XAVI ALTA

No era la primera vez que lo hacía pero sí es cierto que había pasado mucho tiempo desde la última ocasión. Muchos meses, por no decir algún año. Pero allí estaba yo, a las 6 en punto aparcado frente al edificio que albergaba las imponentes oficinas de una de las empresas más importantes del país.

Le mandé un whatsapp: “¿Hoy saldrás puntual?”

Pasaron varios minutos sin recibir respuesta. Era lógico, pues desde que hacía dos años la habían ascendido a adjunta de la responsable del departamento pocos días podía cumplir su horario. Ésta, además, era una amargada que solamente contaba con el trabajo como consuelo por lo que tenía la mala costumbre de reunirse con su equipo a última hora, con lo que posponía la llegada a casa de las mujeres y hombres de su equipo que sí tenían vida familiar o de pareja.

“Qué va, estoy con Carmen. Tengo para rato”.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando levanté la vista de la pantalla del Smartphone y la vi aparecer acompañada de un chico que creo que se llamaba Cristian o algo así. Salían juntos del edificio charlando animadamente y se dirigían hacia la derecha, en dirección opuesta a la mía.

Le mandé otro mensaje: “¿A qué hora esperas salir?”

Se detuvo, sin duda al oír el aviso del teléfono, leyó el mensaje mientras le hacía un comentario al compañero y tecleó: “No creo que antes de las 7. Estoy reunida”.

Aluciné. Pero mi ángel bueno salió al rescate aconsejándome no dejarme llevar por falsas apariencias pues la reunión podía no ser en el despacho. Tal vez debía reunirse con algún proveedor y el acompañante no era el Cristian que yo pensaba. O sí lo era, pero ambos debían ir a la reunión. O… Me quedé sin Oes.

“¿Con Carmen?”.

“Sii”.

No sé si la segunda i se le coló o la puso adrede. Pero Carmen no llevaba traje oscuro con corbata rallada, ni se afeitaba cada mañana ni era medio atractiva. La jefa de mi mujer rondaba los 50 años, se teñía el pelo de rubio y, sin estar gorda, ya no presumía del cuerpo que seguramente tuvo.

Repasé la conversación, a ver si me había perdido algo y lo estaba malinterpretando, pero su primera respuesta había sido estoy con Carmen, así que la última había sido reiterativa.

Un sudor frío como pocas veces había sentido me recorrió la espalda. Dudé de todo. De mi vista, del teléfono. Pero la mujer que había visto salir era Cossima, con la que me casé por la iglesia hace 8 años y con la que tengo dos hijas mellizas.

Arranqué, salí del aparcamiento y me dirigí hacia donde habían ido caminando. Tal vez solamente necesitaban un café para continuar la reunión con Carmen, me dije. O habían salido a comprar algo. Pero Cos, que es como sólo la llamo yo, llevaba su bolso al completo y el compañero un bolso-maletín que me extrañaba que necesitara para salir cinco minutos del trabajo.

No iban a por un café. En la segunda travesía a la derecha, calle por la que pude subir, se montaban en un BMW serie 1 blanco. Reduje la marcha para darles tiempo a salir y seguí sus pasos.

Cruzaron la zona alta y tomaron la carretera que lleva a Vallvidrera, antiguo pueblo de veraneo, hoy barrio de la ciudad en lo alto de la cordillera que aísla Barcelona del Vallès, donde vivimos en una casa adosada. Así que la lleva a casa, pensé para mí. ¿Y por qué no me lo podía decir? No teníamos secretos entre nosotros, cada día charlábamos un buen rato sobre el trabajo o los amigos si habíamos salido con ellos, por lo que no comprendía por qué Cos no podía decirme que un compañero la llevaría a casa.

Kilómetro y medio más adelante obtuve la respuesta. Nos separaban dos coches, una camioneta pequeña de reparto y un Ford Focus, que tuvieron que reducir la marcha cuando el BMW blanco indicó que giraba a la derecha para entrar en lo que parecía una propiedad privada. Tuve que pasar de largo para que no me descubrieran, así que busqué un lugar donde dar la vuelta. Dificilísimo en esta carretera, así que tuve que llegar hasta el cruce con el Tibidabo, casi tres kilómetros más arriba, y volver a bajar. También fue una temeridad entrar en el camino de tierra desde el carril contrario, pero la sangre no llegó al río.

Seguí la pista varios cientos de metros, pasé una casa semiderruida y a la izquierda vi el coche que había entrado en un pequeño claro del bosque muy bien resguardado por los árboles. Si no lo estuviera buscando, seguramente no lo hubiera visto. Avancé unos metros minorando aún más la velocidad y aproveché una curva del camino con un pequeño saliente de tierra para detener el Passat. Desde donde estaba no podía verlos, así que ellos tampoco me podían ver a mí. Si estaban en el coche, claro. Si se habían bajado, podíamos cruzarnos en cualquier punto y ninguno sabría qué explicarle al otro.

Caminé los escasos cien metros que me separaban del BMW y me acerqué con sigilo, sobre todo cuando confirmé que estaban en él. Sobra decir que en ese momento tenía el corazón en un puño, un nudo en el estómago, la respiración acelerada y aquel frío dorsal que no me había abandonado desde hacía demasiados minutos.

La mejor manera de ver sin ser visto era acercándome por el lado del copiloto, pues había más matorrales que al otro lado. Cuando estuve a menos de diez metros, se me heló la sangre. Cristian estaba sentado en su asiento, mientras una cabeza de corta cabellera rubia se movía arriba y abajo entre su cintura y el volante. ¡Dios! Sé que nunca olvidaré esa estampa. El cuerpo rígido del tío, sus ojos cerrados, su boca medio abierta, su brazo izquierdo apoyado contra el cristal mientras la mano derecha bajaba a sostener la cabeza de la felatriz.

Estuve un rato que no os puedo cuantificar paralizado. Viendo sin ver. Embelesado, estado del que salí cuando Cos levantó la cabeza. Reaccioné automáticamente, agachándome, pero no quise ver más. Ya había tenido suficiente.

No recuerdo mi trayecto al coche. Solamente sé que me senté en él temblando. Tampoco sé por cuánto tiempo. Aún estaba allí bloqueado cuando me llegó el whatsapp de mi mujer avisándome que ya había llegado a casa.

