ROSA LIÑARES

En esta ocasión, la visita a la galería era más especial, porque además de ver a su prima, iban a ver varias obras suyas que estaban expuestas y a la venta. Isabel ya había visto muchos de esos cuadros en su casa; le encantaba cómo pintaba Lola y estaba deseando que sus amigas también pudiesen admirar su talento.
Cuando llegaron a la galería y mientras Sergio preguntaba en un correctísimo francés a la chica de la entrada por Lola, Isabel ya divisó a ésta al fondo, hablando con un hombre. Lola también les vio e interrumpió su charla para levantar la mano saludando e indicándoles que se acercasen. El empleado de seguridad les franqueó la puerta y los cuatro se acercaron sonrientes a donde estaban Lola y aquel hombre alto y trajeado con el que seguía hablando. Cuando llegaron a su altura, las dos primas se abrazaron efusivamente y luego procedieron a las correspondientes presentaciones. Isabel le presentó a sus amigas y Lola le presentó al hombre del traje.
-Laurent Pinaud- le presentó Lola – es uno de los dueños de la galería.
El señor Pinaud estrechó la mano a cada uno de ellos, inclinando un poco la cabeza a modo de saludo y cuando llegó a la mano de Isabel la mantuvo más tiempo mientras la miraba fijamente a los ojos y sonreía.
-Un placer- dijo él en un perfecto español, aunque con acento francés.
Isabel sintió en esos momentos uno de sus habituales sofocos, pero probablemente no era debido a la menopausia ni a las altas temperaturas veraniegas.
Al estrechar la mano de aquel hombre y mirarle a los ojos sintió un escalofrío. Sabía que lo conocía de algo. Y no tardó en darse cuenta de quién era. Ni más ni menos que el hombre del aeropuerto que las navidades pasadas había recogido su guante. Habían
pasado muchos meses y apenas le había visto más que unos minutos, pero aquellos ojos eran difíciles de olvidar.
-¿Te encuentras bien, Isa?- preguntó Lola, que había visto la cara desencajada de su prima y se había preocupado.
-Sí, es solo este condenado calor, que me vuelve loca.
-Podemos ir a tomar un refrigerio, si mi querido jefe Laurent me lo permite- dijo Lola, mientras le miraba sonriente y le guiñaba un ojo. Se notaba que entre ellos había confianza.
-Por supuesto. Y, si me lo permiten, les acompaño. Yo invito.
Isabel sintió cómo se ruborizaba, pero intentó parecer lo más tranquila posible. Los seis salieron charlando animadamente de la galería y se dirigieron a una cafetería que había al lado. Allí se sentaron en una terraza con unas hermosas sillas y mesas de forja desde la que podían disfrutar de unas preciosas vistas. París, de nuevo…
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Un comentario sobre “Otra vida (26)

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