LUIS4CONT

XIV- Cuatro cenas: Carlos y Bea

Carlos paseó la mirada por el local. Empezaba a dudar que ella se presentara. Pasaban ya 15 minutos de la hora. Bien es cierto que Carol no le había dado ninguna garantía.

– No sé lo que hará, le contestó en la última conversación, una vez le trasladó la cita propuesta.

Pero algo le decía a Carlos que sí, que allí estaría Bea. No creía en los augurios ni en las premoniciones, pero en aquella ocasión, algo muy dentro de él, parecía convencerlo de que su antigua novia iba a aceptar la entrevista. Quizás eran sus ganas de cerrar capítulo de una vez. No lo sabía… Pero durante las horas anteriores se había mostrado bastante seguro de que el reencuentro se iba a producir.

Y sin embargo, ahora, un cosquilleo en el estómago parecía anunciarle que igual se había equivocado. Bea siempre había sido bastante puntual. Un retraso de quince minutos sin duda quería decir algo.

Nuevo sorbo a la Copa de vino. Nueva barrida visual y de repente… ¡allí!  Justo en la misma entrada. De pie, quieta, mirándolo como si fuera una esfinge.

Sus ojos conectaron enseguida. Carlos no creyó detectar en ellos ira, desafío o dolor. Más bien curiosidad: ¿Qué demonios estaba haciendo ella allí? parecía preguntarse. ¿Para que la había llamado su ex novio tantos años después?

Sí, sin duda esa era la cuestión que la empujaba hacia él. O mucho había cambiado Bea, o bien suponía Carlos que no podría resistir la tentación de deshacer el acertijo. De hecho, él no podía saberlo, pero esos quince minutos de más se los había pasado sentada en un banco, enfrente del restaurante, en un sitio a salvo de miradas indiscretas, decidiendo si traspasaba la puerta o se quedaba fuera.

Bueno fuera como fuese, allí estaba.

Decidida, caminó a su encuentro.

Carlos puso la copa en la mesa. La mano le temblaba y no quería que se notara. Conforme ella se acercaba, empezó a sentir un cierto vértigo y un mareo que no sabía exactamente de dónde procedía. No pudo seguir analizando. Por un momento, temió perder el control de sí mismo. Tragó saliva y se obligó a calmarse. Si no podía controlarse, mucho menos iba a poder manejar la situación.

¡Joder era Bea! La vio aproximarse con su característica forma de caminar. Parecía desplazarse hacia él sin apenas tocar el suelo, moviendo sus caderas armoniosamente. Sus pechos meciéndose acompasados en un suave vaivén. Con ese punto de provocación que no llegaba a serlo. Con esa pizca de picardía que parecía inocencia.

Luciendo cuerpo con la naturalidad que él siempre había admirado.

Todo era tan familiar que, por un momento, tuvo la sensación de qué había vuelto en el tiempo atrás y de que era una cita más. Como si hubiesen quedado para cenar después del trabajo; como si Bea se sentara ahora a su lado y fuera a pedir su vino favorito para celebrar que por fin era viernes; como si en vez de explicar que había sido de sus vidas, solo hubieran tenido que contarse como había transcurrido su día de trabajo.

Mientras se acercaba, Carlos evaluó las diferencias entre la Bea que él había dejado y la que se encontraba años después.

El pelo fue lo primero que le llamó la atención. Se lo había teñido más oscuro, casi caoba. Su cabello largo y con rizos lacios, se había transformado en una media melena lisa que le daba a su cara un semblante más adusto, más duro y afilado.

Su piel seguía siendo clara y aparentemente tersa. Estaba más delgada. Recordó a esa Bea alta, de piernas inacabables pero a la vez con su punto de maciza. Mantenía un cuerpo envidiable, se ve que se lo trabajaba bien en el gimnasio.  Más musculada y con formas más angulosas por la falta de grasa. No obstante, le dio la impresión de menos lozanía, aunque seguía estando espectacular.

Trató de pensar qué imagen daba de sí mismo. Qué estaría pasando por la cabeza de Bea, que lo evaluaba con aplomo, sin desviar la mirada.

Se levantó para recibirla, intentando un esbozo de saludo. Mil veces ensayado y sin embargo ahora las palabras se le quedaban en la garganta, negándose a salir. Ella no dijo nada tampoco. Estuvieron un tiempo de pie, uno frente al otro, sólo observándose. Ninguno sabría decir si fueron segundos o minutos, los que transcurrieron.

– Eso ¿es una botella de carta de plata?

– Sí. Por favor, siéntate y te sirvo una copa.