Yo también tenía que volver, pero ¿qué le decía, cómo actuaba, cuál debía ser mi reacción? En definitiva, ¿qué hacía? Qué debía hacer con mi pareja, con mi familia, con nuestro futuro.

Conducir me serenó. La verdad es que suele relajarme y, para alguien como yo, que me dedico a la venta y tengo visitas cada día a cierta distancia de casa, el coche me supone un buen lugar de reflexión. Normalmente del trabajo, pues planeo estrategias o busco argumentos para atacar a mis clientes. Pero en este caso era muy distinto.

Llegué a casa cuando las niñas ya estaban cenando en la mesa de la cocina, Cos a su lado escuchando lo que habían hecho en el cole. Me miró y con la sonrisa de siempre les dijo mirad quién ha llegado a lo que las mellizas se giraron contentas gritando papiiii. La misma familia feliz de cada tarde noche.

Subí a darme una ducha, pues necesitaba desintoxicarme, pero fui incapaz de diseñar un plan de acción. Estar bajo el agua, lejos de relajarme, incrementaba la sensación de rabia que hervía en mi estómago. Salí de la bañera con ganas de liarla, de decirle a mi amantísima esposa lo que había visto, que me había traicionado a mí y a las niñas y que ya podía ir haciendo las maletas. Sí, eso iba  a hacer.

Pero no lo hice. Bastó cruzármelas en el pasillo cuando salía del baño envuelto en una toalla, las pequeñas para lavarse los dientes y Cos tan guapa como siempre preguntándome qué tal el día y dándome un ligero beso, para que me lo replanteara. En su habitación, con el pijama ya puesto, les leí el cuento del día antes de ir a dormir mientras mi mujer bajaba a la cocina a servir nuestra cena y supe que no la liaría parda, que no quería entablar una guerra sin cuartel que acabaría por dañar, sobre todo a las más débiles.

La cena fue relativamente corta. Cos me contó su día en el trabajo, obviando un pequeño detalle, claro, y yo apenas probé bocado pues me encontraba mal, me excusé.

Realmente aquella tarde-noche de martes no fue distinta del día anterior ni de los martes de los últimos meses. Incluso, me acompañó a la cama para acostarnos pronto en vez de quedarse viendo la tele o navegando por internet como hacía otras veces. O había hecho yo. Para más Inri, estando ambos sentados en la cama leyendo, me abrazó suavemente por el abdomen interesándose por mi estado, y muy melosa ella, me preguntó si quería que lo arreglara de otro modo, bajando la mano y agarrándome el pene por encima del pantalón del pijama.

La miré sorprendido, no porque el gesto no fuera habitual, pues nuestra vida sexual era activa y variada, sino porque la supuse saciada. Pero ella lo entendió en otra dirección.

-Tendrás que conformarte con una mamada, que ya te dije ayer que me había venido la regla.

Aluciné. Era cierto que me lo había dicho el día anterior, entonces ¿qué había ido a hacer a la carretera de Vallvidrera? ¡Coño, a chupársela a su amante! Vaya pregunta más idiota. Por tanto, ¿qué era ahora yo para ella? ¿El segundo plato? ¡Ni de coña!

-Quita, quita –le dije cuando su mano ya había entrado en mi bóxer.

-Pues sí que tienes que estar mal para rechazar una de mis super-mamadas. –respondió coqueta jugando a hacerse la enfadada, me dio un pico y siguió leyendo.

Sobra decir que no pegué ojo en toda la noche. Ella sí, como un tronco, algo bastante habitual. No podía quietarme de la cabeza la escena. Constantemente me preguntaba por qué, desde cuando, cuantas veces, con cuantos tíos. Podía haber sido algo puntual, me decía a mí mismo para tranquilizarme.

Buscaba indicios, gestos, razones para que mi mujer tuviera un amante. Nuestra vida sexual siempre había sido muy buena. Desde que nos conocimos, hacía ya doce años, nos habíamos compenetrado muy bien, habíamos establecido un nivel de confianza tan profundo que a los pocos meses ya sabíamos que pasaríamos juntos el resto de nuestra vida. Una conexión que nunca sentí con ninguna de las cuatro novias anteriores a Cos y que ella siempre me había confesado en la misma dirección.

Ahora, en cambio, tumbado en la cama con los ojos abiertos como naranjas no dejaba de ver la cabeza de mi mujer moviéndose rítmicamente en el asiento delantero de un coche ajeno.

Los siguientes días fueron durísimos. En casa aparentaba normalidad, sobre todo de cara a las niñas pero Cos no tardó ni dos días en percibir que algo andaba mal. Me excusé con el trabajo, inventándome un ERE que podía afectarme, lo que provocó que me llenara de cursos, ofertas de la competencia, ideas de negocio que solamente lograban agobiarme más. Mantuvo, además, sus acercamientos a mí. Tan cariñosa como siempre, me abrazaba constantemente y las dos noches siguientes quiso relajarme de la mejor manera posible. Volví a rechazarla un día, no se me levantó al otro, cuando no pude evitar que se metiera mi polla en la boca y se dedicara a una de sus especialidades amatorias. Menos de cinco minutos después se la sacaba derrotada, preguntándome con la mirada qué coño pasaba mientras ella misma me disculpaba aludiendo a la tensión en el trabajo y a lo mal que lo debía estar pasando.

La semana siguiente no tuvimos ningún tipo de contacto físico. Más allá de la abstinencia sexual, apenas nos besamos o abrazamos, pues mi frialdad era manifiesta. Llegó a preguntarme si la culpaba de algo o si me había hecho algo. Pero lo negué. Me costó, no creáis que no, pero pesaba más en mi ánimo el bienestar de las niñas.

Cos es una mujer con mucho carácter, acostumbrada a controlar las situaciones y a solucionarlas cuando se tuercen. Siempre ha sido valiente y decidida, algo que yo también soy, por lo que no entendía por qué yo no tomaba las riendas del trance y, sobre todo, por qué no lo compartía con ella. Pero la respuesta a preguntas que no me hizo pero que sé perfectamente que bullían en su cabeza era tan simple como que yo no estaba dispuesto a desatar un conflicto o a prender una mecha si no podía controlar el alcance de los daños.

