ROSA LIÑARES

Finalmente, Isabel desoyó el consejo de Susana y le hizo caso a Charo: optó por el color. Se puso un vestido de corte sencillo pero de un poco discreto color rojo. La noche parisina bien lo merecía. Sandalias de tacón y una americana negra por si refrescaba. No quería llamar demasiado la atención (al menos no la de todo el mundo, solo la de Laurent) pero quería sentirse atractiva y algo sexy, como quería Charo. Y el resultado no parecía malo; se sentía favorecida.
Ni tenía ni idea de a dónde la llevaría a cenar ya que Laurent le había dicho que quería sorprenderla. Y vaya si lo hizo. Ni por un momento se hubiera imaginado la sorpresa. Cenarían nada más y nada menos que paseando por el Sena en uno de aquellos Bateaux-Mouces. Un auténtico lujo. Ella había dado un paseo en uno de aquellos barcos las navidades anteriores con su prima; pero había sido de día y no era comparable a las vistas nocturnas de París.
Era el escenario perfecto para una velada romántica. Cuando subieron al barco lo hicieron con luz diurna, pero estando allí pudieron ver cómo caía el manto de la noche sobre la ciudad y ver aquellos majestuosos edificios y monumentos iluminados era todo un espectáculo.
Al principio Isabel se sentía cohibida pero al poco rato de estar juntos tenían una conversación tan fluida y natural como si se conociesen de toda la vida. Hablaron de todo y de nada. De la vida y de sus vidas. Cada uno habló un poco de sí mismo para conocerse un poco más. Y tenían muchas cosas en común.
A su edad (sesenta recién cumplidos) Laurent seguía soltero. Había estado a punto de casarse a los treinta y cinco, pero pocos meses antes de la boda su novia murió en un accidente de coche. A medida que iba oyendo la historia, a Isabel se le iba haciendo un nudo en la garganta y por un momento pensó que se iba a echar a llorar
irremediablemente. Sabía lo que él había pasado porque ella había pasado por lo mismo. El destino les había jugado la misma mala pasada. Los dos habían perdido a los amores de su vida en un accidente automovilístico. Y ahora aquí estaban los dos solos compartiendo su dolor y quién sabe si algo más.
Cuando Laurent vio que a Isabel se le empañaban los ojos y la sonrisa comenzaba a desdibujarse de su cara, le cogió las manos con un gesto tan cariñoso y especial que ella no tuvo más remedio que darle un manotazo a los malos pensamientos del pasado y sonreír ante el presente, el cual le había traído a aquel hombre tan maravilloso.
En la cena hubo muchas confesiones y también muchas risas. Hacía tiempo que Isabel no se sentía tan a gusto con alguien. Cuando se quiso dar cuenta, el brazo de Laurent rodeaba sus hombros y ella posaba sus labios sobre los de él dulcemente. Todo fluía de un modo tan natural que la hizo estremecerse. No sabía a dónde le llevaría aquello, pero ya no había vuelta atrás.
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Un comentario sobre “Otra vida (31)

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