TANATOS12

Capítulo 21

María me pidió un minuto para pensar, para hacer memoria. El trayecto a casa, en coche, no sería demasiado largo, y yo no sabía si querer llegar cuanto antes o tardar lo máximo posible, pues una vez en casa yo tendría que ser Álvaro y quería seguir siendo Pablo un poco más.

Detenidos en un semáforo la miré, como buscando que reiniciara su confesión, y lo que vi fue aquel cinturón de seguridad colocado entre sus pechos, haciendo que estos se marcasen más hacia adelante y se acentuase su escote por arrugarse un poco la camisa con el cinturón. Me recordó a aquella vez que Edu la había acercado a casa en coche y él mismo me había contado como se le marcaban las tetas por encajar entre ellas el cinturón de seguridad. Parecía otra vida, que había pasado una eternidad, pero no había pasado aún un año. Me di cuenta de que cada vez aquel juego tenía más pasado y yo esperaba que siguiera teniendo futuro.

Aquella imagen me abstrajo hasta el punto que arranqué cuando el semáforo ya llevaba un tiempo en verde. Mi polla seguía en su máxima dureza y ladeada hacia una de mis piernas; era tentador recolocarme, como decía que hacía su ex… pero no lo hice, por algún motivo me gustaba que no fuera totalmente necesario y que ella lo supiera.

—Vale, te lo voy a contar como creo que pasó, porque ya sabes que a veces la memoria va un poco por libre —dijo sorprendiéndome, pues veníamos de una descripción bastante rápida; pero precisamente me daba más seguridad que lo que contase a partir de aquel momento fuera más exacto.

Yo asentí con la cabeza y ella prosiguió:

—A ver… pues… estábamos… o… retomo con que… me estaba comiendo… ahí. Yo tumbada boca arriba y él… pues entre mis piernas. Y… recuerdo que se oía bastante en aquel momento a Guille y a Sofía, vamos se oía a Sofía y ruido… más que de muelles de cama como de madera o hierro contra la pared. Pero a lo bestia. Como un “pum, pum, pum” ¿sabes? Y ella gritando… Y, nada, Álvaro ahí comiéndomelo…

—¿Te ponía que… os estuvieran follando los dos?

—Bueno en aquel momento no estaba follando con Álvaro.

—Ya, bueno, quiero decir… que al final… como que habíais caído las dos u os habían ligado a las dos— dije, sintiéndome algo extraño por aquella expresión de “haber ligado” pues creo que no la había pronunciado nunca.

—Pues no. Ella me daba igual —respondió, y yo no la creí del todo. Me daba la sensación de que que se hubieran acabado follando, los dos amigos, a los dos bellezones de la fiesta, le daba un extraño morbo a María, como un morbo culpable o vergonzante.

María comenzó entonces a describir, entre muchas pausas y varios eufemismos, cómo Álvaro le había comido el coño de manera tremenda. Cómo la había lamido de arriba abajo, como lo mismo le separaba los labios con la lengua como le daba golpes en el clítoris mientras miraba hacia arriba. Me contaba entre semáforo y semáforo como ella se recostaba sobre sus codos, contenía sus pechos con sus manos y llevaba sus ojos a ver cómo Álvaro la partía en dos con su lengua. Cuando su placer era incontenible dejaba caer su cabeza hacia atrás y abría la boca, y gemía, muerta de gusto, siempre con los alaridos de Sofía y los golpes de aquella cama de fondo.

Mi calentón iba en aumento, si es que aquello era posible. Y llevé entonces una de mis manos a sus muslos. Acaricié sus medias… seguí hacia arriba hasta palpar el encaje… toqué aquella fina tira y acabé por llevar las yemas de mis dedos al interior de sus muslos, muslos que noté algo fríos, pero a la vez pegajosos, ligeramente sudados. Era maravilloso acariciarla así, hacer todo aquel recorrido, mientras me contaba como Álvaro le deshacía el coño de tal manera que ella llegaba a temer y a avergonzarse de que pudiera estar manchando la cama.

Yo sabía que mi mano allí no procedía, que aquello a ella no le aportaba, no en aquel momento, que podría ser hasta contraproducente, pero ella me lo permitió, seguramente como un favor, un favor que yo debería compensar al llegar a casa.

