TANATOS12

Capítulo 20

María había soltado aquello como si tal cosa. Algo había cambiado desde la cena. Yo podía percibir un pequeño poso de sadismo en su narración. Hablaba con más chulería que antes, iba desapareciendo su búsqueda de palabras menos potentes y no se cortaba en ser directa, de palabra y de gesto.

Dejé que me contara un poco más, sin interrumpir, el placer de su orgasmo, el tamaño de su polla… su narración continuaba así, más distante, como si no solo buscara excitarme sino también provocarme, provocarme hasta hacerme daño.

Me había quedado con aquello de que Álvaro le había pedido que le quitara el condón; me había hecho a la idea, según me había dicho semanas atrás, que solo con Guille lo había hecho sin protección…

María sorbía de su copa con celeridad, quizás queriendo cumplir el pacto cuanto antes. Miré a mi alrededor: entraban grupos de universitarios de vez en cuando, y, cada vez que eso pasaba, algo me subía por el cuerpo pensando que pudiera aparecer Álvaro. Si a María eso la tensaba lo disimulaba perfectamente, pues en ningún momento la había visto comprobar nuestro entorno.

Mis ojos fueron a ella. Bebía a la vez que me miraba. Retadora. Me daba la sensación de que en aquella mirada había un reproche, pero no sabía sobre qué: ¿Por haberla metido en aquel juego? ¿Por ser un amante insuficiente? ¿Para exonerarse de culpa pues aquella confesión le hacía recordar actos que la abochornaban? Lo curioso era que aquella mirada agresiva era a su vez tremendamente morbosa. Sus pechos marcaban y delimitaban el escote, los pezones se notaban rígidos bajo la camisa negra. Su melena espesa sobre uno de sus hombros dejaba un lado de su cuello libre que era imposible no querer atacar.

Posó su copa e intenté contenerme, no besarla, para que me siguiera contando, pero no lo conseguí. Mi mano fue a ese cuello y mis labios a los suyos. Fue un beso dulce, y fresco por la temperatura de la ginebra que acababa de beber. Abrí la boca para invadirla con mi lengua y ella accedió, quizás de nuevo dejando que me encendiera para que yo quisiera ser Álvaro en casa cuanto antes, pero esta vez me dio igual su estrategia. Y mi otra mano fue a una de sus tetas, sobre la seda de su camisa, mano que fue apartada inmediatamente, acompañado de un “para”, que no fue susurrado y excitado por mi beso, sino tan seco y autoritario que me dejó impactado.

Me retiré y de nuevo la intenté leer, y en mi mente brotó un “cabrona, estás tan excitada que mis besos no te saben a nada, que yo no te llego a nada”. Me parecía que no era un pensamiento masoquista, sino la solución lógica tras todas las pistas que me había estado dando a golpe de confesiones fragmentadas.

No quería volver a sus sensaciones por ser follada por Álvaro, sino a los hechos, quise ir a cuando él le había pedido que le quitara el condón.

—Y… se lo quitaste.

—¿El qué?

—El condón, estabas sobre él, tu espalda sobre su pecho, su polla se salió, y te pidió que le quitaras el condón… y se lo quitaste. No sé por qué me había parecido entender que solo lo habías hecho a pelo con Guille.

María me miró de forma que más que agresiva llegó al despotismo.

—¿Sigo yo?

—Claro.

—No, si sigo yo o te lo vas a contar tú todo.

Me quedé en silencio. No quería entrar en su juego. Ella buscaba el conflicto para hacerme partícipe de su sentimiento de culpa. Simplemente me mantuve callado, esperando que el silencio la hiciera hablar.

Dimos otro trago y ella continuó:

—Me pidió eso, que le quitara el condón. Y eso hice. Él estaba recostado sobre sus codos y yo llevé mis manos hacia abajo, para quitárselo. No tenía ninguna intención de que me follara sin nada… pero quería tocársela, agarrársela… Cuando me pude dar cuenta le estaba pajeando y él me decía de todo.

—¿Qué es de todo?