– Vaya, te has acordado…

– En realidad, nunca he dejado de tomarlo…

Bea asintió levemente con la cabeza. Buena respuesta Carlos. Touché en el primer envite. Veremos cómo acaba todo esto… pensó para sí misma.

Carlos le sirvió una copa.

Por favor, siéntate y bebe conmigo….Bebe conmigo… como si no hubieran pasado los años; como si tuvieran un reencuentro que celebrar…Bea arrugó la nariz, aun escéptica, pero se sentó. Se acomodó tranquilamente, sin prisas y con elegancia. Carlos bebía cada uno de sus gestos, como paladeando un exquisito licor que llevaba años sin probar.

Luego, se llevó la copa a los labios y probó un sorbo dejando un rastro de carmín en el cristal. Se concentró en ella, mirándola con aprobación. Un nuevo sorbo y la depositó despacio en la mesa. Solo entonces le devolvió la mirada a Carlos.

Hizo una inspiración un poco más profunda de lo normal, soltando luego el aire por la boca poco a poco. Y al final, casi con el último aliento, dejó caer una pregunta:

– Carlos, ¿por qué estamos aquí?

– Por curiosidad.

¿Curiosidad? ¿Qué tipo de curiosidad? ¿Por ver cuál es nuestro aspecto actual? ¿Por saber cómo nos va después de tantos años? ¿Por responder todas esas preguntas que en su día no se hicieron ni fueron contestadas? Bea se mostraba escéptica.

– ¿Es por eso? ¿Vamos a tener ahora la conversación que debimos haber mantenido hace 10 años?

– Eso dependerá de lo que tú quieras. Por mí, estoy dispuesto.

– Pero llega tarde, muy tarde… ¿No te parece?

– Bueno, ya sabes lo que dicen. Más vale tarde que nunca. La pregunta correcta sería si queremos tener esta conversación o no. Yo por mi parte deseo tenerla. Es más, creo que necesito tenerla y si me apuras, a ti también te vendría bien. No me digas que no sientes curiosidad Bea. No me digas que no hay cosas que deseas decirme, que no hay capítulos que querrías cerrar.

Ella miraba algún punto en la pared, justo detrás de su ex. Parecía meditarlo.

– No. Te equivocas Carlos. Yo ya clausuré ese libro hace tiempo

– Entonces ¿por qué estás aquí? Mira Bea, yo también creía que lo había cerrado, pero sé que no. Ahora lo sé. Tenemos que hacer lo que no hicimos en su día, tenemos que hablar: soltar lo que tenemos dentro y luego, si quieres, cada uno por su lado…

Ante el silencio de Bea, Carlos insistió.

– ¿Sabes? Creo que no es casualidad que estés aquí. Pienso que a ti te pasa como a mí: de alguna forma, esto siempre te ronda por la cabeza.

 

Bea había escuchado cada una de sus palabras con la mano tamborileando sobre el mantel. Se sorprendió del ruido que hacía y se forzó a detener el movimiento. Ambos quedaron pendientes de sus dedos. De repente, se dio cuenta de que Carlos conocía perfectamente ese gesto suyo que hacía siempre que estaba nerviosa. Retiró la mano de encima de la mesa.

– Bien, ¿quieres que hablemos?, por mí estupendo. Vamos directos al grano. ¿O prefieres primero un poco de charla informal?

– Bueno, quizás mejor un poco de charla informal al principio. Sería preferible no empezar discutiendo ¿no te parece?

– Por mí vale, contestó Bea arisca, aunque tuvo que admitir que tenía razón. Estaban los dos demasiado tensos para tocar temas tan sensibles.

Mejor poco a poco.

Poco a poco; poco a poco; poco a poco… y ¡una mierda! pensó Bea

– Bueno, pues entonces cuéntame cómo te ha ido fuera. ¿Trabajas? ¿Te has casado? ¿Tienes hijos? ¿Algún rollete? ¿Sigues siendo heterosexual?

Carlos sonrió ante el envite:

– Sí, trabajo. No he parado de hacer otra cosa; no, no tengo novia ni estoy casado; no tengo hijos de momento; sigo siendo heterosexual y bueno, he tenido alguna que otra aventura, pero nada serio y duradero… ¿Y tú?

– Creo que ya lo sabes: me va bien en el trabajo y… seguro que te lo ha contado ya Carol, ahora mismo estoy sola y sin compromiso. Acabo de cortar con Quique ¿te acuerdas de él?…preguntó ella con toda la mala baba de que fue capaz.

La mirada de Carlos se endureció apenas unos instantes, pero luego recobró la tranquilidad.

