Mª DEL CARMEN MÚRTULA

» Tenía yo ya trece años, cuando una tarde, al volver de la escuela, vimos que alguien estaba en la casa grande, había un coche blanco, que a mí me pareció muy grande, en la puerta. Mi padre se dirigió hacia allí en cuanto nos dejó en casa.

» Aquella noche, oí que mi padre comentar a mi madre:

‘Dice que se va a quedar aquí por una larga temporada y que mañana arreglaremos los asuntos del trabajo. Quiere que tú vayas a servirle como hacías con sus padres. Sólo piensa ocupar la planta baja y dice que mañana mismo irá al pueblo a buscar quién te ayude con tantísimo polvo y suciedad acumulada en estos años. Pues eso, que vayas cada mañana, el desayuno, el arreglo de la casa, de su ropa y la comida. Por lo demás que piensa ser muy generoso y que compartiremos más los beneficios.

» Pero hubo más, también compartieron la mujer. Aunque de esto no se enteró mi padre hasta que, pasado casi un año, un día ella tuvo que confesarle, entre suspiros y llantos, que estaba embarazada del patrón. Yo estudiaba en la pieza de al lado y pude seguir la conversación, porque no se preocupa­ban del tono en el que hablaban y como quería enterarme bien, me atreví a mirarlos a través de las rendijas de la puerta de madera.

‘Al principio no fue así —le explicaba mi madre—-. Pero un día, yo le vi que me rondaba mucho mientras le hacía la comida. Se sentó en la mesa de la cocina frente a mí y me dijo que ya no podía más, que estaba cansado de estar solo. Yo le aconsejé que se buscara alguna moza, que era joven y bien parecido y que estaba segura de que cualquier chica se sentiría honrada con ser la elegida. Pero él me dijo que no tenía ninguna necesidad de ir a buscar a nadie porque estaba yo. ¡Me cogió tan de sorpresa!, que me costó reaccionar.

‘¡Será sinvergüenza! —Comentó mi padre fuera de sí.

» Mi madre se le acercó más y le tomó la mano. Él quiso rechazarla, pero se contuvo. Ella continuó:

‘En cuanto pude, le quise hacer ver lo absurdo de la pro­puesta. Pero por más explicaciones y razones que traté de darle, no quiso ceder. ¡Se había encaprichado conmigo y no había manera!

‘¡Yo lo mato!

‘Espera. Al principio trató de ir por las buenas, pero cuando vio mi resistencia me amenazó con echarnos a to­dos de la finca.

‘¡El muy hijo de perra!

‘¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Qué iba a ser de nosotros si no cedía? Por supuesto que yo temía este momento de tener que contártelo, por eso traté siempre de ocultártelo, pero esto ha llegado muy lejos. Engañarte con un hijo de otro, ¡es demasiado!

‘¿Y él sabe que estás preñada? —la voz le salía ronca. Ella veía que a medida que le iba relatando los hechos, se iba congestionando, pero ahora tenía que seguir.

‘No te fatigues. Déjame llegar hasta el final, pero tienes que serenarte porque me está dando miedo que te de algo.

‘¿Y cómo quieres que esté? ¿Tengo que aplaudir lo que te ha hecho ese niñote miserable y prepotente? —los gritos eran ensordecedores.

‘Por favor Tomás, cálmate —le insistía con un hilo de voz—. Hazlo por nuestros hijos, no quiero que se enteren. Ya sé que esto es muy vergonzoso. Es el precio de los po­bres. Pero esta mañana se lo he dicho.

‘¿Y cómo ha reaccionado?

‘Me ha dicho “¿No tienes marido? Pues es lo más lógico. ¡Mi enhorabuena!” y yo le contesté “Usted bien sabe que este hijo que llevo en mis entrañas no es de él”. Y continuó desafiándome: “¿Ah, no? ¿A caso vas a poder demostrarlo?” Y siguió con tono autoritario

“¡Por supuesto que es de él! Y no quiero oír ni una palabra más sobre este asunto. Arrégla­telas para que esto salga sí, por el bien de todos”.

‘¡Yo lo mato! —dijo mi padre levantándose bruscamente y dando un puñetazo en la mesa.

» Pero un ataque de tos le hizo retroceder. Mi madre le asió del brazo y le devolvió a la silla. Le ofreció un vaso de agua mientras le frotaba la espalda intentando que se relajara y prosiguió:

‘¿Qué ganaríamos recurriendo a la violencia? ¿Quieres hacer desgraciada a tu familia? Guarda tu orgullo de mari­ do ofendido. Tú sabes —continuó mientras le acariciaba el pelo y atraía su cabeza hacia su regazo— que siempre serás mi único hombre. Pero este es el destino de los pobres.

» Así estaban las cosas.

» Durante aquel año, la finca prosperó mucho. El amo se asoció a una cooperativa agrícola que le proporcionó toda lo necesario para organizar la finca, aperos, semillas, plantas… toda clase de material, abonos, maquinarias… y contrató a nuevos jornaleros. Prepararon los olivos olvidados, y se aco­taron varias hectáreas para sembrar. Construyeron un lagar para almacenar la cosecha con una prensa para las aceitunas y una refinería de aceite; aumentaron los animales y se ins­talaron técnicas modernas para aprovechar al máximo los productos lácteos. Seis jóvenes parejas de los temporeros fueron contratados como agricultores permanentes y se les ofreció vivienda. Para ello se construyeron pequeñas casas con dos habitaciones, un cuarto de baño completo y una buhardilla, además de un espacio grande en la entrada que servía de cocina-comedor. Cada casa tenía un pequeño tro­zo de terreno para la propia asistencia familiar.

» Como mi padre no gozaba de buena salud, y conside­rando su fidelidad de tantos años, se le dejó prácticamente que siguiera haciendo lo de siempre, vendiendo en la ca­mioneta sus productos a los clientes de toda la vida, pues la envergadura que tomaba la finca iba más allá de sus posibili­dades. Con todo esto, pudo soportar el llevar medianamente sus fatigas asmáticas, pero aquello de ser “padre postizo” le costó la poca salud que le quedaba. Y durante el invierno siguiente fueron cada vez más persistentes los ataques. To­dos temíamos que se ahogara en uno de aquellos golpes de tos tan fatigosos. Hasta que una noche, en la que parecía no tener suficiente aire para sus agotados pulmones, le dio un ataque de corazón y no se le pudo hacer reaccionar.

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

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