—No me acuerdo… Pablo…

—Más o menos…

—Pues supongo… que si me gustaba su polla… si alguna vez había pajeado una igual… Sí, quizás dijo algo así porque recuerdo haberla comparado con la Edu, o haber pensado en la Edu. La de Edu es más gorda… pero la de Álvaro es cierto que… es muy larga…

María me confesaba aquella comparación de aquellas dos pollas que la habían follado… y a mí me faltaba el aire. Lo narraba como con distancia, casi con despotismo, y siempre con un trasfondo de dureza y humillación hacia mí y no me daba la sensación de buscar aquella vejación para hacerme el favor.

—Y… —prosiguió— nada… Yo me aguantaba con una mano sobre él, o sobre la cama… y le pajeaba con la otra…

—Qué… ¿qué llevabas puesto? —pregunté, afectado, recordando que cuando la había visto montándole llevaba las medias, el liguero y la camisa abierta.

—Pues… no lo sé… el liguero este… las medias… esta camisa… no sé… quizás aún sí… que… por cierto… me está dando un calor tremendo…

—¿Sí?

—Sí… me están sudando las tetas. Me da más calor la seda de la camisa que el sujetador.

Mi novia de nuevo decía aquello con rigor, sin verse afectada. Le miré el escote y los pechos, era cierto que parecía que la tela se le pegaba más al cuerpo por cada universitario que entraba por la puerta.

De nuevo aquel magnetismo me hizo buscar sus labios, labios que fueron recibidos, pero no así mi lengua. Cuanto más excitada estaba menos lejos me dejaba llegar.

—Bueno, sigo. Y… eso… le empecé a pajear así… me daba la sensación de que se correría pronto. Yo dirigía su polla… Sí… es verdad, seguramente aún llevaba la camisa porque me acuerdo de apuntar hacia… hacia mi coño, por fuera… o hacia mi pubis o mi ombligo, para no mancharme… Le estuve así pajeando un rato y él me respiraba y me hablaba al oído y… me decía “sigue…” así… suspirando… como… entrecortado… Ya se había corrido sobre mí, eso lo habías visto…

—Sí…

—O sea que se iba a… vamos, que iba a eyacular sobre mi otra vez… y… nada, eso… Te pone esto ¿no? —preguntó, interrumpiendo su narración, sorprendiéndome.

—Sí… claro —alcancé a decir, excitadísimo.

—Y… ¿te aprietan los pantalones… los calzoncillos…? Vamos.

—Un poco.

—¿Solo un poco?

—Sí, ¿por qué?

—Por nada, me estaba acordando que alguna vez, con Carlos, cuando nos poníamos a tono en un lugar público, decía que tenía que irse al baño a… recolocarse… pero bueno él…

—¿Él qué?

—Que él la tenía más grande, igual por eso a ti no te molesta tanto en los calzoncillos.

No había mencionado a su ex, a su novio anterior a mí, en un año o incluso más. De nuevo no sabía si pretendía hacerme un favor suponiendo que esa humillación me gustaría o si lo hacía por mero deleite, como un castigo, para joderme, por no poder satisfacerla en noches… o en semanas… de extrema excitación.

—Ya… bueno… algo me molesta, sí… Y… ¿se corrió así? ¿sobre ti? —pregunté, sin querer protestar ni discutir, y sorprendido de su frialdad, de la forma aséptica con la que había comparado mi polla con la de su ex y con la aparentemente poca afectación en sí misma por sus palabras.

—Espera, hablando de ir al baño, la que voy al baño soy yo. Dame un minuto —dijo, con su copa casi terminada, girándose, casi sin siquiera esperar a mi reacción. De nuevo ella decía cuándo, cómo y hasta donde y yo me sentía convulso y en sus manos.

Contemplé como se alejaba, abriéndose paso, digna y sutil, a la vez que brusca si alguien le interrumpía en su camino. Reparé en que el pub comenzaba a llenarse y que, sobre todo en la parte más alejada de la barra, en la zona de los baños, había bastante gente.