Cada vez que cambiaba de marcha mi mano la abandonaba, pero volvía a ella, y ella me lo volvía a permitir. Comenzaba a estar cada vez más tentado de llevar mi mano a sitios más profundos, o a acariciar sus tetas… o a sacar uno de aquellos pechos de su camisa… pero por el momento me contenía, pues temía su rechazo, pues a más excitación de ella más frustración de que yo no le llegaba… Además no quería romper la magia de aquella narración, narración que me envolvía y me hacía imaginar hasta no ver nada de la carretera, sino sus caras, sus cuerpos, sus gritos, sus posturas… su entrega. Me volvía loco escuchándola y no quería que acabara nunca, a la vez que quería saber más y más, quería que avanzara a la vez que no quería que lo hiciera, y había dos incógnitas que se elevaban a un nivel superior, que eran qué había pasado para que Sofía y Guille fueran a la habitación de Álvaro y qué había pasado exactamente con los intentos de Álvaro de penetrarla por detrás.

—Bueno, hay una cosa que no te dije —proseguía ella— y es que… bueno, me habías preguntado cómo se había corrido cuando yo estaba tumbada sobre él en…

—Sí… en esa postura tan extraña.

—Sí… pues… a ver… —dijo, en tono diferente, como buscando las palabras.

Aminoré el ritmo de la conducción. Había un semáforo en verde a unos doscientos metros y fui deliberadamente despacio para que se cerrara y tener uno o dos minutos solo para ella, solo para lo que quisiera contarme.

—Dime… —casi supliqué mientras mi plan con el semáforo salía a la perfección.

—Pues… eso, le estaba haciendo la paja… y empecé a notar como debajo de mi empezaba a moverse… a temblar… vamos, que sabía que se iba a correr, y… no es que gimiera, bueno sí, era así como masculino pero sí eran gemidos. Temblaba como con espasmos mucho más fuertes que los tuyos, hasta llegaba a moverme a mí… Y recuerdo que noté su semen caliente en mi mano al principio pero después, no sé qué pasó que… joder… aluciné… y es que… de golpe noté algo en el labio… y en la barbilla… como que el segundo o tercer… disparo, o no sé cómo llamarlo… me llegó a la boca… y se me quedó allí… yo como que paré, por la sorpresa supongo y él como que me dijo algo en plan “No pares, coño…” y le seguí pajeando… y lo demás sí que no pasó de mi vientre, mi ombligo o por ahí… pero, joder… —María buscaba en mí una respuesta, pero yo ni me podía mover, ni replicar, reinicié la marcha y ella continuó:

—Y… claro, se apartó y me quedé tumbada en la cama y ahí fue cuando… ahí como que me limpió con una camiseta por donde me había manchado, por… vamos por fuera del… de mi coño y por mi vientre… y aun no se había dado cuenta de… de… el otro sitio donde me había salpicado. Y… me empezó a comer el coño como te había dicho… y claro, entonces me vio… me vio que tenía semen en los labios, en la barbilla y… bueno, él se sorprendió, pero no se sonrió ni nada, pero dijo algo en plan… “joder… qué bueno…” y después me siguió mirando y dijo “no te limpies”. Y así… con su semen en mis labios y resbalándome por… por el mentón… pues eso… que me estuvo comiendo el coño y yo así.

Yo me imaginaba a Álvaro lamiendo su coño de arriba abajo y alzando la mirada para ver a una María, con la camisa abierta, con las medias que yo estaba acariciando, con el liguero que yo estaba acariciando en aquel coche… con sus codos apoyados y mirando como Álvaro la comía entera… mientras tenía sus labios embadurnados del semen de él… por la corrida que se acababa de pegar… y como aquel semen resbalaba de sus labios hacia su barbilla hasta gotear en su pecho… y me veía en la necesidad de parar el coche, aunque aún conseguía no hacerlo.

—Pues eso, que no sé cómo soltó eso… porque… el resto de los disparos fueron normales…

No me pude contener, aquello era demasiado, y mi mano decidió abandonar sus muslos para ir más arriba… acaricié su teta izquierda sobre su camisa y me lo permitió, pero hizo un pequeño gesto de contrariedad. Quise colar mi mano por su escote, para acariciar aquella teta, pero mi mano fue apartada con delicadeza. Y ella mismo la llevó a su muslo, sobre sus medias.

