Mª DEL CARMEN MÚRTULA

» Yo ya tenía quince años cuando mi padre murió.

» Al día siguiente de los funerales, el patrón le dijo a mi madre que no quería que a ella y a todos nosotros nos faltara nada, y le propuso que nos trasladáramos a su propia casa, se podía preparar el piso de arriba para que cada uno tuvié­ramos nuestra propia habitación. Mi madre le pidió tiem­po para pensarlo, pero la verdad era que quería consultarlo conmigo, no sólo por ser la mayor, sino porque conocía mi carácter y temía mi reacción. ¡Qué sola e indefensa se sentía! Pero ella confiaba en mí; era más fuerte, y a pesar de mi cor­ta edad siempre estaba segura de lo que se tenía que hacer. Por eso, aquella noche, cuando las dos nos quedamos solas recogiendo las cosas de la cena, me sacó el tema.

‘¿Y a ti te parece bien que vivamos allí como amanceba­dos? —le pregunté irritada.

‘No seas tan dura mujer. De todas las maneras, siempre estaremos mejor que aquí. Esto resulta muy pequeño para tanta gente. Ya os vais haciendo mayores y no está bien que durmáis todos en la misma habitación.

‘¿Y está bien que tú duermas con él?

‘Bueno… esto no se puede evitar, yo…

‘Por eso no quiero que se siga cometiendo disparates que luego sean ya hechos consumados. Así que dile que sólo nos moveremos de aquí después de vuestra boda.

‘¡Pero Elsa, yo…!

‘Nada mamá. No me vas a convencer. Te ha humillado todo lo que ha querido, usándote a su placer, ha matado a padre, tenemos un medio hermano… ¿Qué menos que exi­jamos vivir decentemente?

‘Si, pero…

‘Nada. Si no le convences, yo misma iré a darle mis ra­zones.

» Yo era así. El hecho de ser la mayor, de tener el carácter de mi padre, de estar culturalmente más preparada que ella, me daba energías para situarme como defensora de la dig­nidad de la familia.

‘¿Te das cuenta el riesgo que corremos si perdemos lo poco que tenemos? Los pobres tenemos que tragarnos nuestro orgullo en muchísimas ocasiones.

‘Mira madre, sólo pretendo vivir con dignidad. Y si ahora mismo cedemos, me temo que nos vamos a seguir embar­cando en un continuo futuro de humillaciones y de explota­ción del poderoso.

‘Hija, no sé si ha sido una buena idea tanta escuela. Es­pero que no tengamos que lamentarlo. Intentaré mañana hablar con él.

» Al día siguiente, como sospechaba, al volver de la escuela mi madre me informó que el patrón me estaba esperando en su despacho para discutir conmigo personalmente el asus­to. A pesar de todo, no podía dejar de reconocer que estaba asustada, al fin y al cabo, yo no era más que una niña y él el amo, un hombre que casi no había visto en aquellos años. Respiré hondo y llamé a la puerta. Cuando entré me quedé boquiabierta al ver aquel lujo, al menos a mí me pareció. Fue­ron unos segundos. Los suficientes para cobrar el valor que necesitaba. Miré hacia la persona que me sonreía de pie ante aquel escritorio de caoba tan imponente. Todo mi cuerpo se estremeció. ¡La mirada de aquel hombre! ¡Nunca me había sentido mirada así! Por primera vez en mi vida sentí vergüen­za de mi cuerpo. Toda su persona me sorprendió. Un metro noventa, musculoso y fuerte, pelo color heno, pómulos altos y ¡esos ojos negros que parecían te penetraban hasta el alma!

‘Pasa, pasa, Elsa. ¿Te gusta mi despacho? —preguntó acercándose.

‘Pues… Sí señor. Es muy bonito y grande.

‘¿Te gustaría tener una habitación para ti sola tan grande como esta y decorarla a tu gusto? —Esto iba diciendo al mismo tiempo que me ponía la mano en el hombro y me iba acercando a una silla forrada de cuero situada enfrente del escritorio —. Siéntate.

‘Gracias señor, yo…

» Tragué saliva. No me salían las palabras. Pero él pare­cía dispuesto a ignorar mi turbación. Sonreía y en su rostro aparecieron unos hoyuelos que le suavizaron su expresión, dándole un encanto más juvenil, aunque su mirada se man­tenía penetrante. Él también se sentó frente de mí.

‘Bueno, entonces no hay más que hablar. Cuando vengan los obreros tú misma les indicarás cómo quieres que prepa­ren tu habitación según te plazca.

‘Es que… —volví a tragar saliva. Las palabras se me aho­gaban en la garganta. Los ojos se me pusieron acuosos. Pero dije sin pensarlo dos veces—. Lo siento señor, pero por mu­cho que me guste todo lo que me propone, creo que prime­ro hay que aclarar otro asunto.

