ROSA LIÑARES

Laurent pasaría a recogerla al hotel a las ocho. Tenía tiempo para darse una ducha y vestirse con calma para la ocasión. Era un manojo de nervios. Se sentía casi como una adolescente en su primera cita. No sabía ni qué ponerse y acudió a pedir ayuda a sus amigas.
Charo estaba tumbada en la cama leyendo una revista, relajada. Y Susana estaba también escogiendo modelito entre su ropa para salir de copas con Sergio. Se acababa de duchar y se paseaba por la habitación en bragas y sujetador, a pesar de que no hacía demasiado calor porque el aire acondicionado estaba a tope (como Charo quería).
Susana, como siempre haciendo gala de una sensatez extrema para su juventud, aconsejó a Isabel que se pusiese un sencillo vestido negro. Eso nunca falla – le había dicho. Charo, en cambio, era partidaria de algo más rompedor. Algo alegre, con color y, a poder ser, sexy.
-Yo ya no estoy en edad de vestirme sexy- respondió Isa, apesadumbrada.
-¿Quién dice eso? Ser sexy no es sólo llevar cierta ropa, es la actitud- le recriminó Charo.
-Si estás estupenda para tu edad- dijo Susana, pero casi en el momento en que sus palabras salieron de su boca se arrepintió de haberlas pronunciado.
-¿Me estás llamando vieja?- preguntó Isabel, haciéndose la ofendida de modo teatral.
-Por supuesto que no; me has entendido perfectamente.
Y la verdad era que Isabel se conservaba muy bien. Ya había cumplido los cincuenta y ocho y no los aparentaba. Aunque su cuerpo había cambiado con los años, seguía
estando delgada, apenas cuatro o cinco kilos más que cuando se casó con Ramón. Si se lo propusiese, incluso entraría en el vestido de novia. De estatura media, complexión atlética y porte elegante. El cabello del mismo color avellana con el que se lo teñía desde hacía décadas, apenas cambiaba de largo ni de corte. Lo tenía ondulado, a la altura de los hombros y le daba un aspecto jovial.
Susana se enfundó unos vaqueros y una camiseta y ella y Charo acompañaron a su amiga a su habitación para ayudarle a elegir el atuendo.
Sergio estaba con el portátil, seguramente haciendo alguna cosa del trabajo, aunque estaba de vacaciones. Pero tuvo que dejarlo porque las tres mujeres le echaron sin contemplaciones y le obligaron a irse de la habitación para convertirla en una pasarela improvisada. No le quedó más remedio que irse a tomar algo a la cafetería, mientras esperaba a que acabasen.
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Un comentario sobre “Otra vida (30)

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