Mª DEL CARMEN MÚRTULA

» Los meses que transcurrieron hasta terminar el curso escolar, éramos llevados a la escuela por uno de los nuevos jornaleros. El patrono, al que ahora llamábamos tío Luis, había comprado para sustituir la vieja camioneta de mi pa­dre, dos grandes furgonetas y contrató a dos hermanos que, junto con la esposa de uno de ellos, ocuparon la casa que nosotros dejamos. Ellos eran los encargados de proveer a los clientes del contorno, que por supuesto aumentaron.

» Aquel junio yo terminé la escuela. Al curso siguiente ya no volvería y no hubo ninguna propuesta para que fuera a estudiar a la ciudad, pues esto suponía unos gastos que mi madre no se atrevía a mencionar y a él ni se le pasó por la cabeza. Los días de otoño se me hacían largos y monótonos, era como si las vacaciones de verano, ¡tan aburridas siempre! nunca llegaran a tener fin. A pesar del ambiente en el que he crecido, siempre me ha gustado mucho leer, tuve una maestra muy buena que me ayudó a desarrollar esta afición, por eso mis conocimientos culturales siempre han estado por encima de mis estudios, y el estar todo el día metida en las faenas de la finca me costaba un montón, pero yo sabía que este iba a ser mi futuro.

» Sin darme casi cuenta, un día me sorprendí con que era mi cumpleaños.

‘Madre, ¡hoy cumplo 16 años! —le dije mientras tomába­mos las dos solas el desayuno esa mañana.

‘¡Es verdad! El otro día pensé en ello, pero hoy me he despistado. Esta noche lo celebraremos cuando todos este­mos juntos. ¡16 años! ¡Cómo se pasa el tiempo! Aún me creo que eres una niña y ya eres toda una mujer. A tu edad yo ya festeaba con tu padre.

» Aquella cena fue única. Hubo tarta y chocolate a la taza. Él me sorprendió con un bonito vestido de dos piezas.

‘¡Oh, gracias, tío Luis! ¡Es precioso! —dije al tiempo que le abrazaba y le besaba en la mejilla y volviéndome hacia mi madre le pregunté— Mamá ¿me lo puedo probar?

‘¡Pues claro!

‘¡Alégranos la vista con tu elegancia! —dijo él.

» La verdad que lo conseguí. Un ¡oh! de toda la familia llenó el amplio comedor. Yo estaba gozosa. Mi madre me miraba orgullosa. Yo corrí hacia él y le abracé fuertemente diciéndole:

‘¡Gracias! ¡Nunca había soñado en poder tener algo así!

‘Pues ahí lo tienes. Y esto no termina aquí, siéntate que tu madre y yo tenemos que contarte nuestros planes. ‘¿Cómo? ¿De qué se trata? —yo estaba intrigadísima.

‘Pues verás —dijo mi madre—. Tío Luis está preocupa­do por la vida que llevas, sin relacionarte con tus compañe­ros del pueblo desde que terminaste la escuela.

‘Sí, es cierto, no es bueno que no tengas ocasión de seguir viéndote con tus antiguos amigos, por eso hemos pensado que podrías hacer planes para asistir a la verbena de los días de la próxima feria.

‘¿De veras? —dije dando un grito de júbilo.

‘Si. Y yo me comprometo a llevarte cada noche al pueblo y recogerte cuando me digas ¿vale?

‘¡Esto es demasiado! ¡Me he quedado sin palabras!

‘Pues bien, el martes próximo iremos a comprar ropa nue­va para toda la familia, pienso que puedes aprovechar el viaje y visitar a alguna amiga para quedar con ella. ¿Qué te parece?

‘Que este es el más perfecto de los regalos de cumpleaños.

‘¡No siempre se cumplen dieciséis años!

» La primera noche de la feria, toda la familia disfrutamos de los festejos. Prácticamente todos los habitantes de la finca nos encontrábamos allí. ¡Era la gran noche! El júbilo y el jolgorio se respiraban a muchas leguas. Tiovivos, norias, montaña-rusa… casetas con diferentes atracciones; puestos de comida rápida; fuegos artificiales… en fin, un montón de atracciones para chi­cos y grandes. Durante el día se negociaba con el ganado y la cosecha, pero por la noche todos los vecinos de la comarca se reunían a disfrutar juntos de la música y la fiesta.

