ALBERTO MORENO

 

¡Oiga!, ¿Cuánto falta para llegar al Meadero de la Reina?.

-¡Depende!, contestó el lugariego.

¡Si va recto, por ahí, llega en un visto y no visto!

¡Y si voy por aquí?, insistió el viajero que debía venir andando de los confines de otra provincia.

-¡Si va por ahí, llegara al Cagadero del Rey! No se lo aconsejo ¡Por esa ruta hay murciélagos y alimañas!

¡Gracias amigo! El viajero recompuso la ruta.

Cambió el paso y avanzó por la vereda que el lugareño le había recomendado.

 

Venía cansado, con ansias de llegar, su aspecto de peregrino ateo, le delataba. Era alguien que afrontaba sus destinos sin brújulas ni cartografias, le gustaban los caminos que no venían registrados en los mapas.

 

El Meadero de la Reina había devenido con el paso del tiempo en una simple fuente rodeada de ortigas y maleza, en el cruce de los carriles que subían o bajaban de la sierra.

Allí, abrevaban las bestias y bebían agua los arrieros antes de llegar de vuelta al pueblo.

Corneja de Abajo era un villorrio de apenas veinte casas, tenía una ermita en la plaza y el agua de la fuente guiada por una zanja plagada de hierba, manaba por dos tubos de hierro encastrados en una loza de granito a forma de pilar. La era, el tabernucho junto al pilar y la ermita eran el único patrimonio público del villorrio.

 

En la antigüedad, mejor dicho, hacía cuatrocientos años, el Meadero de la Reina fue un lugar muy apreciado, incluso famoso y conocido en todo el reino.

A tres leguas, se levantaba entonces, el castillo del conde de Peñaflor, hoy derruido y del que apenas quedaban unas piedras en pie.

La fuente acumuló fama de agua milagrosa, curaba enfermedades y en especial el mal de ojo, así le llamaban entonces a la depresión.

El Conde de Peñaflor, afligido, todas las mañanas enviaba a uno de sus pajes con una mula y dos cantaros y hacia acopio del agua milagrosa, que decía el dicho popular había que beberla recién cogida.

El conde recorría las almenas, todo el día, con un vaso en la mano y trago a trago , recordando hasta la saciedad su pasado glorioso, ahogaba en el agua sus impulsos

suicidas de terminar con su vejez y su ruina.

 

Su hija menor, Ludovica, la que años después, a la muerte de su padre, desposó al futuro rey y se convirtió en reina, con apenas ocho años, acompañaba al paje a la fuente.

Allá, nada mas llegar, al oír el cantarino chorro, se apoderaba de ella un irresistible deseo de aliviarse. Se abría de piernas y dos chorros simultáneos compartían la quietud silvestre del lugar.

¿Ha terminado, mi señora?, inquiría el paje con tono servil y soslayando mirar a la princesa.

Aquella costumbre de Ludovica, le dio nombre al manantial con el paso de los años.

Y con el paso de los años, a su agua se le atribuyo, que aquella niña llegara a ser reina en su mocedad.

La milagrería fue acumulando una creciente leyenda de curaciones de caballeros, de bestias, de siervos, incluso de clérigos y se mencionaba incluso, que hasta el Papa de la época se hizo llevar dos botellitas, que le llevó su concubina, que exprofeso vino a recogerlas.

¡Santidad, tómese un traguito y lo intentamos de nuevo!, le decía melifula, mientras se desvestía.

Otros santos varones de la Iglesia le dieron un uso más sacro. Llenaban las pilas bautismales con aquel agua y se ofrecía gratuita a los fieles para presignarse, bautizarse , para lavarse las legañas y las malas lenguas decían, incluso, remojarse el culo.

 

Leovigilda de Blancaflor, cuando fue coronada reina, en los interregnos de sus tediosas obligaciones, de vez en cuando, invitaba a su consorte a una excursión campestre al manantial.

La carroza real se aparcaba discretamente y la reina, al oír el cantarino chorro del agua no podía evitarlo, se abría de piernas y de pie, mientras desojaba una margarita silvestre, se aliviaba.

El rey, contagiado, un cuarto de legua más arriba, se bajaba sus corpiños y en cuclillas, apretando las carotidas del cuello, en una postura poco regia, hacía sus necesidades como cualquier súbdito del reino.

Después, retozaban entre matorrales y reconfortados, a bordo de la carroza real, regresaban a palacio,

¡Qué bien me sientan estas salidas al campo, mi reina! Los asuntos de Estado se volvían livianos.

 

De aquellos gatuperios y trapisondas se bautizaron los lugares, como el Meadero de la Reina y el Cagadero del Rey.

En realidad, acontecieron hechos más importantes, allí tuvo lugar la batalla que permitió al hijo de Ludovica derrocar a su padre y usurpar la corona. También un rayo, cuenta la tradición, derribó de su caballo al apóstol Santiago, camino del Finisterre.

¡Qué malos jinetes somos los apóstoles!, se dijo, rememorando a su homologo Pablo.

 

El agnóstico viajero, empecinado en reescribir la historia, llenó su cuaderno de notas, dejó atrás la fuente, los nidos de murciélagos, esquivó dos comadrejas, pisó un verdioscuro lagarto que placentero tomaba el sol en el balate del camino y salió huyendo perseguido por un enjambre de abejas que obstinadas querían castigar su profanación del lugar.

 

Regresó a la ciudad.

 

Ha vuelto a transcurrir el tiempo, ahora el Meadero de la Reina ha devenido en una famosa planta embotelladora de agua de mesa que ostenta el pomposo nombre de “Meandro de la Reina” y que surte de agua las mesas de los restaurante más proclives del país.

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