XAVI ALTA

Ya ha pasado medio año de nuestra segunda primera vez y hemos escrito un nuevo episodio.

La relación poco a poco fue volviendo a su cauce. Opté por tratar de olvidar, pues me pareció el mejor antídoto. Tuve dudas, muchas dudas. La prueba de fuego se produjo la primera vez que salió de cena con su grupo de amigas, algo que solía ocurrir al menos una vez al mes pero que no había hecho hasta que percibió que yo estaba preparado. Superé el trago con cierta comodidad, ayudado por el hecho que llegara a casa más pronto de lo que solía, pues había declinado la invitación a tomar una copa y bailar un poco después de cenar.

La espina clavada en lo más profundo de mi ser seguía allí, percutiendo, pero de un modo inesperado. Yo había decidido pasar página, estaba convencido de que Cos no volvería a engañarme nunca, como cuando ha habido un accidente y sabes que aquella compañía o medio de transporte se convertirá en el más seguro del mundo, pues difícilmente van a volver a cometer el mismo error. Así me sentía en referencia a mi mujer.

La diferencia estribaba en cómo me sentía en referencia a mí.

Paulatinamente empecé a fijarme en otras mujeres. Pocas tenían un atractivo parecido al de la mía, muchas no le llegaban ni a la suela de los zapatos. Pero las miraba, con cierto deseo. Pero cuando analizaba fríamente por qué las anhelaba me daba cuenta que solamente buscaba devolverle la moneda a mi infiel esposa.

No eran más guapas, no eran más atractivas, dudaba que fueran mejores en la cama y, sobre todo, no esperaba que me dieran más placer ni que me hicieran sentir mejor. Pero las ansiaba.

Acabé decidiéndome. Afirmativa y concretamente. Iba a hacerlo y había decidido con quién.

-Quiero acostarme con Chiara. –Estábamos sentados en la cama, como otras noches antes de ir a dormir. Ella tenía la regla pero como la noche anterior, y otras muchas noches en que estaba con el período, había comenzado acariciándome por encima del bóxer para colar la mano a continuación y sacarme la polla dura para tragársela y dejarla seca. Se la acababa de meter en la boca cuando lo dije. Se detuvo de golpe. Levantó la cabeza mirándome fijamente y preguntó ¿Qué has dicho? –Me has oído perfectamente.

El cabreo fue monumental. Ni paja, ni mamada ni limpieza de bajos. Chiara Lombardo era su mejor amiga, íntimas desde que estudiaron juntas la primaria y secundaria en el Liceo Italiano de Barcelona. La única persona de nuestro entorno que conocía la historia de Cristian. La que le había dicho que estaba loca y le había pegado una bronca monumental por poner en riesgo una relación maravillosa. Una mujer atractiva e inteligente con la que yo también me llevaba bastante bien. No eran hermanas, pero se llamaban sorella entre ellas.

-Me lo debes.

-No puedes hacerme esto. –Pero mi mirada, inquisitiva, la detuvo. –Por favor, te lo ruego, no me pidas algo así.

-Además me ayudarás a hacerlo. –Un tenue por favor salió de su garganta, pero ni lo oí ni quise escucharlo. No me iba a echar atrás y ella lo sabía.

Mi plan era muy sencillo y, tal vez por ello, daba por hecho que se podría llevar a cabo con éxito. Cos operaría de alcahueta y le pediría a su mejor amiga que se acostara conmigo pues era un pago que me debía. La duda, mi duda, era si debía presentarme como el inductor o solamente como el actor. En el primer caso yo aparecería ante los ojos de Chiara como un cerdo vengativo, en cambio en el segundo, una mujer desesperada por recuperar a su esposo necesitaba equilibrar la balanza, para lo que le pedía ayuda a su hermana del alma.

Definitivamente la segunda opción era mejor, pues yo aparecería como víctima aunque realmente fuera el actor principal.

A diferencia de Cos en que solamente su padre era italiano, Chiara Lombardo era hija de un matrimonio de empresarios textiles turineses que se habían afincado en Barcelona siendo ella pequeña. Había heredado de sus padres el gusto por la moda, razón por la que solía ser la mujer más elegante de cualquier fiesta o reunión en que apareciera. Su figura, alta y esbelta, pero claramente mediterránea en cuanto a las formas, la colmaba de miradas lascivas entre los hombres, envidiosas entre las mujeres.