Aunque siempre he pensado que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta, decidí tomar el camino más largo, pues pensé que así tendría más tiempo para reflexionar y me daría mayor margen de maniobra ante los acontecimientos que se fueran produciendo.

Después de darle muchas vueltas, mi prioridad era mi matrimonio y mi familia. Conocer a Cos era lo mejor que me había pasado en la vida y la familia que habíamos formado me parecía simplemente perfecta. Por tanto, decidí que no quería perderla. Pero para ello, debía saber. El camino más corto era preguntarle directamente a mi mujer, evidentemente, pero el instinto me pedía ser maquiavélico. Me estaba engañando, así que también podía mentirme y mi prioridad era saber exactamente qué estaba pasando, por qué había pasado y cómo solucionarlo.

Durante el siguiente mes tracé el plan. Siempre he sido un buen estratega por lo que tardé pocos días en dibujarlo en mi cabeza. La puesta en marcha era lo complejo y, aunque intenté dejar pocos cabos sueltos, no lo tenía controlado al cien por cien.

Puesto en marcha, lo más difícil fue la convivencia en casa. Nuestra relación de pareja siempre había sido muy próxima, muy cariñosa, cómplice creo que es la palabra que mejor la definiría, lo que suscitaba una vida sexual muy activa. Os podéis imaginar que tener a mi mujer a dos velas durante un mes y pico, sí, a mí también, era difícil de llevar, lo que provocaba que ella estuviera súper irritable y saltara a la mínima. Puedo afirmar que ella no estuvo todo el mes desatendida, claro, pero esto no sólo es harina de otro costal sino que creo que aún la ponía de peor humor.

Los primeros días, mientras acababa de dar forma al plan, los dediqué a conocer mejor los hábitos del individuo. Eran bastante tópicos, la verdad, pero pronto encontré un escenario en el que podría ponerlo en práctica.

Al tener un trabajo en el que me muevo bastante y tengo absoluta autonomía para gestionar mi agenda, pasé varios días esperándolo al llegar a la oficina, viendo cómo salía a comer con algún compañero o compañera, Cos incluida, iba al gimnasio antes de volver a casa, a menudo salía de éste con alguna chica, con la que tomaba algo o se la llevaba a su casa. Este patrón era más o menos estable aunque desigual, pero cada día de los que estuve allí y no se fue acompañado de mi mujer, se tomó una pinta en un pub galés situado en la calle posterior a sus oficinas.

No os he dicho que otra de las razones que aumentaron la irritación de Cos conmigo fue que me dejé barba. De novios, la había llevado alguna vez, más por pereza para afeitarme que por estética, pero desde que nos habíamos casado no había vuelto a dejármela crecer. En dos semanas se me puso cara de leñador, según el veredicto de mi amantísima esposa, y sin llegar a pedirme en ninguna ocasión que me la afeitara, podía ver claramente en su mirada que no le gustaba nada y que aumentaba su desconcierto respecto a mi comportamiento. Además, como estaba pasando menos horas trabajando, tenía menos que contarle del laboro así que nuestras charlas eran aún más cortas.

Tardé dos días en lograr entablar conversación con Cristian en el bar. El primero había pecado de desconocimiento, pues cuando entraba se dirigía directamente a un lateral de la barra asignado a los camareros y en un inglés muy extraño, cuando hablé con él supe que usaba acento de Gales y que saludaba al dueño en galés, se dirigía a éste como auténticos camaradas. El segundo día, también entré antes que él y, aunque había poca gente, se postró muy cerca de mí pues yo me había colocado expresamente para que así fuera.

Utilicé la excusa del inglés extraño que utilizó para comenzar una charla supuestamente casual con él en la que me explicó que había estudiado la carrera en Cardiff y que desde entonces se consideraba un galés más, razón por la que solía pasarse por allí siempre que podía saliendo del trabajo para tomarse la pinta a la que se había aficionado en Gales. Mis dotes de comercial charlatán hicieron el resto y lo que otros días eran quince minutos de su tiempo se convirtieron en una hora larga en la que me estuvo explicando, ayudado por Ian, el dueño del garito, las bondades del país del dragón rojo.

Cuando el tema folclórico-patriótico se fue gastando, derivamos hacia el deportivo, pues Gales es una potencia en rugby, pero ahí Ian me estaba pisando el terreno así que en cuanto pude derivé la conversación a temas laborales. Era en ese punto donde había decidido ganarme el pan.

La empresa en la que trabajaban se dedicaba a dar servicios de consultoría a empresas, principalmente médicas y farmacéuticas. Pues bien, Cos siempre se había quejado de la imposibilidad de encontrar un partner externo que solucionara una incompatibilidad de datos en el sistema de CRM que utilizaba la compañía. Las veces que me lo había explicado me decía que el coste de reparación de la disfunción era casi tan alto como el programa en sí, por lo que no valía la pena hacerlo, pero a ellos en el día a día les dificultaba el trabajo bastante.

Así que le expliqué a Cristian que trabajaba en una empresa de software a medida para empresas y que últimamente lo que más nos pedían, teniendo en cuenta que la mayoría de empresas ya estaban informatizadas, era soluciones y parches para mejorar o adaptar sistemas de gestión. Picó el anzuelo más rápido de lo que esperaba, así que decidí estudiar el problema que me contaba. Intercambiamos teléfonos, entregándole una tarjeta mía hecha adrede para la ocasión en la que me presentaba como un desarrollador de software para grandes cuentas con mi nombre de pila pero un apellido distinto.

Le llamé al día siguiente, sólo para mantener vivo el interés pero sin haber podido mirar mucho su caso. Tardé dos días más en volver a contactar con él y esta vez sí le di esperanzas, pero tampoco fui especialmente efusivo. Decidí que la semana siguiente sería la Semana.

Su principal interés, según descubrí la siguiente vez que hablamos en el pub, era cargarse a su jefa. Era lunes y me había llamado él para que nos viéramos. Según me contó, era una arpía medio incompetente que puteaba al equipo tanto como podía, apropiándose de los éxitos de éste y desviando las responsabilidades de sus errores hacia cualquier miembro del grupo que pudiera acarrear con la culpa. Vamos, nada que no supiera por Cos y que no pasara en un sinfín de compañías. Pero su jugada era saltársela y proponer la mejora directamente al consejero delegado demostrando que la bruja se había quedado desfasada en los avances del mercado.

