MANGER

Se te nota el nerviosismo, se taponan tus palabras cuando intentas expresarle ese sentimiento que te agobia al hallarte preso entre sus rejas.

Han pasado los años e inexplicablemente la indecisión se ha hecho ahora dueña de tu voluntad; ya no puedes ver sino las negras cortinas que te impiden imaginar los horizontes que enmarcaban ese ardoroso idilio con el que tantas veces sueñas a su lado. ¿Ahora tienes miedo a su rechazo, amigo mío, o es que quizás te sientes inferior a su nivel?

Nunca lo sabrás si no lo intentas de nuevo.

Hazte fuerte, revive, domina esos miedos infantiles, acércate y cántale al oído uno de esos versos que guerrean con fiereza por zafarse de tu boca y que otrora te sirvieron para gozar de inmediato con sus besos…

Pero hazlo antes de que el sueño la domine y vuelva a darte la espalda en ese lecho que os cobija cada noche hasta un nuevo amanecer…”

“─No me ha dicho nada, salvo los gritos de su inquietante silencio, ese pesado silencio que siempre lo rodea a la hora del descanso.

 Su lejana presencia hace que las noches se hagan eternas; ni el sueño consigue aplacar la enorme tristeza que me embarga.

 Sería doloroso sentir la vergüenza de que todo se haya acabado, de que no he sido suficiente para él. Me siento culpable, pero… ¿por qué? ¡Mi amor no ha cambiado! Pero… ¿y el de él?

 El tiempo ha obrado en su persona de una forma que nunca esperaba.

Se siente molesto a mi lado, lo sé. No puedo imaginar qué ha pasado para que huya de mí; quizás los encantos de otra mujer colmen sus halagos. 

¡Pero no…! Sentirme así es como caer enclaustrada en la mazmorra de la pena, del resentimiento… ¡Y no quiero…! ¡No quiero caer en sus brazos!

 Los años no pasan en balde y sé que mi piel perdió la tersura que tanto gustaba medir con sus manos, según me decía, hace ya muchos años. 

Otra noche más que me ignora, que estoy en nuestro lecho como si no fuera el de ambos, esperando esas dulces palabras que antaño me hicieron soñar cabalgando a su lado en ese corcel de un amor entusiasmado…

Un nuevo sol acaricia otra vez las fachadas y cae en la cuenta de una cristalera de una planta cualquiera en un edificio de la gran ciudad.

Como siempre que puede, el astro se atreve a cotillear una vez más y cuela sin recato sus rayos por entre las rendijas y visillos de ese ventanal, iluminando con templadas caricias la curtida piel de dos seres que, al descanso de otra noche plagada de miedos absurdos, duermen juntos, frente a frente…

Y así les descubre, bien juntas sus caras, nariz con nariz, abrazados ambos como jovenzuelos.

Sin embargo, una vez despiertos al mundo real, seguirán creando en su fuero interno desdichas sin causa…

Y se sentirán culpables.

Y más tarde, otra vez buscando sus sueños, acurrucarán entre ambos el recuerdo de ese amor que inexplicablemente gustan sentirlo lejano, perdido, queriendo ignorarlo todavía vivo…

Sin saber por qué.

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