ALBERTO MORENO       
¡¡Ahi, ahi!!.

Tengo como un pincho clavado, me duele!!.

La mujer habia emitido un pequeño grito.

La mano de Armando  se estaba deslizando por un omoplato  de la dama.

Urgaba la combinacion de apertura del sujetador.
Los dedos, resolvieron el “abrete sésamo” y se deslizaron al otro.
¡Pardiez!, exclamo Armando para si.
¡Son espolones!!, la mano había tropezado con dos vertebras desviadas posiblemente hacia mucho tiempo.
Su condicion de hombre piadoso improviso una galanteria:
¡Cariño, como eres un angel, van a salirte unas preciosas alas!!.

Antes, en otro recorrido exploratorio, la misma impertinente mano, habia bajado desde el muslo hasta el pie.
En uno de los deditos, habia una  protuberancia, era un juanete  o un sabañón .

¡¡Ahi, tambien me duele, cariño!!, volvio a decir ella con voz de gatita pequinesa

La penumbra del camerino no impidio tampoco descubrir y sobar el postizo   en el seno derecho,

Era  un implante de plasma,

Los espolones de la espalda, el juanete del pie y el relleno de uno de los senos, estuvieron a punto de arruinar el glamour del momento

Sin embargo, al final, aquella noche comieron perdices. El salto del armario lo pospuso Armando para otra ocasión.

De aquella secuencia habian transcurrido diez años.
Armando siguio comiendo perdices aunque sus ansias de explorador habian amainado.

Conocia ya de memoria la orografia del cuerpo de Amelia.
Esta, prodigaba los ayes a destajo.

El frio, el calor. el viento, los peldaños de una escalera, eran un Ay!.  Solo cuando dormia permanecia en calma,

Y ni eso, a veces en lo profundo del sueño, en la oscuridad del dormitorio, unos ayes sollozantes a forma de suspiros, durante breves segundos, volvian el sueño de Armando a una vigilia.

Amelia; habia hecho de la queja un arma letal. Conseguía de Armando y de todo bicho viviente una sumisión jugosa y rentable. Los réditos eran emocionales y materiales.

 

A sus cuarenta y algo mas, una coquetería discreta pero evidente, y  uno ayes de boca pequeña o demorada, le daban frutos inmediatos.

Vivian en la capital, no tenían hijos lo retrasaron y cuando estaban dispuestos, a Amelia se le había pasado el arroz.

 

Ambos trabajaban, el de pasante en una notaría y ella de dependienta en un centro comercial.

 

Amelia había amueblado el apartamento con gusto, pero algo cursi. El sofá del salón era su pieza preferida.

Cuando regresaba del trabajo, se descalzaba y se tendía .

 

O se tumbaba olímpicamente.

 

Armando siempre llegaba mas tarde, se quedaba ultimando escritos, repasando documentos, era el factótum del despacho.

¡Ay, cariño, como me duelen las piernas!, ¡Estoy molida!, ¡Perdona que no me levante!.

Armando, se inclinaba la besaba en la mejilla o en los labios y se dirigía a la cocina. Alli, abria  el frigorífico, cogia la botella de agua, se servia un vaso y se sentaba en el sillón del tresillo, a la cabecera de Amelia, acariciaba su cabello, mientras veían la tele.

 

La rutina estaba instalada en la pareja. Usaban formas estereotipadas que engrasaban la relación. Ni emociones ni confrontaciones, era como un reducido y confortable limbo.

 

¡Cariño,¿quieres hacer el amor?, Era Amelia la que una vez por semana, invitaba a Armando, como si dijera:¡ ¿Te apetece una taza de té?.pero no te duele el lumbago? ¡No cariño, estoy bien!.

¡Has engordado cariño, como pesas!, le decía ella.

La libido se resentia con aquel comentario, pero era igual, Armando, a piñon fijo, terminaba y Amelia, exhalaba, no se sabe si de gusto o porque había terminado la cabalgata y el jinete se había desmontado. Misterios de la trinidad santa.