– Sí, claro que me acuerdo. ¿Sabes? jamás pensé que pudierais acabar juntos.

Bea hizo un gesto de hastío.

 – Tampoco yo supuse que eso ocurriría nunca. La vida nos lleva por sitios extraños…

– Estoy de acuerdo contigo, concedió Carlos.

– Como lo tuyo con Nerea… ¿Quién lo hubiese imaginado?…Bea había pasado a la ofensiva. No, no se lo iba a poner fácil…

– Eso pudo tener una razón de ser…

– Una razón de… ¡Vamos no me jodas Carlos!

– Reconozco que te lo tenía que haber contado…pero las cosas se precipitaron…

– ¿Por qué no me llamaste? Me debías al menos una explicación.

– Tú me dijiste que no lo hiciera. En el parque ¿recuerdas?

– ¡Joder Carlos! Te pille con Nerea. ¿Qué esperabas que te dijera? Pero tú…después de todo lo que fuimos el uno para el otro…ni siquiera lo intentaste. Eso es lo peor. Aunque fuera solo para decirme que me dejabas. Tu indiferencia me dolió más que tu infidelidad.

– No fue indiferencia, Bea. Y de infidelidad mejor no hablemos…

– Si, si, hablemos de una puta vez… ¿o es que vamos a estar otros diez años ignorando el tema?…fue por Quique ¿verdad?: Estabas celoso.

– Quizá. Estaba celoso pero no equivocado. Al fin y al cabo acabasteis juntos ¿no?

– Si, después de que tú me dejaras. Después de que no quisieras arreglar nada. Después de que no contestaras a mis llamadas: Después de que te follaras a Nerea…dijo solidificando la mirada. Soltó el reproche como una daga. Con la intención de clavársela en el corazón, de hacer daño. Por fin salía la furia que anidaba dentro desde hacía años.

Pero Carlos no respondió airado. Entornó los ojos y con una media sonrisa que apenas era una mueca, respondió con calma:

– Tú te follaste primero a Quique. Eso no formaba parte del juego.

– Eso no podías saberlo, Carlos. ¿Te acostaste con Nerea por una sospecha? ¿Porque alguien te lo dijo? ¿Sin hablar conmigo antes, con tu pareja? No me jodas. Ni siquiera ahora estás seguro.

– ¿Y cómo lo sabes?

– Porque no me has preguntado si pasó. ¿No quieres saber si me acosté con él? ¿Sabes? Creo que la respuesta te daba miedo. El juego se nos fue de las manos y tú me culpaste sólo a mí. Y decidiste castigarme yéndote con Nerea.

Se mantuvieron la mirada en silencio unos instantes, desafiándose a ver quién la apartaba antes. Cuando Bea, con un gesto de cansancio y hastío iba a retirarla, Carlos habló. En voz baja y casi inaudible…como si fuera solo para sí mismo…

– No necesito preguntarte si pasó, Bea. Yo estaba allí…

Aquella afirmación cayó a plomo entre los dos, formándose un silencio espeso en el que por momentos, Bea sentía que se iba a ahogar.

Por primera vez a lo largo de la conversación, Carlos la vio perder la compostura. La sangre huyó de sus mejillas. Literalmente, se había quedado blanca. Un ligero temblor la sacudió y cerró los ojos como si se estuviera mareando.

– Eso no puede ser…

– Sí, Bea. Volví esa noche para darte una sorpresa, pero el que se la llevó, fui yo.

Carlos comenzó a relatarle los detalles. Omitió desvelar sus sentimientos, tratando de hacer una narración lo más desapasionada posible, como si se tratara de una autopsia. Sí, quizás esa es una palabra muy adecuada. Un informe de la muerte de su relación, de cuál fue la causa última, objetiva, yendo al grano y aportando pruebas de la infidelidad, que de forma incontestable, certificaban el adulterio de Bea.

Ella retiró la cara a un lado con un ligero movimiento de la cabeza. Unas lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas. Le costaba respirar y el vértigo aumentaba, pero no obstante, no renunció a plantar batalla, ante el alud de sentimientos que le provocaban esas revelaciones.

– Carlos, ¿estuviste ahí toda la noche sin decir ni hacer nada? ¡No puedo creerlo!