Conociendo lo que sabía de ella por mi mujer, me sorprendió que pudiera ser tan fácil descabalgar a la directora del departamento pero no se lo dije. Mi meta era otra, así que me importaba bien poco si Cristian ganaba o perdía la batalla. Más bien pensé que si la perdía ya podía desempolvar sus estudios de galés pues no volvería a trabajar en el sector en su vida.

Fue el jueves. La elección no fue casual. Era el día en que Cristian y Cos se habían ido juntos la semana anterior. Lo cité a las 5 en el pub para obligarlo a salir sólo de la oficina, pero no llegué hasta media hora más tarde, para obligarlo a empezar a beber. Nos sentamos en una mesa del fondo del local para estar tranquilos y le expliqué muy resumidamente lo que podía hacer por su empresa, enfatizando que lo haría a través de él pero como free lance, pues mi empresa me obligaría a trabajar directamente con la suya con lo que su jefa se apropiaría del mérito.

En menos de media hora, tenía al tío eufórico. Le había puesto sobre la mesa las herramientas suficientes para clavar la daga tan hondo como pretendía. Entonces sonó su móvil. No me lo dijo, pero supe que era Cos. Sin duda le preguntaba dónde estaba lo que me confirmó que esperaban repetir la excursión de semanas anteriores. Se disculpó por tener que atender la llamada, pero no se levantó. Respondió delante de mí.

-Lo siento pero aún no he acabado. –Al otro lado de la línea supongo que le preguntaron por el tiempo que le quedaba conmigo con lo que Cristian respondió que aún tenía para rato a lo que añadió: -¿Por qué no vienes? Esto también te interesa y creo que deberías venir.

Cuando colgó supe que mi plan se aceleraba, pero no podía imaginar lo bien que irían las cosas cuando me anunció que una compañera se nos uniría pues ella también participaba de las mismas intenciones.

Diez minutos después, me anunció que ya estaba aquí señalando a una rubia de media melena vestida con un traje ejecutivo de falda y chaqueta gris con blusa rosa pálido que se nos acercaba cruzando la sala. Me giré levemente, pero no me reconoció pues ni me esperaba ni las gafas de pasta negras que me compré a modo de disfraz y que había llevado puestas las tres veces que había quedado con su amante lo dificultaron. Pero al llegar a nuestra mesa y tenderme la mano para saludarme se quedó tan petrificada como yo me había quedado hacía exactamente seis semanas y dos días.

Antes de que ella pudiera emitir sonido alguno, pues ya tenía la boca abierta, me presenté con mi nombre verdadero y mi apellido falso. Cossima Belli fue lo único que se atrevió a decir, mientras Cristian le hacía sitio a su lado moviéndose a la izquierda en el mullido sofá de sky granate. Me taladró con la mirada, pero en vez de sentarse balbuceó una excusa que provocó que Cristian se levantara a detenerla, pero más allá de cruzar un par de frases por lo bajo que apenas oí no pudo evitar que se fuera.

-Lo siento, dice que le ha salido un imprevisto y no puede quedarse –se disculpó el pardillo. A lo que a continuación agregó, dándome pie a acelerar mi estrategia: -No pasa nada, hablar conmigo es como hablar con ella.

Aproveché para pedir dos pintas mientras iba al baño, pues necesitaba serenarme y medir bien mis siguientes pasos. Salía del excusado cuando me entró un whatsapp: “Qué coño estás haciendo?” Al sentarme en la mesa, respondí: “Dímelo tú”

La siguiente cerveza fue la tercera, cuarta para Cristian, y marcó el pistoletazo de salida. Habíamos seguido hablando del proyecto del que el muy idiota no se dio cuenta que sabía demasiado, más de lo que él me había explicado, aunque creo que lo atribuyó al considerarme un excelente profesional que se había informado muy bien. Lo que no sabía él es que soy un excelente profesional en el excitante mundo de la manipulación.

-¿Esta compañera… Corina… -Cossima, corrigió él -…quién es?

-Una buena compañera, de las mejores que hay. Súper eficiente y de absoluta confianza.

-Pero me refiero, ¿ella también está por la labor de… cambiar las cosas en el departamento?

-Sí. Y tanto. Ella es la subdirectora del departamento así que está por encima de mí pero es la primera a la que le caen las hostias cuando la vaca muge.

-Comprendo, pero si os la cargáis, será ella la que tome el mando, ¿no?

-Podría ser, pero lo tengo bien pensado y procuraré ser yo el que dé el salto.

-¿Cómo? ¿Te la vas a cepillar? –Utilicé el verbo adrede, jugando con el doble sentido. El brillo de sus ojos me confirmó que había dado en el blanco. Además de una media sonrisa triunfal que se dibujó en su rostro.

-Bueno, la verdad… -por primera vez empezó a medir sus palabras, así que como no arrancaba, le ayudé.

-¿Es tu novia? ¿O sois pareja o algo?

-Algo –soltó con aparente pudor. –Dejémoslo en algo.

Sin que él se diera cuenta, había desbloqueado el teléfono hacía unos minutos jugando con él en las manos como si de un acto nervioso se tratara, así que lo solté sobre la mesa centrándolo entre ambos y accioné el icono de grabación de voz.

-¡Te la estás tirando! –afirmé con una amplia sonrisa mientras mis ojos lo felicitaban y mis labios añadían un qué cabrón, con lo buena que está. -¿Qué pasa, es un secreto o es de aquellas que no quieren tener rollos en la oficina?

-Está casada –soltó eufórico. Mi respuesta fue un joder acompañado de un par de risas y otro qué cabrón mientras el tío se iba hinchando cada vez más.

Lo tenía dónde quería y me había sido mucho más fácil de lo esperado así que no me conformé con una simple confirmación de lo que ya sabía. Pegué un buen trago a mi cerveza hasta casi acabármela y pedí otras dos pintas mientras le animaba:

-Espera, espera. Esto me lo tienes que contar bien.

-No hay mucho que contar –le quitaba hierro al asunto aunque vi claramente que era falsa modestia. –Uno que sabe tratar a las mujeres –fanfarroneó.

-Eso no lo niego –seguí hinchándolo. -¿Qué pasa, que el marido no le da caña, o qué?