Despues, se dormían, cada uno, dios sabe, en que región celestial, o con que nimio asunto comenzaban a roncar

 

¡La vida es bella!, exclamaba el canario que tenían en una jaula preciosa colgada del techo del salon, justo encima del televisor de plasma,

 

Las estaciones se sucedían, sin percibirse. El invierno y el verano se parecían como dos gotas de agua, Amelia, descolgaba o guardaba la ropa pertinente del vestidor y lo único que distinguian las épocas del año, eran sus lamentos de perrita pequinesa: ¡Que frio!, ¡Que calor!. A lo largo del año, los ¡Ayes!, podrían sumar cinco centenas.

La mañana que le ocurro aquel imprevisto se había maquillado con mas esmero,

No sabia por qué.

 

En la cola del autobús, un caballero le pregunto por la ruta.

Ella, se volvió, hizo el reconocimiento previo antes de contestar.

¡Que prestancia!, ¡Que bien vestido esta!, fueron dos improntas previas de su cerebro!.

¡Buenos días señor, este autobús le conduce al centro, hay seis paradas!, ¿A dónde va?

El viajero dio su destino.

¡Vaya, voy a la misma dirección, suba conmigo, yo le indico cuando llegue!.

Cuando se abrieron las puertas del bus, el caballero galantemente le cedió  el paso.

¡Gracias!, dijo con cierto melindre Amelia.

¿Qué fino, se le nota la clase!, pensó para sus adentros.

¿Nuevo en la ciudad?,

¡Si y no, vengo con cierta frecuencia, tres o cuatro veces cada año!, replico el caballero.

¡Hoy debo dar un pequeño curso y seleccionar unas promotoras, trabajo para los laboratorios Mary Kuky de cosmética, formo equipos de promotoras!.

¡Es un trabajo de relaciones publicas, se sacan buenas comisiones y los cosméticos les salen con un magnifico descuento!, añadió Fernando.

Ese era su nombre, lo pronuncio justo después, cuando hizo la presentación.

¿Y como se llama usted?, inquirio Fernando.

¡Amelia, para servirle!. En realidad sobraba lo ultimo, pero no supo como surgió.

 

Continuaron a pie unos minutos, Fernando conducía la conversación, Amelia contestaba solicita.

¡Aquí, esta mi oficina!, dijo el hombre, se despidieron, no hubo tiempo de intercambiar nada. Amelia continuo su ruta al trabajo, recordaba la dirección, eso era todo.

 

En los siguientes días, siempre que pasaba, por la oficina de Fernando, se sentía tentada de entrar.

Uno de los días que su prudencia había bajado la guardia, torció su camino, y toco el timbre de la oficina.

La puerta se abrió, Fernando apareció en el quicio.

¡Ohh, no puedo creerlo!, exclamo el hombre.

¡Justo me disponía a marcharme, he terminado el curso!.

¿Quiere tomar algo?, podemos bajar a la cafetería!.

¡Debe ser rápido, voy con el tiempo justo!. contesto  ella.

Bajaron.

De pie, en el mostrador, Amelia se mostro interesada por el trabajo de prescriptora de las cremas del laboratorio que Fernando representaba.

¡Soy dependienta en unos grandes almacenes, tengo infinidad de compañeras, incluso clientas fijas, podría ser interesante!.

¡Despues de todo soy vendedora y las cremas me  encantan!.

 

A Fernando, le parecio exelente, convinieron en asistir al siguiente cursillo de formación, se intercambiaron teléfonos.

¡Le aviso de las fechas!.

El tiempo se había terminado, se despidieron.

Fernando, fue a darle la mano, pero cambio en el último momento.

Le dio un beso en la mejilla y prometio llamarla.

Amelia, azorada, puso pies en polvorosa camino de su trabajo.

No hubo mas.

La rutina de su vida y el refugio de sus “ayes”, se hacia añicos por momentos.

¿Qué me pasa, estoy nerviosa?, se repetia al entrar en los grandes almacenes.

