y me pillara pajeándome, observándola. Dos, tres, cuatro sacudidas mientras ella, en medias, liguero, bragas y camisa, toda de negro, colocaba la falda con cuidado sobre el sillón del dormitorio. Sentí un placer inmenso con aquella culpable masturbación. Y fue entonces la primera vez desde que se me había confesado lo de aquellos momentos en los que yo no la excitaba, en el que la deseé aún más, precisamente por no ser recíproco.

Ella se giró entonces, y yo detuve mi paja sin saber realmente si me había pillado o simplemente le daba igual y solo era una locura en mi cabeza. Y de mi boca salió, sin más, una frase, sin pensar, nerviosa, como cuando pillan in fraganti a un niño e intentando disimular comete la torpeza de decir algo sin demasiado sentido:

—Y… bueno ¿qué pasó después?

—Acaba de ponértelo y túmbate. Vamos a hacer una cosa —dijo solvente.

—¿Qué cosa? —pregunté intranquilo y de manera automática, empezando a encajar mi miembro, de nuevo durísimo, pero minúsculo, dentro de aquel cilindro hueco.

Ella no respondió y aprovechó aquellos segundos para revisar su móvil y acabar posándolo sobre la mesilla, al lado de la lámpara que era lo único que nos iluminaba. Una vez tuve el arnés perfectamente ajustado me tumbé sobre la cama, como ella había pedido, y ella, entre la petición y la orden, me dijo que cerrara los ojos.

No tuve tiempo para replicar ni para pensar sobre qué tramaba. Obedecí, cerré los ojos y me quedé completamente quieto. Pasaron unos diez o veinte segundos, eternos, en los que yo mantenía mi cabeza sobre la almohada y los ojos cerrados, hasta que noté movimiento sobre mí. Noté como se me subía encima, con cuidado. Entre abrí un poco los ojos, buscando que no se diera cuenta de mi artimaña y confirmé que me había montado, con sus muslos a ambos lados de mi cuerpo, y había agarrado sutilmente aquel pollón con su mano. Cerré entonces los ojos e inmediatamente después sentí otra vez movimiento, sentí cercanía a mi cara… algo en mi nariz, en mis labios, era piel, perfume, aroma, pelo… su melena… su cuello… me eran ofrecidos para que los inhalara, como en una calma dócil antes de la tormenta.

—No hagas trampas, eh —dijo seria, y por la distancia supe que había reincorporado su torso.

—No, no.

—Pues… acabo de contar, ¿vale?

—Vale —respondí y no supe si su plan de que cerrara los ojos buscaba que yo pudiera imaginar mejor o si así pretendía sobrellevar mejor su vergüenza.

—Bien, pues… a ver —dijo, y yo no sabía dónde poner las manos, pero podía sentir un poco como el arnés se movía ligerísimamente, por lo que podía deducir que a veces agarraba aquella polla un poco y la movía y a veces la soltaba— pues eso… que llegó Guille… y yo pensé que se iría, pero… en el fondo creo que ambos disfrutaban de que yo siguiera haciendo… aquello… mientras ellos hablaban. Y entonces escuché unos pasos, alguien más se acercaba, y sí que entonces retiré la boca, pero no me moví mucho más… y escuché a Sofía a mi espalda decir… No sé… algo… no me acuerdo bien.

—¿Qué dijo? ¿Más o menos? —pregunté, cumpliendo mi trato y ciertamente imaginando mejor lo que narraba por tener los ojos cerrados.

—Pues… dijo algo… a ver… recuerdo que me llamó… ¿cómo era? Me llamó algo… creo que fue algo así como… “joder… cómo la chupa la estirada” o… “mira la estirada… cómo chupa…” Y… joder… me quedé así, quieta… y como que ella se tumbó en la cama. De eso no me acuerdo bien, pero en seguida se tumbó en la cama, al lado de Álvaro… y Álvaro dijo tenéis condones ahí… o fue Guille que le preguntó, no sé… Pero… vamos… cuando me pude dar cuenta yo me estaba besando con Álvaro y al lado Guille estaba sobre Sofía… se iban a poner a follar a nuestro lado.

—Joder… —suspiré, siempre al borde del colapso, con mi polla golpeando aquel cilindro en espasmos involuntarios y prácticamente continuos.

—Y… qué más —dijo María, seria y en tono bajo, y yo volví a sentir movimiento, como que se bajaba de la cama y volvía a subir. De nuevo no quise hacer trampas y la volví a notar otra vez subida a mí, como antes —Pues… después te juro que no me acuerdo muy bien, me acuerdo más de las cosas del principio… pero… bueno, y de una cosa bastante fuerte de después… pero de ese momento…

Yo seguía con mis dos principales incógnitas, a la que añadía una más: primero qué había sucedido para que finalmente hubiera permitido que Guille la follara y qué había pasado con los intentos de Álvaro de penetrarla por detrás. Pero también comencé a preguntarme si se habría producido algún tipo de interactuación con Sofía, si bien me parecía altamente improbable, por no decir imposible.