» A la noche siguiente ya no asistieron mi madre y mis hermanos. Mi padrastro, como estaba planeado, me dejó en la plaza del ayuntamiento donde estaba instalada la verbena y quedó en recogerme a las dos de la mañana.

‘¿No te dicen los muchachos que eres la más bonita del lugar? —me preguntó cuando regresábamos. Yo sonreí, bajé los ojos y nada respondí.

‘Te lo digo en serio, Elsa —dijo pasando el brazo por encima de mi hombro—. Te estás convirtiendo en una jo­vencita muy bella.

» Yo me estremecí. Sentí algo extraño en mi interior que me daba miedo. Me encogí en mi asiento y él retiró el brazo.

‘Para ser una chiquilina tienes mucho carácter —Afirmó en tono irónico.

» Yo me sentí provocada y le respondí con indignación:

‘¡No soy ya una chiquilina! ¿Por qué tratas siempre de pincharme? ¿Por qué no podemos tratarnos sin tener que recurrir a eso?

‘Porque ahora mismo estoy celoso. No me gusta que todos esos críos estén zumbando a tu alrededor como estúpidos y pegajosos moscones. Tú vales más que cualquiera de ellos.

» Yo me encogí de hombros como no dando importancia al asunto. Pero sentía que la sangre me ardía en las mejillas.

‘Apuesto a que no encuentras ninguno a tu medida.

‘Pues sí —dije desafiante—. Hay algunos que me pare­cen interesantes.

‘¿Sí? ¿Alguno de ellos en particular?

‘Bueno —contesté procurando aparentar inocencia—. El que más de todos… sí, hay uno. Pero no es de los moscones.

‘¡Ah, ya!

» Hubo un corto silencio. No sé si él esperaba que diera el paso a las confidencias, pero yo no estaba por ello. ¡Tenía miedo! No sabía a dónde quería llegar. La carretera estaba desierta, la luna brillaba con toda su intensidad y dejaba ver el perfil de la naturaleza en la sombra de la noche. Cada uno parecía envuelto en sus propios pensamientos, arrullados por el hechizo del momento.

‘¿En qué piensas? —dijo rompiendo el silencio.

‘¡Oh, en nada! —contesté procurando hacerme la indi­ferente.

‘Seguro que soñabas con “el más interesante”

» Yo le sonreí ruborizándome de nuevo, pero no dije nada.

‘¿Quieres que te ayude a conquistarlo?

» Yo me volví a mirarlo sorprendida. Él debió leer la pregun­ta que le lanzaba mis ojos y que no me atrevía a pronunciar.

‘Si, sí. Aunque te estás transformando en una hermosa mujer, me temo que aún no has aprendido las artes de sedu­cir a un hombre.

» Calló esperando mi reacción, pero al no tener respuesta continuó:

‘Tu cuerpo está creciendo y madurando, pero me temo que tu mente se resiste a dejarle reaccionar a merced de esas nuevas sensaciones que están apareciendo en tu ser de mu­jer. ¿No sientes que a veces se rebela ante tu presión por controlarlo?

‘A veces —dije en un susurro. Ni si quiera me oí a mí misma. Deseé que sólo lo hubiera registrado en mi mente, pero él sonrió y mirándome de reojo prosiguió:

‘No te preocupes, esto que percibes es lo normal. No tienes por qué avergonzarte de sentir esas necesidades, son propias de tu condición de adulta. Déjame que yo sea tu guía y consejero, con tu belleza y mi experiencia verás como todo será muy fácil. Si te apoyas y confías en mí te aseguro el éxito pleno en tu empresa de mujer.