Solamente Cos tenía el porte, la belleza y el atractivo suficiente para rivalizar con ella. Juntas eran dos caras de la misma moneda. De media melena rubia y ojos marrones mi mujer, de largo pelo negro y ojos azules su hermana.

Cos intentó convencerme por todos los medios para que desistiera. Dando por sentado que necesitaba devolverle la jugada acostándome con otra mujer y que no lograría convencerme de lo contrario, me propuso alternativas con tal de que no fuera Chiara la interfecta. Llegó a proponerme, incluso, un trío con otra mujer, una desconocida, en la que ella haría todo lo que yo quisiera y se comportaría como la mayor de las putas, palabras literales.

Me negué en redondo. Así que a las tres semanas de haber soltado la bomba, no solamente había desistido en sus intentos para hacerme cambiar de opinión, si no que ya se había puesto manos a la obra. Con un solo aviso por su parte:

-Sé que no estoy en disposición de exigir mucho, pero como esto afecte mínimamente la relación con mi sorella no sé si podré perdonártelo.

El día de autos habíamos quedado con un grupo de amigos para cenar y tomar una copa, Chiara entre ellos claro. En aquella época, la amiga de mi mujer no tenía pareja, algo habitual pues viajaba mucho debido a que era la responsable internacional de una firma de complementos y no era una chica a la que le gustara atarse demasiado en relaciones largas. Alguna vez nos había presentado a algún novio, pero a las pocas semanas Cos solía avisarme de que ya le había dado puerta.

La cena transcurrió como era de esperar, entre charlas, risas, bromas más o menos divertidas y muy buen ambiente. Éramos once personas si no recuerdo mal que nos habíamos visto otras veces así que el nivel de confianza era alto y podías soltar las tonterías que te apeteciera pues jugabas en casa.

Cos bebió bastante. Porque formaba parte del plan, pero creo que también de mutu propio, supongo que tratando de mitigar el mal trago. Chiara, sentada a su lado, le seguía las bromas pero yo la notaba especialmente tensa.

Tomamos la copa en un local cercano al restaurante, en el que además se podía bailar, ocasión que aprovechamos en mayor o menor medida los miembros del grupo. Como era de esperar, nuestra amiga y Rosa, que también había venido desaparejada, sufrieron las acometidas de varios varones en edad de merecer, pero rechazaron todas las aproximaciones con elegancia. Marcos también había venido solo pero no tuvo que defenderse de nadie.

Sobre las 2 empezamos a desfilar, pues tres de las cuatro parejas convocadas teníamos hijos a los que deberíamos atender al día siguiente, aunque esta noche los hubiéramos aparcado con abuelos o canguros. Noté en seguida que Cos iba más perjudicada de lo que esperaba. También podría estar actuando, pero os aseguro que no es tan buena actriz. Así que Chiara se ofreció para ayudarme a llevarla a casa.

En aquel momento no sabía si el plan era ese, creo que sí, o si lo habían implementado sobre la marcha, pero por más amiga que fuera de mi mujer, yo no necesitaba ayuda para meterla en el coche o en la cama.

Las dos amigas subieron al asiento de atrás, para que Cos apoyara la cabeza sobre el hombro de Chiara. Cuchichearon algo que no oí, aunque mi amada esposa balbuceaba más que hablaba.

Le pregunté a Chiara si la dejaba en su casa a lo que me respondió que no, que nos acompañaba para ayudarme y que si no me importaba se quedaba a dormir en la nuestra. No dije nada a pesar de ser un argumento pobre de narices. Preferí centrarme en lo que se avecinaba y la verdad es que me empalmé como un burro.

Vivimos en una casa adosada de tres plantas, así que entramos por el parking y subimos hasta la segunda planta, prácticamente arrastrando a Cos que caminaba medio dormida. Entramos en el dormitorio, la tumbamos en la cama y entre los dos le quitamos zapatos y el ceñido vestido morado con el que estaba tan atractiva.

La dejamos arropada durmiendo la mona mientras yo le ofrecía la habitación de invitados, en la que había dormido alguna vez cuando aún no se había comprado el piso en que vivía desde hacía tres años en nuestro mismo barrio.