Intentaba digerir y transformar sus palabras en imágenes. Me la imaginaba pajeando a Álvaro en aquella extraña postura mientras Álvaro se vanagloriaba de su polla y me preguntaba si ella le confesaría que sí, que aquel pollón la volvía loca, o simplemente se mantenía en silencio, escuchándole y pajeándole… deleitándose por fin con un pollón que sí la satisfacía.

Mi mente volaba como si yo estuviera realmente viéndolo, en la habitación de Álvaro, y mi cuerpo bebía, acodado en la barra, como si fuera autómata, sin vida. Lo único que me hacía ser consciente de que estaba en aquel pub era mi polla que no paraba de palpitar, polla aprisionada, polla comparada con la de su ex minutos antes. Comenzaba a no tener duda, aquella comparación había sido para joderme, que no para humillarme, pues no era lo mismo; en la humillación había un componente de complicidad, en hacerme daño no.

Pasaron los minutos y María no volvía. No empecé a preocuparme hasta que vi a un grupo de chicos, por la zona de los baños, que me sonaban. Me recordaban a algo, pero no sabía a qué… Pronto me di cuenta de que el motivo de aquella familiaridad pudiera deberse a que fueran los amigos de Álvaro de la noche en la que le habíamos conocido. La posibilidad de que Álvaro estuviera en los baños… quizás con ella, había pasado del cero al cien en cuestión de décimas de segundo.

Cogí aire, di un último trago a mi copa y recibí el impacto de los hielos en mis labios, sin ofrecerme nada de alcohol. Miré la copa de María, que no era más que un poso aguado. Una parte de mi quería salir raudo hacia aquella zona, pero otra se planteaba suponer que Álvaro estaba allí, que estaba con María… y que no debía ir.

“Déjala… déjala que hablen… y que follen… Se lo merece, se merece que se la follen bien, de vez en cuando, al fin y al cabo”, aquella frase salió de mí, y ni supe si solo había rebotado en mi mente o si había sido murmurada.

Pero la parte que quería saber, y quién sabe si hasta detenerles… cobró fuerza. De nuevo aquel doble yo, el de quererlo todo y a la vez no querer nada, el de desear la máxima adrenalina a la vez que ansiar el refugio de María y yo, solos en nuestra casa, en nuestra cama.

Mientras me debatía, me parecía que aquellos chicos me sonaban más y más imposible era la tardanza casual de María. No pude más, me aparté de la barra, y tenía que decidir si ir hacia los baños o salir de aquel lugar. Allí parado, rodeado de gente, me imaginaba a María, besándose con Álvaro a la entrada de los baños… o incluso dentro… y me imaginaba como a él sí le dejaba acariciar sus pechos, a él sí le dejaba besarla… jugar lengua con lengua… igual que a él sí le había dejado algo que yo nunca había tenido y era tener su culo… su culo invadido… por aquella polla imponente que yo había elegido para ella sin saberlo.

No sé por qué fracción de milímetro mi dolor ganó a mi excitación… ya que me dirigí hacia los baños, con la intención de parar lo que pudiera estar pasando.

Tuve que abrirme camino entre bastante gente. Cada vez que me colaba entre dos cuerpos mi mirada iba hacia el frente, a revisar mi nueva perspectiva. Cada corrillo era una tortura que atravesar y cada joven fornido un muro que rodear. Lo que me descolocaba, lo que siempre me había descolocado de mí en aquel último año, era que una vez en aquellas circunstancias, a pesar del dolor, a pesar de querer mi tranquilidad, una gran parte de mi quería que pasara, quería encontrarme de bruces con el mayor de los impactos.

Encontré un hueco y me ubiqué en un vacío. Pasaba del contacto asfixiante a la libertad de varios metros libres, y lo vi: tacones, medias, un liguero que estaba pero no se avistaba, una falda de cuero que marcaba silueta y una camisa negra de seda que dotaba de elegancia. Una melena larga cayendo libre y un bolso colgado de un hombro. Hablaba con un chico. Que no era Álvaro. Hablaban cerca y él ya posaba su mano en su cintura para hablarle al oído. No podía ver la cara de María, no podía ver su receptividad, pero sí veía el semblante de él, con el pelo muy corto, castaño, casi rapado, de complexión fuerte y vestimenta desenfadada, al estar ella en tacones casi era más alta que él.

