ISA HDEZ

Sin proponérmelo mi mano comenzó a plasmar mis sentimientos en una hoja en blanco; las lágrimas casi no me dejan terminar, porque se emborronaban las letras al expresar con trazos lo que gritaba mi alma. Lo que deseo decir de todas esas sensaciones que me impregnan y que me siento incapaz de soltar cuando noto que me atrapa y me ahoga la congoja colectiva; sintiéndome impotente para poder calmar esa zozobra compartida con mis vecinos cuando salgo al balcón cada noche a tocar las palmas, o, cuando miro las calles de mi barrio fantasma. El llanto me invade con las noticias que oigo, de todas las personas que están ayudando para que la mayoría de los ciudadanos de mi ciudad, de mi isla, de mi país, podamos sobrevivir a este enclaustramiento casi voluntario, invadidos de temor y a veces miedo de que podamos ser uno más de los números que cada día nos dan los expertos o los miramos en la prensa, en la tele, en el  móvil,… en ello invertimos la mayor parte del tiempo de nuestra soledad, esperando poder hacer algo por alguien y, sentirnos de alguna manera útil; sin darnos cuenta de lo tremendamente útiles que somos todos con el hecho de no salir de casa,  e impedir que uno más de nosotros se pueda contaminar. Con ello ya le rompemos la cadena a millones de virus que nos esperan para asesinarnos, como si quisieran vengarse a toda costa. No tengo palabras suficientes para agradecer a tantos colectivos que siguen al pie del cañón, en especial a los sanitarios que sin ellos serían miles y miles de fallecidos más cada día hasta que caigamos todos, mientras ven como el sistema se bloquea y, los deja impotentes para atender a nadie más; porque se agotan las camas, los recursos, y todo se amontona hasta que sucumben como en las películas de ciencia ficción, pero esta vez es real. Sigo creyendo que este relato es imaginario y que, en un tiempo no lejano, algo o alguien nos salvará y, volveremos a reír y a soñar. Nos abrazaremos y, saldremos a la calle sin sentimiento de culpa o temor a que nos podamos contaminar; sin recelo ni agonía de que alguien nos toque o nos tosa. Entonces, sabré que mis semejantes también estarán bien y un halo de luz asomará a mi ventana, y podré respirar sin este sentimiento que hoy me invade y me oprime todos los sentidos, al acordarme de tantos compatriotas que ya no están aquí, que se les apagó la luz de forma injusta e inesperada, y, a los que dedico en especial este relato, lleno de solidaridad para con sus allegados. ©

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