MOISÉS ESTÉVEZ

Durmió plácidamente, como un bebé. Después de la tensión de los
últimos días en el trabajo y enlazar el vuelo transoceánico sin haberse dado
unas horas de descanso, esa noche Vincent lo hizo de manera plácida.
Eran las ocho y media de la mañana cuando entro en el baño para darse
una buena ducha. Había quedado con María a las nueve para desayunar no
muy lejos del hotel en el que se alojaba.
– Hola Vinc. ¿Llevas mucho rato esperando? –
– Hola. Para nada. Acabo de llegar. –
– Buenos días. Veo que ha llegado la compañía que esperaba. –
Comentó un simpático camarero que les tomó nota.
– ¿Qué te apetece que hagamos hoy? ¿Has pensado en algo? –
– En principio tomarme el café contigo, que es un placer. Por cierto, no te
he dicho que estás guapísima. –
– No empieces que te conozco, aunque lleve tiempo sin verte. –
– En serio, lo estás. –
– Muchas gracias. –
– Pues lo dicho, cuando nos tomemos el cafecito, me dejo llevar, así que
te va a tocar hacer de Cicerone. –
– Vale. No había pensado nada, por lo que si te parece bien, te llevo a
una tasquita cerca de aquí, donde ponen unos pinchos de tortilla que están de
muerte y mientras comemos, ya se nos ocurrirá algo. –
– Me parece perfecto. Ya estoy deseando de hincarle el diente a la
tortilla.- Dijo Vincent esgrimiendo una sonrisa a la vez que arrancaba una
carcajada de María.

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