-No, no va por ahí el tema, –le pegó un buen trago a la cerveza que nos acababan de servir –aunque últimamente no sé qué mierda tiene en su trabajo que el tío no la toca. Y a una tía como Cossi no puedes tenerla necesitada.

-O sea que es una fiera.

-Ya te digo.

-Pues mira que tiene cara de mojigata –pinché.

-¡Qué va! Es un auténtico zorrón. Es de esas que siempre quieren más.

-¡Joder con la señora directora! –Subdirectora me corrigió. –No hay nada que me dé más morbo que me la chupe mi jefa. –Sonrió con auténtica suficiencia- ¡Qué hijo puta! Si es tan zorra como dices la tiene que chupar de vicio.

-Ya te digo. –Era una coletilla que utilizaba bastante, además de verbalizarlo en un acento un tanto vulgar.

-Te imagino llamándola a tu despacho y venga jefa, de rodillas.

-No, no, qué va. No tengo despacho propio ni ella tampoco, pero me has dado una idea. Mañana haré que me la chupe en la oficina –dijo soltando una carcajada. Ya no dije nada más. Se fue embalando y apenas tenía que hacer leves comentarios o reírle las gracias, cual viejo verde, para que mantuviera la velocidad de crucero. –Donde más me la ha chupado es en el coche. Ahora debería estar haciéndolo, para eso habíamos quedado. –Puse cara de disculpa. –Una pasada tío. Te juro que es una auténtica aspiradora. Es de aquellas tías a las que les gusta más una polla que un caramelo. Vaya manera de chupar, tío. Y se lo traga todo, tío, todo. No deja ni una gota. Es tan puta que te deja los huevos secos y la polla completamente limpia, reluciente. Eso cuando tenemos prisa. Cuando hemos ido a un hotel y hemos tenido tiempo, buf. Es insaciable. La puedes poner como quieras y darle como quieras. Encima, debajo, a cuatro patas. Una pasada tío. Y puedes decirle lo que quieras. Zorra, perra, puta. No te lo puedes imaginar.

Sí, era cierto. Estaba describiendo a la Cossima que yo conocía, a mi Cos. Una mujer muy activa en la cama, que le gustaba el sexo y se entregaba a él al máximo, realmente como solía hacer con cualquier actividad de su vida. Cos no contemplaba hacer ninguna labor sin dar el máximo de sus capacidades. Eso era algo que me enamoró de ella, aunque ahora me estaba apuñalando.

No quise continuar por allí. Sabía que si quería sacarle información tendría que soportar la etapa bravucón pero me interesaba más el cómo y desde cuándo.

-¿Llevas mucho Tirándotela?

-Unos tres meses, un par de veces por semana. Desde que la conocí me dije que a esa tía me la pasaba por la piedra como que me llamo Cristian. La verdad, me va bien con las tías y no suelen resistírseme mucho, pero con esta me costó. Aunque estaba convencido que caería, pues algo me decía que bajo esa fachada de esposa y madre ejemplar había una zorra de campeonato. Tonteé un poco con ella y me la acabé tirando en la cena de Navidad. En el coche de su maridito –especificó soltando una risa burlona. Recordaba que aquel día se había llevado mi coche pues habíamos dejado el suyo en el taller. –No fue el mejor polvo que hemos echado pero ya la puse a cuatro patas en el asiento trasero. Al principio quería que me conformara con una mamada, pero es tan guarra que cuanto más me la chupaba más caliente se ponía, así que me acabó pidiendo que me la follara. –Hizo una pausa, le pegó un buen trago a la cerveza con lo que se la acabó y pidió otra. Yo aún tenía la mía a la mitad pero Ian nos trajo dos más. Mientras nos servían aproveché para mirar mi móvil y vi que la grabación ya iba por el undécimo minuto. –Yo pensaba que la cosa no pasaría de aquí. Además, yo ya había conseguido lo que buscaba, pero después de meses de remordimientos y mierdas, hizo lo que hacen todas las casadas. Mucho lloriqueo, mucho arrepentimiento, pero siempre vuelven pidiendo más. Y ésta, es insaciable tío. Una mina tío. Siempre está dispuesta.  Es más, mira lo que te digo, si quisiera me la tiraría a diario, pero tengo otras zorras en la agenda y no me gusta atarme a una sola. –Otro trago largo. A mí ya no me cabía más. –Pero esta… esta es especial. Me la seguiré tirando mientras dure. En el coche, en mi piso, en un hotel. Y más ahora que el pringado del marido la tiene desatendida.

Iba a apagar el móvil, acabar con la farsa y largarme cuando lanzó la bomba.

– Tienes razón tío, me falta la oficina. Mañana lo hago. Me la estoy tirando dos días por semana y tocaba hoy, así que para compensar mañana haré que se quede a las 3 y me la cepillaré en su mesa. –Ya no lo escuchaba cuando añadió: -Mañana en la oficina no me conformaré con follármela. Le daré por el culo, ahora que se lo he roto.

-¿También se deja por…? –no acabé la frase. Su sonrisa de suficiencia ahora era de auténtico orgullo mientras asentía con la cabeza. Sin duda era el macho alfa de la manada.

-Ya te digo. –Seguía asintiendo en el tono más perdonavidas que he visto nunca. –Una pasada tío. ¿Y sabes lo mejor? Lo hice en su casa. –Abrí los ojos como platos. Eso sí que no me lo esperaba. –Como te digo, el marido no la toca desde hace más de un mes y va más caliente que un microondas. Pues le dije que me la quería tirar en su casa. ¿Crees que puso reparos? ¡Qué va! Ni cuando le dije que quería hacerlo en su habitación, en su cama. Al contrario, es la vez que ha estado más caliente. Tanto que le dije hoy voy a darte por el culo, por puta, así se lo dije. Me dijo que no un par de veces, no creas, pero estaba a cuatro patas y no se resistió. Una pasada tío. Le reventé el culo en su casa. Y delante de mí, la foto familiar con el pringado y sus dos hijas.

-¿La foto de cuerpo entero que está en la mesita de la izquierda o la de estudio que está en la de la derecha? –escupí quitándome las gafas.

