MANGER

La armería estaba todavía muy bien surtida, lo que le provocó un profundo suspiro de tranquilidad y cierta confianza. Eligió una escopeta de caza Beretta calibre 12 y procedió a aserrarle el cañón hasta la medida que creyó más eficiente para la corta distancia. Después se hizo con un revólver multicalibre Smith & Wesson y tomó de la vitrina un par de cajas de munición.

Samuel se acercó hasta la salida de la tienda y miró tras el grueso cristal para analizar su caótica situación. Por unos segundos dejó en libertad sus pensamientos. La mañana amaneció gris y comenzaban a caer las primeras gotas de esa fría lluvia de invierno que a menudo cauteriza nuestros deseos de caminar con tal de no exponernos a las caprichosas inclemencias del tiempo, aunque quizá algunas veces deseemos que nos azote la cara para seguir sintiéndonos vivos; o quién sabe si como un pequeño castigo que acaso nos fuera a limpiar los pecados de nuestra torturada alma.

A unos doscientos metros se podía divisar las difusas líneas que todavía llegaban a dibujar la presencia del edificio San Jorge, construido al estilo neoclásico como centro cultural y de negocios. Ahora, casi derruido y enseñando sin recato parte de su inmenso esqueleto de metal, era el único lugar donde podría encontrar unas horas más de sosiego. Unos amenazantes y negros nimbos rodeaban sus plantas superiores y se habían concentrando sobre toda la zona dejando caer con abundancia su fría carga de granizo dotándola de un aspecto lechoso y gélido, más oscuro y tenebroso aún, si cabe. Aún así sabía que no había excusa, que donde estaba ya no tenía seguridad y no lo quedaría más remedio que trasladarse hasta allí lo antes posible. Aquel ser implacable no había cejado en su empeño de perseguirle y sabía que más pronto que tarde daría finalmente con su rastro.

Tomó de la mesa la recortada y escondió en el bolsillo interior del anorak el resto de la munición y el coqueto Smitch & Benson; después se dirigió de mala gana hasta la puerta de la armería pensando si al fin podría escapar de ese horror y encontrar otro superviviente en medio de aquella enorme catástrofe.

Recuerda ahora que la explosión había sido corta, pero sus efectos fueron devastadores; un movimiento sísmico de tal dimensión estaba claro que no perdonaría la débil creación del ser humano. Después llegó la plaga, un monstruo sin nombre ni apellidos cuya crueldad no tenía límites. Muchos habían muerto después también por culpa de aquel virus estremecedor.

Después del seísmo, cuando recuperó el conocimiento, todo lo que vio fue muerte, destrucción por doquier y ni un alma a su alrededor. A partir de ese momento no recordaba otra cosa que su empeño diario en huir de lo que le acechaba en cada esquina, en cada lugar de cobijo que encontraba, oprimido por su persecución, sabiéndolo siempre escondido y presto al asalto, esperando el momento idóneo para lanzarse sobre él y conseguir su objetivo final.

De eso ya hacía más de tres semanas, según sus cuentas, y su velada presencia se había vuelto insoportable.

Surtió a la recortada de su mejor alimento y salió al exterior. El correr nervioso de un par de huidizas ratas que se le cruzaron al paso le hicieron llevar apresuradamente la mano hacia el gatillo, pero paró a tiempo de no malgastar uno de los dos preciados cartuchos; alzó la capucha del anorak sobre su cabeza y encaminó sus pasos hasta el derruido edificio.

Las calles eran un inmenso cúmulo de polvo apelmazado, cascotes y cadáveres destrozados por aquélla explosión devastadora, ahora pasto de los cientos de roedores que aprovechaban sin vergüenza el gratuito festín que les había brindado la hecatombe. Un profundo olor a descomposición y muerte lo inundaba todo y la soledad adquiría un peso inaguantable.

Se sentía descompuesto, abandonado, y nada ni nadie le hubiera podido consolar esa odiosa sensación de notarse quizás “el único”…

Llevaba recorridos unos ciento ochenta metros y el acceso al edificio se le descubrió de pronto inaccesible…

Todo era un caos. La amplia escalinata estaba partida en dos por un gran socavón que dejaba ver sin pudor las profundidades de un terreno herido donde las galerías de las apestosas cloacas de la ciudad se confundían sin orden ni concierto con los gruesos cables eléctricos y las canalizaciones de agua y gas; mientras, parte de la planta superior de la edificación se había vencido sobre la entrada principal y las cuatro grandes columnas que otrora decoraban su magnífica antesala eran ahora enormes fragmentos de costosa piedra, quebrada y machacada por la ciclópea presión que habían soportado hasta desfallecer.

Consiguió encontrar un lugar por el que cruzar hasta la entrada y observó que, pese a los graves destrozos, una de las columnas se había quebrado en dos mientras que su parte inferior (la más corta y robusta) aún conseguía sostener un hueco con la anchura suficiente para permitir la  entrada al menos a dos o tres hombres.

De nuevo comenzó a granizar, ésta vez  con enorme fuerza, y eso le decidió sin más a internarse por aquella cavidad y buscar el cobijo necesario. Dio un largo salto, tropezó de costado contra el resto de la columna cayendo al suelo y se encontró de pronto en el interior; pocos segundos después el orgulloso pilar rindió su última resistencia y una gruesa pared de hormigón cerró definitivamente el acceso por donde había entrado segundos antes.

Se levantó algo magullado y, cuando iba a quitarse la capucha, escuchó el odioso tono de su presencia. Fue en ese momento exacto cuando se sintió cazado y sin escapatoria alguna… Alzó con terror la vista y allí estaba “él”, frente por frente, amenazante, mirándole fijamente a los ojos con su malévola faz, aullando su exigencia y cerrándole toda posibilidad de huida…

No se lo pensó dos veces y, casi sin apuntar, cuando lo vio huir hacia la sala principal por temor a la recortada, descerrajó ambos gatillos y disparó contra la parte más baja de su espalda ambos cartuchos de sal… Fue entonces cuando dejó de repetir su eterna matraca y desapareció como alma que lleva el diablo tapándose el trasero con aquella cartera de negro cuero en la que se leía claramente con letras estampadas en oro: “Inspección de Hacienda”.

¡Maldita fuera la hora en que se le olvidó declarar el I.V.A. del último trimestre antes de la hecatombe!

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