Comenzo su trabajo.

Los días continuaron con aquel estado  de animo, estaba inquieta y a cada instante revisaba el celular.

Un mes después, cuando estaba en su trabajo, sono el móvil.

¡Hola, soy Fernando, este lunes comienza el curso!, ¿Cuento con Usted, el horario lo he cambiado a la tarde, termina a las diez!, ¿Le viene bien?.

Amelia, quedo en confirmarlo, tenia que pedir permiso en su trabajo.

El lunes llego.

Habia obtenido el permiso para salir antes. Confirmo a Fernando su asistencia y se maquillo con exquisito esmero, del armario eligió la joya de la corona.

En todo el dia  el único ¡Ay!, que le salio del alma, lo repitió con insistencia: ¡Ay, que no llegue tarde!.

Entró en la sala. Fernando, de pie delante de la pizarra y sentadas, cuatro mujeres.

El curso comenzó. El hombre seguía un guion trillado, tenia tablas.

Amalia, recordó en un imprevisto, que no habia avisado a Armando, que llegaría tarde.

¡Cariño, nos están dando un curso de ventas en mi trabajo, ¡Perdon!, lo habia olvidado, llegare tarde, termina a las diez, he dejado en el micro unas albóndigas, las calientas y cenas,!.

Habia salido al pasillo y volvió a la clase.

No hubo mas.

Llego el viernes, el dia de clausura del curso.

La semana acumulo una complicidad entre Amelia y Fernando  imposible de contener,

Las otras alumnas, recibieron el “vise”, las instrucciones pertinentes y el lunes entrarían en batalla.

Se quedaron solos.

¿Quieres que cenemos?, fue Fernando, con voz algo tremula quien rompió el silencio.

Amelia estaba aturdida. No podía articular palabra.

Como pudo pronuncio un “si” entrecortado y sumiso.

¡Vamos a ir a un sitio que te gustara, es un restaurante francés, con encanto y excelente cocina, esta cerca, iremos andando!.

No hubo mas.

En el cruce de semáforos, Fernando cogía del brazo a  Amelia.

La cena transcurría en dos escenarios distintos, los cumplidos a los platos, al ambiente, al vino, al glamour del restaurante  y el otro, imperceptible, no mencionado, pero acechando cada momento para adueñarse del happening. Ambos lo percibían , el desenlace era un secreto a voces.

Fue Fernando, quien rompió la falsa tregua.

¿Te vienes a mi hotel?.

Amelia, contra todo pronóstico, contesto sin titubeos.

¡Si, quiero hacer el amor contigo!,

Fernando, no esperaba aquella determinación. Comenzo a compartir la iniciativa, habia dos capitanes.

Dejaron el postre sin terminar, pago la cuenta y raudos salieron a la calle.

El hotel estaba a dos cuadras. Antes de llegar, en la acera, de pié, se detuvieron para besarse, los efluvios y las notas de “Cantando sobre la Lluvia”, se replicaron en sus oídos.

Entraron.

Fernando recogio la llave de recepción y subieron a la “chambre”.

No habia guion, obviaron el cuarto de baño y se zambulleron en la cama.

No hubo mas, Los ayes habían sido sustituidos por suspiros trémulos, entrecortados.

Cuando los relojes iban a marcar las doce de la noche, sono el celular de Amelia, esta que cabalgaba a Fernando como una aguerrida amazona, se apeo de la cama, activo el móvil y con voz prieta dijo: ¡Diga!.

¿Cariño, soy Armando, estas bien?, ¡No se donde estas!.

Amalia, transmutada ya en otro ser, expeditiva, resoluta, contesto:

¡Cariño, estoy haciendo el amor con mi profesor del curso!, ¡Todo bien!, ¿Has cenado, le has puesto alpiste al canario?, ¡Chau, mañana te cuento!,

Y colgó. Una nueva Amelia habia sido alumbrada.

 

-Fin-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 comentarios sobre “Confidencias de un Camerino  

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