Acalorada, cachonda, por su narración, por sus recuerdos, no me permitía llegar más lejos hasta que no me convirtiera en Álvaro, y no es que fuera un juego, era que ella lo sentía así.

Embocábamos la puerta del garaje y a duras penas atinaba a abrir con el mando a distancia cuando ella continuó, continuó su narración con lo que vino después. Me contó cómo había estado a punto de correrse varias veces mientras Álvaro le comía el coño y cómo temía manchar la cama. Me contó cómo él acabó por retirarse y se quedó de pie frente a ella. Cómo su polla, enorme, larga, apuntaba al techo… y cómo se había pajeado un poco, mirándola, mirando su obra, su coño abierto, destrozado, y su cara… la cara de María con aquel chorro de semen aun en su barbilla. Me contó también cómo después él se fue hacia el armario, a por otro condón, mientras Sofía y Guille seguían con aquel polvo brutal. Me contó cómo, mientras Álvaro se ponía el preservativo, había dicho “joder, qué ritmo llevan estos… seguro que la tiene a cuatro patas” y que poco después le dijo a María: “ponte igual” y cómo María obedeció, se puso a cuatro patas, en aquel catre, en aquel tugurio de dormitorio, con el semen de Álvaro aun en sus labios… y se dispuso a esperar a que la penetrara.

Entramos en el garaje. Mis calzoncillos eran un charco. La cara de María un poema. Sus tetas hinchadas querían salir de la camisa. Sus mejillas eran volcanes y su narración era cada vez más no solo para mi sino para ella.

Se quitó el cinturón de seguridad, se recompuso la camisa y la falda, y a mí me costaba digerir que con aquel calentón no quisiera besarme y que la tocara, sino todo lo contrario, que yo ya solo era admitido en épocas de sosiego y tranquilidad.

Aparqué el coche, como en una nube, como en un sueño. Apenas iluminados por el resplandor de varios neones de salidas de emergencia. Yo quería seguir sabiendo más y más. Me quité el cinturón de seguridad y en un ejercicio de sensibilidad María me preguntó:

—¿Cómo estás?

—Pues… imagínate… —respondí, girándome un poco hacia ella.

María miró a izquierda y derecha.

—Mmm… si… quieres… te hago una paja aquí… y subimos. Si… bueno… después te pones el arnés ese sin problema ¿no? Aunque te corras ahora.

Ojalá aquella propuesta obedeciera a que no se podía ya contener sin tocarme. Pero no, lo sabía, lo sabíamos, era un favor. Un favor porque buscaba una posterior contraprestación.

—Sí… aunque me corra ahora, me puedo poner el arnés en seguida sin problema.

—¿Sí? ¿Seguro? —preguntó, queriendo cerciorarse, demostrando lo obvio, que a ella lo que le interesaba, lo que la complacía, era lo que vendría después.

Como quién hace un regalo de forma no altruista, sino buscando recibir otro regalo de igual o superior nivel, María llevó sus manos a mi cinturón, al botón de mi pantalón… y me bajo la cremallera.

Un “joder, cómo estás” salió en un susurro de su boca, en la penumbra de aquel coche, al ver la masa espesa que coronaba toda la parte frontal de mis calzoncillos.

Mi polla, dura, pero mínima, fue liberada.

—Estás empapadísimo… —insistió, mientras me la cogía con tres dedos y se impregnaba de todo aquel preseminal, no con repulsa, pero tampoco queriendo mancharse demasiado.

Soltó entonces mi miembro y con cuidado se remangó su camisa hasta el codo. Yo la miraba con deseo y ella, volcada un poco hacia mí, llevaba de nuevo su mano a mi polla, para cogérmela otra vez con tres dedos. Echó la piel de mi miembro completamente hacia atrás, hasta liberar por completo el glande y era inevitable que nuestras mentes no comparasen lo que ella tocaba con lo que llevaba toda la noche describiendo. Era humillante, era doloroso, pero a la vez era tremendamente morbosa aquella comparación.

—¿Sigo? ¿Sigo contando, te corres y subimos? —preguntó y yo respondí afirmativamente mientras una de mis manos fue a desabrochar no uno sino dos botones de su camisa, hasta crear un escote casi hasta su ombligo, que acababa de matarme.