– Estuve tentado de entrar a cada minuto en la habitación. Pero tenía que comprobar si realmente era un juego o estabas dispuesta a llegar hasta el final. No podía quedarme con esa duda…Entiéndelo, Bea. Después de lo que estaba viendo y oyendo, ya no podía confiar en ti. Lo peor de todo era la incertidumbre y yo no quería quedarme con ella. Tenía que saber lo que estabas dispuesta a hacer. Si sólo era un juego que se nos había ido de las manos o si para ti, aquello se había convertido en algo más…

– Pero Carlos…

– Bea, debes entenderlo…pero ella no comprendía como su novio pudo ser testigo de todo aquello, sin ni tan siquiera alzar la voz. Y luego por la mañana, cuando él volvió y sucedió todo tan rápido… cuando te vi echarte ya, sin ninguna resistencia y casi entusiasmada, en sus brazos…Tenía que verlo con mis propios ojos pero… yo ya sabía, cuándo él te llevo en brazos para dentro, que habías tomado la decisión…

– Las dos veces estabas allí y no dijiste nada… insistió Bea incrédula… me viste follar con él… gritó casi fuera de sí…

– Tenía que certificarlo…la duda…ya te he explicado…

Nuevamente Carlos hablaba más como un notario, que como expareja de Bea. Tenía que certificarlo ¡joder! si parecía que estaba ante el levantamiento de un cadáver… habían pasado muchos años, pero aquel aparente desapasionamiento de Carlos al relatar lo sucedido, molestaba sobremanera a Bea.

Tenía la impresión de que había ensayado todo lo que tenía que decir. Incluso el tono de voz, las palabras, todo… con el único objeto de hacerla sentir mal. ¿Ese era el motivo real del encuentro?  ¿Había vuelto después de tanto tiempo solo para hacerle daño?

– Carlos ¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Por qué vienes ahora a contarme todo esto? Preguntó angustiada…

– Solamente quería que supieras cómo fueron las cosas. Que supieras que ese día que me viste besarme con Nerea en el parque… eso no era amor… la infidelidad nos había destrozado a los dos. A Nerea como culpable de una y a mí como víctima de otra. Estábamos desgarrados y si nos refugiamos el uno en el otro, era porque no teníamos a nadie más en quien confiar. Yo no estaba enamorado de ella, ni te dejé porque me gustara: la realidad es que yo ya te había dejado antes. Sólo que no había tenido el valor de decírtelo…

– Por eso he venido también hoy: para explicarte todo esto y para decirte que entiendo tu reacción en ese momento, pero debes conocer el por qué actué como lo hice.

Bea desvió la mirada. De repente, el estómago rechazaba el vino que había tomado, amagando una náusea. Sentía escalofríos y un brote de ansiedad le atenazaba la garganta.

– Así que soy yo la mala…la puta…la…culpable de todo ¿no?

– Bea, a estas alturas ya no hay culpables. Ha pasado el tiempo y sólo estamos hablando…

– No, no me digas que son sólo palabras, Carlos… ¿Qué coño es esto? ¿Una encerrona?

– Es la conversación que nos debíamos y lo sabes, Bea.

– Vete a la mierda…

Bea se levantó y se dirigió a la puerta. Trataba de mantener la compostura, pero estaba al borde del llanto. Salió a la calle y cruzo por mitad de la calzada, de nuevo hacia el parque y sin mirar atrás.

Intentó correr hacia el sitio donde tenía el coche aparcado, pero las piernas no le respondían. Se sentó en un banco, temerosa de que pudiera caerse. Todo le daba vueltas. Ahora, lloraba abiertamente, sin hacer nada por restañar las lágrimas que le corrían por las mejillas. Se inclinó hacia delante hundiendo la cara entre las manos.

No supo cuánto tiempo pasó ¿Fueron segundos? ¿Minutos? ¿Una hora? Al final, una sombra interrumpió la luz de la farola que se filtraba entre sus dedos.

– Bea…

– Vete…

– Tenemos que hablar…hay una cosa que…

– No quiero hablar más… ¿Por qué has tenido que volver? Vuelve a Madrid…

– No antes de darte algo…

Ella no lo miraba…tampoco parecía oírlo.

– ¿Bea? ¿Me escucharas sólo una vez más?

Ella negó con la cabeza…

Carlos suspiró. Parecía inútil tratar de razonar con Bea en ese estado.

Metió una mano en el bolsillo y sacó un sobre de color sepia. Lo colocó en el banco justo a su lado.

– Aquí esta lo que te quería decir.

Esperó unos segundos pero no hubo reacción. Ella seguía con la cara oculta entre las manos, negándose a mirarlo.

– Bea, yo ya te he perdonado. Perdónate tú ahora…

Carlos se giró y muy lentamente comenzó a andar hacia su hotel. Tuvo que hacer un esfuerzo grande, pero consiguió no volver la vista atrás ni una vez.

Un comentario sobre “Espiando a Bea: 10 años después (14)

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