Yo seguí con el paripé, como si no esperara nada, dándole un pijama de Cos y deseándole buenas noches en la puerta de la habitación, mientras me dirigía al baño a asearme antes de meterme en la cama junto a mi bella durmiente. En vez de utilizar el baño de nuestra habitación como solía hacer cada noche, utilicé el de la planta, a medio pasillo, con la aparente intención de no molestar a mi mujer.

La idea era otra, claro, toparme casualmente con mi invitada al salir. Cosa que obviamente ocurrió, con dos especificidades. La primera, que Chiara ya se había puesto el pijama, que no era tal sino un camisón beige marfil que le sentaba como un guante. Mi empalme seguía sin bajar ni un milímetro. La segunda, que además de repetirnos el buenas noches, descansa, me preguntó si me apetecía tomar una copa pues se había desvelado un poco.

Supongo que no hace falta que diga que acepté.

-¿Te preparo una grappa? –Asintió, con un bajo en seguida.

La grappa es un licor típicamente italiano de altísima graduación, ríete de los tequilas y mezcales, que las dos amigas adoran aunque a mí nunca me ha seducido. Es como meterse un lanzallamas en la garganta.

Cuando bajó al salón su bebida estaba lista y yo estaba acabando de servirme un bourbon, mucho más agradable al paladar y menos agresivo para la faringe.

Le tendí su bebida y le di un buen trago a la mía mientras repasaba las formas de mi invitada sutilmente. Ella se dio cuenta, siempre se dan cuenta, pero no dijo nada. Inicié una conversación banal sobre la cena aliñada con cuatro anécdotas divertidas de la noche buscando destensar la situación, pues creo que nunca había visto a Chiara tan agarrotada.

Sorbí el último trago y jugué unos segundos con los hielos, empapándolos del resto de licor que pudiera quedar en el fondo, una costumbre que tengo desde que empecé a beber, hasta que volví a apurar el vaso y lo dejé en la bandeja del mueble bar.

-Yo por hoy ya he cumplido el cupo de alcohol. Me voy a la cama. Si quieres más grappa aquí la tienes –le dije señalando la botella transparente, pues ella también había apurado su brebaje.

Solamente pude dar un paso. Me detuvo parándose delante de mí, espera, dijo a escasos centímetros de mí poniendo ambas manos sobre mi torso. La miré haciéndome el sorprendido, ella me sostuvo la mirada fijamente, estiró los brazos para rodearme el cuello y su boca vino hacia la mía. Noté sus labios, pero me aparté suavemente.

-Chiara, ¿qué haces? -Por más que lo deseara, tenía que aparentar ser el marido fiel pues se suponía que yo era la víctima.

-Hace tiempo que lo deseo… -susurró –y a Cossi le debes una.

Sus labios contactaron de nuevo con los míos, su lengua buscó mi lengua. Me besó con ganas, impostadas o no, sentí avidez. No rechacé el morreo pero aún mantuve las manos muertas un rato, hasta que apartándose ligeramente me preguntó si no me gustaba. Antes de que pudiera responder, los tirantes del camisón habían descendido por sus brazos y un cuerpo espectacular se me mostraba orgulloso solamente cubierto por un tanga blanco semitransparente.

Sus manos tomaron mis manos para llevarlas a sus caderas, rotundamente delineadas y volviendo a tomarme del cuello para seguir besándome me anunció: esta noche soy tuya.

Cejé en mi actuación. ¿Para qué seguir desempeñando el papel de maridísimo? La besé con ganas mientras mis manos tomaban el control de su cuerpo. Lo recorrí varias veces mientras ella mantenía sus labios pegados a los míos y las manos en mi cuello. Abandoné sus labios para degustar su cuello, lo que provocó que suspirara ligeramente. Aunque me entretuve, acabé en sus pechos, duros, redondos, de pezón marrón, de una talla superior a los de Cos. Cambié al derecho. Me puse morado, pero bajé una mano para colarla entre sus piernas. No estaba demasiado húmeda, lo que me demostraba que era mejor actriz de lo que aparentaba. La masturbé con suavidad lo que provocó que aumentara el volumen de sus suspiros.