El vaso no llegó a sus labios. Estaba recorriendo el camino cuando se detuvo de golpe. Me miró a los ojos fijamente un par de segundos. Parece que las dos neuronas de su cerebro acababan de realizar la conexión y se daban cuenta de la trampa en que había caído. Dejó la bebida sobre la mesa y levantándose con cierta dificultad por la cantidad de alcohol que había bebido logró balbucear un lo siento tío.

Cuando llegué a casa las niñas ya estaban acostadas. No estaba borracho, pero sí muy cargado y sabía que ahora vendría la batalla de verdad. Me esperaba en la cama, sentada, apoyada en el cabecero con las piernas dentro de las sábanas. Llevaba el pijama azul cielo con cenefas violetas. Estaba preciosa, como siempre, pero obviamente estaba muy tensa.

No dijo nada mientras me desvestí. Esperaba que yo atacara pero estaba muy cansado y no me veía con fuerzas. Le anuncié que me iba a dar una ducha y me acostaría. Entonces preguntó:

-¿Me vas a dejar?

-No.

Su cara se iluminó, incluso llegó a dibujarse una sonrisa en su rostro. Se incorporó ligeramente, y se acercó a los pies de la cama casi gateando, para quedar sentada a la japonesa, con el culo sobre los tobillos.

-Lo siento. Ha sido una tontería pero te juro que no ha sido nada. Sólo sexo.

No la dejé continuar. Accioné la reproducción del audio y le tendí el móvil. Me di la vuelta para entrar en el baño y me sumergí en la ducha, al menos durante los 18 minutos que duraba la grabación.

Cuando volví a la habitación Cos tenía la mirada perdida, con los ojos muy abiertos y acuosos, pero no lloraba. La verdad es que nunca la había visto llorar. Al final, el llanto no deja de ser un recurso más de los que utiliza el sistema nervioso para liberar tensión. Ella reía mucho y a menudo, sonoramente pero sin ser vulgar; gritaba si la sacabas de sus casillas, pero solía ser paciente; insultaba y maldecía cuando alguien o algo le disgustaba, en eso sí era una deportista experimentada; pero su principal desestresante era el sexo, de orgasmos largos e intensos. Esta era la primera vez que veía lágrimas en sus ojos, aunque no vi bajar ninguna por sus mejillas.

No sabía si había escuchado todo el audio. Tal vez lo había apagado en los primeros minutos pero conociéndola me hubiera sorprendido. Pero preferí no preguntar nada. Sentía un cansancio infinito, como si hubiera escalado una montaña, y solamente pensaba en acostarme y dormir. Me puse el pijama, entré en la cama, apagué la luz, quedando encendida únicamente la de su mesita, y cerré los ojos.

Cuando desperté mi mujer estaba vistiendo a las niñas. Miré la hora. 8.24. Normalmente ella salía de casa antes de las 8 y era yo el encargado de dejarlas en la puerta del cole a las 9 menos cuarto. Me incorporé medio aturdido, después de haber dormido como un bebé diez horas seguidas. Era obvio que mi cuerpo lo necesitaba después de un mes y medio sin pegar ojo. Lo curioso es que mi mente también, pues había desconectado completamente y ahora me levantaba liviano, sin la presión en hombros y espalda que me había estado machacando las últimas semanas.

Las niñas entraron en la habitación, deseándome los buenos días entre abrazos de felicidad pues no me habían visto la noche anterior y simpáticas recriminaciones por haberme dormido y no poder llevarlas al cole.

-Hoy os llevo yo que papa está cansado del viaje de ayer. –Las echó de la habitación y girándose me pidió: -Hoy no iré a trabajar y me gustaría que tú fueras un poco más tarde. Quiero que hablemos. ¿Puedes hacerlo?

Le aguanté la mirada unos segundos. Estaba recién duchada y se había puesto un poco más de maquillaje del habitual, supongo que para disimular las marcas de una noche que debía haber sido muy dura para ella. Asentí ligeramente. No tenía nada ineludible a primera hora, aunque llamaría a la oficina para confirmarlo, pues últimamente Bego, la administrativa que daba soporte a mi departamento, ya había tenido que avisarme un par de veces pues se me había pasado alguna cita.

Ya estaba en casa antes de las 9. Yo salía del baño envuelto en una toalla pues me había vuelto a duchar. Sentía una morriña descomunal, una bajada de tensión exagerada como si mi mente y mi cuerpo hubieran entrado en algún tipo de letargo.

Se sentó a los pies de la cama, sin duda para poder charlar mientras me vestía. Pero no lo hice. Sin desprenderme de la prenda de algodón que debía secarme, me senté a su lado y la miré a los ojos, invitándola a arrancar.

-Llevo toda la noche dándole vueltas a… esto y no sé por dónde empezar, la verdad. –Mostró una leve sonrisa, forzada, sin duda. –Lo mejor sería hacerlo por el principio, pero prefiero empezar por el final. O sea, por el futuro. Eres el hombre más importante de mi vida. Eres el hombre de mi vida. Y no quiero perderte. Te quiero. Te quiero más de lo que se puede querer a nadie, de lo que nunca he querido a nadie y si hay una conclusión a la que he llegado esta noche, algo que por otro lado hace doce años que sé y que tengo clarísimo, es que no quiero perderte, quiero envejecer a tu lado, quiero morir a tu lado y ser enterrada o incinerada a tu lado. –Hizo la primera pausa, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos tratando de calibrar mi reacción. Pero no mostré ninguna. –Fue un desliz. Te juro que nunca lo había hecho, nunca te había engañado con nadie y nunca había querido hacerlo. Egoístamente, no lo necesitaba. Pero es cierto que el otoño pasado me dejé llevar por la adulación de Cristian, le permití cruzar líneas que no le he dejado cruzar nunca a nadie y él, que es un conquistador nato lo aprovechó. Empezó como un tonteo entre amigos, pues eso era para mí, que no supe o no pude parar. –Dejó de mirarme por unos segundos, y se acomodó el pelo por detrás de la oreja en un gesto muy característico suyo. Volviendo a clavar sus preciosos ojos almendrados en mí, continuó: -Sabía perfectamente que la cena de Navidad era de alto riesgo. Lo confirmé cuando cenamos y te prometo que un par de veces estuve a punto de venir a casa pues sabía que podía ocurrir algo. Bebimos, aunque eso no es excusa porque sabes que no suelo perder el control y la verdad es que no lo perdí en ningún momento. Tampoco te negaré que me apetecía. Por eso, cuando la cosa se descontroló, cuando había habido algún beso y había logrado sacarme del local al que habíamos ido a bailar para que nadie nos viera pensé que se conformaría con un magreo o como máximo con una paja. Pero no pude pararlo. De la paja pasé a la mamada y de allí al coito. –Creo que era la primera vez en mi vida que oía a Cos pronunciar esa palabra. Cuando hablábamos de sexo, que solía ser antes, durante y después del acto, su lenguaje y el mío era completamente soez, pues a ambos nos excitaba. Ahora parecía querer bajar la intensidad de sus palabras utilizando un término que bien podía aplicarse para describir el apareamiento entre dos llamas o profundizar en la explicación infantil de las abejas y el polen. –Aunque visto en perspectiva pueda parecerte increíble, no sabes cómo me arrepentí. Por ti, en primer lugar porque no te lo merecías. Por mí, también pues me parecía una soberana estupidez lo que había hecho. Cristian era un compañero de oficina, un tío con el que tenía que compartir muchas horas y al que a menudo tenía que dar órdenes. Había sido un error. Garrafal. Pero ya estaba hecho así que hice lo único que podía hacer. Poner distancia y dejarle claro que había sido una sola vez. Un desliz. Él pareció comprenderlo y digamos que olvidé el tema, o traté de olvidarlo. –Ahora bajó la vista hacia sus manos que habían empezado a jugar con la alianza de oro blanco que decoraba su dedo corazón, mientras tomaba aire. –Me planteé contártelo, -volvió a mirarme, -pero preferí olvidarlo. Temí el daño que pudiera hacerte y quería pasar página lo antes posible. Había sido una equivocación y no volvería a repetirse.