Fueron unos segundos eternos, pues yo quería ver la expresión de María. Sentía que solo con ver su mirada sabría si al chico le quedaban segundos de vida o si podría soñar con algo. Aunque en el fondo era de locos que pudiera pasar, quizás eran mis ganas y no las suyas las que estaban sobre la mesa.

Alguien me empujó, me giré, y fui engullido por una masa de gente. Lo cierto es que me dejé llevar un poco, me dejé alejar, como si mi subconsciente maquinase que si María me viese vendría a mí y que dejarla sola un rato más con aquel rapado pudiera aumentar las posibilidades de que algo ocurriese.

Acabé en otra parte, alejado, pero alerta, pronto vi dos cabezas yendo a la barra. Iban juntos. Yo, infartado, contemplaba en la distancia, entre rostros, risas y copas, como aquel chico pedía a un camarero, dándole espacio a una María que se colocaba a su lado. De nuevo quería ver bien su cara, pero no era capaz.

Lo que pude ver era que María no hacia amago de sacar el bolso para pagar y aquello me dolía y me encendía a la vez; que se dejase invitar a una copa no era su estilo sino quería nada con él. Mi polla quería que pasase, que pasase algo, y mi corazón pedía un alto, un tiempo muerto, para volver a un ritmo asumible.

El chico me parecía guapo, aunque no me parecía del gusto de María. Aun en la distancia desprendía cierta torpeza, rudo en sus posturas y en sus gestos, y en su mirada había visto una intranquilidad que nada tenía que ver con el temple y autoestima de Álvaro, incluso Guille, y no digamos de Edu.

Los observaba y sentía otra vez aquella nervios, aquella sensación de que mi cuerpo respiraba y tragaba saliva de forma aleatoria e irregular; y aquel destemple extraño, como con frío en mi interior a pesar de notar mi piel caliente. Si al final sucedía algo, aquel destemple se multiplicaba por mil hasta hacerme tiritar.

Bebían de sus copas y me moví hasta por fin conseguir ver a María. Su gesto, neutro. No eran los ojos de cuando había estado con aquel hombre en Estados Unidos, ni aquella predisposición de cuando había conocido a Álvaro. Intentaba adivinar por todo el baile gestual si podría pasar algo, cuando entre varios cuerpos se abrió un hueco y pude ver a María casi completamente de frente, a unos cuatro o cinco metros, se le marcaban las tetas y los pezones de manera tan potente y brutal como nítida… aquel hombre tenía a medio metro aquellas tremendas tetas prácticamente desnudas… tetas de una mujer imponente… que había accedido a ser invitada a una copa… A aquel chico le tenían que estar temblando absolutamente todas las partes de su cuerpo… tenía que estar sometido a un estrés por conseguir aquella presa que nunca hubiera soñado tener tan factible… un estrés solo comparable al mío.

El chico le hablaba cerca de nuevo, pero esta vez sin tocarla. Ella le miraba a los ojos y bebía de vez en cuando. Casi siempre asentía y alguna vez replicaba. Yo buscaba un gesto, algo, un intento de él o una sonrisa de ella, algo que me hiciera castigar a mi corazón y manchar más mis calzoncillos. Necesitaba desesperadamente un paso más.

Entonces pasó algo, algo extraño, y es que María posó la copa y se cerró un poco la camisa, pero sin abotonarse, como intentando además que sus pechos no marcasen su ropa de aquella manera tan infartante. El gesto fue todo lo disimulado que pudo ser, que era poco, y tras hacerlo oteó el horizonte por primera vez, pero no me vio.

