ESRUZA

 

Llegar a la oficina me encantaba, podrá parecer cosa rara; las mañanas eran placenteras. El sol se filtraba por el enorme ventanal desde donde se podían ver las hermosas azaleas en floración, flanqueadas por verdes ficus; su aroma a plantas recién regadas era relajante. Empezar un nuevo día lleno de responsabilidades y problemas por resolver, no me desagradaba, por el contrario, me gustaba, me hacía sentir viva.

 

De repente, él aparecía, dejando, un poco, sus propias labores para darse un poco de “relax” y conversar conmigo de diferentes temas, acompañados con una aromática taza de café. Su conversación era muy agradable en esos tiempos, y le agradaba la mía. Teníamos una relación, y solía decir que quien sabe conversar bien, hace el amor bien; no sé si eso sea cierto, pero me halagaba.

 

El tiempo pasó, no lo veo más, y no sé si ahora tenga con quien conversar bien, o viva una soledad en compañía, la más doliente de las soledades. Tiempos idos que dejan recuerdos vivos que se extrañan y que no volverán; pero recordarlos hacen volver a vivir, aunque se piense que se vive en el pasado, me gustaría que fueran compartidos.

 

El amor es así, hoy está mañana no, pero cuando se ha amado a alguien intensamente, sólo se le pueden desear buenas cosas en todos los aspectos: amor, prosperidad, salud, aunque no sean compartidos. Puede sonar falso, cursi o ridículo, pero no para quien ha amado verdaderamente.

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