‘¡Ah! ¿Sí? ¿A qué te refieres? —me preguntó con un tono que me puso más nerviosa. Pero estaba dispuesta a ignorar sus ironías. ‘Sabe muy bien de lo que se trata. Aunque veo que disfru­ta haciendo las cosas más difíciles.

‘¿Eso te parece? -—su gesto me crispaba. No dejaba de mirarme, cosa que me hacía sentir más incómoda, y sin más rodeos pregunté

‘Bueno, ¿cuándo piensa casarse con mi madre?

‘¿Por qué tanto empeño por la firma de unos simples papeles? ¿No será que estás buscando otra cosa?

‘¿Cómo dice? —no me salía la voz, tan llena estaba de rabia e indignación por el juego sarcástico con que estaba tratando el asunto—. Lo único que pretendo es vivir con una familia honrada y digna, y no creo que podría sentirme así, mudándome aquí, si usted no es el marido de mi madre.

‘Me parece que tienes demasiados prejuicios. ¿A caso no sabes de casas donde los señores y los empleados viven en el mismo edificio?

‘Claro que los hay, pero el caso de mi madre y usted es distinto. O corta sus relaciones con ella, o hágala su autén­tica esposa.

‘¡Vaya con la niña! ¿Sabes que tienes mucho carácter?

‘Espero que sirva para conseguir los derechos de los míos.

‘O sea, que te parece tener derecho a pedirme que me case con tu madre ¿no es así?

‘Así lo creo. Mire señor. Pienso que al matrimonio se pue­de ir por muchos motivos, y tal como están aquí las cosas, creo que lo más digno, no sólo para mi madre sino para que todos nosotros podamos ir con la cabeza muy alta, es que esta situación se legalice o se acabe. No me gusta estar en boca de la gente chismosa. No quiero ser la hija de su amante. ‘¡Vaya, vaya! ¡Muy interesante!

» Hubo unos segundos de silencio. Yo bajé los ojos para no encontrarme con los suyos que seguían escrutadores.

‘Está bien, jovencita. Quiero que sepas que cuando tu madre me ha comunicado la conversación que habéis teni­do, yo decidí casarme con ella, pero quería oírte, por eso no te dijo nada.

‘¡Entonces se casan! —exclamé casi saltando de la silla.

‘Pues sí. Al fin y al cabo, no tengo a nadie y vosotros po­déis ser mi familia. ¿Verdad que es esta tu idea?

‘Yo, señor… Me siento muy avergonzada. ¿Me permite que le dé un abrazo?

‘¡Cómo no!

» Nos pusimos de pie. Yo me acerqué y tuve que ponerme de puntillas para llegar a su mejilla y le besé. Pero cuando me aparté, él me cogió de la muñeca y atrayéndome hacia sí me dijo:

‘Ahora me toca a mí celebrarlo —y al tiempo que me ro­deaba por la cintura, me acercó sus labios a los míos.

» ¡Me cogió tan de sorpresa! Al principio me resistí, pero he de reconocer que poco a poco me sentí bien entre sus brazos. Fueron unos segundos. De pronto reaccioné y de un empujón lo devolví al sillón y eché a correr.

» Durante todo el trayecto hacia mi casa me retumbaba en los oídos su risa burlona. Entré bruscamente en la habita­ción que compartía con mis tres hermanos y me eché boca abajo sobre mi cama, poniéndome a llorar con una rabia im­ponente. Sentía vergüenza e impotencia. Aquel primer beso de mujer me ponía amarga las entrañas. Alguien entró en el cuarto, se sentó a mi lado y me dijo acariciándome el pelo: ‘¿Qué te pasa Elsa? Yo también tengo pena de tener un nuevo papá. Mamá dice que viviremos allí mejor. ¿Tú que crees?

» Era mi hermana Rosa. Me sorprendió. Tragué las lágri­mas y me incorporé sentándome al lado de ella.

‘No me hagas caso, soy una tonta. ¡Por supuesto que vi­viremos mejor que aquí! Ya se me ha pasado —dije lim­piándome los ojos con la manga—. Anda, vamos a ayudar a madre a poner la mesa para la cena.

» Pero aquello no era tan fácil de digerir.

» Esa fue la primera de muchas noches en la que me des­pertaba sobresaltada por la misma pesadilla. Un hombre, embozado en una capa, me aguardaba en la oscuridad de una calle desierta, esperando que pasara para echárseme encima ¡y yo no me defendía! Las carcajadas de aquel des­conocido me hacían despertar sobresaltada y temerosa. ¡Su mirada acechadora, parecía que me perseguía siempre!

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

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