» ¿Qué decir? Tenía razón. Estaban en continua lucha mi cuerpo y mi voluntad. ¿No sería la hora de rendirme ante la evi­dencia y escuchar los consejos de la experiencia? Si de verdad él era sincero y me ayudaba… ¡por qué no! ¿Quién mejor que él me podía entender? Al fin y al cabo, era mi padrastro y no era cuestión de esperar que mi madre me ayudara, me parecía demasiado primitiva e ignorante. En estas estaba, cuando sentí que frenó el coche y se volvió plenamente a mí diciéndome:

‘¿Nada respondes? Tarde o temprano te encontrarás con un hombre que busque tu cuerpo y ¿cómo reaccionarás? Dime.

» Su voz resultó tan reclamante que me cogió desprevenida. Instintivamente bajé los ojos. Él me levantó suavemente la barbilla y me hizo mirarle. Le miré a los ojos con temor. ¿Qué tenía ese hombre en la mirada que me hipnotizaba? ¡Me hacía sentir indefensa! ¡Nadie sabía mirar como él! Quise mante­nerle la mirada, pero no podía. Sus ojos me penetraban hasta los rincones más profundos de mi mente. Me sobrecogí. Un escalofrío envolvió todo mi cuerpo. Me hubiera gustado estar a mil leguas de allí y a la vez me sentía cada vez más atraída por su insistente y cálida expresión. Supongo que no nece­sitaba mis palabras para saber lo que estaba sintiendo, y yo también adivinaba su propio estado de ánimo. Su mirada, su transpiración, todo él parecía emanar un poder que me sedu­cía suavemente, sin violencia, pero con firmeza. Sentí que len­tamente mi cuerpo le respondía con una fuerte oleada que pa­ralizaba cualquier otro sentimiento. Instintivamente me cubrí el cuerpo cruzando los brazos y frotándolos con las manos.

‘¿Tienes frío? —me preguntó volviendo a echar su brazo sobre mis hombros.

‘No sé —le contesté volviéndole a mirar.

» Esta vez me sorprendí al comprobar que ya no me asusta­ba su mirada, que podía dirigirme hacia sus ojos sin temblar.

» Él me sonrió y me acarició los labios, haciéndome estremecer de nuevo, pero esta vez no le rechacé. Me atrajo hacia sí con sua­vidad y me besó en la boca. Fue un beso suave, tierno. Yo cerré los ojos y me abandoné al placer del momento. Cuando le volví a mirar él me estaba contemplando con satisfacción. Seguramente sentiría una agradable sensación de triunfo. ¡Ya eran suyas las dos mujeres! Me cogió la cara con las dos manos y me dijo:

‘Elsa, cariño, ¡Eres preciosa! ¡Me gustas mucho!

‘¿Por qué te comportas así conmigo tío Luis?

‘Porque quiero ser para ti algo distinto. Deja que compar­tamos juntos unos minutos felices.

‘Pero esto no está bien —. Los labios me temblaban y luchaba por dominar mi agitación interior.

» Por un momento creí que me iba a poner a llorar. ¡Me sentía tan impotente! Volvía a sentir la fuerza de su mirada y no me atrevía a levantar la vista. Él me observaba sonriendo y dejó pasar unos segundos. Después me dijo:

‘No creo que haya sido una experiencia tan horrorosa como para no repetirla ¿no te parece?

» Yo tragué saliva y nada contesté. Sentía toda la sangre de mi cuerpo acumulada en mi rostro. No quería mirarle.

‘A un buen maestro le gusta comprobar si sus alumnas asimilan las lecciones. ¿Quieres intentar demostrarme lo que has aprendido?

» Y sin esperar respuesta, se me acercó con los ojos cerra­dos y esperó. Fue todo muy rápido. Le rodeé con mis brazos e intenté concentrar toda la fuerza de mis sentimientos en aquel beso.

‘¡Uf! ¡Qué bien lo has aprendido! —exclamó echándose en el respaldo del asiento como si rebotara desde mi cuerpo.

‘Gracias tío Luis por la lección —dije llena de satisfac­ción—. ¿Verdad que ya no soy una niña?

‘¡Por supuesto que no! —admitió—. Ese beso es el de una auténtica mujer.

» Volví a sonreírle mirándole a los ojos y le dije orgullosa:

‘Ahora vamos a casa ¿vale?

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

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