Quizás aquel chico supo que aquella exploración denotaba aburrimiento, o aun peor, búsqueda de salvación, por lo que le habló de nuevo al oído casi inmediatamente. Ella bajó la cabeza para oírle mejor. Su boca en su oído, y ella ladeó la cabeza, negando, a la vez que se apartaba el pelo. Pero el chico no desistió y le siguió hablando y su mano fue a su cintura. María permitió aquella mano, permitía la copa, permitía aquellas frases en su oído… Yo sabía que estaba cachonda, por lo que me había confesado y porque yo no le llegaba, pero aun así algo no iba bien, algo fallaba.

La mano del chico bajó entonces un poco, casi llegando a la curvatura en lo que ya no era cintura sino culo. Mientras lo hacía le seguía hablando, pero fue un movimiento en falso y aquella mano fue apartada, sutilmente, pero rechazada al fin y al cabo. Aquel repudio fue acompañado por un paso atrás de ella. Todo aquello no tendría por qué interpretarse como una derrota definitiva, pero sí se enfrió más cuando él se refugió en su copa y María hurgó en su bolso para buscar su teléfono. La vi teclear e inmediatamente después mi bolsillo vibrar. La mezcla de alivio y decepción fue un cincuenta cincuenta absoluto.

El molesto brillo de la pantalla de mi móvil me mostró que estaba más ebrio de lo supuesto y el “donde estás” de María, acompañado de un “estoy en la barra” acababa de sentenciar a aquel afanoso pretendiente.

Decidí esperar un poco, no porque le diera ya a aquel chico alguna posibilidad, sino porque no me atraía la imagen de llegar como novio salvador. Sin embargo no tuve que esperar mucho, pues María le dio la espalda, sin agradecerle la copa ni despedirse y se llevaba el móvil a la oreja, seguramente para llamarme. Efectivamente mi pantalón comenzó a vibrar con fuerza mientras aquel rapado saltaba definitivamente del barco, soltando la barra.

Una vez tuve vía libre me aproximé y ella se giró, me vio, pero no hizo gesto alguno. Yo, ya cerca de ella, me encontré a una María más bebida, más acalorada, menos en su sitio, pero más potente y morbosa aun que en toda la noche.

—Toma, bébetela tú —me dijo acercándome su copa.

La cogí y miré su escote, sus tetazas marcaban de nuevo la seda negra de manera tan bestial que dejaba sin respiración. Aquel chico seguro habría guardado aquella imagen para pajearse con ella compulsivamente, esa noche y todas las que la memoria le permitiese. Sus pezones apuntaban, inequívocos y desvergonzados. Era para morirse. A pesar de su feminidad era en esencia provocador, provocador e incitador hasta el punto de poder producir que alguien con alguna copa de más le dijera algo.

—¿Qué? ¿Te… has… divertido? —preguntó.

—¿Por?

—Divertido mirando, digo.

—No sé por qué dices eso —repliqué y ella hizo un gesto como indicando que era obvio por qué lo decía.

—Bueno, es lo que te gusta ¿no? —quiso precisar.

No pude evitar sonreír irónicamente antes de decir:

—Me dirás ahora que lo has hecho por mí.

—Pues por mí no iba a ser… el tío era un pesado y un idiota…

—¿Ah sí?

—Sí… tenía menos labia que yo qué sé.

—A la copa te dejaste invitar.

—Bueno… es que no empezó mal…

—Ya… pero nada, ¿no? A ti solo te gustan Edu, Álvaro y Guille.

—Uff… no me recuerdes lo de Guille… qué asco me da.

—Habías dicho que te gustaba. Que además… hasta era como más hombre que Álvaro.

—No creo que haya dicho eso, pero no me recuerdes lo de ese…

—Entones… es que eres solo de Álvaro y Edu.

Ese “eres” me salió solo y me impactaron tanto mis propias palabras como su silencio.

Y ese silencio se alargó, hasta el punto que temí porque María quisiera marcharse. De nuevo no miraba más allá de mí, mostrándome o mostrándose que no estaba preocupada por una posible aparición de Álvaro. Yo sabía que tenía que romper ese silencio con lo primero que se me pasara por la cabeza:

—¿Entonces este chico… nada…?