—Pues… —continuó— después Álvaro se puso otro condón y se tumbó sobre mí… Era como que… nos follaban a las dos, pero nosotras, o yo al menos… hacía como si estuviéramos solo dos, quiero decir. Aunque claro… joder… es que fue…

—¿Pero te dio morbo? —no pude evitar interrumpir.

—¿Que estuvieran follando ellos al lado?

—Sí.

—Pues… no… es que me diera morbo en sí… sino que sí que todo parecía más locura y más… guarro, ¿sabes?

No respondí y seguía sufriendo, con mi polla en aquella cárcel y mis ojos en aquel pacto.

—A ver… era súper raro… que te están follando y a la vez estás escuchando a una chica gemir a tu lado y miras, sin querer… y ves… la polla de otro… entrando y saliendo… allí… de la chica… claro… es… como… desagradable… pero a la vez sí que pone… como algo que te da medio repulsa a la vez que te atrae…

…Y… bueno, lo que sí se vio en seguida fue que como que nos querían poner en las mismas posturas. Si empezamos así, en misionero, digamos… después ella… montó a Guille o cómo se diga y Álvaro me dijo que me subiera… y así las dos… Yo creo que al principio estábamos todos un poco cortados, quizás la que menos, Sofía. Pero ese juego sí que se lo traían… Y digo cortados porque Álvaro no me insultaba ni me llamaba nada… Solo follábamos… gemíamos… pero nadie hablaba… creo que estaban también ellos un poco superados.

Se hizo entonces otro silencio y noté movimiento, y algo en mi cara. Algo suave, muy liviano, no piel, un tejido, sobre mi frente y mi nariz.

—No hagas trampas, eh —repitió en frase idéntica a como había dicho minutos atrás.

—No… —susurré en un hilo de voz, casi ininteligible. Y cogí aire, por mero azar o necesidad y un hedor tremendo, a coño, entró por mi nariz. Supe que las bragas negras de María yacían sobre mi cara.

—Y… joder… yo no sé… los orgasmos que tuve… te lo juro. Uno tras otro. Sin tocarme. Solo con su polla… con sus besos… con sus…. caricias… ya fueran suaves o fuertes… con sus mordiscos… Allí nos corríamos sin parar yo… y Guille, que un par de veces volvió a la caja de condones mientras Sofía esperaba a que se… se le pusiera dura otra vez… Y Álvaro no… No sé el tiempo que estuvo… es que ni idea. Igual una hora o dos… Sin irse él… Y ahora que lo pienso, sí… cuando me corría sí que me decía cosas… en esos momentos sí, en voz baja… para que lo oyera solo yo… cosas rollo… ¡Te corres, eh! ¡Te corres, eh! Sí, eso lo tengo… bastante grabado…

—Joder, María… —protesté, desesperado por no poder tocarme, tocarla… era una tortura, inhumana.

Me moví un poco y aquello que tenía sobre la frente y nariz, sus bragas, bajaron por mi cara y cayeron a mi cuello. Estuvieron posadas allí un momento hasta que ella las apartó.

Volví a notar entonces movimiento y algo entró en contacto con mis labios, era tierno y duro a la vez, sí era piel esta vez… era una masa que me aplastaba un poco, saqué la lengua y palpé un indudable pezón… María me ponía una teta en la cara, regalándome aquel tacto como premio por aguantar tal suplicio que era a la vez un favor, pues me seguía pareciendo que aquel juego, de su confesión perfecta, de sus bragas en mi nariz, de su teta en mi cara, eran de nuevo un favor, pues a ella no le aportaba, solo le aportaría lo que esperaba que sucediera después.

Noté entonces como mi arnés se movía un poco. No pude evitar hacer trampas y abrir un poco los ojos: María, ya solo vestida con las medias y el liguero, pajeaba sutilmente aquella polla de plástico mientras volcada sobre mí me daba de chupar de aquella teta… pero aquello no era lo más extraño, sino que noté que la luz era diferente, había un resplandor que nunca había sentido en nuestro dormitorio. Llevé una de mis manos a aquella teta perfecta que lamía y succionaba… le mordí ligeramente hasta escuchar un pequeño quejido de María… y cogiendo aire para seguir chupando miré de reojo como sobre la lámpara yacía extendida su camisa negra, cubriendo la lámpara como en la casa de Álvaro… “Joder… qué cabrona…” esbozó mi mente, comprobando como buscaba hasta en eso que todo fuera lo más parecido posible.

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