AURELIA JIMÉNEZ

Durante dos semanas la vida pasa de puntillas. Saigón, la vieja Saigón, como la llamaban en la época colonial francesa según me cuenta François. La ciudad es inmensa, pero la zona que más me gusta se puede recorrer a pie. El Mercado, la Catedral y el distrito financiero los suelo recorrer en menos de media hora, caminando sin prisas.

Me pongo mis zapatillas de deporte y salgo a trotar a veces, a andar rápido otras. Estoy muy delgada y no me cuesta hacer footing siete u ocho kilómetros. Hay muchos árboles. Corro por la mañana temprano.

Los vietnamitas, a pesar de estar mucho más modernizados que antes, miran a una joven occidental corriendo con sus leguis, como si fuese en pelotas.

¡Me encanta Saigón! Sus bulevares, los lagos y la arquitectura romántica francesa. En algunos sitios es como si viajases en el tiempo y dieras un paseo por otra época, Vietnam tranquilo.

Suelo llevar dinero porque a veces me voy demasiado lejos y se me hace tarde. Otras por simple placer, me monto en un ciclo-taxi. Es una de las sensaciones que te reconfortan. Pasear el casco antiguo de Saigón en un ciclo-taxi. Las estrechas calles están llenas de vida, de tiendas, de gente, de mil acaloradas conversaciones en las que no tengo ni idea de lo que discuten.

A François le fue bien mi idea sobre turismo. Me llamó para decírmelo. ¡Todo un éxito! Estaba exultante.

“Prepara el equipaje para mañana” Me dice. Voy a recompensarte con un viajecito. En su voz se nota ilusión. Yo me he enamorado un poquito de él. Sobre todo por lo buena persona que es. Pero a él se le nota coladito. Entusiasmado como un niño.

Viene a buscarme. El conductor no viene, y conduce otro coche, no la limusina de siempre. Ha traído uno de esos modernos todoterrenos gigantes. Salimos de Saigón hacia la bahía de Ha Long. 1127 kilómetros. Pararemos a mitad de camino, para hacer noche.

Me fascina la idea de cruzar el país con François. Me encantan los campos de arroz en esta época del año. Las plantas han crecido y no se ve el agua. El espacio de cada plantación, de un verde intenso, forma con las demás un puzle que se eleva o baja con el terreno, en terrazas para retener el agua. Los campesinos, enterrados hasta las rodillas en el verde, manejan el búfalo que utilizan para mover el suelo, atizándoles suavemente con varas de bambú.

Me aterra la idea de que François se enamora de mí hasta el punto de querer divorciarse de su esposa.

“No te enamores más de mí” Le suelto de sopetón mientras conduce.

Él me mira. Me he quitado las zapatillas y llevo los pies en el asiento, con las rodillas en mi pecho. Mi falda recogida deja ver mi sexo tapado por un tanga amarillo. Mira en dirección a mi coñito.

¿Cómo no voy a enamorarme de ti? Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Ni el dinero, ni mi matrimonio, ni mi mujer, ni mi trabajo.”

“¿Ni tu hija?”

François deja de mirar a la carretera y me mira. No responde. Vuelve con sus ojos a la pequeña calzada que serpentea, a veces entre árboles, casi jungla y a veces entre arrozales.

“¿Ves lo que te digo? No debes enamorarte de mí hasta el punto de romper tu matrimonio. Por ella y por tu esposa.

Yo no voy a robarte nada, no compito. Sólo deseo ver pasar la vida así, (miro por la ventana) entre arrozales. Transitar un poquito junto a ti.

François no me mira. Sabe que tengo razón. Tiende una mano hacia mí. La otra en el volante. Tomo su mano y la beso con dulzura, depositando mis labios en su palma. Luego picarona meto el dedo gordo en mi boca y juego con la lengua en él.

Me mira y se ríe.

“¡Qué zorrita que eres! ¡Me encantas!”

Me quedo más tranquila. Sé que ha captado mi mensaje y en el fondo, sé también que lo necesitaba.

“¿Sabes lo que es un junco?” pregunta François. Me pilla y niego con la cabeza.

“El junco es una de las embarcaciones a vela más antiguas que existen, muchos siglos anterior al nacimiento de Jesucristo.

El casco posee una popa corta y carece de quilla. Si ves alguno sabes con seguridad que estás en el mar de la China. Sus velas son de tela gruesa unidas con juncos, lo que le da mucha estabilidad y gran empuje, si hay viento.”

“¿Cómo sabes tanto de juncos?” pregunto después de su disertación.

“He alquilado uno para nosotros solos. Navegaremos todo el fin de semana.”

“¿Te han masturbado alguna vez mientras conduces?”

François no se puede creer que le esté preguntando eso.

“Vamos tonto nos sobra tiempo. Tú sólo ve un poquito más despacio.

Me da un poco de trabajo extra la cremallera. Pero él calla. Se está acostumbrando a mis “aventuras”

“¿De verdad que no te la han chupado llevando un coche?”

“No he conducido un coche con una mujer tan loca como tú a mi lado.” Me dice cuando por fin consigo dejarle con la polla fuera.

Me separo y me río de su erección absoluta.

“Haz el favor de no burlarte, Mar”

“No me burlo. Me encanta verte así” Se mira y luego me mira a mí, levantando las cejas.

“Ve despacio” le digo mientras me quito el tanga y me tumbo con la cabecita entre sus muslos. Huele a polla, a su polla.

“¿Necesitas ir con el coño al aire?” me río de nuevo.

El pantalón provoca que solo asome media polla, pero tengo suficiente. Comienzo a subir y bajar los labios, muy apretados alrededor de su cabeza. Él sufre espasmos que debilitan sus piernas.

“Nos la vamos a pegar. Ya lo verás” Me avisa. Yo me rió moviendo la lengua nerviosa en la puntita, extendiendo la gotita que ha asomado.

“Tócame el coño mientras te chupo” le digo abriendo bien las piernas y sintiendo un instante después llegar sus dedos fuertes.

Me incorporo sentándome muy pegadita a él. El asiento delantero es corrido y las marchas junto al volante no me estorban. Sentada de lado, mirándole fijamente mientras sus ojos están en la carretera, mojo mi mano de saliva y le masturbo tan despacito que su erección comienza a sufrir envites involuntarios.

Está tan dura como no la había visto. Mi George Clon intenta mirarme un par de veces.

“Tú atiende al volante” Le digo girando su cabeza hacia delante con mi dedo índice.

Está a punto. Lo noto.

“Para”

La carretera está desierta. Aún así François para el coche tras un seto. Me pongo de rodillas encima de él. Me penetro con su verga mojada. Tengo el coño muy húmedo. Calentar a un hombre es lo que más me moja.

“Te adoro, Mar” Me dice con su polla totalmente dentro de mí.

Muevo las caderas y el culo de adelante hacia atrás. Y François se corre dentro.

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