—¿Tú qué crees?

—No sé… ¿qué te dijo para que negaras con la cabeza?

—Mmm… no sé, no me acuerdo.

—Y… ¿lo de la labia? ¿Por qué lo dices?

—Pues… eso… que no empezó mal, pero… después de cinco minutos mirándome las tetas sin parar… con cara de… pues de cerdo… me dijo… cómo fue que me dijo —murmuró, desviando la mirada, pensativa— mmm dijo… “si no te lo digo reviento”—pronunció como imitando la voz del chico— “eres súper bonita” ¿Te parece normal? Que ya es ridículo de por sí, pero no me lo digas para colmo mientras me… las miras… vamos, mientras me miras el escote.

Entendía tanto que la frase era ridícula como que el chico le mirase donde María decía que le había mirado. El canalillo era infartante, el nacimiento de sus pechos lujurioso y el relieve de sus tetas y pezones irresistible y hasta cruel para cualquiera.

No pude evitar pensar rápidamente cómo había desechado a este chico y al de la noche de su aniversario de Master. O no le habían atraído como Edu y Álvaro o era consciente de que la estadística no respaldaba que estuvieran a su nivel como amantes. De nuevo discurría que lo de Edu y Álvaro habían sido dos milagros, dos maravillosos milagros. También me planteaba si las posibilidades de que María pudiera llegar más lejos con alguien no estarían vinculadas también a estar en otra ciudad. Recordé de nuevo lo de Estados Unidos y lo de la casa rural con aquel niño. Hacía tiempo que no pasábamos un fin de semana fuera.

Mi recapacitación sirvió para que María sugiriese o prácticamente ordenase marcharnos. Las copas pactadas estaban terminadas, solo me quedaba un resquicio, una letra pequeña del contrato a la que agarrarme:

—Aun no me has contado lo que pasó antes de que fueran a vuestra habitación Guille y Sofía.

—Te lo cuento en casa.

—Bueno, habíamos dicho que una copa aquí contándome hasta ahí.

—Vale, muy bien… Estábamos en la paja, ¿no?—dijo con celeridad— Le acabé la paja, dejé que se corriera otra vez sobre mí, se corrió otra vez… bastante…

—¿Cuánto? —interrumpí, pero hizo caso omiso.

—Y después de correrse, se apartó… me quedé así sobre la cama, tumbada. Y él… no sé… cuando me quise dar cuenta… me estaba comiendo… eso… que se puso a comerme el coño. Y… estuve a punto de correrme así varias veces… pero justo cuando iba a correrme me dejaba a medias, no sé si para dejarme con las ganas o porque no sabía que estaba a punto… y… después… fue al armario… cogió más condones… y me folló… creo que en misionero y después me puso… a cuatro patas…

A mí me explotaba la polla al escuchar aquellas palabras. Me bombardeaba a toda prisa, con dureza y chulería, rápido, para acabar cuanto antes. La interrumpí de nuevo, protestando, exigiendo que se parase más, que me contara mejor, y me dijo que si quería una narración con más calma que saliéramos del pub.

Me dio entonces la mano para salir de allí. Y aquella mano de golpe cambiaba todo. Porque al impacto, el morbo y el dolor sumaba el afecto. Sentí que no solo salía dañado y humillado sino también enamorado. Era de locos llegar a sentir amor después de aquellas palabras tan crudas… con mi calzoncillo empapado… pero así lo sentía.

Ya en la calle no me quise parar a besarla, aunque me muriera de ganas, pues sabía que ella no quería eso; ella quería aquella polla de goma en su coño cuanto antes, quería imaginarse que Álvaro la follaba otra vez.

Subimos al coche y tan pronto arranqué comprobé como, al igual que en casa de Álvaro, al sentarse su falda se había subido y parte de las tiras de su liguero quedaban a la vista. Miré también más arriba, como el cinturón de seguridad plantaba una teta a cada lado en una imagen asfixiante.

No pude evitar pedirle que me contara un poco más mientras conducía hacia casa.

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