María volvió a mirar a su alrededor antes de retomar su narración. Yo recogía hacia arriba mi camiseta y mi jersey, con una mano, para no mancharme, mientras con la otra le abría un poco más la camisa, pero aun sin llegar a hacerlo lo suficiente como para ver sus areolas y sus pezones, como si me quisiera guardar ese momento para el clímax de su paja y su confesión.

Aquellos tres dedos de María comenzaron a subir y bajar cuando comenzó a contarme, entre susurros, pero de forma natural, sin sobre actuación, lo que había pasado después. Me contó cómo Álvaro se había colocado tras ella… cómo ella seguía con el regusto de aquel semen en sus labios, cómo no se había limpiado, y cómo mientras sentía aquel sabor, notaba como él… comenzaba a invadirla, a metérsela desde atrás… hasta el fondo… de una sola vez… cómo después del orgasmo que había tenido ya ella y después de la impecable comida de coño, aquella polla tremenda se deslizaba por su interior con fluidez, matándola del gusto.

Mientras me pajeaba yo a veces cerraba los ojos, entregándome a aquel placer y a aquella confesión y a veces los entre abría para ver como, por consecuencia del movimiento de su brazo al pajearme, sus tetas bailaban casi completamente libres bajo su camisa de seda y asomaban por su escote. Y me siguió contando cómo al poco tiempo de penetrarla así, comenzó a introducir un dedo en su culo, dedo que acogió casi sin problemas… que no fue hasta el segundo dedo cuando le pidió que parara y que, tras esta súplica, él le preguntó que cuando le iba a dar por el culo, si quería en aquel momento o si lo prefería después. Me contaba también cómo ella le pedía que quitase aquel segundo dedo, pero no le ordenó que quitara el primero y como él le había dicho algo así como: “¿No te da por el culo tu amiguito? ¿Dónde lo tienes? ¿No quiere venir a ver esto?”. A lo que ella no había respondido.

—¿Y pensaste en mí en aquel momento? —pregunté, entrecortado, en un jadeo, y sorprendido porque recordara esos detalles que a mí me volvían loco.

—No… no creo… Después… me dijo algo en plan “igual está viendo cómo se follan a Sofía o… ¿solo le gusta ver cómo te dan a ti?”.

—¿Y qué le dijiste?

—No… no me acuerdo… Me acuerdo… algo de lo que me acuerdo claramente es del calor que me daba… ¿Sabes? Como si tuviera la polla calentísima… y cómo notaba su dedo dentro de mi culo… mucho más frío.

Yo estaba a punto de correrme. Ella aceleraba la paja mientras me contaba cómo él la embestía incansable… cómo a veces se inclinaba hacia adelante para decirle guarradas al oído, cómo al inclinarse así notaba más aquel dedo en su ano y como recordaba frases como “¡hace cuanto que no te follan así!” o “¡me vas a dar tu culo! ¿a qué sí?” en lo que rozaba una obsesión enfermiza… pero que ella no podía decirle que parara, no mientras la siguiera matando del gusto así.

Mi mano temblorosa fue a abrir un poco más su camisa, y es que no satisfecho con ver sus pechos bambolearse como consecuencia del vaivén de su brazo, quise ver más, y conseguí apartarla un poco más, llevando la tela negra a un lado hasta ver su areola extensísima y su pezón colosal… momento en el que ella aceleró más… y yo sentía que me corría mientras ella decía:

—En un momento en el que Sofía dio un grito tremendo el muy cerdo me tiró del pelo y comenzó a darme más caña, como si quisiera entrar en una competición o quisiera decirle al chulo de su amigo que él también había triunfado. Acabó por sacar su dedo de mi culo y levantó un poco mi cuerpo y creo que me quedé ya solo apoyada con las rodillas y me dio caña a lo bestia, me llamó puta… y me llamó guarra… y todo lo que quiso mientras me mataba… con su polla… Joder… me corrí… me corrí como en mi vida mientras me penetraba así y me insultaba… Como que él daba por hecho por aquellas guarradas que le pedíamos por mensaje que a mí eso me ponía… y me llamaba de todo… joder… y no veas el desprecio con el que me llamaba fulana… o perra… mientras me corría… y… ufff… grité… grité a lo bestia, no me pude contener… Joder…

Yo sentía que me corría irremediablemente, con los ojos cerrados imaginaba aquella tremenda follada y los gritos de María, empalada desde atrás por aquel crío… Alargué mi mano y apreté una de aquellas tetas de ella que bailaban… para correrme así… aferrado a ella y visionándola… imaginándomela…. corriéndose como una cerda… siendo taladrada por aquel niño pijo… con la boca aun manchada de su semen, entre gritos, con toda aquella ropa de fulana comprada para mí… Cuando noté de pronto como María apretaba con fuerza la punta de mi miembro, deteniendo el vaivén, deteniendo la paja… No entendía nada pero creía que me correría igual, aunque parase… Abrí los ojos, una gota blanca brotó de la punta… pero mi orgasmo se cortaba…

—No… ¿No sigues…? —jadeé… sorprendido, soltando su pecho.