Me pesaba un montón la cabeza. No era resaca, pero parecía que me hubieran administrado una droga para adormecerme, así que me dejé caer en el colchón y cerré los ojos. ¿Quieres que pare? Preguntó. No, continúa, le pedí sin levantar los párpados.

-Cristian cumplió su parte y yo cumplí la mía. Volvimos a ser amigos y compañeros como si nada hubiera ocurrido, comportándonos con absoluta normalidad. Y ese fue mi error. Mi segundo error. No poner distancia entre nosotros. A los pocos meses volvíamos a tontear y una parte de mí me avisaba de que debía ir con cuidado. Pero como él tampoco daba ningún paso, no era tan agresivo como había sido antes de navidades, no quise darle importancia, no quise ver la gravedad de lo que estaba haciendo, el riesgo que estaba asumiendo. –Hizo una pausa larga. Ella también se dejó caer hacia atrás en la cama, cerró los ojos y respiró profundamente varias veces. Ambos sabíamos que no había acabado, que aún estaríamos en la cama bastante rato, por lo que esperé pacientemente que tomara fuerzas, que buscara las palabras más adecuadas para continuar con su relato. La miré, esperando acontecimientos, y reparé en que tenía a la mujer más increíblemente atractiva del mundo. Seguía jugando con el anillo con las manos a la altura de la cintura. Su profunda respiración acentuaba la curva de sus pechos, poderosos. Su aún juvenil cuello se estiraba cual muñeca de porcelana. Su perfil, de labios finos pero bien dibujados y nariz pequeña ligeramente respingona, tenía que haber sido delineado sin duda por algún artista neoclásico. La admiré entendiendo porqué aquel chulo-piscinas había puesto la diana sobre mi esposa. Un pinchazo de excitación prendió en mi pene, pero el recuerdo de las manos de aquel puto cerdo en su cuerpo lo convirtió en rabia mal contenida. Afortunadamente, las palabras de Cos saltaron al rescate. –Fue una travesura. Así lo sentí y así me auto justifiqué. Sólo es una travesura, me dije. Habíamos ido a una reunión con una firma japonesa que nos estaba dando por culo una barbaridad. Íbamos preparados para salir de allí bien calentitos, y en cambio la reunión fue tan bien que se iba a convertir en una de las mejores cuentas del año. No sólo capeamos el temporal, es que les dimos la vuelta y logramos aumentar el fee hasta doblárselo. Estábamos eufóricos. Tanto, que al entrar en su coche empezamos a besarnos como posesos. Te prometo que fue él el que dio el primer beso, aunque no puedo negarte que yo también lo deseaba. Fue un polvo muy rápido pero muy intenso, en el mismo parking subterráneo donde habíamos aparcado el coche. Este fue el primero. Hará unos tres meses de esto. El último fue este martes.

Detuvo la historia volviendo a mirarme. Esperaba alguna reacción por mi parte que no se produjo. Sus ojos se ensancharon y la humedad los anegó, dotándolos de un brillo intenso que los hacía más bonitos si cabe. Fue ella la que retiró la mirada, incorporándose para volver a sentarse al borde de la cama fijando la vista en la pared frontal, aunque era obvio que su mirada había ido mucho más allá de la pared antracita suave.

-Todo lo que escuchaste ayer de Cristian es cierto. No creo que sea exacto lo de habernos visto dos veces por semana, pero no va desencaminado. La mayoría de las veces lo hacíamos en su coche, pero un mediodía me llevó a su apartamento aprovechando que habíamos tenido una reunión cerca. Tres veces fuimos a un hotel, que pagó él… -como si eso la disculpara -…y el jueves pasado vinimos aquí, a casa.

Volvió a detenerse. Mi falta de reacción la estaba atenazando, lo notaba perfectamente, pero aún no tenía clara cuál debía ser, ni tampoco la intensidad de la misma. Me mantenía anormalmente calmado por más que el estómago me ardía como nunca lo había hecho. Si algo tenía claro era que no me dejaría llevar por mis impulsos. No quería mostrarme irascible, por más que ella lo mereciera, y sobre todo, no quería hacer o decir nada que pudiera agravar más una situación de por sí gravísima.

-Lo del jueves, en casa, en esta cama, -enfatizó señalándola –fue imperdonable. Pero tiene razón cuando dice que después de más de un mes sin que me hicieras caso yo estaba totalmente descontrolada. Hacía semanas que había dejado de ser una travesura y se había convertido en… no sé cómo llamarlo. Una aventura.

