ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Cae la tarde y caen también los brazos. Se nos va una jornada más, con sus labores, sus prisas, sus disputas, sus altibajos y sus encrucijadas. A esta hora, en que reina el silencio y la quietud, todo debe quedar, sino zanjado, sí cerrado. Es el momento de parar, de asomarse a la ventana y ver cómo las nubes, con la luz del sol que se va, dibujan un atardecer siempre distinto a todos los atardeceres.

A esta hora, y calladamente, los enseres caseros van ganando en significancia. Uno pasa la mano sobre la mesa del comedor, apenas acariciando la madera, y ésta parece hablarnos de las reuniones que a su alrededor se congregaron en otros días que no son hoy. La vitrina con la vajilla nos mira desde su pared, siempre erguida, recordándonos, con los huecos de los platos que faltan, que se rompieron o se perdieron, un pasado más afanoso, trajinoso y populoso, que tuvo lugar en este mismo comedor y en otros atardeceres que ya no se repetirán.

Acerco una silla a la ventana y, con un vaso en la mano, que pudiera llevar vino o pudiera llevar agua, me siento a ver morir el día, como espectador de la vida y del paso del tiempo. Los rayos resbalando tras las montañas, apagando las nubes, se llevan con ellos todo lo mundano y lo profano de este día. Y la noche que comienza invita al recogimiento que habita en mi esquina del salón, donde una estufa, cargada con la leña de ayer, y un escritorio acostumbrado a dar descanso a mis codos y a mis bolígrafos, esperan pacientemente, sabedores de que, juntos, como cada noche, buscaremos el camino de la inspiración, cortejando a unas musas esquivas y caprichosas, que acostumbran a cambiar de vestido y no siempre vienen cuando se les llama, sino que les gusta demostrar su libre albedrío presentándose a deshoras y cambiando el curso de las vidas de tinta que pueblan mis cuadernos.

El vaso está ya vacío y no queda sol allá afuera. Mis pasos, de camino a mi rincón, hacen crujir la madera del suelo, y ya, de pie junto a mi escritorio, trato de recordar la trama que me espera a medias en el cuaderno que tengo frente a mi, y me siento, y agarro un bolígrafo, y lo mordisqueo mientras releo los párrafos que anoche dejé postrados sobre esta mesa y que, con la ayuda de las musas, mañana serán una nueva historia terminada.

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