—No… no me fío…

—Joder, María… —protesté, pero mi queja fue inútil y retiró su mano de mi miembro, dejándome al límite de mi máxima explosión, y llevó sus ojos a la puerta y después a la guantera, como buscando algo:

—No veo cleenex —dijo, dejándome así, empalmadísimo y empapado…

Se recompuso un poco, se despegó como pudo la melena de la espalda y se la levantó un poco, como con la intención de hacerse una cola. Se miró la muñeca, seguramente en busca de una goma que tampoco encontró y dejó caer su pelo por la espalda otra vez. Yo no existía, mi paja a medias no existía. Se miró y comprobó su camisa casi abierta por completo y, mientras se cerraba los botones me preguntó si quería que siguiera contando o si prefería que subiéramos a casa.

—Sigue… al menos hasta que os juntasteis con Sofía y Guille.

—Vale… a ver, sigo entonces un poco más… Pues… después de eso… me dejó caer, como que justo tras correrme él me dejó caer hacia adelante y se salió de mí. Y… bueno, creo que ahí entonces fue cuando me limpié la boca a las sábanas, y cuando me recuperé… me levanté, para irme al baño, a limpiarme un poco, y él debió de pensar que iba a ver si aún estabas en la casa, porque me detuvo, en plan que a donde iba… Y… nos estuvimos besando allí de pie…

—Y qué más —pregunté, sin moverme, con mi miembro palpitando solo, sin dejar de mirarla. Sin dejar de contemplar cómo me contaba aquello con aquella distancia casi cínica, de superioridad, a pesar del polvazo que me contaba que le habían echado…

—Eso… nos besamos allí de pie… y después nos fuimos a besarnos a la cama otra vez… y… no sé cómo, ni por qué… eso no lo recuerdo bien… sé que él ya no tenía el condón puesto, no sé si se lo quitó él o yo… porque… él estaba tumbado boca arriba y yo… pues… se la estaba chupando… cuando escuchamos un ruido tremendo, un estruendo… y unas risas… y el cerdo este… como que dijo algo en plan: “joder, la que están liando estos…” y… no sé si en ese momento o no sé… me dijo también que siguiera chupando.

—Joder… —suspiré involuntariamente.

—Ya… Venga ¿Subimos? —preguntó, mientras se metía bien la camisa por dentro de la falda, haciendo que sus pechos se marcaran hacia adelante por el movimiento.

—¿Pero entonces ese ruido qué fue?

—Pues… Mira, acabo esto y sí que subimos. Pues… yo se la seguía chupando al… crío ese… y escuché como se acercaba alguien, cuando oí a mi espalda algo como que se habían cargado la cama, que de quién era… Claro… eso lo dijo Guille mientras se acercaba… y entonces me vio, me vio… chupándosela a Álvaro…

—¿Y? —pregunté, intrigado y con una excitación que apenas me dejaba respirar.

—Pues… se sorprendió. Supongo. Dijo algo en plan… “Joder, ¿y esto?” y… Álvaro le preguntó por cómo habían roto la cama… y se pusieron a hablar… como si nada… mientras yo se la seguía chupando. Guille le preguntaba de quién era la cama que habían roto y mientras Álvaro se lo contaba y lo hablaban… yo les escuchaba… y se la seguía chupando…

Me imaginaba a María comiéndole la polla mientras los dos amigos hablaban… y me mataba… del morbo y… me tocaba hasta incumbirme lo humillante que tenía que ser para ella recordarlo. Y entendí entonces aún mejor aquella narración tan distante y fría. Y entendí que sí, que aquella narración, aunque indudablemente la excitaba, era en esencia un favor, un claro favor, y que la contraprestación que demandaba era merecida.

—Venga, subimos —zanjó María, evidentemente afectada.

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