Se dejaba hacer pero aparte de haber iniciado el juego, ya no mostraba iniciativa alguna. Decidí cambiar dedos por lengua, así que la tumbé en el sofá y le quité el tanga. No iba completamente depilada como Cos, un hilo negro recorría su pubis como si de la continuación de su vagina se tratara. Le abrí los labios con los dedos y me sumergí en su feminidad. Los suspiros no aumentaron, pero pronto cambiaron de cadencia y ritmo. Ahora sí brotaba flujo.

En cuanto aceleró el ritmo de sus caderas decidí detenerme. Estaba surgiendo un diablo en lo más profundo de mi ser del que desconocía su existencia. Por primera vez en mi vida sentí que no me importaba lo más mínimo el disfrute de mi amante. Aunque se suponía que ella me estaba seduciendo, realmente era yo el que manejaba los hilos.

Me miró sorprendida cuando me puse de pié para desnudarme. Ella no dijo nada ni se movió, tumbada cual larga era con las piernas impúdicamente abiertas, esperándome. Me acerqué desnudo pero aunque ella esperaba recibirme entre las piernas pasé de largo y me arrodillé sobre el sofá a la altura de su pecho. Por su cara entendí que esperaba ventilarse el trago con un polvo rápido y que mi movimiento le acababa de revelar que ni sería tan corto ni tan apresurado.

Le sobé las tetas con saña mientras mantenía mi polla dura cerca de su cara. No tuve que pedírselo. Bastó con que mi mano derecha volviera a perderse entre sus piernas, que el goce reanudara sus movimientos pélvicos y que me detuviera de nuevo impidiéndole llegar al orgasmo, para que su mano me agarrara de la nalga primero para a continuación levantara la cabeza y la engullera. Tenía claro que no iba a desaprovechar la ocasión de ver como mi hombría desaparecía entre sus labios.

Cuanto más la torturaba deteniendo mis dedos, reanudando, ralentizando, acelerando, con más ganas chupaba. No tenía las habilidades de Cos ni por asomo, pero el morbo me podía. Tener a Chiara Lombardo tragándose mi polla o lamiendo mis huevos es algo por lo que pagarían una fortuna todos los hombres que alguna vez la habían visto y allí la tenía yo en una imagen que no se me borrará en la vida.

Decidí pasar pantalla. Ahora sí me acomodé entre sus piernas. No tengo condones pues no uso con Cos, no pregunté y ella tampoco dijo nada. Su única preocupación en aquel momento era correrse. La penetré con cuidado, como si fuera virgen, pero sus caderas se movieron agresivas para alojarme violentamente, mientras sus manos se aferraban a mis posaderas para dirigir la profundidad de la penetración. Pero me mantuve en mis trece. Te correrás cuando yo quiera.

Le babeé las tetas, le mordí el cuello, le sorbí los morros. Me sentía cerdo y así me comportaba, mientras mis embestidas alternaban dureza con sensibilidad. Sus jadeos, ya no suspiraba, me alertaron que volvía a acercarse al orgasmo. Volví a detenerme y salí. Un lastimero suspiro surgió de su garganta. Le di la vuelta, clavando sus rodillas al filo del sofá. Se la clavé desde detrás agarrándome a sus perfectas caderas mientras percutía con ganas. La agarré del cabello, obligándola a ponerse realmente a cuatro patas. Volvieron sus gemidos, que intentaba silenciar para que su hermana del alma no los oyera. Tiré de su pelo obligándola acercárseme más, quedando en vertical. Le agarré la teta izquierda con fuerza y le pellizqué el pezón. Emitió un leve grito, pero no me apartó. Relajé la presión en su cabellera y volvió a quedar a cuatro patas.

El diablo volvió a pensar por mí. Otra mala idea apareció en mi mente. Primero evitando por enésima vez que se corriera, lo que provocó que gimiera quejumbrosamente, para a continuación reanudar la penetración con suavidad mientras el dedo gordo de mi mano izquierda buscaba el orifico anal. Lo encontré y lubricado con los flujos de su propia vagina, intenté insertarlo. Un no desvalido salió de su garganta, pero no aparté el dedo. Volví a obligarla a levantarse tirando de su melena y, sin quitar el dedo del anillo anal pero sin lograr traspasarlo, le pregunté al oído:

-¿No te gusta por el culo?

