ROSA LIÑARES

Poco a poco, Isabel y Sergio fueron creando su propia rutina. Varios días por semana comían juntos, salvo los que Sergio no podía por temas laborales. Pero las noches eran sagradas. Cenaban tranquilamente y charlaban y reían como hacía tiempo que no hacían. A veces veían algún programa o película en la televisión, pero eran las menos.
La mayoría de los viernes Isabel iba al cine con Charo y Susana, y Sergio también salía a tomar algo con los amigos. Porque, aunque ahora pasaban mucho tiempo juntos, también necesitaban tener sus parcelas separadas.
La búsqueda de piso seguía aplazándose y cada día que pasaba parecía estar más lejos de empezar a realizarse. No había necesidad. No había prisa. Ni ganas ya.
Algún martes o jueves, si el trabajo se lo permitía, iba a buscar a su madre a clase de francés y tomaba café con las tres amigas. A Charo la conocía de toda la vida y con Susana empezaba a tener confianza. Entre ellos había mucha complicidad. Se reían de las mismas cosas y tenían aficiones en común. A veces, a Isabel le tentaba la idea de hacer de alcahueta, pero la amenaza de su hijo al respecto desde el primer día la frenaba y no se atrevía. Lo que no sabía era que Sergio empezaba a ver a Susana también con otros ojos. Su belleza era innegable; pero, además, era una persona estupenda. Aunque no se atrevía a reconocerlo -y menos delante de su madre- empezaba a hacerle “tilín”.
Uno de aquellos viernes en que cada uno tenía sus planes, Sergio se dio una ducha antes de bajar al bar a ver el partido y tomar unas cañas con sus amigos. Había sido un día agotador en el trabajo y necesitaba una buena ducha para desconectar. Salió del baño con nada más que la toalla atada a la cintura. Su madre hacía rato que se había ido y estaba solo en casa. Aunque no era un hombre remilgado, tampoco solía pasearse así delante de ella. Se dirigió a la sala para encender el aparato de música y animarse un poco mientras se vestía. Lo que no esperaba era que hubiese alguien.
Cuando entró en la sala dio un respingo al ver que Susana estaba sentada en el sofá leyendo una revista. Tras la sorpresa inicial, reaccionó:
– Pensé que estaba solo en casa. Mi madre hace rato que ha salido.
– Sí, pero hemos tenido que volver porque ha tenido un pequeño percance con uno de sus tacones y ha venido a cambiarse los zapatos- contestó ella, un poco ruborizada ante aquella imagen- Aunque visto lo que tarda, seguro que se está cambiando de ropa también.
Con unas palabras de disculpa, Sergio se retiró a su habitación. Se sentía abochornado. En realidad, los dos se habían sentido un poco incomodados con la situación, aunque el episodio les dio para unas buenas risas unas tardes después tomando el café.
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Un comentario sobre “Otra vida (18)

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