Giró la cabeza hacia mí, abandonando la visión de la pared que habíamos pintado en el color del que se encaprichó hacía un par de años, y sus ojos se clavaron en los míos de nuevo. Por primera vez en mi vida, vi lágrimas brotando de ellas. Un fino reguero se deslizaba por sus dos mejillas, pero no hizo sonido alguno ni convulsión. Estaba destrozada, pero mantenía la pose orgullosa y segura de sí misma que la caracterizaba.

-Cristian es un cerdo. Lo sabía hace un año y lo sabía hace tres meses. Y si había alguna duda, la grabación lo demuestra con creces. Un cerdo y un hijo de puta. Pero eso no me disculpa. Me dejé llevar y me acabé convirtiendo en la zorra que describe. –Se secó las lágrimas con los dedos de la mano, en un gesto coqueto y continuó: -Ahora, viéndolo todo en perspectiva, comprendo por qué has estado así estas seis semanas. Me viniste a buscar, ¿verdad?, el día aquel que me preguntaste si saldría puntual. –Sonrío con amargura. –Nos viste salir juntos y te diste cuenta de que te estaba engañando. ¿Por qué no me dijiste nada? Lo hubieras parado. Yo hubiera parado, de golpe. Habría despertado del sueño en el que me había metido.

¿Me estaba culpando de algo? Supongo que la expresión de mis ojos le permitió ver la pregunta que cruzaba mi mente y retrocedió.

-Yo soy la única culpable de lo que estaba sucediendo. No quiero echar en tus hombros responsabilidad alguna. Pero me engañaste como una idiota con lo de tu empresa y llegué a preocuparme mucho. Y sí, me comporté como una egoísta pensando sólo en mí. En mi disfrute personal cuando tú estabas hecho polvo. Traté de mimarte en casa mientras fuera te traicionaba, como si eso aplacara el daño pero sólo mitigaba mis remordimientos. –Las lágrimas seguían recorriendo sus mejillas pero no se detuvo hasta que soltó todo lo que tenía que decir. –Te quiero y no quiero perderte. -Estiró las manos y agarró las mías lo que me obligó a incorporarme. –He roto nuestra relación en pedacitos muy pequeños, pero haré lo imposible para volver a juntarlos todos y volver a pegarlos. Te quiero. Te quiero. Te quiero y te pido que me perdones. Me he portado como una cría inmadura y te he hecho un daño atroz, lo sé, pero me aterra perderte…

Tuvo que detenerse porque las compuertas de la presa que sostenían sus lagrimales se resquebrajaron. El hilo de lágrimas que habían humedecido su cara se convirtieron en un auténtico torrente mientras un crujido sonaba en lo más hondo de su ser y estallaba en todo su cuerpo. No pude hacer otra cosa que abrazarla. Con fuerza, sosteniendo un cuerpo que se rompía cual muñeca de porcelana. Lloró como creo que no había llorado nunca, como queriendo extraer todo el líquido que no había sacado en los últimos veinte años. Me asió con fuerza, clavándome dedos y uñas en la espalda, pero no la aparté. Tenía claro que la quería, por más herido que estuviera, y sentí que debía mostrárselo.

Llegué al despacho pasadas las 11. Aunque había avisado a Bego de que un tema personal me tenía retenido en casa, para qué mentir, mi jefe me esperaba con mala cara pues los viernes nos reunimos los 6 comerciales de la empresa para pasar cuentas de la semana y planificar la siguiente.

Había dejado a Cos más tranquila, sobre todo en lo referente a nuestra relación, pues no tenía ninguna intención de dejarla, pero más allá de obligarla a dejar de dirigirle la palabra al chulapo, algo difícil de cumplir compartiendo equipo de trabajo, tan sólo le pedí que fuera a una tienda de colchones a cambiar el de nuestra habitación, pues tenía clarísimo que esta había sido la última noche que había dormido sobre él.

Puedo asegurar, lo sé con certeza, que no volvió a haber el más mínimo roce entre mi mujer y Cristian. Es más, su relación se volvió tan tensa que incluso tuve que pedirle que se moderara pues el tío podía darle a la lengua y ponerla en un aprieto. No lo hizo. Afortunadamente él aceptó una oferta de trabajo de un competidor y cambió de aires a las pocas semanas.

En casa, la reconciliación fue lenta pero firme. Volvimos a hacer el amor a los dos meses. No se pareció en nada a los centenares de veces que nos habíamos acostado, que habíamos follado. No hubo preliminares, ni juegos, ni palabras soeces. Ni siquiera palabras de amor. Ya hacía unos días en que me había ido aproximando a ella. La rabia había ido dando paso a la necesidad de abrazarla, de besarla, de volver a sentirla mía.

Estábamos en la cama listos para ponernos a dormir. Ella había leído un poco mientras yo acababa de asearme. Me metí bajo las sábanas y me dejé llevar por mis impulsos más primarios. Quería notarla, sentirla. La abracé, suavemente al principio, con vigor a los pocos segundos. Ella me correspondió con la misma intensidad. Sus pechos se pegaron a los míos, mis piernas se colaron entre las suyas. Bajé las manos y la aferré por las nalgas. No llevaba pantalón, así que me bastó con apartar el tanga a un lado para que mi erección entrara en ella. No estaba lubricada, pero su cueva me acogió cual hijo pródigo mientras un suspiro emergía de las profundidades de su ser. Me moví con suavidad, degustando su intimidad, mientras nuestros cuerpos se fundían como si quisiéramos traspasarnos. No aguanté demasiado. Tres meses sin sexo no son en balde pero sé que la hice feliz. Aumenté la velocidad lo justo para llegar al orgasmo y me derramé.

-No salgas, por favor –fue su única petición cuando acabé. –Déjame sentirte más rato. Lo necesito.

Se lo concedí. Durante más de media hora estuvimos conectados, moviéndome sutilmente mientras sus piernas me rodeaban y sus brazos me estrechaban, convirtiéndolo en uno de los actos de amor más íntimos que nunca he tenido con ninguna mujer.

Si os dijera que olvidé os mentiría. Creo que nunca podré hacerlo, pero nuestra relación ha evolucionado hacia una mejor compenetración, e incluso me atrevo a afirmar, por contradictorio que pueda parecer, hacia un mayor grado de confianza. En el sexo, además, hemos vuelto a ser los amantes fogosos, sucios y obscenos que siempre habíamos sido.

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