-No.

-Yo creo que no te la han metido nunca por ahí.

-No.

-¿Quieres correrte?

-Sí.

-¿Seguro?

-Sí, lo necesito. No puedo más.

-Pues tendrá que ser por el culo.

No la dejé responder. La solté de golpe provocando que cayera boca-abajo sobre el sofá, tiré de sus caderas hacia atrás para que sus rodillas bajaran del catre y su culo quedara expuesto.

Si había algo que diferenciaba claramente a las dos amigas era el sexo. Sabía por Cos que su amiga no era lo activa, indecente y mucho menos obscena que era ella. Sus relaciones eran mucho más clásicas, aburridas en palabras de mi esposa. Supongo que simplemente no le gustaba tanto el sexo.

Cos me retrató en su día la cara escandalizada que puso Chiara cuando le explicó que habíamos probado el sexo anal. No era el plato principal de los ágapes ni lo practicábamos a diario, pero cuando el mierda de Cristian me dijo que le había roto el culo a mi esposa no se imaginaba que era un conducto que llevaba años abierto.

Así que poseído por el diablo que se había adueñado de mis actos no hice el menor caso a los lamentos del monumento que me ofrecía sus orificios cual ofrenda maya. Primero reanudé la masturbación vaginal, para mantenerla en su punto, para a continuación penetrarla. Mis dedos volvieron a su ano, se cambiaron por mi pene en su coño, y decidí abrirle ambos agujeros a la vez. Chiara estaba tan caliente que tardó poco en relajar el esfínter. Dos falanges se perdían en su vagina mientras mi dedo corazón superaba cómodamente su anillo anal.

Cuando noté que su orgasmo se acercaba, introduje un segundo dedo en el agujero posterior sacando los que habían percutido el anterior. Sus caderas se dejaban llevar al ritmo de mi movimiento. Cambié dedos por mi lengua, recorriendo sexo y culo, pero a los veinte segundos me incorporé. Volví a penetrarla vaginalmente provocando que sus gemidos se aceleraran, pero solamente buscaba lubricación. La saqué, apunté a la puerta trasera y la encajé. No fue automático, pero curiosamente me costó menos penetrar el culo de Chiara que el de Cos la primera vez que lo hice. Sus gemidos se detuvieron de golpe, daba bocanadas buscando aire, pero ni trató de cambiar de posición ni se quejó. Dejé caer mi peso sobre ella y entré. Lentamente pero sin pausa. Hasta el fondo. Comencé el vaivén, despacio para ir incrementándolo a medida que ambos cuerpos nos adaptábamos uno al otro. Volvió a gemir intercalándolos con suspiros y leves quejidos hasta que alargué la mano y logré colarla entre sus piernas hasta llegar a sus labios mayores, menores y sobre todo a su clítoris. Dejó de quejarse para suspirar, gemir y cuando un orgasmo brutal la recorrió de arriba abajo, gritar.

Su clímax propició el mío, anegando su recto y manchando sus nalgas. No salí. Quise degustar el momento pero no me lo permitió. En cuanto su respiración se acompasó, me exigió que se la sacara.

Estuvimos un rato juntos en el sofá pero lejos en la estancia. Ella tumbada boca abajo, yo sentado en el suelo apoyado en él. Se levantó despacio, tomó el tanga y el camisón del suelo y se perdió escaleras arriba hacia el baño. Yo no recogí mi ropa del suelo. Me levanté desnudo y me serví otro bourbon con hielo. Me lo clavé de un trago y luego enjuagué los cubitos en mi acostumbrado ritual. La oí salir del baño para entrar en la habitación de invitados, momento que aproveché para subir yo. Antes de que yo entrara en él, nos cruzamos en el pasillo pues se había vestido y se iba. No nos dijimos nada. Ni siquiera nos miramos a los ojos.

Cos estaba despierta cuando entré en la cama. Noté su cuerpo tenso y su respiración ligeramente acelerada. La besé desde atrás y la abracé. Esperaba que me rechazara pero no lo hizo. Al contrario, me agarró con fuerza. Sus únicas palabras fueron:

-Mañana quiero que tires ese sofá.

 

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